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Joaquín Dicenta en AlbaLearning

Joaquín Dicenta

"Todo en nada"

Capítulo 5

Biografía de Joaquín Dicenta en Wikipedia

 
 
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Música: Rachmaninov - Op.36, Sonata No.2 -II. Non allegro
 

Todo en nada

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V

Había transcurrido un año.

El tiempo fue cicatrizando la herida. Ya ésta no sangraba; pero subsistía la cicatriz, ancha, honda, imborrable. Cuando contra ella se crispaba el recuerdo, un dolor agudo sacudía el alma de Pedro, tal que si la herida hubiera vuelto a abrirse, a estremecerse, roja, chorreante de sangre.

Cierta mañana, al volver Pedro de su oficina y doblar una bocacalle, tropezó con una pareja que, en dirección contraria marchaba, cogida del brazo. Aquella mujer y aquel hombre debían salir de una tienda inmediata y dirigían sus pasos hacia un automóvil que aguardaba junto a la acera.

En la mujer reconoció el joven a Andrea.

Ella también le vio. Cubriósele de palidez el rostro y vaciló contra el brazo del hombre.

Aún estaba Pedro a distancia; apresuró el paso, pero, antes de llegar donde estaban la maestra y su acompañador, ganaron el automóvil ellos y el vehículo se alejó.

Durante unos minutos quedó Pedro estupefacto, imbécil. Necesitó apoyarse contra el muro de un edificio para no caer redondo.

Era ella, Andrea, ¡su Andrea! Porque suya fue por espacio de años, siquiera la entrega del cuerpo no acompañase a la del alma. Suya fue, en aquellos íntimos coloquios, que servían a sus corazones de carril para comunicarse esperanzas, desengaños, anhelos dichosos de convertir la posesión espiritual en adueñamiento completo, en nupcia plena, en fecunda y carnal conjunción. Suya, en las amarguísimas, horas, dedicadas a poner frente a frente la ventura que su unión les reportaría y el desamparo que supondría realizarla para los padres viejos y para los hermanos impúberes. Suya, como jamás, la noche en que juntos, envueltos por las tinieblas nocturnales, consumaron el sacrificio, inmolando la propia dicha en beneficio de la ajena.

Más tarde la huida; un silencio angustioso llenando los días, los minutos de un año...

Al fin volvía a hallarla... con otro hombre; ¡con otro que la retenía contra su brazo, que sobre su pecho la apoyaba, en muestra de vanidosa posesión!

-¿Quién era aquel hombre? ¿Con qué títulos paseaba por las calles a Andrea? ¿Un amante;? ¿un esposo?...

Sólo ella lo podía decir; y ella se alejaba a todo volteo de automóvil; ni aun volvió, para mirarle, el rostro antes de perderse en el remate de la vía espaciosa.

Con mirar de loco y paso de sonámbulo, hizo Pedro camino en la misma dirección que había llevado el automóvil.

¿Dónde iba? Lo ignoraba.

Sin darse cuenta de ello, entró en el Parque del Oeste, por el sitio que linda con los alrededores de la Cárcel Modelo.

La tarde lluviosa dejaba el Parque en casi absoluta soledad. Las gotas de agua, volvían cada planta estuche de raso, guardador de brillantes; en los árboles era una esmeralda cada hoja. Los pájaros cantaban su amor entre las ramas o se perseguían en el aire con aletazos y trinos queredores. Aprovechando las ausencias del hombre, iban y venían las urracas por los andenes, balanceando sus cabecitas de ojos pícaros sobre el cuello nervioso, erizando el plumaje con lascivo temblor, arrastrando por tierra su cola, tal que si ella fuese manto de desposada.

Pedro se dejó caer sobre un banco y en él permaneció, ajeno al curso de las horas, con la frente hundida entre las manos y el pensamiento sacudido por ideas crueles, por propósitos locos, por vengativos planes. Entre ellos descollaba la imagen de Andrea, pálida y hermosa, apoyándose en el brazo de un hombre, de otro hombre.

-¿Quién era aquel hombre? quien fuere -monologaba Pedro- es el ladrón de mi felicidad, de la sola felicidad que me permitía el destino. ¿He de resignarme a perderla? ¡No! ¡Quiero, necesito ver a Andrea! Es preciso que ella me explique su conducta, los motivos de su traición.

-¡Ver a Andrea! ¿Cómo? ¿Dónde hallarla? ¿A qué sitio, a qué persona dirigirme para indagar su paradero? La casualidad la puso ante mí; no es fácil que otra vez quiera hacerlo. ¡Perdida, perdida para siempre! Y ¿a qué encontrarla, si ajenos brazos la retienen?...

Los reflejos últimos del crepúsculo eran absorbidos por las negruras de la noche, cuando Pedro salió de su ensimismamiento.

Lentamente ganó la salida del Parque; tropezando con la gente y con las esquinas, recorrió calles y plazas de Madrid. Al cabo llegó frente a su casa.

-Llena de inquietud me tenías; -dijo su madre, al verle entrar-. -¿Qué te pasa? -añadió. -Estás pálido; hay rastros de llanto en tus ojos. ¿Estás enfermo? ¿Te han dado algún disgusto?

-No, madre; nada tengo.

-Entonces, me atrevo a darte la noticia.

-¿Qué noticia?

-Andrea ha estado aquí.

-¡Andrea!

-No tuvo necesidad de nombrarse para que yo la conociese. El retrato que preside tu mesa me la dio a conocer enseguida.

-¡Andrea!

-Preguntó por ti, manifestando gran pena al no hallarte y mayor aún porque no podía esperar. Con los ojos llenos de lágrimas, tendió sus brazos hacia mí. Luego de cercarme con ellos, de apretarme firme contra su corazón, se alejó sollozando.

-¿No dijo dónde podré encontrarla?

-No.

-Algo diría; alguna indicación ha debido de hacerte. ¡Recuérdalo, madre, recuérdalo!

El timbre de la puerta sonó.

Pedro corrió a abrir.

El recadero de un hotel puso en sus manos una carta. En el sobrescrito reconoció la letra de Andrea.

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