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Carlo Collodi en AlbaLearning

Carlo Collodi

"Las aventuras de Pinocho"

Capítulo 32

Biografía de Carlo Collodi en AlbaLearning

 
 
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Música: Galuppi - Keyboard Sonata no.2 in C major, II. Andantino"
 
Las aventuras de Pinocho

OBRAS DEL AUTOR
Biografía breve de C. Collodi

Las avenruras de Pinocho

ESCRITORES ITALIANOS

Carlo Collodi
Dante Alighieri
Giovanni Boccaccio
Italo Calvino
Luigi Pirandello
Marco Tulio Cicerón
Mateo Bandello
Nicolás Maquiavelo
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Le nacen a Pinocho orejas de burro, después se convierte en verdadero pollino y empieza a rebuznar.

¿Cuál fue la sorpresa?

Voy a decíroslo, queridísimos lectorcitos; la sorpresa fue que al despertarse Pinocho le vino en gana rascarse la cabeza, y al llegarse a ella las manos, se encontró...

¿A que no acertáis lo que se encontró?

Pues se encontró, con gran sorpresa de su parte, con que le habían crecido las orejas más de una cuarta.

Ya sabéis que desde que nació, el muñeco tenía unas orejitas muy chiquitinas, que apenas se le veían. Figuraos cómo se quedaría cuando, al tocar con las manos, se encontró con que aquellas orejitas habían crecido tanto durante la noche, que parecían dos soplillos. Acudió en busca de un espejo para mirarse, y no encontrando ninguno, llenó de agua la palangana de su lavabo, y entonces pudo ver lo que nunca hubiera querido contemplar: vio su propia imagen adornada con un magnífico par de orejas de burro.

¡Cómo expresar el dolor, la vergüenza y la desesperación del pobre Pinocho!

Empezó a llorar, a gritar y a darse de cabezadas contra la pared; pero cuanto más se desesperaba, más crecían sus orejas, y crecían, crecían, a la vez que iban cubriéndose de pelo por la punta.

A los gritos de Pinocho entró en la habitación una linda marmota que vivía en el piso de arriba, y viendo el desconsuelo del muñeco, le preguntó con interés:

-¿Qué es eso, querido vecino?

-¡Que estoy malo, amiga marmota, muy malo, y con una enfermedad que me da mucho miedo! ¿Sabes tomar el pulso?

- Un poco.

-¡Mira si tengo fiebre por casualidad!

La marmota levantó una de las patas delanteras, y después de tomar el pulso a Pinocho, le dijo suspirando:

-¡Amigo mío, siento mucho tenerte que dar una mala noticia!

-¿Cuál es?

-¡Qué tienes una fiebre muy mala!

-¿Y qué clase de fiebre es?

-¡Es la fiebre del burro!

- No comprendo qué fiebre es esa - respondió el muñeco, que, sin embargo, se iba figurando lo que era.

- Yo te lo explicaré - dijo la marmota -. Sabe, pues, que dentro de dos o tres horas ya no serás un muñeco ni un niño.

- Pues, ¿qué seré?

- Dentro de dos o tres horas te convertirás en un verdadero pollino; tan verdadero como los que tiran de un carro o llevan las hortalizas al mercado.

- ¡Oh! ¡Pobre de mí! ¡Pobre de mí! - gritó Pinocho, agarrándose las orejas con ambas manos y tirando de ellas rabiosamente, como si fueran ajenas.

- Querido mío - dijo entonces la marmota para consolarlo- ¿qué le vas a hacer? ¡Todo es ya inútil! En el libro de la sabiduría está escrito que todos los muchachos holgazanes, que teniendo odio a los libros, a la escuela y a los maestros, se pasan los días entre juegos y diversiones, tienen que acabar por convertirse, más pronto o más tarde, en pollinos.

- Pero, ¿es cierto eso? - preguntó el muñeco sollozando.

- Ya lo creo que es cierto. Y ahora ya es inútil que llores. Ya no tiene remedio.

-¡Pero si yo no tengo la culpa: créelo marmotita; la culpa es toda de Espárrago!

-¿Y quién es ese Espárrago?

- Un compañero mío de escuela. Yo quería volver a mi casa, quería ser obediente y seguir estudiando; pero él me dijo: ¿Por qué quieres fastidiarte pensando en estudiar y en ir a la escuela? ¡Vente mejor conmigo a "El País de los Juguetes"; allí no estudiaremos más, nos divertiremos desde la mañana hasta la noche, y estaremos siempre contentos!

-¿Y por qué seguiste el consejo de aquel falso amigo, de aquel mal compañero?

-¿Por qué? Porque mira, marmotita mía: yo soy un muñeco sin pizca de juicio y sin corazón. ¡Oh! ¡Si yo hubiera tenido tanto así de corazón (y señaló con el pulgar sobre el índice), no hubiera abandonado a aquella preciosa Hada, que me quería como una mamá, y que tanto había hecho por mí! ¡Oh! ¡Pero si encuentro a Espárrago pobre de él! ¡Yo le diré lo que no querrá oír!

Y quiso salir de la habitación; pero al llegar a la puerta se acordó de sus orejas de burro, y dándole vergüenza mostrarse en público con aquel adorno, ¿sabéis lo que discurrió? Pues se hizo un gran gorro de papel y se lo puso en la cabeza, cubriéndose las orejas por completo.

Después salió, y se dedicó a buscar a su amigo por todas partes. Lo buscó en la calle, en la plaza, en los teatros, por todas partes, sin poder hallarlo. Pidió noticias de él a cuantos encontró; pero nadie le había visto.

Entonces fue a buscarlo a su casa y llamó a la puerta.

-¿Quién es?- preguntó Espárrago desde dentro.

-¡Soy yo!- respondió el muñeco.

- Espera un poco, y te abriré.

Media hora después se abrió la puerta, y figuraos cuál sería el asombro de Pinocho cuando, al entrar en la habitación, vio a su amigo con un gran gorro de papel en la cabeza, que le cubría casi hasta los ojos y por detrás bajaba hasta el cuello.

A la vista de aquel gorro sintió Pinocho una especie de consuelo, y pensó inmediatamente:

-¿Tendrá la misma enfermedad que yo? ¿Estará también con la fiebre del burro?

Y fingiendo no haber notado nada, preguntó sonriendo:

-¿Cómo estás, querido?

-¡Perfectamente bien; como un ratón dentro de un queso de bola!

-¿Lo dices en serio?

-¿Y por qué había de mentir?

- Dispénsame, amigo. ¿Y por qué tienes puesto ese gorro de papel que te tapa hasta las orejas?

- Me lo ha mandado el médico, por haberme hecho daño en una rodilla. Y tú, querido Pinocho, ¿por qué llevas ese gorro de papel que te cubre hasta las orejas?

- Me lo ha mandado el médico, porque me ha picado un mosquito en un pie.

-¡Oh, pobre Pinocho!

-¡Oh, pobre Espárrago!

Siguió a estas frases un largo silencio, durante el cual los dos amigos no hacían más que mirarse burlonamente.

Finalmente, el muñeco dijo con voz meliflua a su compañero:

- Por curiosidad tan sólo, querido Espárrago, ¿quieres decirme si has tenido alguna enfermedad en las orejas?

-¡Nunca! ¿Y tú?

-¡Nunca! Pero esta mañana me ha molestado un poco una de ellas.

- También a mí me ha sucedido lo mismo.

-¿A ti también? ¿Y qué oreja es la que te duele?

- Las dos. ¿Y a ti?

- Las dos. ¿Será acaso la misma enfermedad?

-¡Me temo que sí!

-¿Quieres hacerme un favor?

- Con mucho gusto.

-¿Quieres enseñarme tus orejas?

-¿Por qué no? Pero antes quiero ver las tuyas, querido Pinocho.

-¡No; tú debes ser el primero!

-¡No, querido; primero tú y después yo!

- Pues bien - dijo entonces el muñeco -; vamos a hacer un trato.

-¡Hagamos el trato!

- Quitémonos ambos el gorro al mismo tiempo. ¿Aceptado?

-¡Aceptado!

-¡Pues atención!

Y Pinocho comenzó a contar en voz alta:

-¡Una, dos, tres!

Al decir esta última palabra, los dos muchachos se quitaron los gorros de la cabeza y los arrojaron al aire.

Entonces ocurrió una escena que parecía increíble, si no supiéramos que sucedió realmente. Ocurrió que cuando Pinocho y Espárrago vieron que los dos padecían de la misma enfermedad, en vez de sentirse mortificados y llenos de dolor, empezaron a mirarse uno a otro burlonamente las desmesuradas orejas, y acabaron por reírse a carcajadas.

Tanto rieron, que ya les dolían las mandíbulas; pero en lo mejor de la risa sucedió que de pronto Espárrago cesó de reír, cambió de color, y bamboleándose dijo a su amigo:

-¡Ayúdame, Pinocho, ayúdame!

-¿Qué te pasa?

-¡Que no puedo sostenerme sobre las piernas!

-¡Tampoco puedo yo! - gritó Pinocho temblando y tratando de mantenerse derecho.

Cuando esto decían, arquearon uno y otro la espalda, apoyaron las manos en el suelo, y de esta manera, andando a cuatro patas, comenzaron a correr y a dar vueltas por la habitación. Mientras corrían, los brazos se convirtieron en patas, las caras se alargaron convirtiéndose en cabezas de asno, y el cuerpo se les cubrió de un pelaje gris claro con pintas y rayas negras.

Pero ¿Sabéis cuál fue el peor rato que sufrieron aquellos desgraciados? Pues el rato peor y más humillante fue cuando notaron que empezaba a salirles la cola por detrás. Llenos de vergüenza y de dolor trataron de llorar y de lamentarse de su suerte.

¡Nunca lo hubieran hecho! En vez de sollozos y de lamentos lanzaban solamente rebuznos, y rebuznando sonoramente, decían a dúo: ¡Hi-hooó! ¡Hi-hooó! ¡Hi-hooó!

En el mismo instante llamaron a la puerta, y una voz dijo desde afuera:

-¡Abrid! ¡Soy el hombrecillo; soy el conductor del coche que os trajo a este país! ¡Abridme pronto, o si no, pobres de vosotros!

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