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Mary Shelley en AlbaLearning

Mary Shelley

"Frankenstein o el moderno Prometeo"

Capítulo 8

Biografía de Mary Shelley en Wikipedia

 
 

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Frankenstein
o el moderno Prometeo

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Frankenstein o el moderno Prometeo

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Capítulo 8
 

Nada hay más doloroso para el alma humana, después de que los sentimientos se han visto acelerados por una rápida sucesión de acontecimientos, que la calma mortal de la inactividad y la certeza que nos privan tanto del miedo como de la esperanza. Justine murió; descansó; pero yo seguía viviendo. La sangre circulaba libremente por mis venas, pero un peso insoportable de remordimiento y desesperación me oprimía el corazón. No podía dormir; deambulaba como alma atormentada, pues había cometi­do inenarrables actos horrendos y malvados, y tenía el convenci­miento de que no serían los últimos. Sin embargo, mi corazón rebosaba amor y bondad. Había comenzado la vida lleno de buenas intenciones y aguardaba con impaciencia el momento de ponerlas en práctica, y convertirme en algo útil para mis semejantes. Ahora todo quedaba aniquilado. En vez de esa tranquilidad de conciencia, que me hubiera permitido rememorar el pasado con satisfacción y concebir nuevas esperanzas, me azotaban el remordimiento y los sentimientos de culpabilidad que me empujaban hacia un infierno de indescriptibles torturas.

Este estado de ánimo amenazaba mi salud, repuesta ya por completo del primer golpe que había sufrido. Rehuía ver a nadie, y toda manifestación de júbilo o complacencia era para mí un suplicio. Mi único consuelo era la soledad; una soledad profunda, oscura, semejante a la de la muerte.

Mi padre observaba con dolor el cambio que se iba produ­ciendo en mis costumbres y carácter, e intentaba convencerme de la inutilidad de dejarse arrastrar por una desproporcionada tristeza

––¿Crees tú, Víctor, que yo no sufro? ––me dijo, con lágrimas en los ojos––. Nadie puede querer a un niño como yo amaba a tu hermano. Pero acaso no es un deber para con los supervivientes el intentar no aumentar su pena con nuestro dolor exagerado. También es un deber para contigo mismo, pues la tristeza desmesurada impide el restablecimiento y la alegría; incluso impide llevar a cabo los quehaceres diarios, sin los que ningún hombre es digno de ocupar un sitio en la sociedad.

Este consejo, aunque válido, era del todo inaplicable a mi caso. Yo hubiera sido el primero en ocultar mi dolor y consolar a los míos, si el remordimiento no hubiera teñido de amargura mis otros sentimientos. Ahora sólo podía responder a mi padre con una mirada de desesperación, y esforzarme por evitarle mi presencia.

Por esta época nos trasladamos a nuestra casa de Belrive. El cambio me resultó especialmente agradable. El habitual cierre de las puertas a las diez de la noche y la imposibilidad de permanecer en el lago después de esa hora me hacían incómoda la estancia en la misma Ginebra. Ahora estaba libre. A menudo, cuando el resto de mi familia se había acostado, cogía la barca y pasaba largas horas en el lago. A veces izaba la vela, y dejaba que el viento me llevara; otras, remaba hasta el centro del lago y allí dejaba la barca a la deriva mientras yo me sumía en tristes pensamientos. Con frecuencia, cuando todo a mi alrededor estaba en paz, y yo era la única cosa inquieta que vagaba intranquilo por ese paisaje tan precioso y sobrenatural, exceptuando algún murciélago, o las ranas cuyo croar rudo e intermitente oía cuando me acercaba a la orilla, con frecuencia, digo, sentía la tentación de tirarme al lago silencioso, y que las aguas se cerraran para siempre sobre mi cabeza y mis sufrimientos. Pero me frenaba el recuerdo de la heroica y abnegada Elizabeth, a quien amaba tiernamente, y cuya vida estaba íntimamente unida a la mía. Pensaba también en mi padre y mi otro hermano: ¿iba yo con mi deserción a exponerlos a la maldad del diablo que había soltado entre ellos?

En aquellos momentos lloraba amargamente y deseaba reco­brar la paz de espíritu que me permitiera consolarlos y alegrarlos. Mas ello no había de ser. El remordimiento anulaba cualquier esperanza. Era el autor de males irremediables, y vivía bajo el constante terror de que el monstruo que había creado cometiera otra nueva maldad. Tenía el oscuro presentimiento de que aún no había concluido todo y de que pronto cometería de nuevo algún crimen espantoso, que borraría con su magnitud el recuerdo de su anterior delito. Mientras viviera algún ser querido, siempre habría un lugar para el miedo. La repulsión que sentía hacia este demoníaco ser no se puede concebir. Cuando pensaba en él apretaba los dientes, se me encendían los ojos y no deseaba más que extinguir aquella vida que tan imprudentemente había creado. Cuando recordaba su crimen y su maldad, el odio y deseo de venganza que surgían en mí sobrepasaban los límites de la moderación. Hubiera ido en peregrinación al pico más alto de los Andes de saber que desde allí podría despeñarlo. Quería verlo de nuevo para maldecirlo y vengar las muertes de William y Justine.

Era la nuestra la morada del luto. La salud de mi padre se vio seriamente afectada por el horror de los recientes acontecimien­tos. Elizabeth estaba triste y alicaída, y ya no se divertía con sus quehaceres cotidianos. Cualquier gozo le parecía un sacrilegio para con los muertos, y creía que el llanto y el luto eterno eran el justo tributo que debía pagar a la inocencia tan cruelmente destruida y aniquilada. Ya no era la feliz criatura que había paseado conmigo por la orilla del lago comentando con júbilo nuestros futuros proyectos. Se había vuelto seria, y a menudo hablaba de la inconstancia de la suerte y de la inestabilidad de la vida.

––Cuando pienso, querido primo ––decía—, en la triste muerte de Justine Moritz, no puedo contemplar el mundo y sus obras como lo hacía antaño. Antes consideraba los relatos de maldad e injusticia, de los cuales oía hablar o sobre los que leía en los libros, como historias de tiempos pasados o como fantasías; al menos, estaban muy alejados y pertenecían más a la razón que a la imaginación; pero ahora el dolor se cierne sobre nuestra casa, y los hombres me parecen monstruos sedientos de sangre. Sin duda soy injusta. Todos creyeron culpable a esa pobre criatura, y de haber cometido el crimen que se la imputó, ciertamente hubiera sido la más depravada de los seres humanos. ¡Asesinar por unas cuantas joyas al hijo de su amigo y protector, un niño al que había cuidado desde la cuna y al que parecía querer como a un hijo! Me opongo a la muerte de cualquier ser humano, pero hubiera estimado que semejante criatura no era digna de vivir entre sus semejantes. Pero era inocente. Lo sé, sé que era inocente. Tú también piensas lo mismo, y esto confirma mi certeza. ¡Ay, Víctor! Cuando la mentira se parece tanto a la verdad, ¿quién puede creer en la felicidad? Me parece estar andando por el borde de un precipicio, hacia el cual se dirigen miles de seres que intentan arrojarme al vacío. Asesinan a William y a Justine y su asesino escapa, andando libre por el mundo. Quizá incluso se le respete. Pero no me cambiaría por semejante engendro, aunque mi sino fuera morir en el patíbulo por los mismos crímenes.

Escuché sus palabras con terrible agonía. Yo era el causante si bien no el autor. Elizabeth leyó la angustia en mi rostro y cogiéndome la mano con dulzura dijo:

––Mi querido primo, tranquilízate. Dios sabe lo mucho que estos sucesos me han afectado, mas, sin embargo, no sufro tanto como tú. Tienes una expresión de desesperación, y a veces de venganza, que me hace temblar. Serénate, Víctor. Daría mi vida por tu paz. Sin duda nosotros podremos ser felices. Tranquilos en nuestra tierra, y lejos del mundo, ¿quién puede turbarnos?

Las lágrimas le resbalaban a medida que hablaba, desmintien­do el consuelo que me ofrecía, pero a la vez sonreía, intentando ahuyentar la tristeza de mi corazón. Mi padre, que tomaba la infelicidad reflejada en mi rostro como una exageración de lo que normalmente hubieran sido mis sentimientos, pensó que algún tipo de distracción me devolvería la serenidad acostumbrada. Esta había sido ya la razón para venirnos al campo, y la que le indujo a proponer que hiciéramos una excursión al valle de Chamonix. Yo ya había estado allí antes, pero no así Elizabeth ni Ernest. Ambos habían expresado con frecuencia el deseo de ver el paisaje de este lugar, que les habían descrito como maravilloso y sublime. Así pues, emprendimos la excursión desde Ginebra a mediados de agosto, casi dos meses después de la muerte de Justine.

El tiempo era insólitamente bueno, y si mi tristeza hubiera sido de índole que una circunstancia pasajera hubiera podido disipar, esta excursión sin duda hubiera proporcionado el resultado que mi padre se proponía. Así y todo, me sentía algo interesado por el paisaje, que a ratos me apaciguaba, si bien nunca anulaba mi pesar. El primer día viajamos en un carruaje. A las 9 de la mañana habíamos visto en la distancia las montañas hacia las cuales nos dirigíamos. Nos dimos cuenta de que el valle que atravesábamos, formado por el río Arve cuyo curso seguíamos, se iba angostando a nuestro alrededor, y al atardecer nos encontra­mos ya rodeados de inmensas montañas y precipicios, y pudimos oír el furioso rumor del río entre las rocas y el estruendo de las cataratas.

Al día siguiente, continuamos nuestro viaje en mula; a medida que ascendíamos, el valle adquiría un aspecto más magnífico y asombroso. Fortalezas en ruinas colgadas de las laderas pobladas de abetos, el impetuoso Arve y casitas que aquí y allí asomaban por entre los árboles, constituían un paisaje de singular belleza. Pero eran los Alpes los que hacían sublime el panorama cuyas formas y cumbres blancas y centelleantes dominaban todo, como si pertenecieran a otro mundo, y fueran la morada de otra raza. Cruzamos el puente de Pelissier, donde el barranco formado por el río se abrió ante nosotros, y empezamos a ascender por la montaña que lo limita. Poco después entramos en el valle de Chamonix, más imponente y sublime, pero menos hermoso y pintoresco que el de Servox, que acabábamos de atravesar. Los altos montes de cumbres nevadas eran sus fronteras más cercanas. Desaparecieron los castillos en ruinas y los fértiles campos. Inmensos glaciares bordeaban el camino; oímos el ruido atronador de un alud desprendiéndose y observamos la neblina que dejó a su paso. El Mont Blanc se destacaba dominante y magnífico entre los picos cercanos, y su imponente cima dominaba el valle. Durante el viaje, a veces me unía a Elizabeth, y me esforzaba por señalarle los puntos más hermosos del paisaje. A menudo obligaba a mi mula a rezagarse para así poder entregarme a la tristeza de mis pensamientos. Otras veces espoleaba al animal para que adelantara a mis compañeros, y así olvidarme de ellos, del mundo y casi de mí mismo. Cuando los dejaba muy atrás, me tumbaba en la hierba, vencido por el horror y la desesperación. Llegué a Chamonix a las ocho de la noche. Mi padre y Elizabeth se hallaban muy cansados; Ernest, que también había venido, estaba entonado y alegre, y su estado de ánimo sólo se veía turbado por el viento sureño que prometía traer consigo lluvia al día siguiente.

Nos retiramos pronto, mas no para dormir; al menos yo no pude. Permanecí largas horas asomado a la ventana, contemplando los pálidos relámpagos que jugueteaban por encima del Mont Blanc, y escuchando el rumor del Arve, que corría bajo mi ventana

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