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Alfred de Musset

"Las tres naranjas de amor"

Biografía de Alfred de Musset en Wikipedia

 
 

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Las tres naranjas de amor

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La mujer que comía poco
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Las tres naranjas de amor
Los hermanos Van-Buck
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La mouche
Le berger qui ne mentait jamais
Histoire d'un mirle blanc
La daurade et les époux
La femme qui mangeait peu
Les cerises
Les trois oranges d'amour
Les freres Van-Buck
 

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Había una vez un príncipe que no se reía nunca. Pero un día, una mujer se dijo:

-Yo haré reír a ese príncipe; reír o llorar.

Y la mujer se vistió con harapos sujetos con una cuerda, se soltó el pelo y al son de un tamboril fue a bailar delante del príncipe que estaba asomado al balcón de su palacio.

Se movió tanto bailando frenéticamente que, de repente, se rompió la cuerda que sujetaba su ropa y se quedó completamente desnuda en medio de la calle. Al verla, el príncipe se puso a reír a carcajadas.

La mujer no había previsto que pudiera caérsele la ropa. Cuando vio que el príncipe se reía de ella dijo:

-Quiera Dios que no vuelva a reír nunca más antes de encontrar las tres naranjas de amor.

A partir de ese momento, el príncipe se sintió muy triste. Un día se dijo:

-Quiero divertirme y reír. Iré a buscar las tres naranjas de amor allí donde se encuentren.

Y se marchó en su búsqueda yendo de pueblo en pueblo. Una mañana, encontró a la mujer que le había echado la maldición, pero no la reconoció.

-¿Adónde va usted? -le preguntó.

-Estoy buscando las tres naranjas de amor.

-Se encuentran muy lejos de aquí; tres perros las custodian al fondo de una gruta. Vaya hacia el norte y la encontrará en el hueco de un montón de rocas.

El príncipe compró tres panes y volvió a ponerse en camino. Al final llegó a las rocas que albergaban la gruta. En el momento en que iba a entrar en ella, un perro apareció en la entrada gruñendo. El príncipe le arrojó un pan y siguió su camino.

A unos pasos de allí vio plantado delante de él otro perro; le arrojó el segundo pan y pudo avanzar.

Más lejos aún estaba el tercer perro. El príncipe le lanzó el tercer pan y continuó su búsqueda. Mientras los perros se comían los panes, él llegó a una sala en la que había una mesa de oro con tres cajas. Las cogió y huyó. Cada una de ellas contenía una naranja de amor.

Después de haber caminado muchas horas, se sentó bajo un fresno y se dijo:

-Voy a abrir una caja.

La abrió, y la naranja se puso a hablar:

-¡Agua! ¡agua! Si no bebo me voy a morir. ¡Agua, que me muero!

Pero el príncipe no tenía agua y la naranja murió.

Volvió a ponerse en camino y llegó a una posada donde pidió que le sirvieran de comer más una jarra de vino y otra de agua.

Abrió la segunda caja y la naranja se puso a hablar:

-¡Agua! ¡agua! Si no bebo me voy a morir. ¡Agua, que me muero!

Pero el príncipe en lugar de coger la jarra del agua cogió la de vino, la vertió en la caja, y la naranja murió.

Su camino lo condujo a una montaña por la que corría un río; se detuvo allí y abrió la tercera caja. La naranja se puso a hablar:

-¡Agua! ¡agua! Si no bebo me voy a morir. ¡Agua, que me muero!

-Esta vez -dijo el príncipe- no morirás por falta de agua.

Y arrojó la caja al río. Inmediatamente, se formó una nube de espuma sobre el agua y salió de ella una princesa más bella que el sol.

El príncipe se la llevó consigo y se casó con ella en el primer pueblo que encontraron. Un año después, el nacimiento de un hijo aumentó aún más su felicidad.

Pero un día el príncipe anunció a su esposa:

-Debemos regresar con mi familia; no le he dado ninguna noticia al rey mi padre desde que dejé el palacio.

Se pusieron pues en camino y cuando llegaron a la entrada de la ciudad donde vivía su padre, el príncipe le dijo a la princesa:

-Quédate sentada al pie de este árbol cerca de la fuente mientras yo voy a anunciar nuestra llegada al rey mi padre. Volveré rápidamente a buscarte.

La princesa se sentó al pie del árbol con su hijo dormido en los brazos.

Fue entonces cuando pasó la mujer que le había lanzado la maldición al príncipe. Se acercó a la fuente para beber y vio en el agua el reflejo de un rostro de inconmensurable belleza. Se incorporó retrocediendo y dijo:

-¡Soy muy bella!

Se acercó poco a poco a la fuente y vio que el agua seguía reflejando el mismo rostro, más resplandeciente que nunca. Retrocedió de nuevo repitiendo:

-¡Soy muy bella!

Fue entonces cuando al acercarse por tercera vez a la fuente vio que el rostro reflejado en el agua era el de la princesa. Y le preguntó:

-¿Qué hacéis aquí?

-Estoy esperando al príncipe, mi esposo.

-¡Qué hermoso niño tenéis! Dejádmelo un poco, lo atenderé mientras vos descansáis.

De mala gana, la princesa le tendió el niño a la mujer. Fue entonces cuando ésta dijo:

-¡Qué hermosos cabellos tenéis, princesa! Son sin duda más finos que la seda. Pero estáis algo despeinada.

Y, al tiempo que hacía como que le arreglaba su moño, le clavó un alfiler en la cabeza; la princesa quedó transformada en paloma.

La mujer, que era una bruja, adoptó el aspecto de la princesa, puso al niño sobre sus rodillas y se sentó al pie del árbol esperando al príncipe. Cuando éste regresó, le dijo a la que creía su esposa:

-Se diría que tu rostro ha cambiado.

-Debe ser a causa del sol que me ha oscurecido la piel; pero desaparecerá tan pronto como haya descansado de la fatiga del viaje. Vamos.

Se dirigieron hacia el palacio real. Poco tiempo después falleció el rey, su hijo heredó el trono y, en consecuencia, la bruja se convirtió en reina.

Durante todo ese tiempo, la paloma venía cada mañana a revolotear por el huerto del rey; se posaba en un árbol, se comía una fruta y decía:

- ¡Jardinero del rey!

- ¿Señora?

- ¿Qué hacen el rey y la reina?

-Comen, beben y descansan a la sombra.

-¿Y el niño? ¿qué hace?

-Unos ratos canta y otros llora.

-¡Pobre amor de su madre que vaga sola por la montaña!

Un día, el jardinero le repitió al rey la conversación que tenía todas las mañanas con la paloma. El rey le ordenó atrapar al ave para dársela al niño. Desde el momento en que la paloma estuvo en palacio, la reina quiso matarla.

El niño pasaba largas horas jugando con ella. Un día, observó que el animal se rascaba sin cesar la cabeza con una pata. La miró y encontró un alfiler que allí estaba clavado. Se lo arrancó y, al instante, la paloma se transformó en reina. El niño rompió a llorar pero la reina le dijo:

-No llores, hijo mío, porque yo soy tu madre.

Cogió al niño y lo cubrió de besos. En ese momento llegó el rey y cayó en brazos de la reina. Ésta le contó que había sido hechizada por la bruja junto a la fuente.

La bruja fue quemada en la plaza pública y el rey y la reina vivieron felices por mucho tiempo.

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