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Fabio Fiallo en AlbaLearning

Fabio Fiallo

"El castigo"

Biografía de Fabio Fiallo en AlbaLearning

 
 
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El castigo
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Fabio Fiallo
F. Javier Angulo Guridi
Juan Bosch
Salomé Ureña de Henriquez

 

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A Gastón F. Deligne

Desde los balcones del casino, el extenso paseo, inundado de gente, parecía la paleta desordenada y brillante de un dios que fuera artista y loco.

A la distancia, los trajes de las damas confundíanse con los abigarrados disfraces, y muchas veces, lo que al principio parecíanos hermoso cesto de flores, resultaba, de cerca, vehículo cualquiera que en haz apretado conducía, pongo por caso, un Mefistófeles, dos Pierrots, un Arlequín y un Polichinela.

Los carruajes avanzaban al paso, detenidos a cada instante por las olas de la muchedumbre. De muchos de ellos volaban, como flechas dirigidas a nosotros, epigramas y agudezas de la ocasión.

–¿Cuál de los dos es el Judas?

–¡Qué par de anzuelos tira el diablo, para pescar incautas!

–¡Cuán mal acompañados están entrambos!

Un dominó que conducía con mano ejercitada las riendas de una carroza llena de enmascarados, gritó sin detenerse:

–Oye, poeta malvado, aquí va tu víctima.

Mi compañero se estremeció. Aquella broma casual había dado en el blanco.

Y, desde tal hora, ociosos fueron cuantos esfuerzos empeñé para sustraerle a esa sombría abstracción en que su espíritu se hundía de continuo, aún en el vértigo de la orgía.

Yo le contemplaba con dolor. Cuánta diferencia ¡ay! entre este taciturno compañero y aquel camarada de otros días, alegre, decidor y genial, que con tanta gentileza prendía su inspiración alada en el corazón de una mujer hermosa como clavaba su ágil acero en el pecho de un adversario.

Todos ignorábamos la causa de este cambio en el carácter de Carlos. Rico y hermoso, célebre por sus aventuras, sus duelos y sus románticas extravagancias, a la par por el triunfo de sus versos, muchos sospechaban que aquella brusca transformación era cansancio, su sombría tristeza flor de hastío, hez de saciedad la amarga sonrisa.

–¡Oh, juventud, juventud, exclamé, qué hermosa eres! ¿Recuerdas, amigo mío?

Carlos me asió bruscamente del brazo y dijo con la más honda emoción:

–Sí, me acuerdo, me acuerdo... Ella vino a mí y me invitó a bailar. Accedí no tanto por cortesanía cuanto por curiosidad. ¿Quién será esta mascarita fina, nerviosa y delicada? Su disfraz de corte caprichoso dejaba al descubierto el nacimiento de los hombros, y bajo el magnífico toisón de los cabellos rodando en ondas hasta la cintura, el cuello parecía doblegarse con esa gracia llena de timidez que es como un encanto especial de la mujer a los quince años.

Un breve antifaz de raso negro con lentejuela de oro, que contrastaba encantadoramente con el rojo encendido de la fresca boca y la blancura de los dientes, añadía, a la vez, nueva seducción a su misteriosa belleza y mayor incentivo a mi ardiente curiosidad.

Sobre el motivo de una flor que abrí en su seno comenzó mi galantería. Le dije mis cosas banales al principio, pero después, arrastrado por esa irresistible influencia que en mis nervios ejerce un ambiente de música, perfume y alegría, mi palabra tornóse insinuante y ardorosa. ¡Oh lo juro! al menos en aquella hora, las frases que brotaban de mis labios eran sinceras. La amaba, la amaba. ¿Sin conocerla? Sí, sin conocerla, y tal vez ¡ay! por eso mismo: sin conocerla...

Ella me oía con arrobamiento. Fuertemente estrechada, mientras la orquesta ejecutaba un turbulento vals, yo la sentía palpitar sobre mi pecho, y era su corazón como un ave que rompiera sus alas en la reja de su cárcel.

Al principio costábale esfuerzo responder a mis preguntas. Comenzaba una frase y el rubor se la cortaba dos, tres, cuatro veces, y sólo a fuerza de astucia, de pérfidos halagos y de engaños, logré que fuera cediendo hasta confiarme su secreto: me amaba, me había amado sin haberme visto jamás y a causa de mis versos que ella leía de noche y repetía después de acostada, como se dice una oración querida. Por conocerme había concurrido a aquel baile, donde estaba segura de encontrarme, porque su corazón se lo había predicho y su corazón siempre le era fiel.

Tanta candidez ni me detuvo ni me impresionó siquiera. Por el contrario, mientras ella con su ingenua confesión ponía tan de manifiesto la blancura de su alma, yo perfeccionaba el plan de la más siniestra emboscada. Tomé de una silla un amplio capuchón color rosa que alguien había dejado allí abandonado, se lo eché encima para hacerla inconocible de lo suyos mismos, y con aquella insolente audacia que todos vosotros me aplaudías como una cualidad bizarra, la saqué del baile y la hice entrar en mi coche...

Y más tarde, cuando ella, sintiéndose feliz en el abismo á dónde mi cobarde empellón la había hecho rodar, quiso arrancarse el antifaz, mi mano la detuvo.

–Oh, no, le dije ¿a qué desgarrar el ropaje más hermoso de esta ilusión? ¿Por qué romper el ensueño? Tu frente, tus ojos, tus mejillas, sin duda son cosas muy bellas, pero que de fijo he visto ya en alguna otra parte, y de las cuales quizás estoy saciado; mientras que tu incógnito, tu misterio, la absoluta ignorancia de tu nombre y tus facciones, será el único placer de mi vida que no me cause disgusto o aburrimiento.

Aquellas palabras le produjeron un efecto mortal. Murmuró algo que no entendí, me rechazó con horror, abrió la portezuela y se lanzó a la calle, hundiéndose en la sombra de la noche. Nunca más la he vuelto a ver...

–Sin embargo, Carlos, no encuentro que ese episodio valga tu infinita tristeza, observé por calmarte.

–Espera, espera.

Y de su cartera sacó un papel amarillento que decía:

“El fruto de tu maldad ha nacido. Es un varón que llevara un nombre honrado, el de aquel que a pesar de mi falta me hizo su esposa. Como por un refinamiento de tu perversión moral no quisiste conocer a la madre, tampoco conocerás al hijo. Ese será tu castigo”.

–Ahora, dime, ¿cuál de esos que van por la vida entre esa muchedumbre, es mi hijo?...

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