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Fabio Fiallo en AlbaLearning

Fabio Fiallo

"Entre ellas"

Biografía de Fabio Fiallo en AlbaLearning

 
 
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Entre ellas
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A Manuel S. Pichardo

En la elegante alcoba de nuestras damas más hermosas y distinguidas, charlaban y reían cuatro amigas a la siguiente tarde de una noche de baile. Eran ellas: Clara de Peñafiel, Amalia Garcés de Monte Verde, la viudita Julia de Rioalto y Helena de Brabante.

Son las dos primeras tan conocidas en nuestro gran mundo, que incurría en delito de necedad quien intentara suministrar noticia alguna sobre el fastuoso tren de vida que ambas arrastran. No por su riqueza, sí por su hermosura, sí por su elegancia, sí por su talento, las rivaliza y aun algunas veces logra eclipsarlas la encantadora Julia. En cuanto a Helena de Brabante, si por joven no la conocéis, sin duda habréis escuchado ya el clarín que pregona su belleza y su gracia, y hasta su exquisita candidez a pesar del año cumplido que lleva de casada.

Nunca descuidé la oportunidad de escuchar tras la cortina estas conversaciones íntimas del elemento femenino, Algunos consideran la acción poco delicada, pero los incautos que así piensan no miran en la mujer lo que ella es: una encarnizada y pérfida enemiga, a quien se debe asechar en todo instante para no dejarla sorprendernos a ninguna hora.

–¿Qué os contaba Fernando? ¿algún pequeño escándalo? –Preguntó Clara a la de Monte Verde.

–No; acercóseme tan solo para inquirir mi opinión sobre un tema de amores que discutía con vuestro joven amigo Raúl.

Si la entonación con que fueron subrayadas las últimas palabras no hubieran bastado a señalar un nuevo pecadillo de la hermosa señora de Peñafiel, sin duda que el repentino calor que le empurpuró el semblante la hubiera delatado.

–¡Hola! exclamó Julia. ¿Con que ya Raúl se permite opinar en amores? Mucho progreso y desenfado es ese para quien hace aun tan corto tiempo cumplía sus veinte años en un colegio. ¿Y qué discutían?

–Sí; ¿qué discutían?...

–¡Bah! tranquilizaos. No era ninguna de esas arduas cuestiones psicológicas que tienden a dar al traste con nuestro amable imperio femenil. Por el contrario, la argumentación de Raúl deja comprobada aquella dulce ingenuidad que vos elogiabais tan apasionadamente en mi té del martes último, ¿os acordáis, Clara?

Por única contestación la aludida se sonrió deliciosamente. Verdad, verdad que esa sencillez, que ese candor, que esa asombrada inocencia de Raúl constituía su mayor encanto.

–¿Y bien?...

–Raúl pretende que el amor no es según quien lo inspira, sino según quien lo siente.

–Vaya una ingenuidad.

–¿Acaso no es así –insinuó tímidamente Helena de Brabante.

–No, –dijo Amalia.

–¡Imposible! –exclamó Clara.

–¡Nunca! –afirmó Julia.

–¿Por qué?

–Porque entonces...

–¿Entonces?...

–No podrían existir esas situaciones delicadas que tan a menudo son, en el alma de la mujer, su encanto y su angustia, su delicia y su tormento, su alegría y su inquietud, haciéndonos vivir a un tiempo mismo y en un mismo día, dos, y hasta tres vidas distintas y opuestas.

Los hermosos ojos de Helena expresaban la más profunda sorpresa.

–Juro que no os entiendo.

Las otras se rieron. Y Clara, su antigua compañera de colegio, le habló así:

–Óyeme pequeña. ¿Recuerdas las lecciones del joven abate Marsillac? Pintábamos con tan vivos colores la peligrosa seducción de Luzbel, que tú, en más de una ocasión, me hablaste de la atrayente semejanza que pretendías encontrar entre nuestro hermoso profesor y el Ángel rebelde, y fuerza me era de noche acompañarte en tu celda, para evitarte entre mis brazos las alucinaciones que padecías creyendo tu cuerpo entregado a Satán mientras tu alma permanecía en el Señor.

Todos aquellos palpitantes recuerdos de su vida de colegiala bañaron de indecible rubor la blanca frente de Helena. Sí, se acordaba... se acordaba de esas y de muchas otras cosas...

Amalia contó a su vez.

–Sé de una amiga nuestra que nunca ha podido amar a un solo hombre, porque una extraña e insuperable fuerza de compensación la obliga a buscar en el uno las cualidades contrarias que faltan en el otro. Y así, en duelo desigual, por su causa, murió un dulce y tímido poeta a manos de un arrogante y fiero militar; y también por su amor, el noble Príncipe de un país del Norte, alto, vigoroso y rubio, en una noche obscura, sintió penetrarle hasta el corazón todo el acero de un primer espada, ágil, nervioso y moreno, quien, pensando en su dama, subió a la horca, y sonreía... sonreía...

A pesar del tono placentero con que fueron narrados ambos tristísimos episodios, las tres amigas comprendieron que la hermosa y correcta señora de Monte Verde acababa de confiarles dos páginas sangrientas de su vida elegante.

–¿Entiendes, ahora, Helena?

La interpelada vaciló antes de contestar; después, con una voz que la emoción henchía de vibraciones misteriosas, preguntó a su vez:

–¿Conocéis a Gastón?

–¡A Gastón de Brabante!...

–Sí; ya sé que le habéis visto, ya sé que habéis hablado con él, que le habéis tratado, y sé también que conocéis su vida porque está escrita a rasgos de proezas gloriosas en los anales de nuestras guerras. Pero, no sé si habéis reparado que es el más amable de los héroes y el más arrogante de los hombres, que tiene los cabellos rubios, no como el oro, sino como el sol; la frente blanca, no como la leche, sino como el mármol; los ojos azules, no como el cielo, sino como el mar; y que es erguido, no como una palma, sino como una montaña. Así, la noche de nuestras bodas, cuando veníamos para el nido que su amor me había preparado, hubo como un milagroso incendio de sombras, la noche se hizo día, y los árboles, los balcones, las almenas y las altas torres se inclinaban para vernos pasar, y me felicitaban.

–¡Y bien!... exclamó la impaciente Julia interrumpiendo aquella loca peroración de enamorada.

–Y bien, que ese hombre tan aparentemente dotado para inspirar un amor que fuera como una magnífica explosión de aurora, un amor que fuera como irresistible invitación a la alegría, al placer y a la vida, es la más absoluta negación de vuestra célebre teoría.

Estas últimas palabras, aunque pronunciadas con el acento de una vaga y tierna melancolía, rebosaban sarcasmo.

Las tres oyentes, como heridas por el más inesperado de los desastres, se miraron entre sí con estupor.

¡Qué!... ¿Era esto posible? Y ellas que le envidiaban aquel esposo, tan amante al parecer, y tan lleno de vida, de juventud, de lozanía. ¡Oh, tristecita, cuán digna de lástima era!

Entonces Clara, con el derecho que le concedía su larga intimidad de colegio, la tomó en sus brazos y después de besarla apasionadamente en la boca preguntóle:

–Dinos, desde cuando vienes sufriendo en silencio tu desgracia, infeliz.

–¿Qué desgracia?

–Esa que hace de tu esposo una negación absoluta de nuestra teoría.

–¿Mas, es esto una desgracia? No, y mil veces no. El sol que nos alumbra es muy hermoso, ¿quién osará negarlo? pero cuánto más hermoso lo hallaríamos si nos fuera dado contemplarlo desde las tinieblas del no ser en un viaje de regreso a la Vida. Cristo es Dios, no por su sabiduría infinita, ni por su bondad eterna, ni por su doloroso paso por la “via crucis” en donde la huella de cada caída fue una estrella, ni por la suprema gracia de su perdón desde lo más alto de la agonía; sino por su muerte y su gloriosa resurrección... ¿Que desde cuándo data esta felicísima desgracia mía? Pues desde aquella hora que ya os conté. Figuraos que esa noche de amor que mi Gastón inspira, en vez de producir ante mis ojos asombrados la maravilla de una explosión de aurora, los cerró blandamente... blandamente, bajo el ala de su caricia... sumergiéndome en la inconciencia de una muerte, que no por breve fue menos deliciosa, y que era como un sopor dulcísimo, como un sueño en los umbrales del paraíso, la sombra del más joven y vigoroso y fragante manzano en flor.

Las tres amigas prorrumpieron en una alegre carcajada, mientras Helena escondía en el seno de Clara su lindo semblante enrojecido.

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