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Amado Nervo

"El automóvil de la muerte"

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El automóvil de la muerte

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A Enrique Díez-Canedo

 

Los campesinos estaban indignados, con esa indignación que atropella por todo, que no mide ya el alcance ni las consecuencias de los actos.

Por la mañana, como a las diez, una enorme máquina, poderosísima— 130 H. P— venía con velocidad loca por la gran carretera.

Una banda de gansos, gordos y lucios, atravesaba a la sazón. El chauffeur hizo cuanto pudo para evitarla; pero los volátiles— gansos al fin — en lugar de escapar, agrupáronse en medio del camino.

No había ya posibilidad de detener la máquina. Intentarlo era ir al panache, es decir, a la muerte.

El chauffeur tomó una súbita resolución y pasó sobre los gansos:

—¡Clac! ¡Clacl

Un ruido como de vejiga que se revienta, como de grasa que se aplasta, y un torbellino de plumas blancas...

La equidad pedía que la máquina se detuviese más allá, que volviera sobre sus pasos y que el automovilista pagase los daños causados; cinco gansos muertos, a veinte francos por cabeza, cuando menos.

Pero el automovilista, que ya se había visto— en su larga carrera deportiva— enredado en otras reclamaciones, temió las cóleras de los campesinos, las dificultades para un arreglo con el pastor, las molestias del juzgado de Paz... y siguió a todo vuelo, a ciento y pico a la hora, dejando detrás un reguero de plumas y de indignaciones impotentes.

Por la tarde, como si aquello no bastara, otra máquina chocó violentamente con una vaca plácida, que no hizo caso de la trompa, sumida como estaba en su quieto budismo de rumiante.

La bestia no murió; pero quedó maltrecha, patas arriba, en la cuneta.

Como estaba embarazada, el propietario, un pobre diablo que no poseía más en el mundo, se entregó a la desesperación, seguro de que el terrible golpe tendría consecuencias fatales.

Al anochecer, el estado de ánimo de aquellas míseras gentes era verdaderamente lastimoso.

Las dos máquinas agresoras, que los arruinaban con tan repentina y formidable injusticia, se habían desvanecido como sombras.

Cuando ellos llegaron, así el de los gansos como el de la vaca, al lugar de la tragedia, de los automóviles no quedaba más rastro que un poco de polvo, y un olor de bencina... Imposible ver ni el número ni la procedencia de ninguno de ellos. Habían hecho el mal con escandalosa impunidad, con la aplastante indiferencia de sus ciento y tantos caballos, y habían desaparecido luego por el camino polvoso lleno de huellas.

*

— ¡Mis mejores gansos!— gemía el uno— ¡Más de cien francos, el pan de tres meses!

—¡Mi vaca!— exclamaba el otro— ¡Mi hermosa vaca, que vale doscientos!

Pronto un grupo compacto de labriegos, huertanos y pastores rodeaba a los quejosos. Una ira sorda primero, ruidosa después, se iba exhalando de aquellos pechos rugosos y velludos, contra la máquina implacable, soberbia, brutal, que siega vidas y pulveriza haciendas con una indiferencia de Jaguernat indo; que nunca tiene piedad, que lo menos que hace es arrojar su polvo a la cara de los pobres, de los que no poseen para sus peregrinaciones más que la elasticidad de sus pies o la mansedumbre de su borrico.

*

... ¿Cuál de los campesinos sugirió la mala idea? ¡Quién sabe! Pero en aquellos espíritus alterados prendió instantáneamente.

¡Eso era! ¡Había que vengarse! Ya volverían los automóviles, y el que primero pasara se llevaría el castigo. ¡El tremendo castigo!

De un cercado cortaron un largo alambre y lo tendieron a través del camino, atándolo fuertemente a dos árboles, a altura bien estudiada.

Luego, refugiáronse en un rincón de verdura y de sombra; y silenciosos y fatales como el destino, mudas ya sus cóleras ante la proximidad de la ansiada represalia, esperaron...

No esperaron mucho.

La noche había caído, y en el lejano recodo de la carretera apareció, palpitando y resoplando, encendidos sus enormes ojos encandiladores cuyos haces barrían las tinieblas, un gran automóvil, descubierto, lleno de risas, de perfumes y de flotar de velos blancos, azules y rosas.

Venían: el chauffeur, cuatro damas, elegantes y lindas, y el marido de una de ellas; cierto título sportsman, harto conocido en París, Biarritz y Madrid.

Los aldeanos, agazapados, no respiraban.

De pronto, algo indecible, espantoso, se produjo.

El alambre, tendido y rígido, cercenó, con la misma facilidad con que un hilo secciona un bloque de mantequilla, primero dos cabezas, luego tres...

El chauffeur, debido a su inclinación accidental sobre el gobierno, se salvó; y en medio de estruendo y la velocidad, ni se dio cuenta de aquellos ruidos breves y extraños, como de desgarramiento, de aquel silencio que siguió a las risas...

*

¡Oh, el automóvil de decapitados, el espantoso automóvil de la muerte, con sus cinco troncos echados un poco hacia atrás y desangrándose lentamente!

¡Oh, el horrible automóvil de guillotinados, que seguía en medio de la noche por la gran carretera!

Dentro, dos cabezas habían caído. Las otras habían rodado al camino, con sus sombreros vistosos, con sus grandes velos flotantes... ¡Oh, el infame automóvil de la morgue! La odiosa máquina, encharcada de sangre, que seguía con su velocidad loca a través de la gran cinta blanca bordada de árboles...

¡Y qué visión de pesadilla cuando el coche se detuvo en el garage, lleno de gente, iluminado por grandes focos, y todos vieron, vieron por fin aquello!

Aquello indescriptible que había allí dentro, sobre la fina piel de los cojines...
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