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Carmen de Burgos y Segui en AlbaLearning

Carmen de Burgos y Seguí "Colombine"

"La herencia de la bruja"

Capítulo 1

Biografía de Carmen de Burgos y Segui en AlbaLearning

 
 
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Música: Brahms - Klavierstucke Op.76 - 4: Intermezzo
 
La herencia de la bruja
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I


El incitante olorcillo que salía de la cocina resultaba algo impropio en aquellos momentos de duelo. Aquel olor de conejo estofado, de crema tostada, de besugo al horno, que se mezclaba de un modo inconfundible, parecía rimar con las alegrías de los días felices, de las comidas de familia, de los banquetes de Pascuas, o de aniversario de nacimiento a los que se convida a los amigos íntimos; pero no con el triste recibimiento que esperaba a la pobre Nieves, que venía desde Andalucía para asistir al entierro de su madre.

Nicolasa la guarnicionera, única amiga que Nieves tenía en Madrid, era la que le había telegrafiado la triste noticia y le esperaba a parar en su casa, con esa amistad franca de las hijas del pueblo, que se dan p or entero a sus sentimientos.

Recordaba Nicolasa entonces toda su amistad con Nieves, desde que, pequeñas las dos, jugaban en el patio de la casa de vecindad donde vivían sus madres. La madre de Nieves tenía mala fama, y las otras vecinas no querían dejar a sus hijas jugar con la pequeñuela. Un señor, que decían que era tío suyo, pero que las vecinas afirmaban que era su padre, se !levó a Nieves a su casa, la puso a estudiar, la vistió de señoríra y la casó al fin con un viejo rico, don Inocente, que debía serlo no sólo de nombre cuando se atrevía a matrímonio tan desproporcionado.

Nieves babía sido siempre consecuente con Nicolasa. Jamás había olvidado su amistad ni dejado de visitarla. A su madre quiso llevársela consigo, pero la vieja bruja no consintió en dejar su antro. Debía tener mucho dinero porque echaba las cartas, leía el sino y preparaba hechizos de todas clases, aunque jamás cambiaba su traje de percal ni salía de su cuchitril, donde se regalaba con buenas chuletas y botellas del mejor vino.

No parecía tener gran cariño a la hija, ni inquietarse mucho por su suerte.

Sin embargo se llevaban siempre bien las dos, y quizás el deseo de separarlas y que no se encariñasen más hizo a don Inocente llevarse a su mujer a sus posesiones de Almería.

Hacía ya de eso más de treinta años, y las dos amigas no se habían visto más que dos veces durante ellos, la primera vez porque Nieves y don Inocente habían venido a ser padrinos de Celia, la hija de Nicolasa, que se había casado con un guarnicionero, y la segunda, porque Nicolasa fue a acompañar en los primeros días de su viudez a Nieves.

Pero no habían dejado de escribirse nunca y de tener confianza ilimitada entre las dos. Por Nicolasa sabía Nieves de su madre, que no le escribía jamás y que se contentaba con las noticias tie su hija que la guarnicionera le daba.

La vida había sido dura con Nicolasa. Al año de casada, su marido, baldado de reuma, no pudo dejar la butaca, donde vivió diez y ocho aflos. Viuda de aquel hombre vivo imposibilitado y madre de una chica de carne blanca, cutis sonrosado y mirar bovino, tan blanducha como si lleva se en la sangre los humores que hinchaban las articulaciones del padre, Nicolasa tuvo energía para d irigir ella sola la casa y hacerla prosperar.

Se bastaba ella sola, sin criada, para atender al cuidado del enfermo y de la hija, arreglar la casa y coser y preparar collerones y arreos, que su aprendiz llevaba a los parroquianos.

Llegó a ensanchar su industria y tener un centenar de empleados, que llevaban el trabajo a su casa, lo que le permitía ganar mucho y hacer gran des ahorros sin que nadie con ociese su prosperidad porque jamás salió de su paso, como ella decía, ni cambió de casa, ni admitió criada.

Apenas cumplió la hija vein te años la casó con Ricardo, el aprendiz, que era un an gelote, bobalicón, sin familia ni amistades, y que continuó viendo en su suegra la patrono y en su mujer la señorita, para seguir trabajando igual y tratándolas con el mismo respeto.

Cuando murió el marido de N icolasa, no cambió tampoco nada en la casa. Quitaron la butaca que ocupaba y todo siguió igual.

No le faltaba nada, y sin em bargo no se sentía feliz.

— Falta la alegría de la casa— solía decir con tono de reconvención a su yerno.

Miraba con rabia al muchachote de dos m etros, gordo a fuerza de estar todo el día sentado haciendo gimnasia de brazos para coser collerones, y que no le daba un nieto.

Por fin, dos abortos vinieron a vindicar al yerno, y a convencerla de que la culpa era de la hija que, a pesar de sus colores y su obesidad, estaba blanducha, aguachada, y era candidata al reuma de que murió el padre.

Desde entonces Nicolasa no se había vuelto a quejar, pero en el fondo de su alma guardaba como un secreto rencor al matrimonio que no le daba un bebé rosado para verlo jugar entre los collerones y los arreos, como su Celia cuando era pequeña.

La pobre mujer, que no había pensado en toda su vida más que en trabajar, no tuvo un ensueño de amor, ni una inquietud sexual nunca. La hija le salía a ella en eso, vejetaba en su vida conyugal, como si el horizonte acabase en la puerta de su talabartería.

Por eso se sorprendió tanto de las cartas de Nieves que, muerto su marido, se marchó a ia capital con un ansia de amor y de diversiones incomprensibles para la talabartera, que no se daba cuenta de que tales sentimientos cupieran en el corazón de una cincuentona.

Pero Nieves, que no había tenido que trabajar y que en la soledad de su cortijo, bíen cuidada y descansada, tuvo tiempo de leer novelas y versos, se encontraba con una ansiedad romántica, sin darse cuenta de su edad, por la juventud no gastada en el matrímonio con un marido anciano, con el cual tuvo apenas una revelación de futuras alegrías.

Indudablemente Nieves fue el escándalo de una capital anticuada, donde no se acostumbra la libertad de las mujeres como en las grandes capitales para hacer una vida de diversiones, sin renunciar a la pasión, a lo menos hipócritamente, pasados los treinta años.

Al fin, después de cartas Henas de tempestades de pasión y de celos, llegó la noticia de la boda de Nieves con Juanito Barragán. El ponía una posdata ofreciéndose a Nicolasa y su familia, los únicos amigos de su Nieves, como un hermano más.

No sabían de él más que no era rico, y que era tan joven que podía ser hijo de Nieves.

Sin embargo, ésta escribía que su casamiento era el triunfo d el amor, y se había verificad o en circunstancias dramáticas, conmovedoras.

En todas las cartas hablaba d el am or d e su m ando y de su felicidad; pero a Nicolasa le parecía que las ultimas no tenían ya el tono d e sinceridad de las primeras. No le quitaba nadie de la cabeza que Nieves sufría. Su hija y su yerno se reían de aquella manía suya de que no podía ser feliz una mujer en segundas nupcias, tema que discutían mientras cosían los collerones y correajes para las caballerías de tiro.

La muerte de la madre de Nieves, que llevaba muy bien sus ochenta años, había sido repentina. La encontráron las vecinas sin conocimiento en su tugurio, rodeada de las cinco o seis galas que constituían su familia de elección, y la habían ilevado ai hospital, donde falleció sin recobrar el conocimiento.

Nieves venía a cumplir piadoso deber filial de enterrar a su madre, y con la esperanza de hallar una buena suma de dinero que la vieja debía tener ahorrada.

Nicolasa echaba la casa por la ventana para recibir a su amiga. Celia había cedido su hermosa cama de matrimonio con cuatro colchones de lana para que durmiesen su madrina y el esposo, y a pesar de la severidad del duelo, prepararon la comida suculenta y apetitosa, que ponía una nota de fiesta al recibimiento. Dejaron la comidita preparada al lado de la lumbre, y los tres se fueron a esperar el tren a la estación del Mediodía. Tenían todos una gran curiosidad por conocer al ave rara que se figuraban que debía ser el marido de Nieves.

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