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Amalia Domingo Soler en AlbaLearning

Amalia Domingo Soler

"El sueño de los dos niños"

Biografía de Amalia Domingo Soler en Wikipedia

 
 
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Música: Rachmaninov - Op.36, Sonata No.2 -II. Non allegro
 
El sueño de los dos niños
OBRAS DEL AUTOR

Cuentos

El sueño de los dos niños
¡Espérame!
Estrella...

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Estábamos, una noche del mes de Julio, en que el calor dejaba sentir su fastidiosa influencia, sentados con varios amigos en el salón del Prado de Madrid. Se habló un poco de todo, y por último le tocó al espiritismo, y como es natural, unos hablaron en pro y otros en contra, llamándonos la atención que uno de los que componían el grupo, hombre que ya tendría sesenta años, persona muy entendida y de un trato excelente, al hablarse de espiritismo enmudeció, y mientras todos hablaban a la vez, él con su delgado bastón trazaba círculos en la arena y movía la cabeza como respondiendo a su pensamiento.

—Y usted, ¿qué dice, Mendoza?—le preguntamos.

—Yo no digo nada, Amalia.

—Pero usted tendrá su opinión formada.

—No, señora; no la tengo.

—¿Que no la tiene usted? Pues es muy extraño, porque un hombre como usted, que ha viajado tanto, que ha tratado tanta gente, y que habrá visto tantas cosas, debe haber oído hablar de espiritismo.

—¡Ya lo creo! Y he leído las obras de Allán Kardec, y he asistido a muchas sesiones espiritistas; pero... estoy así... creo... no creo... compadezco a los que lo niegan, envidio a los que creen en la supervivencia del espíritu, y dejo pasar los años uno tras otro sin decidirme ni a negar, ni a conceder; estoy como estaba el loco del cuento.

—¿Y cómo estaba ese loco?

—Según dicen, iba desnudo, como Adán, y llevaba una pieza de paño en la cabeza, esperando que llegase la última moda para vestirse. Yo espero la última creencia para creer. Confieso que en punto a creencias no he fijado aún mis ideas; y crea usted que he tenido pruebas en mi vida que podían haberme convencido.

—¿De qué podían haberle convencido?

—De la verdad del espiritismo.

—¡Sí!... ¿Y cómo? Cuénteme usted.

—No es esta buena ocasión: somos muchos, y algunos se reirían,

—Hable usted en voz baja, ellos no nos escuchan. ¿No ve usted que ya los hombres hablan de política y las mujeres de modas? Descuide usted, que no se distraerán.

—También es cierto, y a usted, que emborrona papel, no le vendrá mal saber una nueva historia.

—Ya lo creo; comience usted su relato.

—No crea que es nada de extraordinario; es decir, para mí sí lo es, y ha influido poderosamente en mi vida. Usted quizá ignore que soy viudo.

—Ciertamente, lo ignoraba.

—No lo extraño; muchos me creen solterón, porque no soy aficionado a contar a los demás las cosas que sólo a mí me interesan. Pues, como le iba diciendo, hacei más de treinta años que soy viudo.

—¡Qué joven se casaría usted!

—A los veinte años; y me casé como se casa uno a esa edad, loco de amor. Viví cerca de un año en el paraíso. Mi esposa era bella como un ángel y buena como una santa, y al dar a luz a un niño quedó muerta en mis brazos. No le puedo a usted pintar la desesperación que sentí y el odio tan profundo que desde aquel instante me inspiró mi hijo. Acusaba a aquel inocente de la muerte de su madre, y me enfurecía de tal manera, que no cometí un crimen, porque una hermana mía casada se apoderó del niño, lo crió ella misma, y me salvó de ser parricida.

Estuve viajando cuatro años seguidos. Mi hermana me escribía hablándome del niño, diciéndome que era tan hermoso como su madre, que hablaba tan bien, que era tan inteligente, que besaba mi retrato y siempre preguntaba cuándo vendría su papá; pero yo, nada, sin conmoverme con estos preciosos detalles. Volví a España y persistí en no verle, sintiendo a la vez un odio feroz por todos los muchachos.

Una noche, estando en el café, vi llegar a mi cuñado, que corría como un loco. Cogióme del brazo y me dijo: «Tu hijo se muere, y el pobrecito te llama; dice que ha soñado que se va a morir, y quiere ver a su padre.» AI oír estas palabras me pareció que me habían atravesado el corazón, y salí corriendo y llorando como un chiquillo. ¡Qué misterios guarda el corazón humano! ¡Le había odiado en vida y le lloraba muerto..!

Llegué a casa de mi hermana, que salió a mi encuentro sollozando y me llevó al cuarto de mi hijo. El niño estaba dominado por la fiebre; parecía dormido. Yo no sé lo que hice; le cogí en mis brazos; le cubrí de besos, le pedí perdón, y maldije mi locura de haber huido de aquel ángel. ¡Cuán hermoso era mi hijo!

—¿Y el niño, qué hizo?

—¿Qué hizo? ¡Abrazarme, mirarme con delirio! Se volvió loco de alegría. Y aquella violentísima sensación le fue beneficiosa; pues, según dijo el médico, salió del peligro. Quince días viví extasiado con mi hijo. ¡No puede usted figurarse qué talento y qué penetración tenía!

Yo no me quise separar de él, ni aún para dormir. Dormíamos los dos juntos. Una mañana al despertarse me miró sonriéndose con tristeza, me acarició mucho y me dijo:

—¡Ahora sí que me voyl

—¿Dónde?—le dije yo temblando, sin saber por qué.

—Me voy con mamá; me lo ha dicho esta noche.

—¿Qué dices? ¡No te entiendo!

—Sí; con esta ya ha venido dos veces, y me ha dicho que con ella estaré muy bien; pero siento dejarte.

—Déjate de tonterías—exclamé yo:—ahora nos levantaremos y nos iremos de paseo.

—No, no, no me quiero levantar; que me están diciendo que ahora verás cómo se cumple mi sueño.—Y reclinando su cabecita en mi pecho, se quedó muerto.

—¡Cómo se quedaría usted!...

—¡Como un idiota! Durante mucho tiempo no sabía lo que me pasaba, y cuando salí de aquel atontamiento, me principiaron a atormentar unos remordimientos tan horribles, que no descansaba ni de noche ni de día. Siempre pensando en mi hijo; siempre lamentando el tiempo que pasé lejos de él.

Huí de la gente, y estuve lo menos diez años sin querer tratar con nadie. Al fin, entré en mi estado normal: murió mi padre, y entre arreglar la herencia y atender a los negocios conseguí distraerme, y volví de lleno a la sociedad; pero sin mirar a ninguna mujer: tenía miedo de crearme una nueva familia. Así, las cosas, estando una noche en el café con varios amigos, dijo uno de ellos:

—Reparen ustedes este chiquillo que viene aquí: qué cara tan distinguida tiene. ¡Qué lástima que sea tan pobre!

Todos miramos, y vimos venir a un niño que tendría seis o siete años, vestido pobremente y con un cajoncito entre las manos en el cual llevaba cajas de fósforos. Acercóse a nuestra mesa, y nos ofreció su mercancía con una voz tan dulce, que nos encantó. Tenía una cara preciosa. Todos le compramos cerillas, y le dimos azúcar. Él se puso tan contento, y tomó tanta confianza, que, dejando su caja sobre la mesa, se me acercó diciéndome: «Déjame un poquito de café, que me gusta mucho.» Me acordé de mi hijo, y suspiré interiormente. Preguntéle si tenía padres, y me dijo: «Tengo mi abuela; mi madre se murió cuando yo vine al mundo.» Al oír estas palabras me estremecí, y seguí preguntándole si tenía padre. Contestó negativamente; y en esto vino el mozo que nos servía, y exclamó mirando al niño:

—¡Qué muchacho más guapo! ¡Y lo que éste sabe... es tan pillo...!—

El niño entretanto parecía que me conocía de toda la vida; cogió mi bastón, y alrededor nuestro se pasó toda la velada. Cuando salí del café, pensé mucho en aquei chicuelo, y pensé mil planes. Para no cansarla le diré que durante unos veinte días, todas las noches veía al niño en el café; cada vez me gustaba más, y hacía el propósito de encargarme de él; pero este carácter mío, que es la irresolución personificada, no me dejaba decidirme de una vez. Y cuidado, que al ver marchar a aquel inocente, solo, para ir en busca de su abuela, que vendía periódicos en otro café, me daba pena; sufría, y deseaba que llegase la noche siguiente para volverle a ver. Una noche llegó al café, y nos dijo con mucha gracia:

—Cómprenme entre todos, todas las cerillas que llevo; que cuando las venda todas, mi abuela me da cuatro cuartos para mí; y yo quiero mis cuatro cuartos esta noche.

—¿Para qué?—le preguntamos.

—Para comprarme un bollo; que hace tres noches que sueño que me voy a morir; y dice mi abuela que cuando se sueña una misma cosa tres veces seguidas, aquello sucede; y por si me muero mañana, me quiero comer el bollo esta noche.

—Pues no te mueras con ese sentimiento—le dijo uno de mis amigos, y le dió los cuatro cuartos. Yo pretexté que tenía que hacer, y me salí con el niño. Entré con él en una pastelería inmediata, y le dije: «Toma lo que tú quieras.» Comió lo que quiso, y al salir me hice acompañar por él hasta su casa.

—¿Me haréis el favor de ir mañana a mi casa con vuestro nieto?—dije a la abuela del niño. Este se sonrió, y exclamó: «Abuela, ¿cuándo crees tú que se cumple lo que sueña tres veces un niño?»

—Cuando Dios quiere, muchacho—dijo la anciana;—déjame en paz.—Y volviéndose a mí, me preguntó afectuosamente a qué hora deseaba que fuera. Díjele la hora y nos despedimos. Quiso el niño acompañarme algunos pasos, y antes de separarnos, se me acercó con cierto misterio. «Oye, exclamó, ¿es verdad que sucede lo que los niños sueñan?»

Yo no supe qué contestarle: pensaba en los sueños de mi hijo, y me horrorizaba.

—No seas tonto—le dije por último;—no hagas caso de sueños, y hasta mañana.—Sin replicarme me cogió la mano; me la apretó, cosa que nunca había hecho, y se fue. Yo llegué a mi casa, y en toda la noche no me fue posible conciliar el sueño.

Al día siguiente contaba las horas con afán. Dieron las once, que era la hora señalada, las doce, la una, y la anciana no venía con el niño. Yo que sabía donde vivían, fui a su casa, y me encontré a la pobre mujer rodeada de unas cuantas vecinas, que trataban de consolarla. Al verme, la infeliz me dijo sollozando:

—Ha muerto llamándole a usted. ¡Hijo de mis entrañas! ¡No era para este mundo!

Llevóme donde yacía el niño, el cual parecía estar durmiendo. Al verlo, sentí mi corazón destrozado como cuando murió mi hijo.

Ordené que le hicieran un buen entierro, y que le depositasen en el panteón de mi familia, y no le puedo a usted decir lo triste que me quedé y lo preocupado que estuve durante algún tiempo.

Un amigo mío espiritista me dijo que tal vez yo había visto dos veces a mi hijo sobre la tierra. Entonces leí; asistí a algunas sesiones; pregunté, y distintos médiums me dijeron que el espíritu de mi hijo tení a una historia muy triste y original. Que él era efectivamente el pequeño fosforero que supo ganarse mi simpatía; que antiguamente habí a poseído el don de profetizar; mas habiendo hecho mal uso de la revelación, tenía que pagar algunas deudas. Los presentimientos de sus dos últimas existencias no habían sido sino manifestaciones del espíritu profético que antes poseyera.

Yo pedía que mi hijo se comunicara, y una noche me dieron una comunicación, que no sé si sería de mi hijo.

—¿Pero usted es médium?

—No sé si me inspiran o si escribo yo solo. Yo nunca he hecho versos, y el espíritu de mi hijo me dictó unos versos sencillos, pero llenos de sentimiento.

—¿Se acuerda usted de ellos?

—Únicamente de la cuarteta final, que decía:

Es la duda tu martirio,
Es tu calvario y tu cruz;
Mas los sueños de dos niños
Pueden darte mucha luz».

—¿Y aún duda usted de la verdad del espiritismo?

—¡Qué sé yo, Amalia, qué sé yo! Soy la personificación de la duda; pero, a pesar mío, a pesar de todo, viven en mi memoria esos dos niños, y están tan enlazados a mi vida, que me he hecho viejo pensando en ellos.

—¿Y la abuela del niño?

—En mi casa de Aranjuez murió no hace mucho tiempo.

—Mas yo creo que si usted no se declara completamente espiritista, al menos no lo negará.

— Ah no, negarlo no; hago lo que he hecho esta noche, callarme, y entonces me parece que oigo la voz de mi hijo que me dice: «Acuérdate del sueño de los dos niños», y me quedo tan absorto en mis pensamientos, que me olvido de cuanto me rodea.

Que hay algo más allá de la tumba no hay duda; porque si no, no tendrían explicación ni las simpatías ni las aversiones.

—Es muy cierto; se necesita estar loco para no creer en la vida de ultratumba.

—Entonces, amiga mía, —dijo Mendoza levantándose:— yo le debo la razón «al sueño de los dos niños».

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