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Guy de Maupassant

GUY DE MAUPASSANT

"Una vendetta"

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Biografía de Guy de Maupassant en Wikipedia 
GUY DE MAUPASSANT
OTROS OBRAS DE MAUPASSANT
Amor
Carta que se encontró a un ahogado
Confesiones de una mujer 
El asesino
El ciego
El collar
El horla
El miedo
El velatorio
Encuentro
En el bosque  
La cita
La madre loca
La muerte
La noche 
La tumba 
Los suicidas 
Magnetismo
Nochebuena  
Sueños  
Una vendetta
Una viuda
Un extraño relato de Navidad
 
AUTORES FRANCESES

Alphonse Daudet

Alejandro Dumas

Antoine de Saint Exupéry

Anatole France

Arthur Rimbaud

Charles Baudelaire

Charles Perrault

Colette, Sidonie Gabrielle

Jean de la Fontaine

Guillaume Apollinaire

Guy de Maupassant

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Verne, Julio

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Voltaire

 

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UNA VENDETTA
La viuda de Pablo Savarini habitaba sola con su hijo en una casita pobre sobre las murallas de Bonifacio. La ciudad, construida sobre un saliente de la montaña, suspendida sobre el mar, mira por encima el estrecho erizado de escollos de la costa más baja de la Cerdeña.
A sus pies, del otro lado, rodeándola casi por completo, un corte del acantilado que se asemeja a un gigantesco corredor, le sirve de puerto y lleva casi hasta las primeras casas, después de un largo circuito entre murallas abruptas, a los pequeños barcos de pescadores italianos o sardos, y, cada quince días, al viejo vapor jadeante que hace el servicio de Ajaccio. 
Sobre la blanca montaña, el montón de casas forma una mancha más blanca aún. Parecen nidos de aves salvajes aferradas a las rocas, dominando ese paso terrible por donde casi nunca se aventuran los barcos.
El viento agita sin cesar el mar, agita la desnuda costa roída por él, apenas cubierta de hierba, y se introduce en el estrecho donde destroza los bordes. Las rastras de espuma pálida, aferradas a las negras puntas de las innumerables rocas que atraviesan en todas partes las olas, parecen hilachas de telas que flotan y palpitan sobre la superficie del agua. 
 
La casa de la viuda Saverini, soldada al borde justo del acantilado, abría sus tres ventanas sobre ese horizonte salvaje y desolado.
Vivía allí sola, con su hijo Antonio y su perra Sémillante, un animal grande y flaco, de pelos largos y rudos, de la raza de los pastores. Ella le servía al joven para cazar.
Una tarde, después de una disputa, Antonio Saverini fue asesinado a traición de una puñalada por Nicolas Ravolati, quien, esa misma noche huyó a Cerdeña.
Cuando la vieja madre recibió el cuerpo de su hijo, que algunos transeúntes le devolvieron, no lloró pero pasó largo rato mirándolo, inmóvil; luego, estirando su mano arrugada sobre el cadáver, le prometió venganza. No quiso que la acompañaran y se encerró junto al cuerpo, con la perra que aullaba. Este animal, aullaba sí, de una manera continua frente al lecho, con la cabeza fija sobre su amo y la cola apretada entre las patas. No se movía, como la madre, que inclinada sobre el cuerpo y con los ojos fijos, soltaba ahora gruesas lágrimas mudas mientras lo contemplaba.
El joven, boca arriba, vestido con un traje de gruesa tela llena de huecos y desgarrada en el pecho, parecía dormir; pero tenía sangre por todas partes: sobre la camisa, desgarrada cuando le prestaron los primeros auxilios, sobre el chaleco, sobre los calzones, sobre la cara, las manos. Los coágulos de sangre se le habían pegado a la barba y los cabellos. 
La vieja madre empezó a hablarle. Al escuchar la voz, la perra se calló. 
–Serás vengado mi pequeño, mi muchacho, mi pobre niño. Duerme, duerme, serás vengado: ¿me escuchas? ¡Es la madre quien lo promete! Y tú bien sabes que la madre siempre cumple sus promesas. 
Y se inclinó lentamente sobre él hasta pegar sus fríos labios sobre los labios muertos. 
Entonces, Sémillante reanudó sus aullidos. Lanzaba al aire una larga queja monótona, desgarradora y horrible. 
Ellas se quedaron allí, las dos, la mujer y la bestia, hasta el amanecer. 
Antonio Saverini fue enterrado al día siguiente, y pronto no se habló más de él en Bonifacio.
*
No había dejado ni hermanos ni primos cercanos. Ningún hombre quedaba para tomar venganza. Solo la vieja madre pensaba en ello. 
De sol a sol, veía del otro lado del estrecho un punto blanco sobre la costa. Es un pueblito de Cerdeña, Longosardo, donde se refugian los bandidos corsos perseguidos por la justicia. Son casi los únicos que pueblan esta aldea erigida frente a las costas de su patria, y allí esperan el momento para regresar y esconderse en el monte. Ella sabía que en ese pueblecillo era donde se escondía Nicolás Ravolati. 
Todo el día solitaria, sentada frente a su ventana, miraba hacia allí soñando en la venganza. ¿Cómo podría hacerlo sin nadie que le ayudara, enferma como estaba y ya cerca de la muerte? Pero lo había prometido, lo había jurado sobre el cadáver. No podía olvidar, no podía esperar. ¿Qué podría hacer? Ya no dormía en la noche, no tenía ni descanso ni paz y, obstinada, buscaba y buscaba. A sus pies, la perra adormecida, levantando a veces la cabeza, aullaba al aire. Desde que ya no estaba su amo, aullaba a menudo de ese modo, como si lo llamase, como si su alma de bestia inconsolable hubiera también guardado el recuerdo que nada borra.
Pero, una noche, viendo que Sémillante se había puesto a gemir de nuevo, la madre tuvo una idea, una idea propia de un salvaje y feroz vengador. Meditó hasta la mañana y al alba fue a la iglesia. Rezó prosternada sobre los adoquines, derrumbada frente a Dios, suplicándole ayuda, sostén, pidiéndole que le diera a su pobre y usado cuerpo las fuerzas que le faltaban para vengar a su hijo. 
Después volvió a casa. En el patio tenía un viejo barril desvencijado que recogía el agua de las goteras. Lo volcó, lo vació, lo sujetó contra el piso con estacas y piedras. Encadenó a Sémillante a esta perrera y volvió a entrar. 
Sin reposo, caminaba ahora en su cuarto con los ojos fijos todo el tiempo sobre la costa de Cerdeña. Allá estaba él, el asesino.
La perra aulló día y noche. Por la mañana, la vieja le llevó agua en un cuenco. Pero nada más: ni sopa, ni pan. 
El día llegó a su fin. Sémillante, extenuada, dormía. Al día siguiente tenía los ojos brillantes, los pelos erizados y tiraba locamente de la cadena. 
La vieja no le dio sin embargo nada de comer. El animal, furioso, ladraba con una voz ronca. Pasó otra noche. 
Entonces, con el nuevo amanecer, la madre Saverini fue a casa del vecino y pidió que le dieran dos manojos de paja. Tomó algunas viejas prendas que en otro tiempo habían sido de su marido y las llenó de forraje para simular un cuerpo humano. 
Habiendo hincado un palo al suelo delante de la caseta de Sémillante, amarró a la madera ese maniquí, que parecía estar de pie. Luego imitó una cabeza valiéndose de un bulto de viejas sábanas. 
La perra, sorprendida, miraba a este hombre de paja y se callaba, aunque muerta de hambre.
La vieja fue donde el carnicero y compró un gran pedazo de morcilla negra. De regreso a casa encendió una hoguera en el patio, cerca de la perrera, y asó la morcilla. Sémillante enloquecida brincaba, lanzaba espumarajos con los ojos fijos en la parrilla, cuyo humo le entraba hasta el vientre.
Entonces la madre convirtió esa masa asada en una corbata que le puso al monigote de paja. Se la enrolló varias veces en torno al cuello, como para metérsela dentro. Cuando acabó, desamarró a la perra. 
De un salto formidable el animal llegó hasta la garganta del maniquí y con las patas sobre los hombros comenzó a desgarrarlo. La perra cayó a tierra con un pedazo de su presa en la jeta y volvió al ataque, enterró los colmillos entre el sartal de morcilla, arrancó algunos trozos de alimento; caía de nuevo, y volvía a saltar encarnizada. A grandes dentelladas le arrancaba la cara y hacía trizas el cuello entero. 
Inmóvil y muda, la vieja miraba con ojos vivos. Entonces volvió a encadenar a su bestia, la obligó a ayunar dos días más y reanudó este extraño ejercicio. 
Durante tres meses acostumbró a la perra a esta especie de lucha, a esa comida conquistada a dentelladas. Luego no la volvió a encadenar y con solo un gesto la lanzaba sobre el monigote. 
Le había enseñado a desgarrarlo y devorarlo aunque no hubiera escondido nada de comer en su garganta. Después, como recompensa, le daba morcilla asada. 
Cuando veía al hombre, Sémillante temblaba, después volvía los ojos hacia su ama, que le gritaba,” ¡Anda!” con una voz sibilina y levantando el dedo. 
Cuando consideró que había llegado el momento, la madre Saverini fue a confesarse y comulgó un domingo por la mañana con un fervor de éxtasis. Luego, habiéndose puesto ropas de hombre, como si fuera un viejo pobre andrajoso, se puso de acuerdo con un pescador sardo para que la llevara, junto con su perra, al otro lado del estrecho.
Llevaba, en una bolsa de tela, un gran pedazo de morcilla. Sémillante estaba en ayunas desde hacía dos días. La vieja le hacía oler la aromática comida a cada momento y la excitaba. 
Llegaron a Longosardo. La señora corsa caminaba cojeando. Fue hasta donde un panadero  y preguntó donde vivía Nicolás Ravolati. Él había retomado su antiguo oficio de carpintero. Trabajaba solo en el fondo de su almacén.
La vieja empujó la puerta y lo llamó: 
–¡Oye, Nicolás!  
Él se dio la vuelta; entonces, soltando la perra, gritó:
- ¡Anda, anda! ¡Devora, devora!
El animal, enloquecido, se lanzó a la garganta. El hombre extendió los brazos, abrazó a la perra y cayó a tierra. Durante algunos segundos se revolcó, golpeando el piso con los pies. Luego quedó inmóvil, mientras que Sémillante le escarbaba el cuello y se lo arrancaba a tiras.
Dos vecinos sentados a la entrada de sus casas, recordaron luego haber visto salir de allí a un viejo pobre con un perro negro flaco que, mientras caminaba, comía algo oscuro que su amo le daba. 
Al atardecer la vieja volvió a su casa. Aquella noche durmió bien. 

14 de octubre de 1883

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