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José Zorrilla en AlbaLearning

José Zorrilla

"La leyenda de Don Juan Tenorio"

VI

Biografía de José Zorrilla en Wikipedia

 
 
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Música: Mendelssohn - Lied ohne Worte Op.62 No.1 (Andante espressivo)
 
La leyenda de Don Juan Tenorio
OBRAS DEL AUTOR

Leyendas:

A buen juez mejor testigo
La leyenda de Don Juan Tenorio
Para verdades el tiempo, para justicia Dios

Poemas:

La orgía
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<< - VI - >>

   Fue el hecho llevado a cabo
en el intervalo corto
que bailadores y músicos
se tomaron de reposo;
mas como el ramo no pudo
cruzar el trecho, aunque corto,
de la calle hasta el balcón
sin ser visto, recelosos
hubo muchos de que el hecho,
aunque inocente en el fondo
pudiera ser, como simple
galantería de mozo,
podría bien de los deudos
de aquella dama el enojo
provocar, y producir
resultados desastrosos.
Se sabe que aquella dama
hermanos tiene y esposo
que no son en puntos de honra
de muy fácil acomodo.
Andaba además el tiempo
tal, que cada uno a su antojo
la justicia y la venganza
se tomaba por sí propio:
y estando todos partidos
en bandos, y siempre prontos
las caras y las espadas
a sacar unos por otros,
el más mínimo incidente
podía sin saber cómo
levantar un torbellino
con un átomo de polvo.
De borrar, pues, de aquel hecho
la impresión tal vez ganosos
los músicos, de otra danza
dieron en seguida el tono.
Colocáronse en postura
las parejas, y en contorno
volvieron a aglomerarse
para verlas los curiosos.
Y estaban ya las parejas
un pie delante del otro,
dispuestas de otra salida
para el arranque brioso,
cuando ni visto ni oído
salió del palacio próximo
un hombre que, espada en mano,
se arrojó en medio del corro:
y antes que de su presencia
se apercibieran atónitos
los circunstantes, cogiendo
todo el umbral de su pórtico
otros dos, acompañados
de escuderos, mayordomos
y pajes, se presentaron
para sostener su arrojo.
Con tal prisa maniobraron
apartando los estorbos,
que de verlos sin sentirlos
queda todo el mundo absorto.
Las bailadoras y músicos,
espantados como corzos
que sienten encima echárseles
una manada de lobos,
se echaron atrás zafándose
de manos de aquel furioso,
solo en el centro dejándole
del hueco hecho de él en torno.
Cambió el cuadro en un instante:
pero no fue ventajoso
el cambio para él, pues cuando
tendió en derredor sus ojos,
vio en vez de las doce mozas
doce encapuzados torvos
y doce espadas que habían
salido ante él de sus forros,
y maniobraron tan diestros
también, que entre los del pórtico
y el intruso, al darle caras,
ya había espacio y estorbos.
Hubo un instante de pánico
y confusión mientras todos
de la situación se daban
cuenta con miedo o asombro.
El intruso era el del centro
de los del balcón: los hoscos
encaperuzados eran
de la ronda los patronos.
   Al ver que el juego iba a espadas,
comenzaron los curiosos
a desbandarse, del juego
procurando salir horros:
y el interruptor del baile,
envidando el juego solo,
con planta audaz y voz firme
dijo amenazando a todos:
-«El que osó a una dama flores
tirar, ¿quién es de vosotros?
-Yo, dijo uno de capuz,
guardando en él el incógnito.
-¿Vos?, repuso aquél tanteando
sí podía verle el rostro.
-Yo,» repitió éste avanzando,
dispuesto a lid y a coloquio,
que así se entabló, mostrándose
airado aquél, y éste irónico:

AQUÉL
«Sabéis, pues, quién es la dama.

ÉSTE
¿Sois por ventura su novio?

AQUÉL
No.

ÉSTE
¡Pardiez! Tenéis más traza
de un espíritu diabólico
que quiere robarla el alma
que no de su ángel custodio.

AQUÉL
Hermano de su marido
soy.

ÉSTE
¿Y de D. Gil Tenorio
tenéis el cargo en su ausencia
de estar por don Gil celoso?»
   El así befado púsose
hasta el blanco de los ojos
rojo, como si le ardiera
en las entrañas un horno;
mas la cuestión esquivando,
la dio un giro artificioso;
y dijo de ella saliéndose,
pero continuando lógico:
-«Luego sabéis quién es ella,
pues que sabéis quiénes somos.
-Como sé que sois don César.
-Y porque lo soy supongo
que sabéis con qué derecho
os pregunto y no os respondo.
¿A ella iban, pues, dirigidas
vuestras flores? -¿Pues tan tonto
me suponéis que eche flores
a damas que no conozco?
-¿Luego os dio pie para echárselas?
-Ahora yo a mi vez supongo
que a pregunta tan ociosa
sabéis por qué no respondo.
-Pues ya que están tan obscuros
los derechos de uno y, otro,
echaos fuera conmigo
para aclararlos un poco.
-Vos sois el que habéis venido
a echaros entre nosotros:
si no os convenía el sitio,
¿por qué no elegisteis otro?
-Porque si aquí no os cogía,
como guardáis el incógnito,
iba a perder la ocasión
de suplicaros que el rostro
me mostréis, aunque cubierto
lo llevéis por algún voto,
que yo os guardaré el secreto
o haré que el nuncio apostólico
a mi costa os lo dispense.
-No es menester: vuestro antojo
a haberme dicho antes, ambos
hiciéramos grande ahorro
de palabras y de tiempo:
porque a fe que de retóricos
hemos dado ya tal muestra
que ni un par de San Crisóstomos.
-Decís bien, y ha sido mengua
para ambos; mostraos. -Sólo
con mi nombre os basta: soy
Ulloa. -¿Cuál? -Don Alonso.

CÉSAR
Pues fuera echaos, y a solas
hablaremos.

ALONSO
¿Estáis loco?
Después de haber dado pruebas
de tener dos picos de oro,
¿queréis que, coger dejándome
en la trampa, pruebe estólido
que me las echo de lince
y veo menos que un topo?
¿Sacáis para hablarme a solas
vuestra gente? Es burla o dolo.
Y pues tengo aquí la mía,
mejor partido os propongo.
Ya que en él para meteros
nuestro círculo habéis roto,
salid de él o atrás volviéndoos
o rompiéndole: y sea pronto.

CÉSAR
Los Tenorios nunca cejan.

ALONSO
Pues los Ulloas tampoco.

CÉSAR
¡Batalla, pues!

ALONSO
¡Pues batalla!
Va de Ulloas a Tenorios.

CÉSAR
¡Pues adelante!

ALONSO
¡Adelante!

CÉSAR
Tomad, pues.

ALONSO
Pues paro y doblo.»
   Don César con su «¡adelante!»
a sí llamó a los del pórtico:
y el «¡adelante!» de Ulloa
puso en guardia a los del corro.
Dijo a éste el «tomad» don César
por su estocada de prólogo,
y a su «paro y doblo» Ulloa
paróla y tendióse a fondo:
y empeñándose la lid
y de los dos en apoyo
los de sus bandos metiéndose,
llegó el tumulto a su colmo.
Huyeron los de las luces
o por miedo o a propósito,
y la lid a obscuras hizo
de la plaza un pandemónium.
Deshízose la verbena,
tomaron pies los medrosos,
rodaron mesas y jarros
y a los gritos de «¡socorro!»
de los tenderos, del sueño
salieron los perezosos
torcedores del derecho
y remendones del código.
   De repente «¡Ulloas fuera!»
gritó un acento estentóreo:
y de la liza saliéndose,
se puso aquel bando en cobro.
Gente nueva que, abocándose
por los callejones lóbregos
inmediatos, acudía,
no sirvió más que de estorbo,
perseguir a los Ulloas
impidiendo a los Tenorios;
llegando, en fin, la justicia,
como siempre, a los responsos.
   En tierra yacían muertos
dos Ulloas: el Tenorio
don César, muy mal herido,
cayó también con los otros,
y cuando alzaban su cuerpo,
la dama, que lo vio todo
desde el balcón, a su cámara
se retiró: echó el cerrojo
a la puerta, y registrando
el ramo, halló un microscópico
billete en él escondido
que decía de este modo:
   «Don Gil recibió en Sicilia
una estocada en el pecho:
y si el diablo no le auxilia,
aunque sane y deje el lecho,
no podrá en muy largo trecho
reunirse a su familia.»
   Leído que hubo el billete
la dama, en la luz quemólo:
y soplando la ceniza,
desapareció a su soplo.
Abrió el balcón; y vertiendo
gotas del ámbar de un pomo
en el pañuelo, en la atmósfera
de la cámara agitólo:
y del olor y del humo
los átomos incorpóreos
disipados, no pudieron
dar contra ella testimonio.
Entonces franqueó la puerta,
eligió el sillón más cómodo,
y se sentó, la visita
a esperar de los Tenorios.

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