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Alberto Insúa en AlbaLearning

Alberto Insúa

"La condesa Marina"

Los pecados sin perdón

Biografía de Alberto Insúa en Wikipedia

 
 
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Música: Falla - El Sombrero de Tres Picos - 4: Danse du Corregidor
 

La condesa Marina

OBRAS DEL AUTOR

Los pecados sin perdon
El señor de Magaz
El vampiro
La condesa Marina
La vestal
 
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La Navidad del extranjero
 

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El senor de Magaz
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Fray Damián y sus devotas
La amante de Santiago
La condesa Marina
La chula de Amaniel
La idea salvadora
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La moral bien analizada
La nueva psicología del amor 1
La nueva psicología del amor 2
La que envejeció tres veces
La vestal
Las astillas
Los pecados sin perdón
Los recién casados y los bandidos
Madama Falansteria
Petición de manor
Por qué engañan los hombres a las mujeres. Para variar
Por qué engañan los hombres a las mujeres. Por bonitas
Por qué engañan los hombres a las mujeres. Por feas
No hay que pervertir los números
Senos. Las criadas
Senos. Senos de viuda
Una mala mujer
Una recompensa bien ganada
y apaleado...Confesiones de un paje
 

"La Diana"

El organillo de la muerte
 

"La esfera"

Una aventura de amor
 

"París alegre"

El zapato blanco
 

"Vida galante"

El tuerto ciego
El paraiso rehusado
 
 

Yo me opuse a su boda con el conde de Oriol. No he aprobado nunca los matrimonios en que no hay armonía de edad. Y esta armonía existe cuando el esposo le lleva diez o doce años a la mujer. Es la tradición ortodoxa. Entre la creación de Adán y la de Eva median algunas de esas jornadas inconmensurables del período bíblico. Adán era un hombre musculoso y barbudo cuando de su propia carne le formó Jehová compañera. El conde de Oriol tenía sesenta años. Marina, diez y ocho. Más que diferencia edades, existía un abismo entre ambos.

Yo se lo dije al barón y a la baronesa de Regio, padres de Marina. Y me respondieron que la empeñada en casarse era Marina. No me sorprendí. Marina era mi penitente: conocía su amor ai lujo y su tendencia a los placeres frivolos. Recordaba algunos de sus pequeños pecados: hurto de encajes a una amiga; escabrosas complacencias con un hombre que le hacía magníficos presentes. Marina, hermosa como Eva al nacer, blanca como la leche y esbelta como un antílope, creía haber venido al mundo para adornarse, para aspirar perfumes deliciosos y devorar golosinas exquisitas.

Quise penetrar en su alma y conocer sus ambiciones. De pronto sólo vi aquel desenfrenado amor al boato y la molicie. El conde de Oriol tiene un palacio en Venecia, una casa en París, unas minas de plomo én Hunajría. — «Pero no tiene juventud»—le respondí a Marina, que me enumeraba todos los méritos del conde. —¿Qué importa?—me contestó. Yo sé que es un anciano, pero la Iglesia no prohibe el matrimonio entre una muchacha y un viejo. Le respondí: —Es verdad; pero la Iglesia impone a la esposa, sea cual fuere la edad del esposo, los mismos deberes. Cumplirlos con un marido joven es fácil y puede ser agradable. Con uno valetudinario como el conde de Oriol es arduo. Mirándola fijamente añadí: —Te absuelvo, Marina, y te permito casarte, pero, habrás de prometerme ante Dios, que en tu vida y en tu mente sólo existirá un hombre para ti: tu esposo. Te exijo fidelidad material y mental. ¿Escuchas?» Mis ojos debían de fulgurar, terribles. Marina me sostuvo la mirada y respondió: —Juro fidelidad material y mental al conde de Oriol.

Bendije aquella boda. Pasó tiempo. Los. condes de Oriol viajaban. Yo, en el claustro, pensaba a veces en Marina. Yo le había perdonado su matrimonio, oero no le perdonaría nunca el adulterio. Nunca. Su fidelidad sería su expiación. Supe los triunfos de su belleza y de su virtud en Italia, en Francia y en España. Conocí los nombres de sus rondadores, de sus tentadores. Marina cumplía su juramento. El conde de Oriol, un gentilhombre agotado y voluptuoso, era feliz. Y yo sentía ese extraño placer que me procura la justicia implacable. La condesa de Oriol no gozaría jamás. Hermosa como Eva al nacer, no gustaría el santo goce del amor recíproco. Su belleza era inútil. Sólo una viudez rápida podía redimirla. Pero el conde, acartonado, parecía inmortal.

Ayer, al terminar las vísperas, vino a buscarme el maestresala del conde. La condesa, gravemente enferma, pedía confesión. Entré en el palacio. Vi al barón y la baronesa de Regio llorando. El conde Oriol estaba consternado, pero no sé qué lucecita irónica brillaba a veces en sus pupilas mates.

Entré en la alcoba de la condesa. La muerte no tardaría en presentarse: los muebles, las personas y la luz de aquel aposento la esperaban. Pedí que me dejasen solo con Marina. Cuando desaparecieron todos, ella quiso levantar una de sus manos exangües. No pudo... Me acerqué, aspiré el olor de flores mustias de su cuerpo, la tibieza febril de su aliento y el vaho de su pelo sudoroso de agonizante.

—¿Has pecado?—le pregunté.

—Sí, padre Clarencio; y le pido el perdón. Voy a morir. Yo misma me he dado la muerte. He querido expiar... Perdón...

—Adulterio y suicidio—murmuré fríamente—. Doble pecado mortal...

Marina me imploraba con los ojos turbios de la agonía.

—No quiero condenarme, padre Clarencio. Mi culpa... mi culpa es que no pude resistir al ansia de un hombre joven, como yo. Luché tres años. ¡Cuántos me perseguían! En los bailes, en los banquetes... Caballeros de uniforme o de frac... Palabras y gestos conocidos... Me reía de ellos, padre, me reía... Pero aquí, en el palacio...

Se detuvo. Creí que expiraba. Una vergüenza trágica acrecía su lividez.

—¿Aquí en el palacio?—exigí.

—Un palafrenero, joven y hermoso, como un dios...

—¿El Conde lo supo?...

—Hace tres días apareció el palafrenero ahogado en el estanque. Yo vi una luz rara en los ojos del Conde; sentí un gran frío, un gran miedo y preferí morir... No quiero condenarme. Pido perdón. Ño hay pecado sin perdón, padre Clarencio. Absuélvame...

Levanté una mano. Ella creyó que iba a describir el signo de la indulgencia, y a franquearle la puerta celestial. Marina era creyente temerosa de Dios y de Luzbel. Tuve un instante de duda. Aun respiraba. Sus labios esperaban el último beso de la vida. Sólo en algún bajo-relieve orentino podría encontrarse belleza tan triste y tan augusta como la de su faz. Los dedos de Dios desvanecían con lentitud amorosa aquel rostro de agonizante.

Marina, acaso, merecía la gloria. Pero yo, implacable, murmuré:

— Condesita frivola, que lo quisiste todo. Si hay un averno, vé a consumirte en sus llamas. ¡Quién fuera la llama que te envolverá!

Marina me miró espantada.

— ¡Perdón! ¡Está aquí el diablo! ¡Perdón!

Después de aquel grito, su cuerpo tuvo una sola sacudida. Le cerré los ojos y llamé. Lágrimas, murmullos y plegarias... Yo miraba a la dulce pecadora que mi corazón no había podido perdonar con recóndito espanto. ¡Si hay un averno, la Condesa Marina arderá en él eternamente!

Su alma estuvo entre mis manos. Era blanca y suave como su cuerpo. Pude dársela a Dios y se la di a Satán.

Publicado en “Flirt" Madrid en 1922

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