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Santiago Ramón y Cajal en AlbaLearning

Santiago Ramón y Cajal

"El pesimista corregido"

Capítulo 3

Biografía de Santiago Ramón y Cajal en Wikipedia

 
 
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El pesimista corregido
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III

Cuando, muy entrada ya la mañana, despertóse Juan, llamóle la atención un fenómeno insólito. Hallábanse herméticamente cerradas las ventanas y, no obstante, la luz parecía entrar sin obstáculos, filtrándose por las rendijas del balcón en áureas fajas, dentro de las cuales mariposeaban, en mareantes giros, infinidad de corpúsculos variables de dimensión y color.

Eran los unos negros, opacos y esquinados como el carbón; mostrábanse otros largos, transparentes y brillantes como hilos de cristal (filamentos de lana y algodón); en fin, no pocos afectaban formas esféricas y ovoideas, diafanidad perfecta, y semejaban a esporos de mohos considerablemente amplificados por el microscopio. Todas estas flotantes partículas subían y bajaban, arremolinábanse en raudos movimientos, pasaban incesantemente de la luz a la sombra, saltaban sobre los muebles, enredábanse en la cubierta de la cama y en las barbas del asombrado filósofo, y, atrepellándose en la boca y nariz, se precipitaban amenazadores en el pulmón con el aire inspirado.

Creyendo Juan ser víctima de estrafalario ensueño,, levantóse súbitamente del lecho, y al cruzar por una de las esplendentes cortinas de luz, vió estupefacto su camisa convertida en algo así como un cañizo tejido de albos, cristalinos y refulgentes cilindros, y sus manos, ásperas y cruzadas de profundos canales, trocadas en una especie de gigantesco panal de abejas, salpicado de taladros y erizado de amarillas y transparentes vergas (los agujeros de las glándulas y el vello).

Miró hacia el lecho, lamido a trechos por varias lengüetas de luz, y descubrió en la colcha una complicada reja de barrotes de coral. En fin, al recoger una cuartilla del suelo, viola convertida en un intrincado amasijo de carámbanos (filamentos de algodón apelmazados). ¡Era para volverse loco! Transformación tan monstruosa de su cuerpo y de los objetos que le rodeaban, prodújole impresión de profundo terror ¿Oué significaba esto?

Acordóse entonces de repente de la visión de la pasada noche, y cayó en la cuenta del origen del estupendo fenómeno. El genio no le había engañado.

Sus ojos se habían convertido en microscopios, y no en virtud de alteraciones en la dióptrica ocular (imposibles, por otra parte, sin cambiar la forma y dimensión del aparato visual), sino a causa de la extremada finura de la organización retiniana y vías ópticas, y de la exquisita sensibilidad de las substancias fotogénicas residentes en los corpúsculos visuales. Cada cono o célula impresionable de la fovea centralis había sido descompuesta en centenares de sutilísimos filamentos individualmente excitables; y la misma multiplicación de conductores había sobrevenido también en los nervios ópticos y centros visuales del cerebro. En realidad, Juan no veía los objetos más grandes, sino más detallados: el ángulo visual seguía siendo el ordinario; pero, en cambio, la mem brana sensible del globo ocular, de resultas de la susodicha multiplicación de las unidades impresionables, gozaba ahora de la preciosa virtud de discriminar y diferenciar objetos y colores bajo fracciones angulares casi infinitesimales. Por consecuencia de tan estupendo perfeccionamiento, percibía nuestro protagonista (situado a la distancia de la visión distinta) las cosas como si estuvieran colocadas en la platina de potente microscopio. Para ver como todo el mundo, es decir, sin detalles minúsculos, debía alejarse considerablemente de los objetos, los cuales achicábanse progresivamente con sujeción a las conocidas leyes de la perspéctica aérea y de la dióptrica de las lentes.

Al comprobar nuestro héroe la maravillosa clarividencia de sus ojos, no cabía en sí de gozo y satisfacción. Por su alma emocionada debió de pasar una ráfaga de esa sublime y profunda sorpresa que la mariposa siente sin duda al abandonar la máscara de soñolienta crisálida. El sombrío y pesimista filósofo se había trocado, al influjo de la varita mágica del numen de la ciencia, en un ser extraordinario, en un genio portentoso. Roto el encanto del sentido visual, la Naturaleza se le iba a mostrar tal cual es, y no como los infelices ciegos, sus compañeros de especie, se la figuraban. ¡Cuántas inapreciables ventajas granjearía con su excelso privilegio! ¡Qué de pasmosos o insólitos descubrimientos le aguardaban!

De aquel profundo embobamiento sacóle al fin la desapacible voz de la vieja criada y el agrio rechinar de la puerta, que, al abrirse de golpe, lanzó sobre la cara del filósofo un vendaval de polvo y de indefinibles basuras.

—¿Quiere el señorito el chocolate?... ¡Son ya las nueve!—exclamó la fámula, que, sin pedir permiso, entró en el cuarto y abrió inmediatamente el balcón.

—¡Cierra, por Dios!—gritó Juan, deslumbrada la retina por la formidable claridad del sol y sintiendo el cuerpo envuelto por corriente arrolladora de partículas brillantísimas, que amenazaban obstruir sus pulmones.

Eran los detritus de la vida alta y baja, las emanaciones infectas del arroyo; los despojos alados e invisibles de millones de seres, que, cual culebras, desprenden la epidermis arrojándola, convertida en volanderas películas, a la cloaca azul de la atmósfera; los infinitos bloques de carbón lanzados a guisa de proyectil por el cañón de las chimeneas de hogares y fábricas; las incontables briznas de seda, lana y algodón arrancados por el viento de las vestimentas del hombre; las indefinibles virutas microscópicas, en fin, con que el taller impurifica el ambiente, convirtiéndolo en caótico pandemónium, donde se mezclan, en confusión desesperante, informes partículas de piedras, colores, metales y maderas.

Creyó el pobre Juan haber caído en pestilente ciénaga o asistir a la disolución de un mundo cuyos elementos hubieran retrogradado al caos primitivo. Y aunque sabía bien que el organismo posee defensas contra tan furiosa inundación de corpúsculos flotantes, no podía reprimir las reacciones descompasadas del instinto, que le obligaban de continuo a cerrar boca y narices, y a proteger los ojos con la mano, temeroso de que algún gigantesco bloque de carbón no fuera a dislacerar la córnea ocular, menoscabando el mecanismo del sorprendente instrumento de análisis.

Preciso es confesar que aquella lucha entre la nueva realidad y un organismo dispuesto y acordado para otra gama de impresiones visuales, comenzaba a resultar enfadosa y mortificante.

La curiosidad de Juan pudo, sin embargo, más que la irritación de sus nervios, y sobreponiéndose a todo, se vistió rápidamente sin mirar a la ropa; tomó el chocolate sin examinar su composición; calóse, a fin de resguardar los sobreexcitados ojos, recias y ahumadas antiparras, y salió disparado a la calle.

El espectáculo que se ofreció a sus ojos semejaba ensueño de naturalista delirante. El mundo mosaico y el mundo de cristal, estas dos frases resumen las insólitas y desconcertantes sensaciones recibidas por Juan al hallarse en el torbellino de la calle de Alcalá y contemplar las aceras, los edificios, los árboles y las personas.

La impresión simple se había convertido en impresión compuesta, y la continuidad en discontinuidad.

En vez de colores uniformes, jugosos, fundidos por suaves transiciones; en lugar de superficies tersas y unidas, mostraban doquier los objetos, mosaicos o conglomerados de partículas coloreadas y agregados de filamentos y células. Masas grises, y aun blancas, a la vista ordinaria, exhibían granizadas de motas y manchas de color chillón que nadie hubiera sospechado.

Al mismo tiempo, piedras, mármoles, ropajes, árboles, etc., descubrían un fondo como de cera o de cristal salpicado de oquedades, estalactitas, aristas, grietas y facetas, donde descomponiéndose la luz, producía vistosos, coruscantes y variadísimos reflejos.

Reseñemos menudamente algunas de las sorprendentes observaciones hechas por nuestro filósofo, que imaginaba, en su creciente pasmo, haber sido transplantado de repente a otro planeta.

Las hojas de los árboles parecían construidas de innumerables piezas poliédricas, opalinas y translúcidas, en cuyo espesor se divisaban acumúlos irregulares de esferas verdes, o sean granos de clorofila y otros corpúsculos incoloros.

El ramillete ofrecido por cierta florista resultó un objeto tan extraño y sorprendente, que necesitó Juan algún tiempo para comprender su naturaleza. Los pétalos del geranio semejaban granadas abiertas, cuyos rojos granos estuvieran velados por suave tul; los cálices de las rosas mostráronse cual blancos panales de abejas, henchidos de rosadas y fragantes esencias; en fin, las hojas de la azucena parecían colosales y cristalinas tulipas, rodeando espléndido joyel de topacios y diamantes. Y a esta hermosa obra de naturaleza añadía aún nuevos prestigios la luz, sembrando de estrellas movibles, cual joyas tembleques, las infinitas curvas y aristas del artístico y diáfano mosaico.

Pero lo que más le sorprendió fue el insólito y desagradable aspecto ofrecido por el semblante de los transeúntes. Con el hechizo del color y la lisura y uniformidad del cutis, se había desvanecido la belleza. ¡Siempre el malhadado mosaico quebrando superficies y descomponiendo matices! ¡Una vez más la granizada de infinitesimales y agrios reflejos salpicando de deslumbrantes chispas los ásperos contornos! Al suave y desvanecido tránsito de la luz a la sombra había sucedido la granulosidad cascajosa, la bravia y tosca rugosidad de un epidermis que, mirado de lejos, tenía algo de la piel del erizo, y no poco del escamoso pellejo del cocodrilo. Grima daba descubrir, hasta en las más tersas y rozagantes mejillas, informe masa de témpanos céreos o sea de células epidérmicas semidesprendidas; negros agujeros correspondientes a las hediondas aberturas de glándulas; y en fin, matorra les de recias ballenas, es decir, de vello, cuyos deshilacliados cabos, guarnecidos de mugre y de bacterias, columpiábanse amenazadores en el aire. Acá y allá complicados surcos y barrancos esculpidos en el amarillento material epidérmico, accidentaban aún más las fronteras de aquellas extrañas edificaciones orgánicas, que evocaban en la fantasía de Juan los monstruos gigantes de la fábula, o los descomunales paquidermos de la fauna antidiluviana. A cada movimiento respiratorio se removían y resquebrajaban cual terreno estremecido por terremoto, los pliegues labiales, las ventanas de la nariz y las imponentes garras del monstruo humano, esparciéndose en la atmósfera un vaho turbio, donde centelleaban al sol hilos gelatiniformes de mucina, leucocitos coarrugados, láminas epidérmicas o infinidad de bacterias.

Los ojos, sobre todo, producían extraña impresión, mezcla de terror y de sorpresa. Circundada de dos movibles cortinas de cimbreantes bambúes (las pestañas), descubríase la córnea a modo de mosaico curvilíneo de cristal; veíase detrás el aterciopelado y polícromo tapiz del iris; y allá en el fondo el purpúreo manto de la retina bordada en rojo por el rameado vascular y perennemente agitado por el acompasado batir de los glóbulos sanguíneos.

Desconsoladora igualdad campeaba en los semblantes humanos, en los cuales habían desaparecido, como por arte mágico, las diferencias de alcurnia, de raza y de profesión. Esencialmente democrático, el rasero de la tosquedad había uniformado los femeninos rostros a tal punto, que nuestro desorientado observador no acertaba a distinguir de cerca la fealdad de la hermosura, la juventud de la madurez. Por otra parte, ¿qué podía importar a los efectos de la apreciación estética, el que aquellos avisperos, yermos y breñales cutáneos, remataran un poco más acá o un poco más allá, ni que en aquel almendrado de carne abundaran más o menos los rameados sanguíneos y las manchas pigmentarias? ¿Qué ganaría la luna con perder algunos cráteres o achicar unas cuantas cordilleras?

Porque, preciso es reconocerlo, para el desilusionado Juan, todas las mujeres se asemejaban al luminar de la noche, es decir, que se le presentaban salpicadas de horribles cicatrices variolosas. Por fortuna, nuestro héroe gozaba de un temperamento poco inflamable. De querer emular las glorias de D. Juan, hubiérale sido necesario, para no enfriar eróticos entusiasmos, contemplar a sus conquistas a más de 100 metros de distancia; proceder amatorio harto anodino que, en orden a eficacia seductriz, fuera como requebrar a las estrellas a través del ocular del telescopio.

Gradualmente más sorprendido y desilusionado, continuó el clarividente observador su comenzado paseo. Ofuscado y azorado a causa del polvo que los carruajes y tranvías levantaban, y protegiendo la boca con el pañuelo antiséptico, llegó a la Puerta del Sol, respiradero de todos los vahos humanos y cloaca máxima de los detritus aéreos de la villa y corte. Había franqueado apenas la calle de Carretas y cruzado trabajosamente el torbellino de insanas emanaciones desprendidas de la pobre y desaseada carne embutida en el tranvía de los Cuatro Caminos, cuando sintió súbitamente en el rostro la impresión de un surtidor de partículas mojadas. Era que un tísico plantado en la acera de Gobernación había tosido y expectorado cerca de nuestro curioso explorador.

¡Qué horror! Al recibir la inopinada rociada y contemplar después sobre el pañuelo la infinidad de corpúsculos flotantes en las repugnantes salpicaduras, experimentó pavor en el alma y asco en el estomago. Gracias a su exquisita sensibilidad retiniana, que le permitía discriminar partículas diáfanas, solamente perceptibles para el micrógrafo en preparaciones coloreadas, reconoció, no sin alguna dificultad, en el esputo, discos anaranjados (glóbulos rojos); esferas transparentes gelatiniformes que se estremecían al contacto del aire (leucocitos); películas diáfanas, esto es, células epiteliales de la boca y fauces; fibras elásticas semejantes a látigos chasqueantes; corpúsculos vibrátiles de la tráquea, cuyos hialinos y aterciopelados apéndices vibraban acompasadamente cual espigas en campo de trigo; numerosos microbios que retorcían sus flagelos al luchar con la desecación; y en fin, la terrible bacteria de la tuberculosis cabalgando amenazadora en viscosos y transparentes glóbulos de pus.

¡Y la gente respiraba tranquila aquella niebla en que latía la muerte! ¡Y los gérmenes del pus, de la pulmonía y de la gripe, saltaban de boca en boca sin que las candorosas víctimas hicieran la menor de mostración de defensa ni se percataran de los terribles huéspedes a quienes habían dado confortable asilo en sus entrañas!

Con ser tan triste y lamentable la escena, había en ella algo que, encadenando vigorosamente la atención de nuestro héroe, le obligó a inmovilizarse en su observatorio; refiérome a la condición campechana y esencialmente igualitaria del microbio. Para las bacterias patógenas, hombres y animales, ricos y pobres, representan meros terrenos de cultivo y albergues por igual provechosos y codiciables.

Era de ver con qué inconsciencia respiraba cierta dama linajuda el bacilo gripal recién expulsado del pecho de golfa descocada y harapienta. Descendiendo de lujoso coche y en el momento de penetrar en el ministerio de la Gobernación, vióse a un arrogante y soberbio exministro aspirar con fruición el bacilo de la tuberculosis, momentos antes aventado por el ulcerado pulmón de furibundo anarquista. A guisa de serpentinas en Carnaval, fueron cortesmente cambiados varios microcos del pus entre ciertos timadores y algunos inspectores de policía. Lástima daba sorprender cómo hallaba lecho seguro y abrigado en la espléndida cabellera de almibarada y relamida señorita el repugnante germen de la tiña (Achorion Schoenleinii) desprendido del sucio pelamen de un pordiosero. En fin, al besarse, dos señoritas amigas se inocularon recíprocamente los microbios de la erisipela y del escorbuto.

iDesolador era el espectáculo! ¡Enfrente de los enemigos invisibles, en todas partes como únicas armas, la desidia, la indiferencia y la indefensión más absolutas! ¡Y pensar que los hombres supieron imaginar pararrayos contra las tempestades y fusiles contra ladrones y foragidos, es decir, contra riesgos y amenazas lejanos, eventualísimos, y no aciertan a inventar nada poderoso a preservarnos de la agresión de esos arteros y microscópicos envenenadores, que nos acechan desde lo invisible, inmolando diariamente en cada nación miles de víctimas!

Apesadumbrado nuestro filósofo por tan dolorosas reflexiones, encaminó sus pasos hacia el Prado en busca de ambiente más puro y menos peligroso, cuando, al llegar a la fuente de Neptuno, se le ocurrió la desdichada idea de visitar el Museo de Pinturas.

¡Nunca lo hubiera hecho! ¡Qué decepción! El hechizo del color y del dibujo se habían eclipsado por completo, ostentándose obstinadamente allí, en toda su horrible desnudez, el aborrecido mosaico que le perseguía cual obsesión alucinatoria.

Surcos, colinas y valles, formados por el depósito irregular de un barniz ambarino quebrado con agrietamientos que recordaban los generados por el sol estival en las enjutas charchas; reflejos vivos semejantes a miríadas de estrellas, atrozmente perturbadores del color, y emitidos por cada relieve de ese mar embravecido y congelado; ramblas y aluviones de arenas y guijarros polícromos, vislumbrados al través del turbio barniz, y revueltos y amontonados en marean te confusión; tales fueron las impresiones recibidas por los asombrados ojos de Juan al contemplar las dulces y pastosas encarnaciones de las vírgenes de Murillo, o las briosas, francas y precisas pinceladas de los cuadros de Velázquez.

Aparte del aspecto de inmenso lodazal desecado debido al barniz, la pintura, propiamente dicha, habíase metamorfoseado en grosero mosaico, construído de millones de piezas de colores simples, agrios o incombinables. Ausentes por completo esos matices compuestos, esas infinitas y dulces gradaciones de sombra y claridad, encanto y prestigio del arte pictórico, la situación de Juan delante de un lienzo podía compararse a la de un paleto que se empeñara en examinar los famosos cuadros de mosaico de San Pedro en Roma, a la distancia de la visión distinta (33 centímetros).

Por poco artista que sea el lector, comprenderá fácilmente las insufribles incongruencias y disonancias de color, perspectiva y dibujo, que chocarían a nuestro héroe. Tan esquemática o incompleta aparecía la paleta cromática en ciertos lienzos, que se hubieran atribuido a algún artista afectado de extraño daltonismo. En vano se buscaban en ellos matices tan importantes como el verde, violado y naranja. Sabido es que los colores compuestos suelen formar se en la paleta mezclando tintas simples: así, el amarillo y azul, componen el verde; el rojo y azul constituyen el violado, etc. Reducidas por el análisis tales mezclas a sus componentes, claro es que brillaban por su ausencia las tintas de combinación, que representan, según es notorio, efecto de la distancia y de la visión confusa de lo pequeño.

Faltaban asimismo, conforme es de presumir, esos efectos inesperados de vigor y entonación logrados por los buenos coloristas, manchando valientemente las cabezas con rayas de verde, morado y aun naranja, que la retina del observador, puesta a la debida distancia, debe fundir y armonizar.

Sin embargo, nuestro desorientado visitante habría conseguido recibir de los cuadros una impresión estética normal, pero a condición de alejar su ficientemente su punto de vista. Por desgracia, las salas del Museo resultaban harto pequeñas para ello; ni era cosa de exigir del Estado, para comodidad exclusiva de tan estrafalario parroquiano, la construcción de un local de dos kilómetros en cuadro.

Del conjunto de sus percepciones plásticas y observaciones anatómicas, dedujo Juan que el arte re siste menos al análisis que la Naturaleza, toda vez que ésta nos brinda, allí donde la retina agota su poder, formas infinitesimales frecuentemente tan bellas como las asequibles a la visión vulgar; mientras que el arte, remedo de las groseras impresiones sensoriales, trabaja con elementos toscos, amorfos, los cuales, a fin de mantener la ilusión plástica, deben recatarse en los obscuros dominios de lo invisible.

En el fondo de la vida palpita todavía lo vivo; en el de las obras de arte asoma en seguida lo feo y lo muerto. Cualquiera que sea el espectador, hombre, águila o insecto, el cuadro de la naturaleza orgánica mantendrá eternamente su misterioso prestigio, es decir, un cierto escalón de organización y de conciencia inaccesible; al paso que la obra pictórica, estrecha adaptación a nuestra mezquina percepción óptica, carece de profundidad y de universalidad (en tanto que objeto de sensación para todos los seres), y perderá sus encantos el día en que la capacidad cromática y diferencial de la retina realicen el menor avance.

A la salida del Museo del Prado gozó Juan de un espectáculo tan imprevisto como sorprendente. Durante su visita a nuestra admirable Pinacoteca sopló un cierzo frío y húmedo, encapotóse súbitamente el cielo, y en el momento mismo en que nuestro héroe llegaba a la calle de Alcalá, comenzaron a caer gotas de agua mezcladas con tenues copos de nieve.

Un poco contrariado, miró Juan en torno suyo, y se encontró de repente envuelto en una cortina de gigantes carámbanos que, privándole de la vista, le obligaron a caminar a tientas, como si le rodeara densa obscuridad. Era que, merced a su exquisita sensibilidad para percibir los contrastes de índices de refracción, el contorno de las gotas de lluvia, de los cristales multiformes de la nieve y de las burbujas de aire de los copos, dibujábanse con desusado vigor en su retina. Diríase que el agua del cielo había perdido su ordinaria diafanidad convirtiéndose en espuma.

Aunque nuestro héroe, por caminar de sorpresa en sorpresa, iba ya curándose de espanto, no pudo reprimir cierto estremecimiento al ver cómo se deshacían, al chocar en su semblante y ropas, aquellos colosales conglomerados de caprichosas y elegantes es trellas de hielo, y cómo las burbujas de aire, entre ellas alojadas, estallaban, a manera de pompas de jabón, enviando al cielo un último y diamantino reflejo.

¡Lástima que el oído de Juan no corriera parejas con su vista! El espectáculo hubiera sido aún más sorprendente. El ruido de las descomunales gotas de agua al desparramarse en el suelo, el zumbido de los copos al rozar el aire, el de las burbujas al reventar, hubieran producido en sus oídos el efecto de infernal baraúnda, de concierto ensordecedor.

¡Y qué cosa más extraña la gota de agua! Juan creía saber lo que era un líquido. Se lo habían explicado en la clase de física, donde le hablaron de la tensión superficial, y de esa fuerza de cohesión en cuya virtud la gota tiende a conservar su forma esférica y a mantener incólume su personalidad, rechazando todas las substancias antipáticas, es decir, no humedecibles. Pero este fenómeno, difícil de comprobar a la simple vista, y poco a propósito por consecuencia para causar honda impresión, mostrábase ahora ante los ojos avizores y telescópicos de Juan con proporciones y claridad incomparables.

A fin de comprender la extrañeza y asombro de nuestro observador, figúrese el lector una colección de enormes vejigas de caucho, semejantes a los globos que sirven de diversión a los niños; imagine algunas de ellas ancladas en una o varias briznas de lana de la ropa a guisa de areostato enredado en la copa de un árbol; suponga que al menor choque las citadas pompas gigantes segméntanse, como si fueran seres vivientes, en otras pompas más pequeñas igualmente esféricas...; represéntese todas las extrañas formas de transición (estalactitas, interrogantes, et cétera), adoptadas por la célula líquida, antes de rendirse a la ley de la gravedad y decidirse a abandonar el ansiado soporte; añada, en fin, la brillante imagen del cielo pintada en el curvo espejo de estas proteiformes y espesas capas cristalinas, y tendrá una idea de la impresión que debió experimentar nuestro héroe al contemplar de cerca el reino casi inexplorado de la gota de agua, de las células líquidas.

Al colmo llegó la curiosidad y extrañeza de Juan al vislumbrar, en una de tales formidables bolas, cierto infeliz animalículo, microbio quizás, que forcejeaba ansiosamente por escapar del líquido elemento, cuyas cristalinas fronteras, inconmovibles a sus ansiosos aleteos, debían parecerle más inexpugnables que muralla de la China. Al fin, el rudo golpe de un copo de hielo arrojó la citada gota al suelo, en donde, por obra de la mojabilidad del granito, y el consiguiente desparramamiento del líquido, quedó vencida la tensión superficial y liberado por fin el atribulado náufrago.

No fue esta la única transformación teatral causada por el agua. El mencionado chaparrón lavando fachadas y aceras, zócalos y estatuas, expulsando el aire superficial de los objetos, barnizando y puliendo, en fin, la ciudad entera, había dado faz nueva y más prestigiosa y simpática al desdeñado mundo inorgánico. Al través del barniz acuoso, semejaban los zócalos de mármol espléndidas obras de orfebrería cuajadas de diamantes, de cuyas facetas arrancaba la luz mágicos y coruscantes reflejos. El prosaico almendrado del granito animóse con inesperados esplendores, luciendo, de mil modos combinados, las entonaciones ver dosas y azulencas de la mica, los nacarinos matices del feldespato y los diamantinos fulgores del cuarzo; a cuyas bellas aguas añadíanse, por mayor gala y realce, los delicados cambiantes y vivísimos colores espectrales producidos por la onda luminosa al interferir en las sutilísimas capas de aire interpuestas en la mica. Y estas mágicas irisaciones, invisibles a los ojos vulgares, fulguraban y se eclipsaban, como lluvia de estrellas en el cielo, a cada cambio de posición del espectador. ¡Todo un mundo de belleza abismado y oculto en lo infinitamente pequeño!

¡Quién lo diría! Hasta el arroyo se había ennoblecido. Heridos oblicuamente por el sol, que resplandeció un momento entre nubes, centelleaban en el barro cristales de carbonato de cal, filamentos argen tinos y polícromos de seda, hilos de lana comparables al tallo de las palmeras, trozos de papel parecidos a gigantescos granizados, poliédricas y verdosas células vegetales, esféricos y brillantes esporos y, en fin, elegantes y caprichosas conchas de rizópodo (formas orgánicas de la creta).

Por lo expuesto se ve que, si a influjo de los excepcionales ojos de Juan, el mundo vivo, singularmente el animal, había perdido sus hechizos, al contrario, el mundo inorgánico revelaba indecibles y no soñadas maravillas. Por consecuencia de tales descubrimientos, fue poco a poco cristalizando en el ánimo de nuestro héroe una concepción nueva de la belleza y fealdad de las cosas. Pensó que, en el orden de las realidades inorgánicas, lo feo, lo gris, lo amorfo, lo que ni atrae nuestras miradas ni habla a nuestra voluntad, representa la mezcla confusa y desordenada de elementos cristalinos, bellos en sí, pero inasequibles a la sensación; al revés, en el mundo orgánico, la impresión de fealdad y de repugnancia proviene de la intempestiva contemplación de los elementos constructivos (células, fibras, membranas, apéndices, etc.), infinitamente menos regulares, vistosos y brillantes que los integrantes de las formaciones minerales.

En suma — continuó reflexionando nuestro filósofo:—si en el reino de las rocas descubre el análisis maravillas ocultas, en el de la vida (y en la obra de arte su remedo) deshace la belleza, que representa un efecto de la visión sintética del conjunto y de la ingenua ignorancia de los misteriosos hilos de la urdimbre vital. Por donde se ve que en todas las cosas hay algo bello y atrayente. Todo es cuestión de colocarse en el adecuado punto de vista, acercándose con el microscopio o alejándose con el telescopio.

Posible es—conjeturaba Juan—que, si en la Naturaleza se dan seres dotados de sentidos menos analíticos que los humanos, les parezcan agradables y bellos muchos de los objetos que nosotros diputamos desapacibles, inarmónicos o indiferentes. ¡Quién sabe si el insecto halla las flores infinitamente más bellas que nosotros, y contempla en las arenas de la tierra, y en las estrellas del cielo, colores, formas y proporciones vedados a nuestra sensibilidad! ¿Oué será para el pájaro el espectáculo de una puesta de sol?...

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