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San Agustín en AlbaLearning

San Agustín

"Confesiones"

Libro 2

Capítulo 3

Biografía de San Agustín en Wikipedia

 
 

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Confesiones

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Confesiones

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Capítulo 3

Del viaje que hizo a Cartago para continuar allí sus estudios y de los intentos de sus padres en orden a esto mismo

 

5. En aquel año se habían interrumpido mis estudios, porque habiendo yo vuelto de Madauro, ciudad que estaba cerca de Tagaste, en la cual había estado aprendiendo letras humanas y la retórica, en este tiempo intermedio se iban juntando y previniendo los caudales necesarios para enviarme a continuar mis estudios a la ciudad de Cartago, que estaba mucho más lejos, lo cual se intentó y efectuó más por animosa resolución de mi padre, que por la abundancia de sus riquezas, pues él era un vecino de Tagaste cuyas facultades y hacienda eran bien cortas.

Pero ¿a quién refiero yo estas cosas? No os las cuento a Vos, Dios mío, sino que en presencia vuestra, y haciéndoos testigo de ello, las refiero y cuento a todo mi linaje, esto es, a todo el género humano, en que verdaderamente se comprende cualquiera pequeña porción de hombres a cuyas manos vayan a dar estas mis letras y escritos. Y esto ¿con qué fin o para qué lo hago? Para que yo mismo y todos los que lo leyesen, pensemos y conozcamos desde cuán grande y profundísima distancia de vuestra suma bondad hemos de clamar todavía a Vos. Pero ¿qué cosa hay más próxima a vuestros oídos que semejantes clamores, si los acompaña el corazón confesándoos y la vida es regulada por la fe?

¿Quién había que entonces no llenase de elogios a mi padre, porque con unas expensas superiores a su hacienda me daba cuanto fuese necesario para ir a continuar los estudios tan lejos de mi patria, cuando se veía que otros ciudadanos mucho más ricos que mi padre no cuidaban de ejecutar otro tanto con sus hijos? Ni tampoco mi padre cuidaba de que yo adelantase en vuestro santo temor y servicio, ni de que viviese castamente, con tal que cultivase la elocuencia y me hiciese discreto y culto, aunque el campo de mi corazón, de quien Vos, Dios mío, sois el único, legítimo y verdadero dueño, estuviese desierto y sin cultivo.

6. Luego, pues, que en dicho año decimosexto de mi edad comencé a estar en casa con mis padres, como estaba sin ocupación y apartado por entonces del estudio por falta de medios, crecieron tanto con la ociosidad las espinas de mi incontinencia, que me cubrían todo de pies a cabeza, y no había quien me las arrancara. Antes bien, al contrario, una vez que estando yo en el baño me vio mi padre con señas de pubertad, como lisonjeándose ya con la esperanza   —46→   de tener nietos, se lo fue a contar a mi madre muy alegre y gozoso; mas era en fuerza de la embriaguez que padecen los hilos de este siglo, causada del vino invisible de su mal inclinada y perversa voluntad hacia las cosas de acá abajo; en cuya embriaguez vive este mundo olvidado de Vos, que sois su Criador, y amando en vuestro lugar a las criaturas. Mas como ya habíais comenzado a hacer templo vuestro del corazón de mi madre y a tener allí vuestra santa habitación (pues mi padre era sólo catecúmeno, y había poco que lo era), mi madre se estremeció y sobresaltó con un piadoso temblor y santo miedo, pues aunque todavía no estaba yo bautizado, temió que seguiría aquellas torcidas sendas por donde caminan los que os vuelven las espaldas, en lugar de caminar mirando siempre a Vos.

7. Mas ¡ay de mí!, ¡ay Dios mío!, ¿cómo me atrevo a decir que Vos callabais, cuando yo me iba alejando más y más de Vos?, ¿acaso es verdad que callabais Vos, Dios mío, y no me llamabais? Pues ¿cúyas, sino vuestras, eran aquellas voces que resonaban en mis oídos, pronunciadas por boca de mi madre, fiel sierva vuestra, aunque nada de lo que me decía llegase a penetrar mi corazón, ni yo lo pusiese por obra? Porque bien me acuerdo de que mi madre deseaba mucho cogerme a solas, para amonestarme muy seria y encarecidamente (como lo ejecutó), que no tuviese trato ilícito con mujer alguna, y especialmente con mujer casada; pero a mí me parecían éstos unos consejos mujeriles, a los cuales me daría vergüenza obedecer. Mas ellos eran recados y avisos vuestros que mi madre me llevaba, y yo no lo conocía. Juzgaba yo que Vos estabais callando cuando mi madre me hablaba, y no cesabais de llamarme por su boca; y despreciándola yo, Vos erais en ello el despreciado por mí, siendo yo un infeliz siervo vuestro, hijo de una sierva vuestra.

Mas yo no conocía nada de esto y corría tan ciegamente al precipicio, que me avergonzaba de no ser tan desvergonzado como otros compañeros de mi edad, porque yo les oía jactarse de sus maldades, y gloriarse tanto más de ellas cuanto más feas eran y más torpes; con lo que me aficionaba a sus vicios, no sólo por el deleite, sino también por el deseo de alabanza. ¿Qué cosa hay más digna de menosprecio que el vicio? Y no obstante, para no ser menospreciado, me hacía yo más vicioso, y cuando no tenía algún suceso con que igualarme a otros más rematados y perdidos, suponía haberlo hecho, siendo falso, para que no les pareciese yo más despreciable por ser más inocente, y no me tuviesen en menos por ser más casto.

8. He aquí con qué compañeros iba yo paseando las calles y plazas de Babilonia: me revolcaba en su cieno como si fuese en ungüentos olorosos, y para que me enlodase más y estuviese más tenazmente pegado a su inmundicia, el enemigo invisible me hollaba con sus pies en medio de ella, y me detenía allí engañado, porque era yo muy fácil de engañar en esto. Mi madre, que ya había huido del medio de Babilonia, pero que iba poco a poco en la retirada, aunque me había aconsejado la castidad, no cuidó de reprimir mi matrimonio; si es que no pudiese por otros medios atajarse enteramente el daño que amenazaba lo que mi padre había dicho de mí, y que ella conocía bien que ya entonces me era muy perjudicial, y en adelante debía ser para mí muy expuesto y peligroso.

No procuró esto mi madre temiendo que con los lazos del matrimonio se frustrarían las esperanzas que de mí tenían; no digo la esperanza de la vida eterna que mi madre tenía puesta en Vos, sino la esperanza de mis adelantamientos en la carrera de los estudios, lo cual deseaban padre y madre con la mayor ansia; pero con esta diferencia, que aquél, pensando muy poco o nada en Vos, eran locuras y vanidades las que proyectaba acerca de mí; pero ésta consideraba que aquellos regulares y acostumbrados estudios de las ciencias, no sólo no me estorbarían, sino que también me ayudarían para conoceros algún día y poseeros. Así lo conjeturo, fundándome en lo que ahora me puedo acordar de las costumbres y genio de mis padres.

También para el juego y otras diversiones me aflojaban las riendas más de lo que pide una severidad prudente y moderada, dejándomelas sueltas para otros varios afectos, pasiones, y en todas estas cosas había una niebla oscura que me impedía ver la serenidad hermosa de vuestra verdad; y así de la abundancia de estos bienes abusaba yo, haciéndolos servir a la maldad.

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