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Amado Nervo

"Los congelados"

Cuentos misteriosos

Biografía de Amado Nervo en AlbaLearning

 
 
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Los congelados
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Exclamó el joven sabio:

—¡La vida! ¡Y qué sabemos nosotros de lo que es la vida, amigo mío!... ¿Usted ha visto, sin duda, funcionar esos populares aparatos que se llaman ventiladores, y que se mueven en un perenne vértigo, refrescando el ambiente caliginoso de los cafés? ¡Quién no los conoce! Trátase de dos simples hélices cruzadas, que por medio de un sencillo mecanismo giran, agitando el aire. Para ponerlas en movimiento basta meter la clavija (que está al cabo de un flexible metálico envuelto en hilo de algodón) en el enchufe. El fluido corre a través del flexible, y el aparato se echa a girar. Quita usted la clavija; cesa el fluido de comunicar movimiento a la pequeña máquina; las hélices se paran..., y el aparato es como un cuerpo sin vida. Si lo dejamos allí indefinidamente, acabará por orinecerse. Después será inútil comunicarle nuevo fluido. Pero mientras esto no suceda, cuantas veces se produzca el contacto de la clavija y el enchufe, el pequeño organismo funcionará...

Pues bien, amigo mío; la vida no es ya para la Ciencia más que algo semejante a ese fluido eléctrico; es decir, una de las fuerzas constantes de la Naturaleza. Por causas casi siempre conocidas, el fluido, la bienhechora corriente vital, se suspende, y se para la máquina. Pero es posible, dentro de los modernos conocimientos, aplicarle de nuevo la corriente y hacerla moverse otra vez... Sólo que hasta hoy era preciso intentar luego la resurrección, en vista de que el cuerpo humano se descompone con más rapidez que la máquina de que hablamos, y una vez descompuesto es imposible todo tanteo. Felizmente, los últimos experimentos de Raúl Pictet, mi maestro muy querido, con el cual trabajo ahora aquí mismo, abren posibilidades sin límites a este respecto.

¿Quizá habrá leído usted los milagros que mi maestro ha podido realizar con los peces? Imagínese usted una pecera que, por determinados procedimientos, se va paulatinamente helando, primero, a cero grados; después, a temperaturas de 20 y aun 30 grados. A los primeros síntomas de frío los peces suspenden todo movimiento. ¡Luego quedan presos en el hielo y acaban por morir!

A esas temperaturas de 20 y 30 grados, el pez no es ya más que un bibelot cristalizado, que se quiebra con suma facilidad, pudiéndose reducirlo con los dedos a pequeños fragmentos.

Pero—y aquí empieza lo maravilloso—después de un tiempo indefinido, durante el cual naturalmente se ha tenido la precaución de conservar la bajísima temperatura de la pecera, se deja a ésta paulatinamente licuarse; el agua, con suma lentitud, va deshelándose; vuelven los peces a flotar en ella y de pronto empiezan a moverse y a nadar como si tal cosa, agitando sus aletas con el elegante ritmo habitual (1).

El joven sabio hizo una pausa, durante la cual buscaba en mi fisonomía el efecto de sus palabras.

—Pues bien—prosiguió después de algunos segundos—; ¿qué diría usted si yo le asegurase que, tras muchos ensayos (con ranas, que soportan temperaturas de 28 grados; con escolopendras, que la soportan de 50 grados; con caracoles, que las sufren hasta de 150 grados), qué diría usted si yo le asegurase haber logrado con mamíferos, con cuadrumanos de gran talla... con el complicado cuerpo del hombre, por fin, lo que mi maestro Pictet obtuvo con los peces?

—¡Imposible!

—Se ha logrado, sí, señor, y—añadió, acercándose a mi oído—en un subterráneo especial, al que puedo conducir a usted cuando guste, yacen congelados en ataúdes diáfanos, que se hallan a temperaturas terriblemente bajas, varios hombres, sí, señor; varios hombres que por su voluntad han querido dormir, dormir mucho tiempo, meses, años... para poner un paréntesis de hielo y de dulce y sosegada inconsciencia entre su dolorosa vida de ayer y la vida de mañana (que esperan sea superior a ésta), en una sociedad más sabia.

Claro que han pagado muy caro tal paréntesis; pero como se trata de ricos... Al cabo de cierto tiempo el procedimiento se abaratará, y entonces hasta los más pobres podrán sustraerse cuanto tiempo quieran a su calvario cotidiano. A la vejez y a la muerte.

Entre estos congelados de ahora hay dos o tres que están allí por pura curiosidad, porque imaginan que cuando despierten se encontrarán en un mundo mejor... Para mí creo que se equivocan; pero, en fin, allá ellos; y uno de los dormidos, el más peregrino de todos, ha pagado por veinte años de inconsciencia. ¿A que no sabe usted para qué? Pues para dar tiempo de que crezca una niña que ahora tiene dos años, y con la cual ha jurado casarse...

— Debe ser un yanqui . .

—Ha acertado usted. Es de Denver (Colorado). De tal manera les ha cristalizado a todos el frío, que si les tocásemos podríamos quebrarles en no sé cuántos pedazos, como a los peces de marras; arrancarles una mano o un pie, como si fuesen muñecos de azúcar candi...

Llegado el momento en que, según convenio particular de cada uno, hay que deshelarlos, se les aplica idéntico procedimiento al de los peces, y una vez que el agua ya licuada adquiere la temperatura conveniente, cátalos dispuestos a vivir tonificados, alegres, como si saliesen de un baño... Debo advertir a usted, sin embargo, que los hombres no se mueven así como así, nada más porque se les licue y caliente el agua; hay que hacerles en seguida la respiración artificial, como a los faquires que desentierran en la India al cabo de algunos días de catalepsia provocada. Pero merced a las tracciones rítmicas de la lengua, a los movimientos del pecho, de los brazos y demás, algunos minutos después de licuarse el agua, ya andan nuestros sujetos por allí, vistiéndose, para asomarse de nuevo a la vida, de la que quisieron escapar por determinado tiempo.

¿Quiere usted ver las urnas con sus respectivos congelados? Pues con venir mañana temprano a mi laboratorio, yo se los mostraré, a través de un cristal, naturalmente, porque el sitio en que se hallan mantiénese a una temperatura tal, que se congelaría usted a su vez en dos minutos...

¿Qué misterio solapadamente agresivo había en la sonrisa del doctor al decir esto? No lo sé; pero es lo cierto que, aunque le prometí volver al día siguiente, no me atreví a acudir a la cita... Quizá temí una superchería, una soflama; quizá algo peor: que me metiese a mí en una «pecera» de aquellas y me mantuviese allí congelado durante algunos años... Estos experimentos son terribles... ¡Yo tengo mujer, joven y bonita, de la cual aún no me desilusiono del todo; hijos, dinero, buen estómago...; no me va mal en este mundo, y pienso dejar para los penosos días futuros el procedimiento de la congelaciónl

 

(1) Casi todos los aficionados al alpinismo suelen encontrar sobre la nieve de las montañas mariposas heladas y en un estado tan especial, que se quiebran si no se las coge con mucho cuidado. Sin embargo, si se transportan estas mariposas a climas más cálidos, reviven y echan a volar.
Algunos insectos que acostumbran a invernar en este estado de larva o de crisálida, no sufren nada aun cuando permanezcan helados largo tiempo; lo que sí les es fatal son los inviernos de temperatura variable, en los que alternan los días templados con los fríos y húmedos.
Ya se han encontrado hasta seis especies de mariposas a pocos centenares de kilómetros del Polo Norte.

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