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William Shakespeare

William Shakesperare

Cuento de invierno

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El oráculo cumplido

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El oráculo cumplido
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Partidos Florizel y Pérdita, quedó el anciano pastor sumido en cruel desesperación al ver por un lado sobre sí la cólera del soberano y hallarse por otro desposeído de aquella tierna criatura que era sus delicias. Su hijo veía con dolor la situación del buen anciano, y para sacarle de ella, propúsole que fuera a ver a Polixeno y le expusiera paladinamente que Pérdita no era hija suya.

—No habéis de hacer más—díjole,— que presentaros al rey y decirle que esta joven fue cambiada en la cuna y que no es carne de vuestra carne, ni sangre de vuestra sangre, y que siendo así que vuestra carne y vuestra sangre no han ofendido a Su Majestad, tampoco han de ser vuestra carne y sangre objeto de castigo. Presentadle, además, los objetos que se hallaron juntamente con la niña al recogerla, aquellos objetos secretos, todo, excepto naturalmente lo que ella lleva encima; y hecho esto, estad cierto que la justicia nada podrá contra vos.

—Así lo haré—responde el tímido anciano,—y lo diré todo al pie de la letra como me lo has indicado; y hasta contaré al rey las travesuras de su hijo, que, bien puedo decirlo, mostró tener muy poca delicadeza con su padre y conmigo al pretender, ignorándolo yo, hacerme consuegro del rey.

Los bravos campesinos pusieron inmedíatamente por obra su proyecto: sabedores de que Polixeno había salido ya de palacio y embarcádose en persecución de su hijo, fuéronse a la playa para poner en sus manos los objetos que hallaran junto con la niña al recogerla en su tierna infancia.

Desde la muerte de Hermióna, hacía el rey Leontes vida de penitencia y austeridad, no pensando en otra cosa que en desagraviar la memoria de la esposa y del hijo que había perdido. Algunos de sus consejeros le habían aconsejado que contrajese segundas nupcias; pero la impetuosa Paulina, fiel siempre a su antigua y difunta ama, tan gravemente ultrajada, disuadió al rey de contraer matrimonio afirmando que no había en el mundo mujer capaz de llenar el vacío que dejara Hermióna, ni como esposa del rey, ni como reina de Sicilia. Además, recordó a Leontes las palabras del oráculo, a saber: «Morirá el rey sin sucesión, si lo perdido no se hallare.»

Leontes, más dócil y cuerdo que en otro tiempo, y sabiendo apreciar, a la sazón, la rectitud a toda prueba de aquella valerosa mujer, respondió que no se casaría de nuevo, mientras ella no se lo mandase.

A lo que respondió Paulina:

—Ni yo os lo mandaré jamás, sino cuando vuestra propia mujer, la reina Hermióna, recobre la vida.

Así estaban las cosas, cuando Florizel y Pérdita llegaron a Sicilia. Acogiólos Leontes con la mayor cordíalidad; pero no bien habían llegado a su presencia, recibió éste un mensaje de Polixeno, rogándole que encarcelase en seguida a su hijo Florizel porque pisoteando gravemente su dignidad y faltando a su deber de hijo, había sacrificado su porvenir, huyendo con la hija de un pastor. El propio Polixeno no tardó en llegar a Sicilia, llevando consigo al anciano pastor y al hijo de éste, a quienes hallara en el camino.

No era aquello, sin embargo, un negro nubarrón que hubiese de descargar furiosa tormenta, sino mas bien una nubecilla pasajera que no tardó en desvanecerse. Muy pronto todo el reino habia de tener una sorpresa que sería para él un motivo de alegría y regocijo inenarrables. Los objetos que el anciano pastor presentara a Polixeno, eran una prueba fehaciente de que la tierna criatura salvada no era otra que la mismísima hija cle Leontes desaparecida después de tan largo tiempo. El manto de la reina Hermióna, el precioso joyel que la criatura llevara al cuello, las cartas cuyo carácter de letra se vió ser de Antígono, el majestuoso continente de Pérdita, tan parecido al de la difunta reina, lo distinguido de su porte y de sus maneras, tan superior a su educación; muchos otros rasgos, en fin, eran otros tantos testimonios irrefragables que no dejaban lugar a duda, que era aquella joven la hija del rey de Sicilia.

Hubo, pues, en la ciudad y en todo el reino una verdadera explosión de alegría; encendiéronse hogueras y la muchedumbre recorría las calles y plazas comentando la extraña nueva, objeto de la sorpresa de todos. Decía todo el mundo que el encuentro de los dos soberanos había sido un espectáculo nunca visto y que no se borraría jamás de la imaginación de los que lo presenciaron: ambos lloraban de pura alegría y contento, levantaban los ojos y manos al Cielo, y Leontes loco de contento al tener en sus brazos a su hija, ya la cubría de ardientes besos, ya exclamaba: «¡Oh!, tu madre, tu madre!», despues pedía perdón a Polixeno, besaba a su yerno, abrazaba de nuevo a su hija, daba gracias al anciano pastor, que estaba allí atónito como una venerable ruina de muchos reinos, asolada por las edades.

Paulina sostenía en su corazón una reñida lucha entre el dolor y la alegría: aquella tierna criatura, objeto de sus alegrías, le recordaba por una parte la desventurada reina, por otra su marido, a quien el anciano pastor había visto en las garras del oso al momento de dejar la tierna criatura en el suelo.

Refirieron a la princesa como había muerto su madre, y el mismo rey, su padre, confesó lealmente la causa de ella, profundamente compungido. Sabiendo Pérdita que se había terminado hacia poco y tras largo tiempo de trabajo, una estatua de la reina que la representaba muy al vivo, quiso verla, y toda la corte se trasladó a casa de Paulina, en donde se guardaba aquella obra de arte. Ansioso miraba a todos lados el rey, en busca de la estatua, pero esta no comparecía, y aunque Paulina hizo pasar a todo el real cortejo por una galería, llena de gran número de objetos raros y preciosos, no vió Leontes en toda ella lo que Pérdita había ido a ver, o sea, la estatua de su madre. Llegaron por fin al oratorio, y atrevióse el rey, ya desesperanzado de ver lo que tanta ansia le daba, a recordar a Paulina el objeto de su visita.

—Sí, señor—responde Paulina al rey:—lo tengo muy presente y no saldréis de aquí sin verla; pero como quiera que en vida fue incomparable, su imagen sobrepuja, a mi modo de ver, todo lo jamás visto y cuanto haya jamás salido de la mano del hombre: por esto también la tengo aquí guardada y sola. Preparaos, pues; que la veréis representada tan al vivo y tan natural, como jamás el sueño ha representado a la muerte.

Al decir esto descorre Paulina la cortina, y aparece inmóvil y majestuosa la soberbia imagen de la difunta reina.

Quedaron todos mudos de asombro, sin pestañear y contemplándola arrobados, pues, verdaderamente jamás el arte había producido una tan perfecta representación de la vida.

—Señor—dice entonces Paulina,—vuestro silencio es el maás elocuente testimonio de vuestra admiración; pláceme, pues, ver que no proferís palabra. A pesar de todo, hablad, os lo ruego, y decid con lealtad si os parece que tiene con ella algún parecido.

—¡Es ella misma! —murmura Leontes:—y tú bendito mármol, acúsame, para que pueda yo decir con toda verdad, que eres Hermióna. Pero no, tú eres aún más Hermióna no acusándome, porque tú fuiste siempre el prototipo de la clemencia, y tan tierna como la infancia, como la misma gracia. Sin embargo, Paulina, una cosa observo, y es que Hermióna no tenía arrugas en la cara, ni era de la edad que la estatua parece representar.

—¡Oh! no; ni de mucho—añade Polixeno.

—Tanto mayor y mas admirable ha sido la habilidad del artista— dice Paulina,—al avanzarse a diez y seis años después de su muerte y presentárnosla tal cual sería hoy si viviese.

—Tal cual podría ser—suspira Leontes:—¡oh! esta era (lo recuerdo muy bien) su actitud, el día en que oyó de mi boca la primera palabra de amor; solo que entonces estaba en la plenitud de su vida y en el pleno goce de una juventud tan ardiente como es ahora fría e impasible.

—Permitidme ahora, oh rey, y no lo achaquéis a superstición—exclama Pérdita,—que me arrodille a sus pies e implore su bendición. ¡Madre mía y reina adorada, que acabasteis la vida al comenzar la mía; dadme a besar vuestra mano!...

—¡Oh! ¡andad con cuidado! —dice Paulina;—mirad que la estatua quedó terminada hace poco, y la pintura está aún tierna.— Después, haciendo ademán de correr la cortina, dice:

—No la miréis mas; no sea caso que de repente vuestra imaginación os haga creer que se mueve.

Pero Leontes ruega a Paulina que no la tape aún, porque cuanto más la contempla, tanto más le parece que vive: parécele que siente el aliento de su boca, que ve la lumbre de sus ojos, y esta vista resucita en él su antigua pasión hacia Hermióna y su gran dolor de haberla perdido.

—iQue nadie se burle de mi! —exclama; —quiero darle un beso.

Paulina le ruega que no lo intente, y hace ademán de correr la cortina. De nuevo se lo impide Leontes.

—Deteneos, señor—dícele Paulina, —y salid en seguida del oratorio, que otras sorpresas os aguardan. Si es que podéis soportar el espectáculo, yo haré que se mueva la estatua: veréis cómo baja del plinto y os toma la mano. Pero entonces os figuraréis que tengo poder del demonio, y a fe mía que no hay nada de ésto.

—Cuanto podáis hacerle hacer, sera para mí nuevo objeto de gozo—dice Leontes; —cuanto diga, lo oirán con placer mis oídos, pues si podéis darle movimiento, podréis también darle el habla.

—¡Música, despiértala!—dice en tono imperativo Paulina. Entonces, a los suaves acordes de la música que flotan en la bóveda del oratorio, pónese la estatua en movimiento, baja lentamente del plinto y toma a Leontes por la mano.

Era verdaderamente Hermióna, la propia Hermióna, viva, palpitante como diez y seis años atrás. La profunda aflicción y dura penitencia de su esposo habíanse terminado; en adelante había de vivir unido por la más cariñosa ternura con su amada esposa, conservada a la vida por una leal y adicta amiga.

La fiel Paulina no pasó en soledad los últimos años de su vida. Antígono había muerto es verdad; pero como quiera que ella había dado una segunda esposa a Leontes, éste le dió un segundo marido, diciendole:

-A fe mía, que no habré de ir muy lejos para hallaros un esposo digno de vos, pues conocéis sus sentimientos. Ea, Camilo (dice dirigiéndose a él) toma la mano de esta noble dama, cuyos méritos y virtudes, justamente celebres, proclamamos nosotros, pareja de reyes.

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