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Santiago Ramón y Cajal en AlbaLearning

Santiago Ramón y Cajal

"El pesimista corregido"

Capítulo 4

Biografía de Santiago Ramón y Cajal en Wikipedia

 
 
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El pesimista corregido
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IV

Poco tiempo después de la exploración que acabamos de referir, y cuando ya iba nuestro protagonista habituándose a los excesivos resplandores de la luz y a las extravagancias y sorpresas de aquel mundo tan real como inverosímil, ocurriósele cierto día asistir a una función del teatro Real.

Llevábale al aristocrático coliseo su pasión por la música. Y como sabía bien que, desde galerías y palcos, las decoraciones, así como los rostros y trajes de los cantantes, le harían deplorable efecto, resolvió hacer caso omiso de sus impresiones visuales y atenerse exclusivamente a las acústicas, por fortuna absolutamente normales. Y no halló para ello mejor expediente que instalarse en el más obscuro y olvidado rincón del paraíso.

Finalizaba el primer acto de Carmen, y resonaban aún en la sala los ruidosos aplausos de la claque, cuando nuestro dilettanti descubrió en un palco a su antigua prometida. Sin poder contener los impulsos de su corazón (pues todavía la amaba), y resuelto al mismo tiempo a someter a su exnovia a la implacable anatomía del análisis micrográfico, abandonó su rincón y bajó a saludarla.

El acto que iba a realizar no podía molestar a la familia de D. Tomás. Nuestro héroe había renunciado a ser el prometido oficial de Elvira, y esta circunstancia le daba cierta libertad para platicar con la esquiva doncella. En realidad, los exnovios no habían regañado, ni había para qué. Ocurrió sencillamente que el termómetro del afecto, que en el corazón de Elvira no marcó nunca la temperatura de la pasión vehemente, fue bajando insensiblemente hasta cero. Alejáronse poco a poco las almas, y la romanza del amor, cada vez menos briosa, dejó de resonar en el oído de la ingrata, cuando el corazón se negó a llevar el compás.

Pues como decíamos, Juan entró en el palco de D. Tomás, donde Elvira y su madre, muy joviales, empolvadas y peripuestas, lucían elegantes vestidos, valiosísimas alhajas y espléndidos tocados.

Si la intención del protagonista de esta historia fue borrar de su memoria las imágenes seductoras que conservaba de aquella mujer serena y razonadora; si anhelaba destruir de una vez la visión plástica de una belleza ponderada, sólida y eucrática, en torno de la cual, imaginación y sentimiento, habían alzado prestigioso ensueño de amor, fuerza es confesar que halló colmadas las medidas.

Completo fue el deshielo de la ilusión. A ello contribuyeron poderosamente varias circunstancias. En general, la mujer, maestra en el arte de agradar, no ha aprendido aún la ciencia de la iluminación. En la tertulia o el teatro escoge su asiento a la buena de Dios, sin caer en la cuenta de que hay luces que achagrinan la piel, turban la armonía del color y de las líneas, y echan diez años encima.

Tal le ocurrió a la infeliz Elvira. Sin el menor recelo instalóse junto a un foco eléctrico muy cercano, que, alumbrando dura y oblicuamente sus facciones, exageraba las incipientes y casi imperceptibles arrugas de los veintisiete años, y hacía resaltar cruelmente los menores accidentes y defectos de la piel. Para colmo de desgracia, el rostro de nuestra heroína distaba mucho de ofrecer aquellos días la primaveral frescura y lozanía de otros tiempos. Deslustrábanle no poco las reliquias de reciente erisipela y los efectos irritantes del frío invernal (enemigo terrible de las encarnaciones delicadas y de los cutis finos). Contra su costumbre, pues, tuvo la pobre que recurrir al uso y aun abuso de los afeites.

En vano buscaba Juan, presa del mayor estupor, la correspondencia que pudiera haber entre aquel inverosímil montón de carne femenina erizado de verrugas, vergas, costras y escamas, y la poética imagen de la niña gentil guardada en el relicario de su memoria. ¡Oué decepción! Convertida aparecía la cabeza en bosque impenetrable de pardos y céreos bambúes, manchados de caspa, charcas de esencias y colonias de hongos microscópicos. En los labios y mejillas refulgía, a la luz eléctrica, un empedrado desigual de granos rojos y blancos, es decir, de partículas de carmín y blanco de bismuto. Grumosas y apelmazadas por el coldcream, cubrían el vello de mejillas y frente, estratificaciones y estalactitas de polvo de arroz, es decir, de globos de almidón. Por entre los claros del bosque capilar y los témpanos feculentos, asomaban acá y allá, a guisa de enhiestos monolitos, extensas, translúcidas y abarquilladas películas epidérmicas, sobre las cuales yacían agazapadas serpenteantes ristras del estreptococo de la erisipela. En fin, para completar este cuadro de fealdad, mencionemos todavía, en los párpados, la presencia de rastros fuliginosos, es decir, de fragmentos colosales de carbón vegetal, que prestaban a los ojos grotesca expresión de clown; y, en los labios, la de una saliva viscosa, donde, muy a su talante y sabor, gesticulaban y nadaban viveros de bacterias.

Aquello no parecía la angelical compañera de hombre, sino un paquidermo gigantesco y desaseado, un animal antidiluviano de especie ignota, capaz solamente de inspirar lástima y repugnancia. ¡Qué tremenda desilusión!

—¡Y a esto se reduce, en el fondo—pensaba Juan para sus adentros—la tan decantada belleza femenil, la eterna Elena subyugadora del hombre y principio y causa de tantos desatinos, desvarios y crímenes! ¡Y todo para recibir, cual galardón supremo, en nuestros codiciosos labios, la ola nauseabunda de los microbios salivales y sentir en la piel el rudo contacto de una epidermis que se desconcha y de un escobillón de cerdas que se dobla!...

Después de dirigir a las damas del palco algunas palabras vulgares y corteses, al objeto de disimular el infinito desencanto de su corazón, Juan levantóse para despedirse. Y en el momento en que Elvira, con la sonrisa en los labios, modulaba, con voz dulce y acariciadora, un «hasta la vista, Juan», algunas microscópicas gotas de saliva, proyectadas de la adorable boca, vinieron a rociar el rostro y tersa pechera de nuestro protagonista. El cual, sin parar mientes en la desatención que cometía, limpióse rápidamente la cara y manos, como si sobre ellas hubiera caído al gún líquido corrosivo.

¡Era que en las salpicaduras del aliento de su amada, otro tiempo aspiradas con deleite, había creído divisar, cual vagas y amenazadoras sombras, las cápsulas del diplococo de Fränkel, del temible agente infeccioso de la pulmonía!. La altiva Elvira sorprendió aquel gesto descortés, y en su despecho, hizo propósito de no olvidarlo jamás.

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