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Saturnino Calleja Fernández en AlbaLearning

Saturnino Calleja Fernández

"La cruz del diablo"

Biografía de Saturnino Calleja Fernández en Wikipedia

 
 
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Música: Dvorak - Piano Trio No. 2 in G minor, Op. 26 (B.56) - 3: Scherzo: Presto
 

La cruz del diablo

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En un pueblo de Navarra había un señor que era el terror de todas aquellas tierras: tan malo era, que el mismo demonio le tenía envidia.

Era tan perverso, que el rey hubo de llamarle al orden y aun desterrarle del reino.

Mientras él vivió en la comarca, se oía de continuo el cuerno de caza; los caballos de aquel hombre y los de sus amigos estropeaban sembrados, atropellaban casas, mataban jóvenes y ancianos, pegaban fuego a las habitaciones, chozas y casas; y tal miedo habían puesto en el ánimo de aquellas pobres gentes, que apenas sonaba el cuerno de caza en las puertas del castillo o veían venir la cabalgata, se ponían a temblar, cerraban puertas y ventanas y no cesaban de rezar.

Cuando salió desterrado, quedó la comarca tranquila, recobró la vida que antes tenía, los campos fructificaban, y producían que era una bendición de Dios.

Pasaron los años, y el castillo comenzó a derruirse.

Ya nadie se acordaba de aquel señor ni de sus fechorías, cuando vino a posesionarse del castillo una partida de bandoleros, tan invisible y tan imposible de encontrar, que ya se corría de boca en boca que eran fantasmas y almas en pena mandadas por el señor de aquel castillo, que tan malo había sido en vida.

Acreditaba este rumor el hecho de que el capitán llevaba puesta la misma armadura que había usado aquel infame, y que se había llevado puesta cuando le desterraron de aquellos lugares.

Volvieron a estar encendidas por las noches las luces, a sonar los cantos báquicos, a ser robadas las casas y quemados y arrasados los campos, y nacieron de nuevo la intranquilidad y el desasosiego.

Todas las noches se encendía en una de las más altas torres del castillo una luz encarnada que parecía un ojo enorme, cuya luz atravesaba la espesura del bosque, iluminándole con luz siniestra que parecía un incendio.

Algunos valientes de los pueblos inmediatos que se habían atrevido a acercarse oyeron tales cosas, que volvían corriendo a sus casas con el cabello erizado y dando diente con diente.

— Pero, ¿qué han oído ustedes? — les preguntaban las autoridades.

— ¡Ay, ay, ay! — gritaban llenos de terror.

— Pero, ¿qué es lo que han oído, cobardones? —repetían.

— Pues, verán ustedes — decían aquellos infelices en cuanto lograban serenarse. — A las doce de la noche nos asomamos a las puertas del castillo, y al sonar la hora de la media noche oímos ruidos de cadenas, alaridos horribles y carcajadas aterradoras; se nos puso la carne de gallina, y salimos corriendo como gamos.

— ¡Son ustedes unos cobardes! — gritó el juez. —¡Por algo se les puso la carne de gallina!

— Pues vaya usted allí — exclamaron aquellos infelices temblando; — ya verá usted lo que es bueno.

El juez llamó en el acto al alguacil y a quince o veinte mozos armados de flechas y lanzas, y partieron hacia el castillo. Al salir del pueblo iban muy decididos; pero conforme se alejaban se les iba pasando el entusiasmo, y en poco estuvo que todos apretaran a correr a la entrada del bosque, si no hubiera sido por el juez, que era hombre valeroso, y que marchando a la cabeza de todos les quitaba el miedo con su ejemplo.

 Al aproximarse a la puerta del castillo oyóse el rumor de una orgía; canciones, gritos, chocar de vasos y, destacándose sobre todo esto, una voz terrorífica, la del capitán, que decía:

— ¡Ánimo, compañeros; brindemos a la salud de Satanás!

Una carcajada coreó aquel brindis, y se oyó el chocar de copas.

Los mozos que acompañaban al juez quedaron sobrecogidos de espanto, y de buena gana hubieran echado a correr, a no haberles gritado el juez con energía:

— ¡Aunque se tratara del propio diablo en persona, me lo llevo yo esta noche amarrado hasta la cárcel del pueblo!

Y empuñando el bastón dio tres golpes en la puerta diciendo:

— ¡Abrid a la justicia!

En aquel momento se abrió por sí misma la puerta sin hacer el menor ruido, y el juez, precedido de algunos mozos provistos de antorchas, penetró resueltamente en el castillo.

Registró una por una todas las habitaciones, y no encontró más que señales de haberse celebrado allí un banquete, y sobre una mesa desvencijada, varias copas caídas destilando un líquido parecido al vino, pero que olía a azufre desde diez varas.

No contento con esto, el juez descendió a las cuevas del castillo, y allí encontró el panteón donde reposaba el dueño, aquel cuyas cualidades le hicieron merecer el odio de todos, y avanzando hacia la tumba, tocó con su bastón la lápida y dijo:

— ¡En nombre de Dios y de la justicia te emplazo para que comparezcas ante mí a recibir el castigo que tus crímenes merecen!

Resonó dentro de la tumba una horrible carcajada que estremeció a todos menos al juez, que gritó:

— ¡Te prometo, por Dios que nos oye, que no has de tardar mucho en pagar tu merecido en la tierra, ya que de seguro estás purgándolo en el infierno!

Dicho esto se retiró, acompañado de todos los que le escoltaban y que estaban admirados del valor temerario del juez.

Sin embargo, los saqueos y las devastaciones continuaron.

Las lágrimas de dolor y el luto de los muertos por aquellos infames, la desesperación de los padres y de las familias formaron un coro tal, que llegaron hasta los oídos de los reyes, y éstos enviaron un gran golpe de fuerzas y jueces e inquisidores para poner coto a tantas iniquidades.

Aquellas fuerzas lograron apoderarse de los ladrones, incluso su capitán, y, una vez presos, juzgados y sentenciados, fueron ahorcados todos, a excepción del jefe, que logró evadirse de la prisión.

Ahorcados aquellos veinte bandidos, parecía natural que la comarca recobrase su tranquilidad.

En efecto; en tanto que estuvo preso el jefe no se encendieron en las ruinas las luces, ni se sintió el ruido de la orgía, ni se estropearon los campos, ni se cometieron delitos; pero, así que logró escapar, repitiéronse estas terroríficas escenas.

Organizóse entonces una cruzada en todo el país: para los soldados, jueces, inquisidores y magistrados fue cuestión de honor prender a aquellos desalmados y acabar con ellos.

Una noche, a la hora en que aquellos hombres celebraban sus reuniones, penetraron en el castillo, y prendieron a los compañeros de los ahorcados, y al mismo capitán.

Encerróse a todos, incluso el capitán, que iba encubierto con una armadura de hierro, y al cual amarraron a una argolla.

Un día, cuando iban a juzgarlos, el carcelero entró a llevar la comida al preso; pero éste se desplomó a su vista, deshaciéndose las piezas de su armadura, de modo que no cabía duda de la desaparición del dueño: el carcelero sintió al desplomarse la armadura una carcajada infernal que le aterró.

Dio parte a la justicia, y ésta mandó que se sacara la armadura y se guardase como pieza de convicción. Apenas fueron sacadas las piezas de la armadura, cuando, armándose de repente, escapó del lugar en que la habían colocado.

Volvieron los terrores, hasta que de nuevo fue preso su dueño.

Entonces un inquisidor viejo, suponiendo que era el diablo el que se había metido en la armadura del capitán, propuso, y fue aceptado, que armadura y caballero fuesen fundidos, y con el hierro que resultase se hiciera una cruz.

Hízose así, y fundióse la cruz, que se colocó como señal en los lugares que más había frecuentado.

Cuando se estaba fundiendo la armadura salían de ella carcajadas huecas y horribles que atemorizaron a los fundidores.

Colocada la cruz, donde se puso se secó la hierba, y su solo aspecto hacía temblar al caminante. De ahí su nombre de cruz del diablo.

Pero apenas consagrada por el sacerdote del lugar, brotaron a su lado hermosas flores, y su sombra fue benéfica, porque el poder de Dios lo purifica todo.
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