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José Zorrilla en AlbaLearning

José Zorrilla

"La leyenda de Don Juan Tenorio"

VIII

Biografía de José Zorrilla en Wikipedia

 
 
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Música: Mendelssohn - Lied ohne Worte Op.62 No.1 (Andante espressivo)
 
La leyenda de Don Juan Tenorio
OBRAS DEL AUTOR

Leyendas:

A buen juez mejor testigo
La leyenda de Don Juan Tenorio
Para verdades el tiempo, para justicia Dios

Poemas:

La orgía
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<< - VIII - >>

Ahora que ya, buen lector,
estás en el pormenor
de los datos accesorios
con que entenderme mejor,
volvamos a mis Tenorios.
   Don César yace maltrecho,
bien vendado en un buen lecho,
y el médico de él augura
que tienen muy mala cura
sus dos heridas del pecho.
   Pero a sus hermanos dijo:
«No es que a muerte le sentencio,
mas para salvarle exijo
que esté quieto, inmóvil, fijo
y en absoluto silencio.
   »Según su constitución
y del mal según el sesgo,
le costará, en mi opinión,
lo menos su curación
dos meses, pasado el riesgo.»
   Y después de haber curado
a don Luis y a don Guillén
y sus rasguños vendado,
de don César al cuidado
encargándoles que estén,
   se despidió hasta otro día;
y quedó cosa acordada
que a don César velaría
don Luis, y a ver subiría
don Guillén a su cuñada.
   Visita era inexcusable,
la ocasión de tan infausto
suceso, el fatal origen
de aquel desastre fue el ramo:
y era además, aunque débil,
la primer huella de un rastro
sobre el cual estaba puesto
don César hacía un año.
   Doña Beatriz habitaba
las cámaras de aparato
del primer piso; don César
las mismas del piso bajo;
los otros dos ocupaban
las mismas del piso alto;
la servidumbre tenía
lo posterior del palacio:
disposición que permite
por el honor y el resguardo
velar de la dama o darla
cárcel de honor en sus cuartos,
puesto que el acceso a ellos
podía ser vigilado
por adentro y por afuera
con los ojos de tres argos.
   Ella esta noche no había
ni siquiera un paje enviado
a saber lo acaecido:
esperaba a sus cuñados,
su visita era infalible:
estábase ya en el caso
de plantear la cuestión, y ella
plantearla quiso dejarlos.
Había visto a los Tenorios
que, como peces incautos
al primer cebo, el anzuelo
sin ver, le habían picado;
haciendo bueno su juego
su primer salida errando
contra el que el cebo arrojaba
en vez de coger el ramo.
Don César, a quien los ímpetus
de la cólera cegaron,
salió ciego, mas los otros
obraron más que él sin cálculo.
   Don Luis y don Guillén eran
caballeros de grande ánimo,
de gran dignidad, sin tacha
ni misterio en su pasado.
Dos nobles de antiguo temple,
intransigentes con cuanto
toque a la honra: en casos de ella
dos jueces calificados.
Mas no eran como don César
sabuesos de buen olfato,
incapaces de perderse
una vez puestos en rastro.
   Don Guillén y don Luis no eran
nobles de vuelo tanto
que volaran en el viento
de Beatriz, que era un pájaro
que volaba en las tinieblas
y no dejaba volando
ni plumas ni emanaciones
que señalaran su paso.
   Ya de la noche corridos
iban más de los tres cuartos
cuando a doña Beatriz
a don Guillén anunciaron.
«Que entre,» dijo con la calma
más perfecta: y con un brazo
don Guillén en cabestrillo
entró, y ella trabó diálogo:

BEATRIZ
Ya era tiempo de que alguno
acudiera a decirme algo.

GUILLÉN
¿No habéis estado al balcón
lo sucedido mirando?

BEATRIZ
Lo que sucede en la calle
no sé si no es por relato.

GUILLÉN
Don César fue herido en ella
y tal vez muera.

BEATRIZ
Si estado
se hubiera tranquilo en casa,
estuviera bueno y sano.

GUILLÉN
Salió por el honor vuestro.

BEATRIZ
Salida de pie de banco;
salió a echar mi honra a la calle,
por ella al dar tal escándalo.

GUILLÉN
Desde ella un ramo de flores
públicamente os echaron.

BEATRIZ
Las flores duran un día
y la deshonra mil años.

GUILLÉN
¿Por qué vos sin recogerle
no dejasteis caer el ramo?

BEATRIZ
Yo ni injurio ni desprecio;
obsequios no son agravios:
si era de un noble, era injuria;
desprecio, si de un villano.

GUILLÉN
Damas de prez no reciben
flores en público.

BEATRIZ
Al paso
se echan hasta al arzobispo
que las recibe en el palio.
Flores en Sevilla se echan
a cualquier dama y no hay sandio
que en la tierra de las flores
de las flores haga caso.

GUILLÉN
Al recibirlas sabíais
de quién eran.

BEATRIZ
Supongamos
que sí: pero para todos
era un encaperuzado;
con dejarle ir se iba todo
con él, como el ruido vago
de la serenata, como
todo lo inane y fantástico
que no tiene fundamento,
pie ni base; y nos ahorráramos
yo mi deshonra y vosotros
vuestra sangre y el escarnio.

GUILLÉN
¿Creéis que si Gil estuviera
en el balcón como estábamos
no hubiera de él a la calle
como nosotros bajado?

BEATRIZ
Y estuviera en su derecho
como le pluguiere obrando;
mas don Gil es mi marido
y vosotros mis cuñados.

GUILLÉN
Pues a él nos someteremos
dándole cuenta del caso.

BEATRIZ
No temáis que yo os lo estorbe
ni que haga por mí otro tanto.

GUILLÉN
Y cuando él vuelva...

BEATRIZ
Si vuelve;
pero mientras, entendámonos;
en ausencia de don Gil
yo sola en mi casa mando.
Don César ha echado la honra
de su mujer en el fango
de la plaza, y si Gil vuelve,
veremos lo que hacen ambos,

GUILLÉN
¿Qué han de hacer hombres idólatras
de su honor sino ampararlo?
Vos de él deberéis entonces
responder ante los cuatro.

BEATRIZ
De lo que os respondo es
de que mi marido hará harto
si es que perdona a don César
idolatrar mi honra tanto.

GUILLÉN
Vos dais vueltas a esa idea,
de don César sólo en daño.

BEATRIZ
Más vueltas la dará Gil
no más en su pro.

GUILLÉN
Catamos
que es semilla de cizaña
que sembráis en nuestro campo.

BEATRIZ
Pues arrancadla del vuestro
si podéis, que yo la arranco,
antes que crezca, del mío.

GUILLÉN
Nosotros os le guardamos
en ausencia de don Gil.

BEATRIZ
Yo de vosotros me guardo
y por eso, mientras vuelva
don Gil, para sus hermanos
estarán mis aposentos
desde esta noche cerrados.
Los de don Gil y los míos
para mi servicio aparto:
viviré en ellos de día
con mi servidumbre: en cuanto
cierre la noche, sus llaves
y sus cerrojos echados,
quedaré sola: de noche
conmigo misma me basto.
   Y así doña Beatriz
concluyendo, en un silbato
que llevaba a uso de entonces
de su cinturón colgado,
sopló y al paje que entraba
al son dijo: «Id alumbrando
a don Guillén a sus cámaras:
cerrad tras él y acostaos.»
   A tan brusca despedida
don Guillén estupefacto,
no supo nada mejor
que hacer que irse cabizbajo,
   Quedó doña Beatriz
mientras le alcanzó mirándolo
y dijo con la sonrisa
del desdén más soberano:
«Sólo es raza temerona:
don César es tigre a ratos,
mas yo soy una leona
y los Tenorios son gatos.»
   Pasaba julio: pasádose
había el día de Santiago,
la mayor fiesta de España
por ser su patrón el santo.
Don César, fuera por obra
de la ciencia o por milagro,
de las garras de la muerte
poco a poco iba escapando.
Una de las estocadas
le había de claro en claro
pasado el pulmón: mas hecha
por sí la sangre coágulos,
contúvose la hemorragia
por un reposo tan largo
como absoluto, o mejor,
porque así en sus juicios altos
lo quiso Dios que hizo al hombre
de fragilísimo barro,
mas le dio gran consistencia
al amasarle en sus manos.
La otra estocada metiéronle
de la garganta en los bajos,
que a poco no le perforan
de la voz el aparato.
Así es que va reponiéndose
con muchísimo trabajo,
aunque ya fuera de riesgo,
sólo es cuestión de cuidado.
Aún yace en el lecho, lleno
de vendajes y de trapos,
mas ya empiezan a moverle
con tiento sobre un costado.
Ya empieza a hablar y comienza
a servirse ya de un brazo,
mas la quietud y la dieta
tiénenle insomne y escuálido:
y pasa las largas noches
rabioso y desesperado,
revolviendo sus recuerdos
y proyectos amasando.
Doña Beatriz no ha salido
un momento de sus cuartos,
ni ha querido un solo instante
recibir a sus cuñados.
Come allí sola, despide
su servidumbre temprano,
y cierra sus aposentos
por dentro: capricho extraño
que asombra a todos, que nadie
comprende y que es corolario
de su excéntrica existencia
y su carácter fantástico.
A altas horas de la noche
se oyen su voz y sus pasos
cual si sociedad tuviera
con los duendes y los trasgos.
Por la mañana se viste
sola y no llama hasta tanto
que, ya sentada, la arregla
su camarera el tocado:
minia, borda, canta, lee
con muy cortos intervalos
y no pregunta en el mundo
lo que pasa ni ha pasado.
   De una insólita pereza
o del natural cansancio
de la falta de ejercicio
acometida, en un ancho
sillón permanece siempre
sentada, y ni sus criados
ni sus doncellas han vuelto
a verla en pie. Antojos raros
de mujer antojadiza.
Los Tenorios no han osado
romper su consigna, y fáltanles
motivos para intentarlo.

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