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José Zahonero en AlbaLearning

José Zahonero

"Cabecita a pájaros"

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Cabecita a pájaros
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IV

Aventuras como la anterior le habían ocasionado a Manolín reprimendas rudísimas, castigos como los de acortar un poco el menú de la comida o suprimir la merienda, y algunas veces hubo de purgar arrodillado y con los brazos en cruz su apasionado amor por el campo y la caza de pajarillos; pero la última escapatoria le valió el verse encerrado en un cuarto, ni más ni menos que un pájaro en la jaula.

Primero se sublevó contra el castigo; sintió en su alma una furiosa energía, y golpeando contra la puerta de su prisión hubo de exacerbarse colérico, ni más ni menos que hace el fiero ruiseñor cuando se ve privado de su querida libertad. Después fue y vino paseándose muy agitado por el estrecho y semi-obscuro cuarto, y, por último, la privación de un ancho e ilimitado espacio donde correr, privado de la contemplación de la hermosa luz del sol, le sumieron y postraron en una profunda melancolía; quedóse silencioso, cabizbajo y quieto en un rincón, y sintiendo algo así como si le faltasen las fuerzas de la vida.

Caso bien curioso por cierto. Manolín había quedado en su cárcel tal y como suelen quedar en la jaula algunos verderones, ruiseñores y jilgueros, que a veces se tornan de altivos e insurreccionados en melancólicos y abatidos, por manera que en semejante estado les sorprende la muerte.

No le fue posible en mucho tiempo intentar nueva correría, puesto que después que hubo salido del encierro se redoblaron contra él la vigilancia y represión de los padres y de los maestros.

No se le quitaba de la cabeza el recuerdo de su camarada Lucas ni el de los paisajes de Las Gordillas: aquellos bosquecillos y aquellas fuentes, la tierra pedregosa llena de hierbas aromáticas, el cielo y la luz, que allí le parecían luces brillantes y esplendorosas. ¡Qué afortunada existencia la de Lucas! Manolín le envidiaba: vivir siempre en el monte y en el valle, como Lucas vivía, era en verdad cosa digna de ser envidiada.

No tuvo durante largo tiempo otro consuelo sino el de cuidar celosamente a sus pajarillos, que los tenía en grandes jaulas y las colgaba en un alta solana de la casa.

Al fin un día pudo arriesgarse de nuevo a realizar otra novillada. La tarde del día anterior a aquél en que se dispuso a su aventura, había visto al padre de Lucas en la plaza de la ciudad; pero no se había atrevido a hablarle: el guarda llevaba en la mano un botecito de cristal, e iba muy pensativo y caminaba con gran priesa.

—De hablarle, sería para que avisase a Lucas de que mañana voy por allá; y si lo digo es capaz de ir a contarles á mis padres el caso así es que mejor es hacer como que no le visto,—se dijo Manolín.

Y al día siguiente, muy de mañana, escapó de su casa, emprendiendo por vericuetos y atajos el camino de la dehesa de Las Gordillas.

¡Qué ajeno estaba él, al subir, como siempre, afanoso y contento el cerrillo, a cuyo extremo empinado se veía la casa del guarda; qué ajeno estaba de hallar silenciosos aquellos sitios, y de que ni aun el perro saliera a recibirle!

Llegó a la casa e iba a llamar a la puerta, cuando resonaron unos dolorosos lamentos, y el niño vio ante sí a la tía Camila, desgreñada, roja la faz y con los ojos saliéndose de las órbitas. Tendió a Manolín los brazos gritando con furiosa desesperación:

—¡Mi hijo, mi hijo de mi alma! ¿Buscas a mi hijo? ¿buscas á mi hijo? Ya no le verás, ya no le veremos, no le veremos Pasa, niño, pasa; despídete de él, porque Dios nos le quitó para siempre...

¡Dios mío! ¿Cómo había sido aquello? Nadie acertaba a explicárselo: días antes Lucas había aborrecido la comida; luego se sintió abrasado por la fiebre; la cabeza le pesaba y le dolía; quedóse como amodorrado y el día anterior, cuando fue el cirujano, recetó: el padre se dirigió a la ciudad a comprar la medicina pero el remedio resultó tardío: Lucas, aquel muchachote antes robusto y fuerte, había espirado.

Manolín estuvo extático, pálido, sintiendo un pavor y una tristeza como hasta entonces no había sentido, mirando el cadáver cetrino y amoratado de su amigo; aquélla rigidez y aquella inmovilidad impresionaron a Manolín, al cual le parecía increíble que si él llamaba a Lucas éste no se despertase de su sueño, y saltando del tablado no escapara con su amigo a emprender alegres correrías.

Manolín, llorando y aterrado, volvió a la ciudad y a su casa en compañía del guarda del monte, el padre de Lucas, que, silencioso y ensimismado, no hacía más que suspirar con profunda pena.

La tristeza de Cabecita a pájaros duró mucho tiempo; la impresión no se le borró jamás de la mente, y a los pocos días de ocurrir el triste suceso, Manolín hizo una cosa por demás extraña: dio libertad a todos los pájaros que tenía encerrados en sus jaulas. Vaya usted a saber el por qué de esta determinación. ¿Fue por la pena que sentía al tener él un gozo que ya no podía compartir con su amigo Lucas? ¿Fue porque creyese que era una crueldad privar del breve tiempo de libertad a unas avecillas que al fin habrían de quedar sin libertad ni movimiento por la muerte? ¿Quién puede saberlo? ¿Cómo averiguar cuáles eran las ideas de un niño con la cabeza a pájaros? Lo que sí es cierto es que dejó para siempre la caza, y si iba al campo solía verse sorprendido por una tristeza pensadora; pero alegre o triste, el bullicio y tumulto de sus pensamientos siguieron justificando el sobrenombre de Manolín, Cabecita a pájaros.

Y aquí acaba el cuento.

¡Qué digo, Dios mío! También yo tengo a pájaros la cabeza; pues qué, ¿había de dejarle al lector sin noticia de lo que hubo de ser después Cabecita a pájaros?

Fue un hombre extraño, vehemente; su espíritu revoló con avidez por las altas regiones de las ideas; su corazón y su cerebro, servidos por nervios muy sensibles, reflejaron las ideas y los pensamientos más varios y los sentimientos más encontrados; pero ha de decirse que por aquélla su naturaleza voluble y revoltosa, pero inocente, como ha de ser el alma de los pajarillos, propendía a lo noble y se elevaba a admirar lo grandioso.

Se hizo cantarín, se hizo poeta.

Pasó terribles inviernos de soledad, de hambre y de frío, durante los cuales hubiera aceptado la esclavitud de la jaula en cambio de algunas migajas y de algún amor; pero bastaba el aparecer de la aurora para que él se animase con vivo entusiasmo en admiración y regocijo productores.

Así es que de su mente salían al propio tiempo ideas que él fijaba en volanderas hojas de papel esparcidas a los vaivenes del viento: en muchas de ellas podía descubrirse el asombro que sentía Cabeza a pájaros por la naturaleza, y aquella triste impresión que le había producido la muerte de Lucas, aquel revuelto acometimiento de ideas sombrías, germen de la íntima tristeza del poeta, árbol de frutos sabrosos, pero de raíz y de médula amargas.

Cabecita a pájaros no tiene cura, y con sus locos desvarios, explotando laboriosamente su dolencia de alma, mantiene a su mujer y a sus cuatro hermosos hijuelos, sonrosados y lindos pajarillos del nido que ama y sustenta el aturdido soñador, el revoltoso inspirado Cabecita a pájaros.

JOSÉ ZAHONERO.

Publicado en: La España moderna (Madrid) 4-1889

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