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María Luisa Bombal

"La amortajada"

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Biografía de María Luisa Bombal en wikipedia

 
 
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Música: Mendelssohn — Lied ohne Worte Op.62 No.l (Andante espressivo)
 
La amortajada

(Continuación)

OBRAS DEL AUTOR
El árbol
La amortajada
La última niebla
Las islas nuevas
Lo secreto
Trenzas
 

ESCRITORES DE CHILE

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Francisco Coloane Cárdenas
Gabriela Mistral
María Luisa Bombal
Óscar Castro
Pablo Neruda
Poli Délano
Roberto Bolaño
Vicente Huidobro
 

 

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El brusco, el cobarde abandono de su amante irespondió a alguna orden perentoria o bien a una rebeldía de su impetuoso carácter?

Ella no lo sabe, ni quiere volver a desesperarse en descifrar el enigma que tanto la había torturado en su primera juventud.

La verdad es que, sea por inconsciencia o por miedo, cada uno siguió un camino diferente.

Y que toda la vida se esquivaron, luego, como de mutua acuerdo.

Pero ahora, ahora que él está ahí, de pie, silencioso y conmovido; ahora que, por fin, se atreve a mirarla de nuevo, frente a frente, y a través del mismo risible parpadeo que le conoció de niño en sus momentos de emoción, ahora ella comprende.

Comprende que en ella dormía, agazapado, aquel amor que presumió muerto. Que aquel ser nunca le fue totalmente ajeno.

Y era como si parte de su sangre hubiera estado alimentando, siempre, una entraña que ella misma ignorase llevar dentro, y que esa entraña hubiera crecido así, clandestinamente, al margen y a la par de su vida.

Y comprende que, sin tener ella conciencia, había esperado, habia anhelado furiosamente este momento.

¿Era preciso morir para saber ciertas cosas? Ahora comprende también que en el corazón y en los sentidos de aquel hombre ella había hincado sus raíces; que jamás, aunque a menudo lo creyera, estuvo enteramente sola; que jamás, aunque a menudo Io pensara, fue realmente olvidada.

De haberlo sabido antes, muchas noches, desvelada, no habría encendido la luz para dar vuelta las hojas de un libro cualquiera, procurando atajar una oleada de recuerdos. Y no habría evitado tampoco ciertos rincones del parque, ciertas soledades, ciertas músicas. Ni temido el primer soplo de ciertas primaveras demasiado cálidas.

¡Ah, Dios mio, Dios mio! ¿Es preciso morir para saber?

 

—“Vamos, vamos”.

—“¿Adónde?”

Alguien, algo, la toma de la mano, la obliga a alzarse.

Como si entrara, de golpe, en un nudo de vientos encontrados, danza en un punto fijo, ligera, igual a un copo de nieve.

—“Vamos”.

—“¿Adónde?”

—"Más allá"

Baja, baja la cuesta de un jardin húmedo y sombrio.

Percibe el murmullo de aguas escondidas y oye deshojarse helados rosales en la espesura.

Y baja, rueda callejuelas de césped abajo, azotada por el ala mojada de invisibles pájaros...

¿Qué fuerza es ésta que la envuelve y la arrebata? Brusca y vertiginosamente se siente refluir a una superficie.

Y hela aqui, de nuevo, tendida boea arriba en el amplio lecho.

A su cabecera el chisporroteo aceitoso de dos cirios.

Recién entonces nota que una venda de gasa le sostiene el mentón. Y sufre la extraña impresión de no sentirla.

 

 

El día quema horas, minutos, segundos.

Un anciano viene a sentarse junto a ella. La mira largamente, tristemente, le acaricia los cabellos sin miedo, y dice que está bonita.

Sólo a la annortajada no inquieta esa agobiada tranquilidad. Conoce bien a su padre. No, ningún ataque repentino ha de fulminarlo. El ha visto ya a tantos seres asi estirados, pálidos, investidos de esa misma inmovilidad implacable, mientras alrededor de ellos todo suspira y se agita.

Ahora levanta la mano, traza la señal de la cruz sobre la frente de su hija. ¿No solía despedirla cada noche de idéntica manera?

Más tarde, luego de haber cerrado todas sus puertas, se extenderá sobre el lecho,volverá la cara contra la pared y recién entonces se echará a sufrir. Y sufrirá oculto, rebelde a la menor confidencia, a cualquier ademán de simpatía, como si su pena no estuviere al alcance de nadie.

Y durante días, meses, tal vez años, seguirá cumpliendo mudo y resignado la parte de dolor que le asignó el destino.

 

Desde el principio de la noche, sin descanso, una mujer ha estado velando, atendiendo a la muerta.

Por primera vez, sin embargo, la amortajada repara en ella; tan acostumbrada está a verla así, grave y solícita, junto a lechos de enfermos.

—“Alicia, mi pobre hermana, ieres tú! iRezas!”

¿Dónde creerás que estoy? ¿Rindiendo justicia al Dios terrible a quien ofreces día a día la brutalidad de tu marido, el incendio de tus aserraderos, y hasta l pérdida de tu único hijo, aquel iño desobediente y risueño que un árbol arrolló al caer y cuyo cuerpo se dislocó entero cuando lo levantaron de entre el fango y la hojarasca?

Alicia, no. Estoy aquí, disgregándome bien apegada a la tierra. Y me pregunto si veré algún día la cara de tu Dios

Ya en el convento en que nos educamos, cuando Sor Marta apagaba las luces del largo dormitorio y mientras, infatigable, tú completabas las dos últimas decenas del rosario con la frente hundida en la almohada, yo me escurría de puntillas hacia la ventana del cuarto de baño. Prefería acechar a los recién casados de la quinta vecina.

En la planta baja, un balcón iluminado y dos mozos que tienden el mantel y encienden los candelabros de plata sobre la mesa.

En el primer piso otro balcón iluminado. Tras la cortina movediza de un sauce, ese era el balcón que atraía mis miradas más ávidas.

El marido tendido en el diván. Ella sentada frente al espejo, absorta en la contemplación de su propia imagen y llevándose cuidadosamente a ratos la mano a la mejilla, como para alisar una arruga imaginaria. Ella cepillando su espesa cabellera castaña, sacudiéndola como una bandera, perfumándola.

Me costaba ir a extenderme en mi estrecha cama, bajo la lámpara de aceite cuya mariposa titubeante deformaba y paseaba por las paredes la sombra del crucifijo.

Alicia, nunca me gustó mirar un crucifijo, tú lo sabes. Si en la sacristía empleaba todo mi dinero en comprar estampas era porque me regocijaban las alas blancas y espumosas de los ángeles y porque, a menudo, los ángeles se parecía a nuestras primas mayores, las que tenían novios, iban a bailes y se ponían brillantes en el pelo.

A todos afligió la indiferencia con que hice mi primera comunión.

Jamás me conturbó un retiro, ni una prédica. ¡Dios me parecía tan lejano, y tan severo!

¡Oh, Alicia, tal vez yo no tenga alma!

Deben tener alma los que la sienten dentro de sí bullir y reclamar. Tal vez sean los hombres como las plantas; no todas están llamadas a retoñar y las hay en las arenas que viven sin sed de auga porque carecen de hambrientas raíces.

Y puede, puede así, que las muertes no sean todas iguales. Puede que hasta después de la muerte todos sigamos distintos caminos.

Pero reza, Alicia, reza. Me gusta ver rezar, tú lo sabes.

¡Qué no daría, sin embargo, mi pobre alicia, porque te fuera concedida en tierra una partícula de la felicidad que te está reservada en tu cielo. Me duele tu palidez, tu tristeza. Hasta tus cabellos parecen habértelos desteñido las penas.

¿Recuerdas tus dorados cabellos de niña? ¿Y recuerdas la envidia mía y la de las primas? Porque eras rubia te admirábamos, te creíamos la más bonita. ¿Recuerdas?

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