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Gabriel Miró en AlbaLearning

Gabriel Miró

"Paisaje"

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Paisaje

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Un artista y yo fuimos a un pueblo cercano; y un grupo de amigos generosos quisieron mostramos su amor y magnificencia, y nos llevaron al sitio predilecto del lugar: una cumbre frondosa donde nace una fuente y hay un santuario. Y ved que lo más preciado de los pueblos españoles es eso: fontana y ermita.

Nos recibió la altura con tristeza de soledad altanera.

Los hombres tenían alborozo del gusto de lo nuevo, porque salieron de la ciudad donde hay fábricas, escritorios, disciplina de oficios y emergían dichosamente sus almas de las aguas estadizas de la vida urbana. Prometiéronse los hombres comer con más regalo y novedad que en sus hogares, y porque se llegaba el cumplimiento de la promesa, también se alegraban en su corazón.

Miramos el paisaje; y parecía que era el paisaje quien nos miraba con piedad, porque nos asomábamos como «nuevos», como romeros o visitantes; y tenían prisa nuestros ojos en registrar la cercanía y lo remoto, pues habíamos de comer y bajar seguidamente a la pobre hondura.

De memoria o por aturdimiento exclamábamos: ¡Qué hermoso! Pero éste era tan solo grito cerebral; aún no estábamos abrasados por el sentimiento y amor de las inmensidades.

Encima de nosotros pasaba blando, lento y sucediéndose un nublado de humo frío, y detrás se adivinaba la mañana de lumbre y azul. Y contemplando las hondas arboledas, los valles labrados, hazas encendidas, misterio de pinares, alegría de blancos casales con su refugio de olmos poderosos y frescos, recibíamos una lluvia muy leve, como polvo de agua, que descendía a los barrancos y volaba en la espléndida anchura de los horizontes. Y amábase con envidia la libre lluvia gozadora de inmensidad, que no es la mísera que burbujea en los charcos de las plazas o vemos, con ahogo y lástima de nuestras vidas, sobre un muro conocido, o penetrar entre los aleros de las casas para morir en las verdes losas de un patio muy triste...

Veíamos compasivos en los valles la infantil arrogancia de oteros y altozanos; parecían estremecerse sus buenas cañadas por el blanco hormiguero de un rebaño. Grandes serranías se rasgaban, quedando agudos y aislados los crestones con espiritualidad de inmensos templos ojivales. Más lejos, seguían montañas de dulce ondulación, como si la roca fuera de tierna y dócil pasta y una mano suavísima la hubiera modelado con una lenta caricia. Y muy remotas se alzaban otras cumbres y luego otras, pálidas, esfumadas por la lluvia y la longura y eran como distancias puestas de pie.

Junto a nosotros se hendía abismalmente la sierra. Bordeábamos el negro barranco del Infierno. Furia de zarzales y encinas viejas, monstruosas, apretadas, bajan hasta lo profundo como una condenación de almas del sueño de Dante. Toda nuestra montaña era un grandioso macizo de verdura alta, espesa, florida y aromosa; en las tajaduras del peñascal, trenzándose con las raigambres de los pinos se desbordaban generosas las madreselvas y caían torrencialmente los rosales silvestres de florecillas simples, como aire cuajado en rosa, ofreciéndonos ramas tiernas para guirnaldas de sienes de doncella. Y en el seno del boscaje, los difíciles claros de la fronda eran lámparas de un sagrario de delicia que goteaba día tamizado, y la luz entraba como una gracia en las entrañas de verdores recientes. Olía la sierra a fortaleza y lozanía y placer de primavera y frescura de aguas de cimas. Y temblaban todas las cuerdas de la infinita lira de la fauna...

Nos volvimos al mar de espacios para que viajase la mirada por las perspectivas humosas de lluvia.

Nuestra montaña, en la eminencia, se desprendía del verde abrazo y opresión de la arboleda y mostraba la desnudez de su frente, enorme, indomable y delirante de cielo.

Gozábamos ya el paisaje; y él y nuestras almas se poseían sagradamente, porque anhelábamos cruzar los abismos, ser ala blanca y fuerte que hendiera en goce supremo la inmensidad para llegar a otras cumbres remotas y besarlas y descubrir con avidez otros valles. Y era también indicio de sentir el paisaje, subir a nuestro lado los amores dejados en la llanura sublimándolos, haciéndolos participar de la belleza; trazarnos vida purificada y venturosa, dolernos de nosotros mismos como si nos viéramos bullir ruinmente por callejas y oficinas y angustiarnos porque había de acabar nuestra beatitud.

*  *  *

Comimos en una hospedería de paredes encaladas y rudo envigado de troncos enteros. Por sus ventanitas penetraba impresión de espacio.

Después, salimos y caminamos.

Había aparecido la gloria del azul y las altitudes estaban encendidas de sol; y los valles tenían tristeza y recogimiento de jardines de monasterios.

Al tocarlos, árboles y arbustos prendidos de lluvia quieta y diamantina, la desgranaban en nuestras mejillas y manos. Y todos los verdores lavados, lujuriantes y frescos nos incensaban sanidad y vida. Comenzaba la bella tarde de las cumbres... y nosotros, entonces nos marchábamos porque teníamos ¡prisa! ¡Prisa, prisa, prisa! repetíamos, y resultaba un silbido, ¡ni siquiera palabra!

En la gran soledad silenciosa se deslizaron cántigas de ruiseñor. Nos conmovimos más. Un insecto, un renuevo de pino, el sentimiento de la quietud nos hacía lagrimear. ¡Y teníamos prisa! ¡Señor!

Ahora que he perdido aquella visión de las cumbres y soledades, yo las bendigo, porque imaginándolas me purifican.

He pensado que un banquero opulentísimo, y quizá tacaño, del pueblo donde nos regalaron hombres generosos, debería, sí, debería darme dineros y si no se atreviera a molestarme, cuidar de que se me labrase mansión en los peñascos frondosos... Pero no, que no lo haga; sería dejar de ser él quien es y acaso no convenga y dejase yo también de ser quien soy.

Amaré el paisaje desde mi humildad y, cuando pueda contemplarlo, me entregaré a él inmensamente...

¡Que no, que no me dé nada el señor banquero!

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