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Alfonso Hernández Catá en AlbaLearning

Alfonso Hernández Catá

"Una mala mujer"

Biografía de Alfonso Hernández Catá en AlbaLearning

 
 

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Música: Falla - El Sombrero de Tres Picos - 4: Danse du Corregidor
 

Una mala mujer

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Como se había dejado abordar en seguida y era muy joven, ella creyó útil contarle su historia.

—Yo soy hija de un militar retirado, ¿sabes?...

Y fue la invariable historia de todas: el novio, la paloma cayendo en la trampa del cazador ladino, la cólera familiar, el abandono, el hambre, el... ¿Para qué seguir? Esa historia que ellas llegan a referir con tas mismas palabras y las mismas cadencias de tono, igual que los actores que han ensayado demasiadas veces un papel.

—Mi hijita está en el campo... Y si hago esta vida es por ella: para poder sostenerla y darla educación,.. Para que luego no vaya a pasarle lo que a mí.

El muchacho, que acababa de aprobar aquel mismo día el tercer curso de Derecho, oyó la historia ingenuamente. Las notas obtenidas y generoso ardor que aun las decepciones no habían mitigado, lo impulsaban hacia el optimismo y hacia la piedad. Cuando hablaba con otros compañeros para justificar la lectura de algunos libros transcendentales, solía hablar con desaliento y desplegar perspectivas de desolación, pero solo, desenmascarado por varios vasos de cerveza y por el júbilo del triunfo en los exámenes, el romanticismo, que formaba la mejor parte de su alma, doniinaba lo demás; su alma íntegra abríase lo mismo que una flor para dejar ver en el fondo ese polvillo tenue donde parece nacer el perfume... La pobre mujer que no Sabía nada, pero que ienía la triste experiencia de los hombres, comprendió en seguida que era presa fácil.

—¿Y es muy pequeña tu chica?

—Siete años... Le mando dinero cada dos semanas... No la tengo aquí para que no sepa... ¡Yo no quiero que lo sepa nunca!

Mezclados con el gentío, ella le fue explicando la historia. Contenta por el efecto inesperado de unas palabras que tantas veces resbalaron sobre la callosidad de tantas almas, insistió en los pormenores, y el muchacho supo el color del pelo de la nena, el de sus ojillos, las cosas que decía en las cartas... Luego, algo desconcertada la mujer, volvió a recapitular su vida, corrigió errores de la primera narración, y habló de la niña otra vez. Ya, al fin, hacíalo sin el interés de aumentar la dádiva, sólo por mantener más tiempo junto a su terrible soledad la atención y la conmiseración de un hombre. El, a las pocas palabras, decidió, sin decírselo, una idea concreta: vaciar sus ansias de redentor en el caso que la suerte le deparaba. Con impetuosidad juvenil comenzó a imaginar que el Destino no lo había juntado en vano con la mísera mujerzuela. Ni un momento entibió su propósito el pensar cuánto pudiera tener de estéril o ridículo: a los veinte años se es ciego para el ridículo, cuyo fanlasrna nos detiene en el buen camino tantas veces después. Se arrimó a ella, la tomó del brazo con fuerza y con dulzura, cual si quisiera aliviarla de algo del peso de su cuerpo, lleno de pedazos; y durante largo rato marcharon maravillosamente solos entre la muchedumbre. Cuando al pasar bajo la luz de los faroles veía su cara angulosa, la línea escarlata que amplificaba y afeaba sus labios, las escrófulas que mordían su cuello, sentía que por estar marcada por el infortunio era más digna de ternura, y un poco de su alma iba entonces al través de su brazo a trocar el contacto en caricia. Quería redimirla, resarcirla de los vejámenes, abrirle un camino de ilusión hacia el porvenir... El sacerdote, el hidalgo y el poeta, pugnaban en su espíritu por aventajarse.

—Escucha —le dijo -. Ahora vamos a entrar en una tienda y voy a comprar una caja grande de bombones para que se la mandes a tu chica. Quiero que se acuerde del día de hoy.

La mujer lo miró sorprendida; luego, con dulzura, se dejó guiar hacia calles desiertas, donde él pudo satisfacer su anhelo apostólico. Largo rato, con elocuencia incisiva, le habló puesto el recuerdo en su hogar feliz, despertando en ella esas remembranzas de pureza que sólo algunos desventurados no poseen; le habló con frases sencillas, entrecortadas, a veces balbucientes, y poco a poco la cara de la ramera fue transfigurándose... Ya aquel muchacho no era el número tantos del día; a medida que las evocaciones infantiles la penetraban, se enternecía, y ansias de llorar obligábanla a contraer el rostro... Otras veces algún hombre ahito, apoyada la cabeza en la mano y el codo en la almohada, le había pronunciado también discursos y dado consejos; pero nunca el acento de interés tuvo aquel aroma férvido, jamás sintió tan materialmente inclinada sobre la suva un alma tan ávida de emplearse en sacarla de aquella vida de mujer de todos. Sintió que lo más íntimo de su ser se removía, que viejas cosas que creía ya muertas, estaban sólo dormidas en sus entrañas.

—Mira... Siempre hay tiempo... Yo puedo hablar con amigos de papá y buscarte trabajo... Verás cómo esta vida es peor que la vida de obrera y además, aunque lufras al principio, no importa. La niña no debe estar lejos de ti, porque la privas de lo mejor que ha de tener por mucho que tenga: de la infancia al lado de su madre... ¿Tú te acuerdas de cuando eras pequeña, de cuando tu mamá te cuidaba? Pues si no cambias de vida, ella no podrá tener ese recuerdo nunca... ¿comprendes? Esa niña, con sus dos manecitas, tirará más de ti para ayudarte a subir, que lo que yo pueda tirar... Un hijo debe ser algo muy fuerte, algo que purifique, algo... ¿cómo te diré yo? Algo que obligue... Estoy seguro de que cuando piensas en ella, por sólo pensar, ya eres mejor... ¿No te pesa?... Pero no, no hablemos de lo irremediable... Ya te he dicho que nunca es tarde... Todos los días puede ser año nuevo... Serás buena, serás feliz... Ya verás. Y cambiando de tono:

—¿Hace frío, no?... ¿Tiene ella ropa suficiente? Todavía no me has dicho cómo se llama.

—Se llama... como yo: Milagros.

—Pues vamos a hacer qne se merezca el nombre.

Muy apretados el uno contra el otro, envueltos por la niebla, siguieron andando. Él la sentía temblar, contenerse; y, de pronto, toda aquella emoción se desbordó y largos sollozos la agitaron:

—Si soy una puerca... una puerca... lo peor del mundo... ¡Ay, si fuera verdad eso que usted dice!

Sin casi advertir que había dejado de tratarlo de tú, él se puso a calmarla:

—Vamos, tranquilízate... Será verdad... No te pongas así.

—No, si no puede ser... Si le digo que soy lo peor.

—Ven acá, mujer...

Pero ella desasióse de súbito, y abatiendo la cabeza, confesó:

—No quiero seguir engañándolo... Nada es verdad... Soy peor que un perro, peor que lo último... ¡No puedo tener hijos!... Toio es mentira... mentira... ¡Ah, si pudiera tener una hija!

Sollozaba con tanta vehemencia, que el impulso de desprecio al saber la impostura, fue vencido por la trágica tristeza, que no hallaba para expresarse más que palabras incoherentes. El dolor era tan vivo, venía de tan hondo, que él encontró en seguida frases de consuelo:

—Bueno, cálmate... Nunca serás tan mala... No exageres...

—Sí, sí... Soy la peor... Déjeme... Escúpame... ¡Soy lo peor!

—Vamos, óyeme; agárrate bien a mi brazo...

—Ojalá cayera para no levantarme nunca. ¡Maldita sea!

Siguieron andando; ya debían estar cerca de la casa a donde automáticamente iba ella; la mujer se detuvo y mirándole fijamente a los ojos, le dijo:

—¿Verdad que no me desprecia usted?

—No, mujer.

—Creo que sería aun más maldita de lo que soy... Usted no puede saberlo, pero cada una tiene sus entrañas, y lo que usted me ha dicho lo tengo aquí clavado... Esta caja de caramelos no la doy ni por cien veces lo que vale.

Y luego de una pausa añadió, ruborizándose como rna ¡nocente:

—Si quiere usted irse...

—No, no, vamos juntos... ¿Es esta la casa?

Un sentimiento caballeresco impedíale dejarla así; ella volvió a insistir, mas él se obstinó y subieron... Era una alcoba mísera, con ese olor dulzón de los cuartos mal ventilados. Un quinqué, con pantalla de papel de seda, daba una luz triste; dos cortinillas ocultaban la cama; en un rincón había un sofá donde la infeliz se derrumbó sin quitarse el sombrero, muda, estremecida... Él, apoyado contra la mesa, la miró largo rato.

—¿No dices nada?... ¿Has perdido el habla?

— iOjalá!

Se acercó y se puso a acariciarla. Su juventud, fecunda en bondad, no tardó en imponer la parte de concupiscencia que la equilibraba y la hacía humana: la arcilla exigía su parte en la aventura. El mismo aire viciado tenía alpo de torpemente venusiaco, de incitador... Un efluvio de perlume barato lo turbaba.

Fue hacia ella, le quitó el sombrero y se inclinó para besarla en la boca. Ella lo rechazó.

—¡No, no!...

—Vamos, deja... ¿Eres tú la que va a ser rencorosa?

Y como se esforzara en llegar a sus labios, volvió a repelerle con violencia: —¡He dicho que no!

Excitado por el imprevisto obstáculo, ¡a persiguió por toda la alcoba, forcejearon en la cama, tiraron dos sillas.. Luchaban airados, sin hablar... Un arañazo, punzándole, hizo detener al hombre, y esa cólera de la lujuria insatisfecha, subió a su faz. Ella, jadeante, había vuelto a derrumbarse en el sofá y él se sentó agotado. Oíanse sólo las respiraciones y el tableteo de un tacón golpeando al suelo con nervioso ritmo... De tiempo en tiempo él murmuraba para dar una válvula a su ira:

—¡Tiene gracia... Tiene verdadera gracia esto!

Y hubo otro silencio. La mujer, con un lento ademán de humildad, fue de rodillas hasta él y le puso la diestra en el hombro.

—¿Me perdona?

—¡Déjame!

Vibró tanto el desdén en esta palabra, que ella rompió a llorar, y las frases, engarzadas en sollozos, le salieron al fin a borbotones:

—¡A otros, sí... a otros, sí! A otros pudriré como he podrido a tantos, ¿sabe?... que ese es mi sino... Puede que esta misma noche pudra aun a alguno... ¡Qué me importa! Pero a usted, no... Antes me dejo arrastrar... Para mí es usted sagrado... ¡Si después de las palabras que me ha dicho, yo hiciera eso, no habría bastante infierno para mí!

Y vencida, volvió a echarse a llorar en el sofá. Él se puso los guantes, el abrigo; ciñó con una lenta caricia la cabeza que no osaba alzarse, y salió.

Publicado en “Flirt" Madrid en 1922

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