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Mary Shelley

"Frankenstein o el moderno Prometeo"

Capítulo 7

Biografía de Mary Shelley en Wikipedia

 
 

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Frankenstein
o el moderno Prometeo

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Frankenstein o el moderno Prometeo

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Capítulo 7
 

Vivimos horas penosas hasta las once de la mañana, hora en la que había de comenzar el juicio. Acompañé a mi padre y restantes miembros de la familia, que estaban citados como testigos. Durante toda aquella odiosa farsa de justicia, sufrí un calvario. Debía decidirse si mi curiosidad e ilícitos experimentos desembocarían en la muerte de dos seres humanos: el uno, una encantadora criatura llena de inocencia y alegría; la otra, más terriblemente asesinada aún, puesto que tendría todos los agravantes de la infamia para hacerla inolvidable. Justine era una buena chica, y poseía cualidades que prometían una vida feliz. Ahora todo estaba a punto de acabar en una ignominiosa tumba por mi culpa. Mil veces hubiera preferido confesarme yo culpable del crimen que se le atribuía a Justine, pero me encontraba ausente cuando se cometió, y hubieran tomado semejante declaración por las alucinaciones de un demente, por lo que tampoco hubiera servido para exculpar a la que sufría por mi culpa.

El aspecto de Justine al entrar era sereno. Iba de luto; y la intensidad de sus sentimientos daban a su rostro, siempre atractivo, una exquisita belleza. Parecía confiar en su inocencia. No temblaba, a pesar de que miles de personas la miraban y vituperaban, pues toda la bondad que su belleza hubiera de otro modo despertado quedaba ahora ahogada, en el espíritu de los espectadores, por la idea del crimen que se suponía que había cometido. Estaba tranquila; sin embargo esta tranquilidad era evidentemente forzada; y puesto que su anterior aturdimiento se había esgrimido como prueba de culpabilidad, intentaba ahora dar la impresión de valor. Al entrar recorrió con la vista la sala, y pronto descubrió el lugar donde nos encontrábamos sentados. Los ojos parecieron nublársele al vernos, pero pronto se dominó, y una mirada de pesaroso afecto pareció atestiguar su completa inocencia.

Empezó el juicio; cuando los fiscales hubieron expuesto su informe, se llamó a varios testigos. Había varios hechos aislados que se combinaban en su contra, y que hubieran desorientado cualquiera que no tuviera, como yo, la seguridad de su inocencia. Había pasado fuera de casa toda la noche del crimen, y, al amanecer, una mujer del mercado la había visto cerca del lugar donde más tarde se encontraría el cadáver del niño asesinado. La mujer le preguntó qué hacía allí, pero Justine, de forma muy extraña, le había contestado confusa e ininteligiblemente. Regresó a casa hacia las ocho de la mañana; y cuando alguien quiso sabe dónde había pasado la noche, respondió que había estado buscando al niño y preguntó ansiosamente si se sabía algo acerca de él. Cuando le mostraron el cuerpo, tuvo un violento ataque de nervios, que la obligó a guardar cama durante varios días. Se mostró entonces la miniatura que la criada había encontrado en el bolsillo, y un murmullo de horror e indignación recorrió la sala cuando Elizabeth, con voz temblorosa, la identificó como la misma que había colgado del cuello de William una hora antes de que se le echara en falta.

Llamaron a Justine para que se defendiera. A medida que el juicio había ido avanzando, su aspecto había cambiado y expresaba ahora sorpresa, horror y tristeza. A veces luchaba contra el llanto que la embargaba, pero, cuando le requirieron que se declarara inocente o culpable, se sobrepuso y habló con voz audible aunque entrecortada.

––Dios sabe bien que soy inocente; pero no pretendo que mis afirmaciones me absuelvan. Baso mi inocencia en una interpretación llana y sencilla de los hechos que se me imputan. Espero que la buena reputación de que siempre he gozado incline a los jueces a interpretar a mi favor lo que puede a primera vista parecer dudoso o sospechoso.

A continuación declaró que con permiso de Elizabeth había pasado la tarde de la noche del crimen en casa de una tía en Chéne, pueblecito que dista una legua de Ginebra. A su regreso, hacia las nueve de la noche, se encontró con un hombre que le preguntó si había visto a la criatura que buscaban. Esto la alarmó, y estuvo varias horas intentando encontrarlo. Las puertas de Ginebra cerradas, se vio obligada a pasar parte de la noche en el cobertizo de una casa, no sintiéndose inclinada a despertar a los dueños, que la conocían bien. Incapaz de dormir, abandonó pronto su refugio, y reemprendió la búsqueda de mi hermano. Si se había acercado al lugar donde yacía el cuerpo, fue sin saberlo. Su aturdimiento al ser interrogada por la mujer del mercado no era de extrañar, puesto que no había dormido en toda la noche, y la suerte de William aún estaba por saber. Respecto a la miniatura, no podía aclarar nada.

Sé bien cuánto pesa esto en mi contra ––continuó la entristecida víctima—, pero no puedo dar explicación alguna. Tras expresar mi total ignorancia en este punto no me queda más que hacer conjeturas acerca de cómo pudo llegar a mi bolsillo. Pero aquí también me encuentro con otra barrera, pues no tengo enemigos y no puede haber nadie tan malvado como para querer destruirme de forma tan deliberada. ¿Fue acaso el propio asesino el que la puso allí? Pero no veo cómo hubiera podido hacerlo, y además, ¿qué finalidad tendría robar la joya para desprenderse de ella tan pronto?

»Confío mi suerte a la justicia de mis jueces, si bien veo poco lugar para la esperanza. Ruego se haga declarar a algún testigo respecto de mi reputación, y si su testimonio no prevalece sobre la acusación, que me condenen, aunque fundo mi esperanza en el hecho de ser inocente.

Se llamó a varios testigos que la conocían desde hacía muchos años, y todos hablaron bien de ella; pero el temor y la repulsión por el crimen del cual la creían culpable les amilanó, e impidió que la apoyaran con ardor. Elizabeth percibió que este postrer recurso, la bondad y conducta irreprochables de la acusada, también iba a fallar. Muy alterada solicitó la venia del tribunal para dirigirse a él.

––Soy ––dijo–– la prima del pobre chiquillo asesinado, mejor dicho: soy su hermana, pues fui educada por sus padres y vivo con ellos desde mucho antes de que William naciera. Quizá por ello pueda no resultar decoroso que declare en esta ocasión. Pero ante la posibilidad de que la cobardía de sus supuestos amigos hunda a un ser humano, me veo obligada a hablar en su favor. Conozco bien a la acusada. Hemos vivido bajo el mismo techo primero durante cinco años y después durante dos. En todo ese tiempo, siempre se mostró la más bondadosa y amable de las criaturas. Cuidó con el mayor afecto y devoción a mi tía, la señora Frankenstein, durante su última enfermedad. Luego tuvo que atender a su propia madre, también enferma durante largo tiempo, y lo hizo con una abnegación que admiró a todos los que la conocíamos. Fallecida su madre, regresó de nuevo a casa de mi tío, donde todos la queremos. Sentía un especial cariño por la criatura ahora muerta y la trataba como una madre. Por mi parte, no tengo la más mínima duda de que, a pesar de todas las pruebas en su contra, es absolutamente inocente. No tenía motivos para hacerlo; y en cuanto a la minucia que constituye la prueba principal, de haberla pedido, con gusto se la hubiera regalado, tanto es el cariño que hacia Justine siento.

¡Qué magnífica Elizabeth! Un murmullo de aprobación recorrió la sala, más dirigido a su generosa intervención que en favor de la pobre Justine, contra la cual se volcó la indignación del público con renovada violencia, acusándola de la mayor ingratitud. Las lágrimas le corrían por las mejillas mientras escuchaba en silencio a Elizabeth. Durante todo el juicio, yo , estuve preso de la mayor angustia y nerviosismo. Creía en su inocencia; sabía que no era culpable. ¿Acaso el diabólico ser que había matado no lo dudaba ni por un minuto a mi hermano, había vendido, en su demoníaco juego, la inocencia a la muerte y a la ignominia?

El horror de la situación me resultaba insoportable, y cuando la reacción del público y el rostro de los jueces me indicaron que mi pobre víctima había sido condenada, me precipité fuera de la sala lleno de pesar. El sufrimiento de la acusada no igualaba al mío. A ella la sostenía su inocencia, pero a mí me laceraban los latigazos del remordimiento, que no cedía su presa.

Pasé una noche de indescriptible desesperación. Por la mañana fui al tribunal. Tenía la boca y la garganta secas y no me atreví a hacer la pregunta fatal. Pero me conocían y el ujier adivinó la razón de mi visita. Se habían echado las bolas y eran todas negras; Justine había sido condenada.

No intentaré explicar lo que sentí. Había experimentado ya antes sensaciones de horror, las cuales me he esforzado por describir, pero no existen palabras que definan la nauseabunda desesperación de aquel momento. El funcionario entonces añadió que Justine ya había confesado su culpabilidad.

––Lo cual apenas era necesario ––añadió–– en un caso tan evidente. Pero me alegro; a ninguno de nuestros jueces le gusta condenar a un criminal por pruebas circunstanciales, por decisivas que parezcan.

Cuando regresé a casa, Elizabeth me preguntó ansiosamente por el resultado.

––Querida prima ––contesté––, han decidido lo que ya esperábamos. Todos los jueces prefieren condenar a diez inocentes antes de que se escape un culpable. Pero ella ha confesado.

Para Elizabeth, que había creído firmemente en la inocencia de Justine, esto fue un duro golpe.

––¡Ay! ––dijo––, ¿cómo podré volver a creer en la bondad humana? ¿Cómo habrá podido Justine, a quien yo quería como a una hermana, sonreírnos con aquella inocencia y después traicionarnos así? Sus dulces ojos parecían asegurar que era incapaz de aspereza o mal humor, y sin embargo ha cometido un asesinato.

Al poco tiempo, nos comunicaron que la pobre víctima había manifestado el deseo de ver a mi prima. Mi padre no quería que fuese, pero dejó la decisión al criterio de Elizabeth.

––Sí iré ––dijo Elizabeth. Aunque sea culpable. Acompáñame tú, Víctor. No quiero ir sola.

La sola idea de esta visita me atormentaba, pero no podía negarme.

Entramos en la celda desoladora, al fondo de la cual estaba Justine, sentada sobre un montón de paja. Tenía las manos encadenadas y apoyaba la cabeza en las rodillas. Al vernos entrar se levantó, y cuando estuvimos a solas, se echó llorando a los pies de Elizabeth, que también empezó a sollozar.

Justine ––dijo––, ¿por qué me has arrebatado mi último consuelo? Confiaba en tu inocencia y, aunque me sentía muy desgraciada, no estaba tan triste como ahora.

––¿Usted también me cree tan perversa? ¿Se une a mis enemigos para condenarme? Justine se ahogaba por el llanto.

Levántate, pobre amiga mía ––dijo Elizabeth. ¿Por qué te arrodillas, si eres inocente? No soy uno de tus enemigos. Te creía inocente hasta que supe que tú misma habías confesado tu culpabilidad. Ahora me dices que eso es falso. Ten la seguridad, Justine querida, de que nada, salvo tu propia confesión, puede quebrar mi confianza en ti.

Es cierto que confesé, pero confesé una mentira, para poder obtener la absolución. Y ahora esa mentira pesa más sobre mi conciencia que cualquier otra falta. ¡Dios me perdone! Desde el momento en que me condenaron, el confesor ha insistido y amenazado hasta que casi me ha convencido de que soy el monstruo que dicen que soy. Me amenazó con la excomunión y las llamas del infierno si persistía en declararme inocente. Mi querida señora, no tenía a nadie que me ayudara. Todos me consideran un ser despreciable abocado a la ignominia y perdición. ¿Qué otra cosa podía hacer? En mala hora consentí en mentir; ahora me siento más desgraciada que nunca.

El llanto la obligó a callar unos instantes.

––Pensaba con horror ––continuó–– en la posibilidad de que ahora usted creería que Justine, a quien su tía tenía en tanta consideración y a quien usted estimaba tanto, era capaz de cometer un crimen que ni siquiera el demonio ha osado perpetrar. ¡Mi querido William!, ¡Mi querido pequeño! Pronto me reuniré contigo en el cielo, donde seremos felices. Ese es mi consuelo, en mi camino hacia la muerte y la difamación.

¡Justine! Perdóname si he dudado de ti un instante. ¿Por qué confesaste? Pero no te atormentes, querida mía; proclamaré tu inocencia por doquier y les obligaré a creerte. Sin embargo, has de morir; tú, mi compañera de juegos, mi amiga, más que una hermana para mí. No sobreviviré a tan tremenda desgracia.

––Dulce Elizabeth. Seque sus lágrimas. Debería animarme con pensamientos sobre una vida mejor, y hacerme pasar por encima de las pequeñeces de este mundo injusto y agresivo. No sea usted, mi querida amiga, la que me induzca a la desesperación.

––Trataré de consolarte, pero me temo que este mal sea demasiado punzante para que quepa el consuelo, pues no hay esperanza. Que el cielo te bendiga, querida Justine, con una resignación y confianza sobrehumanas. ¡Cómo odio las farsas e ironías de este mundo! En cuanto una criatura es asesinada, a otra se le priva de la vida de forma lenta y tortuosa. Y los verdugos, con manos aún teñidas de sangre inocente, creen haber llevado a cabo una gran obra. A esto lo llaman retribución. ¡Odioso nombre! Cuando oigo esa palabra, sé que se avecinan castigos más horribles que los que tirano alguno jamás haya podido inventar para saciar su venganza. Pero esto no es consuelo para ti, Justine, a no ser que te alegres de abandonar semejante guarida. ¡Quisiera estar con mi tía y mi adorado William, lejos de este mundo odioso, y de los rostros de unos seres que aborrezco!

Justine sonrió con tristeza.

––Eso, querida señora, no es resignación sino desesperación. No debo aprender la lección que quiere usted inculcarme. Hábleme de otras cosas, de algo que me traiga paz, y no mayor tristeza.

Durante esta conversación me había retirado a una esquina de la celda, donde pudiera esconder la angustia que me embargaba. ¡Desesperación! ¿Quién osaba hablar de eso? La pobre víctima que debía al día siguiente traspasar la tenebrosa frontera entre la vida y la muerte no sentía tan amarga y penetrante agonía como yo. Apreté los dientes, haciéndolos rechinar, y un suspiro salido del alma se escapó de entre mis labios. Justine se alarmó. Al reconocerme, se acercó a mí, diciendo:

––Querido señor, qué bondadoso ha sido al venir a verme. Espeto que usted tampoco me crea culpable.

No pude contestar.

––No, Justine cdijo Elizabeth––, cree aún más que yo en tu inocencia. Ni siquiera al saber que habías confesado dudó de ti.

––Se lo agradezco de corazón. En estos últimos momentos siento la mayor gratitud hacia aquellos que me juzgan con benevolencia. ¡Qué dulce resulta el afecto de los demás a una infeliz como yo! Me alivia la mitad de mis desgracias. Ahora que usted, mi querida señora, y su primo, creen en mi inocencia, puedo morir en paz.

Así intentaba la pobre niña consolarnos a nosotros y mitigar su dolor. Consiguió la resignación que buscaba. Pero yo, el verdadero asesino, sentía viva en mi seno como una carcoma que imposibilitaba toda esperanza o sosiego. Elizabeth también lloraba entristecida; pero la suya era también la aflicción del inocente, como la nube que puede oscurecer la luna un breve rato pero no logra apagar su fulgor. La angustia y la desesperación se habían apoderado de mi corazón, y me abrasaba en un fuego que nada podía apagar.

Permanecimos con Justine varias horas, y Elizabeth no logró, separarse de ella sino con gran dificultad.

––Quiero morir contigo ––gritaba––, no puedo vivir en este mundo lleno de miseria.

Justine procuró adoptar un aire de alegría, pese a que apenas podía contener las lágrimas. Abrazó a Elizabeth y, con voz ahogada por la emoción, dijo:

––Adiós, mi querida señora, mi dulce Elizabeth, mi amada y única amiga. Que el cielo la bendiga y que sea ésta su última desgracia. Viva, sea feliz y haga felices a los demás.

Mientras regresábamos, Elizabeth me dijo:

––No sabes, querido Víctor, lo tranquila que me encuentro ahora que confío en la inocencia de esta infeliz muchacha. No hubiera vuelto a conocer la paz de haberme equivocado con Justine. Los pocos momentos que la creí culpable, sentí una angustia que no hubiera podido soportar durante demasiado tiempo. Ahora me siento aliviada. Se la castiga equivocadamente; pero me consuela pensar que la persona a quien yo creía llena de bondad no ha traicionado la confianza que en ella puse.

¡Prima querida!, estos eran tus pensamientos tan tiernos y dulces como tus propios ojos y la voz que los expresaba. Pero yo, yo era un miserable, y nadie puede concebir la agonía que padecí entonces.

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