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William Shakespeare

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Cuento de invierno

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La reina de los requesones y las natillas

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La reina de los requesones y las natillas
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Dieciséis años habían transcurrido desde la fecha en que el pastor encontrara a la infeliz y abandonada criatura y la recogiera en su cabaña. Allí había comenzado la era de la prosperidad para el buen anciano, pues así como antes no tenía casi de qué comer, había ido mejorando desde aquel día su fortuna, a tal extremo que acabó por poseer grandes dominios. La niña, que todos creían del pastor, había crecido y llegado a ser una joven tan encantadora, que la fama de su belleza se divulgó por toda Bohemia, llegando hasta el palacio real.

Como dijimos antes, tenía el rey Polixeno un hijo llamado Florizel, casi de la misma edad que el príncipe Mamilio, muerto en Sicilia dieciséis años antes. El príncipe Florizel, pues, tenía, a la sazón, unos veintiún años de edad.

Yendo un día de caza, echó a volar su halcón y fue a parar en las dehesas del padre adoptivo de Pérdita. Al ir Florizel tras el halcón, echó de ver a la joven Pérdita y quedó prendadado de su gracia y hermosura: desde aquel día fue el príncipe tan asíduo visitante de la vivienda del pastor, que sus ausencias llamaron la atención del rey y éste confió sus dudas a Camilo: para sacar en claro donde pasaba el príncipe las horas que faltaba de palacio, hizo el rey que le siguiera la pista, y al saber que a donde se dirigía era la cabaña del pastor, acordó con Camilo que irían a ella los dos disfrazados para ver qué era lo que tan fuertemente atraía al príncipe a aquella rústica vivienda.

Escogieron para realizar su propósito, la fiesta del esquileo del ganado, día en el cual todos los pastores y pastoras de los alrededores se juntaban para divertirse y solazarse. Allá fue también Florizel vestido de pastor y mezclóse entre la multitud como uno de tantos. El padre adoptivo de Pérdita ignoraba que fuese el príncipe y le conocía por Doricles, no viendo en el más que a un simple aldeano.

El anciano pastor dispuso para sus numerosos convidados un espléndido festín, y pareciéndole que Pérdita se portaba con harta timidez y reserva, mandóle que se pusiese al frente de los festejos.

—Veo que te retraes, como si fueses una simple invitada, mientras que por derecho propio eres el ama de la casa. Ea, pues, quiero que seas verdaderamente la reina de la fiesta y como tal, tú serás quien haga los honores: mira, allí veo a dos desconocidos (díjole señalando a Polixeno y Camilo recién llegados); a ellos y a los trasquiladores dales la bienvenida, si quieres que tu rebaño prospere.

A tan amable y cariñosa invitación, hizo Pérdita un esfuerzo para vencer su reserva y timidez, y con un encanto y gracia sin igual dirigióse hacia los dos forasteros que su padre le había indicado. Dióles la bienvenida y llamando a una zagala que traía una cesta de flores, escogió algunas y ofreció un ramillete a cada uno de los dos, diciéndoles:

—Respetables señores, aquí tenéis romero y ruda; flores son éstas que no pierden en todo el invierno su color ni su perfume. ¡Gracia, pues, y recuerdo a ambos y bienvenidos seais a esta fiesta!

Enamorados quedaron Polixeno y Camilo de la hermosura y de la encantadora modestia de aquella encantadora joven; pero creció su admiración al oir las discretas e ingeniosas respuestas que daba a las preguntas que le hacían, el rato que con ella estuvieron hablando.

—Aquí tenéis mas flores—añadió:—el aromático espliego, la menta, la salvia, la mejorana y la maravilla que se cierra al ponerse el sol y se abre a la alborada llorando. Estas son flores de la canícula, y paréceme haber oído que se dan a los hombres que por la edad están en la mitad de su vida.

Luego, viendo acercarse una pléyade de zagalas, en cuyos lozanos y hermosos rostros brillaba el esplendor de la frescura virginal, hubiera querido ofrecerles algunas flores primaverales propias de su edad, y así exclamó:

—¡Oh Proserpina! ¡qué bien me vendrían ahora las flores que, aterrorizada, dejaste caer del carro de Plutón; los narcisos del prado, que salen antes de la llegada de la golondrina y que con su hermosura enfrenan los vientos de marzo; las azules violetas, obscuras sí, pero mas suaves que los párpados de Juno o el aliento de Citerea; las palidas velloritas que mueren vírgenes, antes de poder contemplar al sol en su brillante carrera; las atrevidas aleluyas y la corona imperial, los lirios de todas clases y particularmente el lirio iris! ¡Estas son precisamente las que me hacen falta para tejer hermosas guirnaldas!

—¡Que bella es y que graciosa! No creo que jamás muchacha de baja estirpe tan hermosa haya pisado el verde césped— exclamó Polixeno, al ver, poco después, a Pérdita abrir con Florizel la rústica danza de los pastores y pastoras.—Mira: todo respira en ella un no sé qué de grandeza superior a su condición y de nobleza impropia de este lugar.

—Verdaderamente—responde Camilo,—su porte es digno de una reina; la reina de los requesones y de las natillas.

Vuélvese entonces Polixeno al anciano pastor y le pregunta por aquel bello zagal que baila con su hija. Respóndele que no sabe de él sino que se llama Doricles y que se precia de poseer grandes dehesas y gran numero de ganados. Esto es lo que él dice, y lo creo, porque es veraz. Dice que quiere de veras a la niña, y lo creo también y, a decir lo que siento, me parece que sería difícil apreciar cuál de los dos ama más al otro, pues, a mi ver, ni en la mitad de un beso se aventajan.

—Y baila con garbo y bien—dice el rey.

—Todo lo hace bien, aunque mal me esté el decirlo; pero yo os aseguro que si el joven Doricles la toma por esposa, tendrá con ella lo que él no hubiera jamás pensado poseer.

El rey, empero, con todo y su gran admiración por Pérdita, no estaba conforme con que el heredero de la corona de Bohemia tomase por mujer a una zagala.

La alegria y bullicio de la fiesta crecía por momentos. Florizel, cada vez mas enamorado de su pareja, no pudo ya reprimir por más tiempo su pasión, y llamando a los dos forasteros, quiso que le sirvieran de testigos en el compromiso que iba a contraer inmedíatamente, de casarse con Pérdita.

—Ea, joven; venga vuestra mano, y tú, Pérdita, la tuya— dijo el anciano pastor, que no veía la hora de unirlos. Pero Polixeno pidió un momento de espera, y preguntó al joven con gran afabilidad:

—¿Teneis padre? ¿sabe el vuestra determinación?

—Ni la sabe, ni la sabrá.

—Perdonad pues; pero, a mi ver, el convidado más digno de asistir al banquete de boda de un hijo es su padre, dice Polixeno.

Pregunta después al joven si su padre conserva el uso de sus facultades, o si por el contrario, es un ser inútil, agotado por los años y las enfermedades.

A ello responde Florizel que está sano y conserva el vigor de la más robusta edad; pero niégase en absoluto a darle conocimiento de lo que sucede.

Polixeno, entonces, quítase el disfraz y aparece ante sus consternados interlocutores con toda la majestad del soberano y rey de Bohemia. El primero a quien increpa es el anciano, declarándole que le hará probablemente ahorcar, por haber permitido que su hija cautivase al joven príncipe. A Florizel, mándale en tono imperioso que abandone inmedíatamente a Pérdita y que le siga camino de la corte. Finalmente amenaza con cruel muerte a la joven si osare en lo sucesivo alentar con palabras o caricias el amor del hijo del rey.

Desesperado estaba el anciano pastor al ver cuán inconscientemente había incurrido en la cólera del rey, y veía con espanto sobre sí la ruina de los suyos y lo que era peor aún, una vergonzosa muerte para sí mismo. En cuanto a Pérdita, disponíase con el corazón partido de pena, a renunciar a su prometido. No era ella para esposa de un príncipe, harto lo veía; habíase, pues, desvanecido su sueño de felicidad y dicha. Protestó que ya no quería soñar por más tiempo grandezas haciendo la reina, sino que iría a lo suyo, o sea a apacentar su ganado y a muñir sus ovejas.

Sin embargo, nada más lejos del ánimo de Florizel que renunciar al objeto de sus amores, a quien había prestado juramento de fidelidad. Así, pues, hablando con Camilo que había quedado algo atrás del rey, mientras éste se alejaba airado, protesta a su amigo Camilo que ni por todo el reino de Bohemia, ni por toda la gloria que su posesión y la corona le puedan granjear, ni por todo cuanto el sol alumbra y la misteriosa tierra oculta en sus entrañas y el mar en sus inexplorados abismos, quebrantará el juramento hecho a su bella prometida.

En vano procura Camilo hacer entrar en razón a Florizel: este se muestra inconmovible y resuelto a todo: afortunadamente tiene un barco anclado no lejos de allí. Ruega, pues, a Camilo que siga al rey y que al llegar a la corte participe a Polixeno que su hijo Florizel se ha hecho a la vela con Pérdita: en cuanto a la ruta que piensa seguir, dice a Camilo que vale más que la ignore para que en su fidelidad, no se vea obligado a revelarla al rey.

El buen Camilo, viendo por una parte la imposibilidad de convencer al joven príncipe y animado por otra, del deseo de conciliar las voluntades de todos, propone a Florizel una idea que puede servirle a maravilla para lograr su objetivo. Conservaba Camilo buena y afectuosa memoria del rey Leontes, y varias veces, durante sus diez y seis años de destierro, había ardientemente deseado regresar a Sicilia. Propone, pues, a Florizel que se lleve a Pérdita a la corte de Leontes, en donde hallará sin duda la más cariñosa acogida de parte de aquel soberano arrepentido, aunque no sea más que para reparar en lo posible el mal que en otro tiempo hiciera a Polixeno. Prométele además hacer cuanto esté en su mano, cerca de su padre, por calmar su resentimiento y hacer que apruebe la boda de su hijo.

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