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Sigmund Freud

"Duelo y melancolía"

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Duelo y melancolía

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Después de habernos servido del sueño como modelo normal de las perturbaciones mentales narcisistas, vamos a intentar esclarecer la esencia de la melancolía, comparándola con el duelo, afecto normal paralelo a ella. Pero esta vez hemos de anticipar una confesión, que ha de evitarnos conceder un valor exagerado a nuestros resultados. La melancolía, cuyo concepto no ha sido aún fijamente determinado, ni siquiera en la Psiquiatría descriptiva, muestra diversas formas clínicas, a las que no se ha logrado reducir todavía a una unidad, y entre las cuales hay algunas que recuerdan más las afecciones somáticas que las psicógenas. Abstracción hecha de algunas impresiones, asequibles a todo observador, se limita nuestro material a un pequeño número de casos sobre cuya naturaleza psicógena no cabía duda. Así, pues, nuestros resultados no aspiran a una validez general; pero nos consolaremos pensando que con nuestros actuales medios de investigación no podemos hallar nada que no sea típico, sino de toda una clase de afecciones, por lo menos de un grupo más limitado. 
  
Las múltiples analogías del cuadro general de la melancolía con el del duelo, justifican un estudio paralelo de ambos estados. En aquellos casos en los que nos es posible llegar al descubrimiento de las causas por influencias ambientales que los han motivado, las hallamos también coincidentes. El duelo es, por lo general, la reacción a la pérdida de un ser amado o de una abstracción equivalente: la patria, la libertad, el ideal, etc. Bajo estas mismas influencias surge en algunas personas, a las que por lo mismo atribuimos una predisposición morbosa, la melancolía en lugar del duelo. Es también muy notable que jamás se nos ocurra considerar el duelo como un estado patológico y someter al sujeto a un tratamiento médico, aunque se trata de un estado que le impone considerables desviaciones de su conducta normal. Confiamos, efectivamente, en que al cabo de algún tiempo desaparecerá por sí solo y juzgaremos inadecuado e incluso perjudicial perturbarlo. La melancolía se caracteriza psíquicamente por un estado de ánimo profundamente doloroso, una cesación del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de todas las funciones y la disminución de amor propio. Esta última se traduce en reproches y acusaciones, de que el paciente se hace objeto a sí mismo, y puede llegar incluso a una delirante espera de castigo.

Este cuadro se nos hace más inteligible cuando reflexionamos que el duelo muestra también estos caracteres, a excepción de uno solo; la perturbación del amor propio. El duelo intenso, reacción a la pérdida de un ser amado, integra el mismo doloroso estado de ánimo, la cesación del interés por el mundo exterior —en cuanto no recuerda a la persona fallecida, la pérdida de la capacidad de elegir un nuevo objeto amoroso —lo que equivaldría a sustituir al desaparecido— y al apartamiento de toda actividad no conectada con la memoria del ser querido. Comprendemos que esta inhibición y restricción del yo es la expresión de su entrega total al duelo que no deja nada para otros propósitos e intereses. En realidad, si este estado no nos parece patológico es tan sólo porque nos lo explicamos perfectamente.

Aceptamos también el paralelo, a consecuencia del cual calificamos de «doloroso» el estado de ánimo del duelo. Su justificación se nos evidenciará cuando lleguemos a caracterizar económicamente el dolor. Mas, ¿en qué consiste la labor que el duelo lleva a cabo? A mi juicio, podemos describirla en la forma siguiente: el examen de la realidad ha mostrado que el objeto amado no existe ya y demanda que la libido abandone todas sus ligaduras con el mismo. Contra esta demanda surge una oposición naturalísima, pues sabemos que el hombre no abandona gustoso ninguna de las posiciones de su libido, aun cuando les haya encontrado ya una sustitución. Esta oposición puede ser tan intensa que surjan el apartamiento de la realidad y la conservación del objeto por medio de una psicosis desiderativa alucinatoria. (Cf. el estudio que precede.) Lo normal es que el respeto a la realidad obtenga la victoria. Pero su mandato no puede ser llevado a cabo inmediatamente, y sólo es realizado de un modo paulatino, con gran gasto de tiempo y de energía de carga, continuando mientras tanto la existencia psíquica del objeto perdido. Cada uno de los recuerdos y esperanzas que constituyen un punto de enlace de la libido con el objeto es sucesivamente despertado y sobrecargado, realizándose en él la sustracción de la libido. No nos es fácil indicar en términos de la economía por qué la transacción que supone esta lenta y paulatina realización del mandato de la realidad ha de ser tan dolorosa. Tampoco deja de ser singular que el doloroso displacer que trae consigo nos parezca natural y lógico. Al final de la labor del duelo vuelve a quedar el yo libre y exento de toda inhibición.

Apliquemos ahora a la melancolía lo que del duelo hemos averiguado. En una serie de casos constituye también evidentemente una reacción a la pérdida de un objeto amado. Otras veces, cuando las causas estimulantes son diferentes, observamos que la pérdida es de naturaleza más ideal. El sujeto no ha muerto, pero ha quedado perdido como objeto erótico (el caso de la novia abandonada). Por último, en otras ocasiones creemos deber mantener la hipótesis de tal pérdida; pero no conseguimos distinguir claramente qué es lo que el sujeto ha perdido, y hemos de admitir que tampoco a éste le es posible percibirlo conscientemente. A este caso podría reducir también aquel en el que la pérdida, causa de la melancolía, es conocida al enfermo, el cual sabe a quién ha perdido, pero no lo que con él ha perdido. De este modo nos veríamos impulsados a relacionar la melancolía con una pérdida de objeto sustraída a la conciencia, diferenciándose así del duelo, en el cual nada de lo que respecta a la pérdida es inconsciente.

En el duelo nos explicamos la inhibición y la falta de interés por la labor de duelo, que absorbe el yo. La pérdida desconocida, causa de la melancolía, tendría también como consecuencia una labor interna análoga, a la cual habríamos de atribuir la inhibición que tiene efecto en este estado. Pero la inhibición melancólica nos produce una impresión enigmática, pues no podemos averiguar qué es lo que absorbe tan por completo al enfermo. El melancólico muestra, además, otro carácter que no hallamos en el duelo: una extraordinaria disminución de su amor propio, o sea un considerable empobrecimiento de su yo. En el duelo el mundo aparece desierto y empobrecido ante los ojos del sujeto.

En la melancolía es el yo lo que ofrece estos rasgos a la consideración del paciente. Este nos describe su yo como indigno de toda estimación, incapaz de rendimiento valioso alguno y moralmente condenable. Se dirige amargos repro ches, se insulta y espera la repulsa y el castigo. Se humilla ante todos los demás y compadece a los suyos por hallarse ligados a una persona tan despreciable. No abriga idea ninguna de que haya tenido efecto en él una modificación, sino que extiende su crítica al pasado y afirma no haber sido nunca mejor. El cuadro de este delirio de empequeñecimiento (principalmente moral) se completa con insomnios, rechazo a alimentarse y un sojuzgamiento, muy singular desde el punto de vista psicológico, del instinto, que fuerza a todo lo animado a mantenerse en vida.

Tanto científica como terapéuticamente seria infructuoso contradecir al enfermo cuando expresa tales acusaciones contra su yo. Debe de tener cierta razón y describirnos algo que es en realidad como a él le parece. Así, muchos de sus datos tenemos que confirmarlos inmediatamente sin restricción alguna. Es real mente tan incapaz de amor, de interés y de rendimiento como dice; pero todo esto es secundario y constituye, según sabemos, un resultado de la ignorada labor que devora a su yo, y que podemos comparar a la labor del duelo. En otras de sus acusaciones nos parece también tener razón, comprobando tan sólo que percibe la verdad más claramente que otros sujetos no melancólicos. Cuando en su autocrítica se describe como un hombre pequeño, egoísta, deshonesto y carente de ideas propias, preocupado siempre en ocultar sus debilidades, puede en realidad aproxi marse considerablemente al conocimiento de sí mismo, y en este caso nos pregun tamos por qué ha tenido que enfermar para descubrir tales verdades, pues es indudable que quien llega a tal valoración de sí propio —análoga a la que el príncipe Hamlet se aplicaba y aplicaba a todos los demás; es indudable, repetimos, que quien llega a tal valoración de sí propio y la manifiesta públicamente está enfermo, ya diga la verdad, ya se calumnie más o menos. No es tampoco difícil observar que entre la intensidad de la autocrítica del sujeto y su justificación real, según nuestra estimación del mismo, no existe correlación alguna. Una mujer que antes de enfermar de melancolía ha sido siempre honrada, hacendosa y fiel, no hablará luego mejor de sí misma que otra paciente a la que nunca pudimos atribuir tales cualidades; e incluso la primera tiene más probabilidades de enfermar de melancolía, que la última, de la cual tampoco nosotros tendríamos nada bueno que decir. Por último, comprobamos el hecho singular de que el enfermo melancólico no se conduce tampoco como un individuo normal, agobiado por los remordimientos. Carece, en efecto, de todo pudor frente a los demás, sentimiento que caracteriza el remordimiento normal. En el melancólico observamos el carácter contrario, o sea el deseo de comunicar a todo el mundo sus propios defectos, como si en este rebajamiento hallara una satisfacción.

Así, pues, carece de importancia que el paciente tenga o no razón en su autocrítica, y que ésta coincida más o menos con nuestra propia opinión de su personalidad. Lo esencial es que describe exactamente su situación psicológica. Ha perdido la propia estimación y debe de tener razones para ello. Pero, admitiéndolo así, nos hallamos ante una contradicción, que nos plantea un complicado enigma. Conforme a la analogía de esta enfermedad con el duelo, habríamos de deducir que el paciente ha sufrido la pérdida de un objeto; pero de sus manifestaciones inferimos que la pérdida ha tenido efecto en su propio yo. Antes de ocuparnos de esta contradicción consideraremos la perspectiva que la afección del melancólico nos abre en la constitución del yo humano. Vemos, en efecto, cómo una parte del yo se sitúa enfrente de la otra y la valora críticamente, como si la tomara por objeto. Subsiguientes investigaciones nos confirman que la instancia crítica, disociada aquí del yo, puede demostrar igualmente en otras distintas circunstancias su independencia. Proporcionándonos base suficiente para distinguirla del yo. Es ésta la instancia a la que damos corrientemente el nombre de conciencia (moral). Pertenece, con la censura de la conciencia y el examen de la realidad, a las grandes instituciones del yo y puede enfermar por sí sola, como más adelante veremos. En el cuadro de la melancolía resalta el descontento con el propio yo, desde el punto de vista moral, sobre todas las demás críticas posibles. La deformidad, la fealdad, la debilidad y la inferioridad social no son tan frecuentemente objeto de la autovaloración del paciente. Sólo la pobreza o la ruina ocupan, entre las afirmaciones o temores del enfermo, un lugar preferente.

Una observación nada difícil nos lleva luego al esclarecimiento de la contradicción antes indicada. Si oímos pacientemente las múltiples autoacusaciones del melancólico, acabamos por experimentar la impresión de que las más violentas resultan con frecuencia muy poco adecuadas a la personalidad del sujeto y, en cambio, pueden adaptarse, con pequeñas modificaciones, a otra persona, a la que el enfermo ama, ha amado o debía amar. Siempre que investigamos estos casos queda confirmada tal hipótesis, que nos da la clave del cuadro patológico hacién donos reconocer que los reproches con los que el enfermo se abruma corresponden en realidad a otra persona, a un objeto erótico, y han sido vueltos contra el propio yo. La mujer que compadece a su marido por hallarse ligado a un ser tan inútil como ella, reprocha en realidad al marido su inutilidad, cualquiera que sea el sentido que dé a estas palabras. No podemos extrañar que entre estos reproches, correspondientes a otra persona y vueltos hacia el yo, existan algunos referentes realmente al yo; reproches cuya misión es encubrir los restantes y dificultar el conocimiento de la verdadera situación. Estos reproches proceden del pro y el contra del combate amoroso, que ha conducido a la pérdida erótica. También la conducta de los enfermos se nos hace ahora más comprensible. Sus lamentos son quejas; no se avergüenzan ni se ocultan, porque todo lo malo que dicen de sí mismos se refiere en realidad a otras personas, y se hallan muy lejos de testimoniar, con respecto a los que los rodean, la humildad y sometimiento que correspondería a tan indignas personas como afirman ser, mostrándose, por el contrario, suma mente irritables y susceptibles y como si estuvieran siendo objeto de una gran injusticia. Todo esto sólo es posible porque las reacciones de su conducta parten aún de la constelación anímica de la rebelión, convertida por cierto proceso en el opresivo estado de la melancolía.

Fácilmente podemos reconstruir este proceso. Al principio existía una elección de objeto, o sea enlace de la libido a una persona determinada. Por la influencia de una ofensa real o de un desengaño, inferido por la persona amada, surgió una conmoción de esta relación objetal, cuyo resultado no fue el normal, o sea la sustracción de la libido de este objeto y su desplazamiento hacia uno nuevo, sino otro muy distinto, que parece exigir, para su génesis, varias condiciones. La carga del objeto demostró tener poca energía de resistencia y quedó abandonada; pero la libido libre no fue desplazada sobre otro objeto, sino retraída al yo, y encontró en éste una aplicación determinada, sirviendo para establecer una identificación del yo con el objeto abandonado. La sombra del objeto cayó así sobre el yo; este último, a partir de este momento, pudo ser juzgado por una instancia especial, como un objeto, y en realidad como el objeto abandonado. De este modo se transformó la pérdida del objeto en una pérdida del yo, y el conflicto entre el yo y la persona amada, en una disociación entre la actividad crítica del yo y el yo modificado por la identificación.

Una o dos cosas se deducen directamente de los resultados y condiciones de este proceso. Por un lado, tiene que haber existido una enérgica fijación al objeto erótico; y por otro, en contradicción con la misma, una escasa energía de resistencia de la carga de objeto. Esta contradicción parece exigir, según una acertadísima observación de Rank, que la elección de objeto haya tenido efecto sobre una base narcisista; de manera que en el momento en que surja alguna contrariedad pueda la carga de objeto retroceder al narcisismo. La identificación narcisista con el objeto se convierte entonces en un sustitutivo de la carga erótica, a consecuencia de la cual no puede ser abandonada la relación erótica, a pesar del conflicto con la persona amada. Esta sustitución del amor al objeto por una identificación es un importante mecanismo en las afecciones narcisistas. Karl Landauer (1914) lo ha descubierto recientemente en el proceso curativo de una esquizofrenia. Corresponde, naturalmente, a la regresión de un tipo de la elección de objeto al narcisismo primitivo. En otro lugar hemos expuesto ya que la identificación es la fase preliminar de la elección de objeto, y la primera forma, ambivalente en su expresión, utilizada por el yo para escoger un objeto. Quisiera incorporárselo, y correla tivamente a la fase oral o canibalística del desarrollo de la libido, ingiriéndolo, o sea devorándolo. A esta relación refiere acertadamente Abraham el rechazo a alimentarse que surge en los graves estados de melancolía.

La conclusión a que nos lleva esta teoría, o sea la de que la predisposición a la melancolía, o una parte de ella, depende del predominio del tipo narcisista de la elección de objeto, no ha sido aún confirmada por la investigación. Al iniciar el presente estudio reconocimos ya la insuficiencia del material empírico en el que podíamos basarlo. Si nos fuera lícito suponer que nuestras deducciones coincidan con los resultados de observaciones, no vacilaríamos en integrar entre las características de la melancolía la regresión de la carga de objeto a la fase oral de la libido, perteneciente aún al narcisismo. Las identificaciones con el objeto no son tampoco raras en las neurosis de transferencia, constituyendo, por el contrario, un conocido mecanismo de la formación de síntomas, sobre todo en la histeria. Pero entre la identificación narcisista y la histérica existe la diferencia de que en la primera es abandonada la carga del objeto, mantenida, en cambio, en la segunda, en la cual produce efectos generalmente limitados a determinadas acciones e inervaciones. De todos modos, también en las neurosis de transferencia es la identificación expresión de una comunidad, que puede significar amor. La identificación narcisista es la más primitiva, y nos conduce a la inteligencia de la identificación histérica, menos estudiada.

Así, pues, la melancolía toma una parte de sus caracteres del duelo y otra, del proceso de la regresión de la elección de objeto narcisista al narcisismo. Por un lado es, como el duelo, una reacción a la pérdida real del objeto erótico; pero, además, se halla ligada a una condición, que falta en el duelo normal, o la convierte en duelo patológico cuando se agrega a ella. La pérdida de objeto erótico constituye una excelente ocasión para hacer surgir la ambivalencia de las relaciones amorosas. Dada una predisposición a la neurosis obsesiva, la ambivalencia presta al duelo una estructura patológica, y la obliga a exteriorizarse en el reproche de haber deseado la pérdida del objeto amado o incluso ser culpable de ella. En tales depresiones obsesivas, consecutivas a la muerte de personas amadas, se nos muestra la obra que puede llevar a cabo por sí solo el conflicto de la ambivalencia cuando no existe simultáneamente la retracción regresiva de la libido. Las situaciones que dan lugar a la enfermedad en la melancolía van más allá del caso transparente de la pérdida por muerte del objeto amado, y comprenden todas aquellas situaciones de ofensa, postergación y desengaño, que pueden introducir, en la relación con el objeto, sentimientos opuestos de amor y odio o intensificar una ambivalencia preexistente. Este conflicto por ambivalencia, que se origina a veces más por experiencias reales y a veces más por factores constitucionales, ha de tenerse muy en cuenta entre las premisas de la melancolía. Cuando el amor al objeto, amor que ha de ser conservado, no obstante el abandono del objeto, llega a refugiarse en la identificación narcisista, recae el odio sobre este objeto sustitutivo, calumniándolo, humillándolo, haciéndole sufrir y encontrando en este sufrimiento una satisfacción sádica. El tormento, indudablemente placentero que el melancólico se inflige a sí mismo significa, análogamente a los fenómenos correlativos de la neurosis obsesiva, la satisfacción de tendencias sádicas y de odio, orientadas hacia un objeto, pero retrotraídas al yo del propio sujeto en la forma como hemos venido tratando. En ambas afecciones suele el enfermo conseguir por el camino indirecto del autocastigo su venganza de los objetos primitivos y atormentar a los que ama, por medio de la enfermedad, después de haberse refugiado en ésta para no tener que mostrarle directamente su hostilidad.

La persona que ha provocado la perturbación sentimental del enfermo, y hacia la cual se halla orientada su enfermedad, suele ser una de las más íntimamente ligadas a ella. De este modo, la carga erótica del melancólico hacia su objeto experimenta un doble destino. Una parte de ella retrocede hasta la identificación, y la otra, bajo el influjo del conflicto de ambivalencia, hasta la fase sádica, cercana a este conflicto. Este sadismo nos aclara el enigma de la tendencia al suicidio, que tan interesante y tan peligrosa hace a la melancolía. Hemos reconocido como estado primitivo y punto de partida de la vida instintiva un tan extraordinario amor a sí mismo del yo; y comprobamos, en el miedo provocado por una amenaza de muerte, la liberación de tan enorme montante de libido narcisista, que no comprendemos cómo el yo puede consentir en su propia destrucción. Sabíamos, ciertamente, que ningún neurótico experimenta impulsos al suicidio que no sean impulsos homicidas, orientados primero hacia otras personas y vueltos luego contra el yo; pero continuábamos sin comprender por medio de qué juego de fuerzas podían convertirse tales impulsos en actos. El análisis de la melancolía nos muestra ahora que el yo no puede darse muerte sino cuando el retorno de la carga de objeto le hace posible tratarse a sí mismo como un objeto; esto es, cuando puede dirigir contra sí mismo la hostilidad que tiene hacia un objeto; hostilidad que representa la reacción primitiva del yo contra los objetos del mundo exterior. (Cf. Los instintos y sus destinos.) Así, pues, en la regresión de la elección narcisista de objeto queda el objeto abandonado; mas, a pesar de ello, ha demostrado ser más poderoso que el yo. En el suicidio y en el enamoramiento extremo —situaciones opuestas— queda el yo igualmente dominado por el objeto, si bien en forma muy distinta.

Parece también justificado derivar uno de los caracteres más singulares de la melancolía —el miedo a la ruina y al empobrecimiento— del erotismo anal, desligado de sus relaciones y transformado regresivamente. La melancolía nos plantea aún otras interrogaciones, cuya solución nos es imposible alcanzar por ahora. Comparte con el duelo el carácter de desaparecer al cabo de cierto tiempo, sin dejar tras sí grandes modificaciones. En el duelo explicamos este carácter, admitiendo que era necesario un cierto lapso para la realización detallada del mandato de la realidad; labor que devolvía al yo la libertad de su libido, desligándola del objeto perdido. En la melancolía podemos suponer al yo entregado a una labor análoga; pero ni en este caso ni en el del duelo, logramos llegar a una comprensión econó mica del proceso. El insomnio de la melancolía testimonia, quizá, de la rigidez de este estado, o sea de la imposibilidad de que se lleve a cabo la retracción general de las cargas, necesaria para el establecimiento del estado de reposo. El complejo melancólico se conduce como una herida abierta. Atrae a sí de todos lados energías de carga (a las cuales hemos dado en las neurosis de transferencia el nombre de «contracargas»), y alcanza un total empobrecimiento del yo, resistiéndose al deseo de dormir del yo. En el cotidiano alivio del estado melancólico, durante las horas de la noche, debe de intervenir un factor, probablemente somático, inexplicable desde el punto de vista psicógeno. A estas reflexiones viene a agregarse la pregunta de si la pérdida del yo no bastaría por sí sola, sin intervención ninguna de la pérdida del objeto, para engendrar la melancolía. Igualmente habremos de plantearnos el problema de si un empobrecimiento tóxico directo de la libido del yo podría ser suficiente para provocar determinadas formas de la afección melan cólicas.

La peculiaridad más singular de la melancolía es su tendencia a transformarse en manía, o sea en un estado sintomáticamente opuesto. Sin embargo, no toda melancolía sufre esta transformación. Algunos casos no pasan de recidivas periódicas, cuyos intervalos muestran cuanto más un ligerísimo matiz de manía. Otros presentan aquella alternativa regular de fases melancólicas y maniacas, que constituye la locura cíclica. Excluiríamos estos casos de la concepción psicógena si, precisamente para muchos de ellos, no hubiera hallado el psicoanálisis una solución y una terapéutica. Estamos, pues, obligados a extender a la manía nuestra explicación analítica de la melancolía. No podemos comprometernos a alcanzar en esta tentativa un resultado completamente satisfactorio. Probablemente no lograre mos sino una primera orientación. Disponemos para ella de dos puntos de apoyo, consistentes: el primero, en una impresión derivada de la práctica psicoanalítica; y el segundo, en una experiencia general de orden económico. La impresión, comunicada ya por diversos observadores psicoanalíticos, es la de que el contenido de la manía es idéntico al de la melancolía. Ambas afecciones lucharían con el mismo «complejo», el cual sojuzgaría al yo en la melancolía, y quedaría sometido o apartado por el yo en la manía. El otro punto de apoyo es la experiencia de que todos los estados de alegría, exaltación y triunfo, que nos muestran el modelo normal de la manía, presentan la misma condicionalidad económica. Trátase en ellos de una influencia, que hace de repente superfluo un gasto de energía psíquica, sostenido durante largo tiempo o constituido un hábito, quedando entonces tal gasto de energía disponible para las más diversas aplicaciones y posibilidades de descarga. Este caso se da, por ejemplo, cuando un pobre diablo es obsequiado por la Fortuna con una herencia, que habrá de libertarle de su crónica lucha por el pan cotidiano; cuando una larga y penosa lucha se ve coronada por el éxito; cuando logramos desembarazarnos de una coerción que venía pesando sobre nosotros hace largo tiempo, etc.

Todas estas situaciones se caracterizan por un alegre estado de ánimo, por los signos de descarga de la alegría y por una intensa disposición a la actividad, caracteres que son igualmente los de la manía, pero que constituyen la antítesis de la depresión e inhibición, propias de la melancolía. Podemos, pues, atrevernos a decir que la manía no es sino tal triunfo, salvo que el yo ignora nuevamente qué y sobre qué ha conseguido. La intoxicación alcohólica, que pertenece a la misma clase de estados, en tanto es uno de elación, puede explicarse de la misma forma. Aquí, probablemente por toxinas, hay una suspensión del gasto en energía de represión. La opinión popular gusta afirmar que una persona en un estado maniaco de este tipo encuentra tal placer del movimiento y la acción porque está muy ‘alegre’. Esta relación falsa debe ser corregida. La verdad es que la condición económica en la mente del sujeto, como ya hemos visto más arriba, ha sido cumpli da, y esta es la razón por la que, por un lado, está de tan buen ánimo, y por el otro, tan desinhibido en la actividad. Si estos dos puntos de apoyo los colocamos juntos, veremos lo que sigue.

En la manía, tiene que haber dominado el yo la pérdida del objeto (o el duelo producido por dicha pérdida o quizá al objeto mismo), quedando así dispo nible todo el montante de contracarga que el doloroso sufrimiento de la melancolía había atraído del yo y ligado. El maniaco nos evidencia su emancipación del objeto que le hizo sufrir, emprendiendo con hambre voraz nuevas cargas de objeto. Esta explicación parece plausible; pero, en primer lugar, no es aún suficientemente precisa, y en segundo, hace surgir más problemas y dudas de los que por ahora nos es posible resolver. De todos modos, no queremos eludir su discusión, aunque no esperemos llegar mediante ella a un completo esclarecimiento. En primer lugar, el duelo normal supera también la pérdida del objeto, y absorbe, mientras dure, igualmente todas las energías del yo. Mas, ¿por qué no surge en ella ni el más leve indicio de la condición económica, necesaria para la emergencia de una fase de triunfo consecutiva a su término? No nos es posible dejar respuesta a esta objeción, que refleja nuestra impotencia para indicar por qué medios económicos lleva a cabo el duelo su labor. Quizá pueda auxiliarnos aquí una nueva sospecha. La reali dad impone a cada uno de los recuerdos y esperanzas, que constituyen puntos de enlace de la libido con el objeto, su veredicto de que dicho objeto no existe ya, y el yo, situado ante la interrogación de si quiere compartir tal destino, se decide, bajo la influencia de las satisfacciones narcisistas de la vida, a cortar su ligamen con el objeto abolido.

Podemos, pues, suponer que esta separación se realiza tan lenta y paulati namente, que al llegar a término ha agotado el gasto de energía necesario para tal labor. Al emprender una tentativa de desarrollar una descripción de la labor de la melancolía, partiendo de nuestra hipótesis sobre la labor del duelo, tropezamos en seguida con una dificultad. Hasta ahora no hemos atendido apenas en la melan colía al punto de vista tópico, ni nos hemos preguntado en qué y entre cuáles sistemas psíquicos se desarrolla la labor de la melancolía. Habremos, pues, de investigar cuál es la parte de los procesos mentales de esta afección que se desarrolla en las cargas de objeto inconscientes que han sido descartadas, y cual en la sustitución de las mismas por identificación en el yo. Es fácil decir que la presentación (de cosa) inconsciente del objeto es abandonada por la libido. Pero en realidad esta presentación se halla representada por innumerables impresiones (huellas inconscientes de las mismas), y la realización de la sustracción de la libido no puede ser un proceso momentáneo, sino, como en el duelo, un proceso lento y paulatino.

No podemos determinar si comienza simultáneamente en varios lugares o sigue cierto orden progresivo. En los análisis se observa que tan pronto queda activado un recuerdo como otro, y que las lamentaciones del enfermo, fatigosas por su monotonía, proceden, sin embargo, cada vez de una distinta fuente inconsciente. Cuando el objeto no posee para el yo una importancia tan grande, intensificada por mil conexiones distintas, no llega su pérdida a ocasionar un estado de duelo o de melancolía. La realización paulatina del desligamiento de la libido es, por tanto, un carácter común del duelo y la melancolía; se basa probablemente en las mismas circunstancias económicas, y obedece a los mismos propósitos. Pero la melancolía posee, como ya hemos visto, un contenido más amplio que el duelo normal. En ella, la relación con el objeto queda complicada por el conflicto de ambivalencia. Esta puede ser constitucional, o sea depender de cada una de las relaciones eróticas de este especial yo, o proceder de los sucesos, que traen consigo la amenaza de la pérdida del objeto. Así, pues, las causas estimulantes de la melancolía son más numerosas que las del duelo, el cual sólo es provocado en realidad por la muerte del objeto. Trábanse así en la melancolía infinitos combates aislados en derredor del objeto, combates en los que el odio y el amor luchan entre sí; el primero, para desligar a la libido del objeto, y el segundo, para evitarlo. Estos combates aislados se desarrollan en el sistema Inc., o sea en el reino de las huellas mnémicas de cosas (en oposición a las cargas verbales). En este mismo sistema se desarrollan también las tentativas de desligamiento del duelo; pero en este caso no hay nada que se oponga al acceso de tales procesos a la conciencia por el camino normal a través del sistema Prec. Este camino queda cerrado para la labor melan cólica, quizá a causa de numerosos motivos o aislados o de acción conjunta. La ambivalencia constitucional pertenece de por sí a lo reprimido. Los sucesos trau máticos, en los que ha intervenido el objeto, pueden haber activado otros elemen tos reprimidos. Así, pues, la totalidad de estos combates, provocados por la ambivalencia, queda sustraída a la conciencia hasta que acaece el desenlace carac terístico de la melancolía.

Este desenlace consiste, como sabemos, en que la carga de libido amenazada abandona por fin el objeto; pero solo para retraerse a aquel punto del y o del que había emanado. El amor elude de este modo la extinción, refugiándose en el yo. Después de esta represión de la libido puede hacerse consciente el proceso, y se representa a la conciencia como un conflicto entre una parte del yo y la instancia crítica. Así, pues, lo que la conciencia averigua de la labor melancólica no es la parte esencial de la misma, ni tampoco aquella a la que podemos atribuir una influencia sobre la solución de la enfermedad. Vemos que el yo se humilla y se encoleriza contra sí mismo; pero sabemos tan poco como el propio paciente de cuáles pueden ser las consecuencias de esto ni de cómo modificarlo. Por analogía con el duelo podemos atribuir a la parte inconsciente de la labor melancólica tal influencia modificadora. Del mismo modo que el duelo mueve al yo a renunciar al objeto, comunicándole su muerte y ofreciéndole como premio la vida para decidirle; así disminuye, cada uno de los combates provocados por la ambiva lencia, la fijación de la libido al objeto, desvalorizándolo, denigrándolo y, en definitiva, asesinándolo. Es muy posible que el proceso llegue a su término en el sistema Inc., una vez apaciguada la cólera del yo o abandonado el objeto por considerarlo carente ya de todo valor. Ignoramos cuál de estas dos posibilidades pone fin regularmente o con mayor frecuencia a la melancolía, y cómo este final influye sobre el curso subsiguiente del caso. El yo puede gozar quizá de la satisfac ción de reconocerse como el mejor de los dos, como superior al objeto. Sin embargo, ni aun aceptando esta concepción de la labor melancólica conseguimos llegar al completo esclarecimiento deseado. Nuestra esperanza de derivar de la ambivalencia la condición económica del nacimiento de la manía, al término de la melancolía, podía fundarse en analogías comprobadas en otros sectores; pero, tropezamos con un hecho que nos obliga a abandonarla. De las tres premisas de la melancolía, la pérdida del objeto, la ambivalencia y la regresión de la libido al yo, volvemos a hallar las dos primeras en los reproches obsesivos consecutivos al fallecimiento de una persona. En este caso, la ambivalencia consti tuye incuestionablemente el motor del conflicto, y comprobamos que, acabado el mismo, no surge el menor indicio de triunfo como en el estado de manía. De este modo hemos de reconocer que el tercer factor es el único eficaz. Aquella acumu lación de carga, ligada al principio, que se libera al término de la melancolía y hace posible la manía, tiene que hallarse relacionada con la regresión de la libido al narcisismo. El conflicto que surge en el yo, y que la melancolía suele sustituir por la lucha en derredor del objeto, tiene que actuar como una herida dolorosa, que exige una contracarga, extraordinariamente elevada. Pero creemos conveniente hacer aquí alto y aplazar la explicación de la manía hasta haber llegado al conocimiento de la naturaleza económica del dolor físico, y después, la del dolor psíquico, análogo a él. Sabemos ya, en efecto, que la interdependencia de los complicados problemas anímicos nos obliga a abandonar sin terminarla cada una de nuestras investigaciones parciales hasta tanto que los resultados de otra nos auxilien en su continuación.

(1917)

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