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José Zorrilla en AlbaLearning

José Zorrilla

"La leyenda de Don Juan Tenorio"

XXI

Biografía de José Zorrilla en Wikipedia

 
 
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Música: Mendelssohn - Lied ohne Worte Op.62 No.1 (Andante espressivo)
 
La leyenda de Don Juan Tenorio
OBRAS DEL AUTOR

Leyendas:

A buen juez mejor testigo
La leyenda de Don Juan Tenorio
Para verdades el tiempo, para justicia Dios

Poemas:

La orgía
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Poesía
<< - XXI - >>

    Un día al anochecer,
al pasar ante la puerta
de una iglesia, notó alerta
de su paso una mujer.
   No que por costumbre fuera
dado a tales aventuras,
ni de quién es conjeturas
que realizar le ocurriera;
   no porque su aire gentil
su simpatía excitara,
ni porque hubiera su cara
visto a través del monjil;
   sino porque al parecer
con él al verle pasar
quiere su atención llamar
por algo aquella mujer.
   Lo por qué su encuentro anhela
tiene tal vez buena excusa:
por dama su aire la acusa
que liviandad no revela:
   conque por si en ardua cuita
puesta o falso derrotero
tal dama, de un caballero
el amparo necesita,
   acercóse atento a ella;
pero del templo amparándose,
ella le invitó tornándose
a entrar en él tras su huella,
   Él siempre en la persuasión
de que la seguridad
de la dama en realidad
era el móvil de su acción,
   siguióla a la iglesia obscura
de cuyo ámbito a la entrada
sintió que la enmonjilada,
poniéndole con premura
   en las manos un papel,
del templo en la sombra espesa
se sumió: tal vez con priesa
de huir y librarse de él.
   Don César, no buen creyente,
mas opuesto a hacer del templo
un lugar de mal ejemplo,
viendo éste sin luz ni gente,
   tras de la desconocida
picado echó en la penumbra
de sus naves que no alumbra
lámpara alguna encendida.
   Ojo avizor las cruzó
del atrio a la sacristía;
mas de ella cuando salía
sólo al sacristán topó.
   Arriesgóse a preguntalle
por la dama; mas severo
respondió aquél: «Caballero,
por tres puertas que a su calle
   »distinta y opuesta dan
pudo esa dama salir:
por ellas, pues, podéis ir
tras ella: abiertas están.»
   Y sacudiendo sus llaves
el sacristán ofendido,
dejó a don César corrido
en las tenebrosas naves,
   oyéndole rezungar
contra los malos cristianos
que negocios tan profanos
van a la iglesia a entablar.
   De su aventura confuso
y curioso del papel,
salió y del atrio al cancel
a leerle se dispuso;
   mas era ya tan escasa
la luz, que sin descifrarle
volvió otra vez a plegarle
y dio la vuelta a su casa.
   Y a la luz de una bujía,
acodándose a su mesa,
he aquí lo que con sorpresa
ya en su aposento leía:

Mucho me temo, señor don César, que cuando vuesa merced reciba la presente, haya dado ya cuenta a Dios Per Antúnez de lo que ha tenido que hacer para poderos comunicar el misterio de vuestro camarín. El enmascarado entraba por la chimenea, el resorte de cuyo secreto está en sus morillos de bronce que están registrados en invisible ranura, en la cual tienen casi imperceptible movimiento. Forzándolos a un tiempo por la presión, primero hacia abajo y después hacia el fondo, desnivelan un peso que haciendo girar la pared izquierda del horno de la chimenea, franquea un paso y una escalera en lo macizo del grueso muro. Forzadlos y entraos con la luz por el subterráneo; pero no lo hagáis hasta bien entrada la noche, pues tiene salida, como veréis, a paraje habitado por gente que jamás fue amiga de los Tenorios. Cuando volváis a vuestro aposento sabréis más de lo que habéis menester.

La presente escribo bajo la palabra de Per Antúnez, quien mucho me temo, señor don César, que cuando vuesa merced la reciba, haya dado ya cuenta a Dios de lo que ha tenido que hacer para poderos comunicar en ella el secreto de vuestro camarín.

El enmascarado entraba por la chimenea, el resorte de cuyo secreto está en sus morillos de bronce registrados en invisible ranura en la cual tienen casi imperceptible movimiento. Forzándolos a la par, primero hacia abajo y después hacia el fondo, desnivelan un peso que desencajando la pared izquierda del horno de la chimenea, deja franco un paso a una escalera. Por ella puede vuesa merced bajar al subterráneo, a cuyo comienzo y casi al pie de la escalera hay una puerta de encina bardada de hierro: no haga vuesa merced caso de ella: barreada y condenada desde el tiempo del rey Don Pedro, es la que le daba paso al alcázar y a la torre del Oro. El tránsito hoy abierto y que ha servido a doña Beatriz y que a vuesa merced interesa registrar es el que sigue recto, pero no lo haga vuesa merced hasta que no sea noche cerrada, porque teniendo salida adonde verá, puede antes de las ánimas ver o ser visto por gentes que nunca fueron amigas de los Tenorios.

Mi parecer y lo que os aconsejo es que, después de que lo veáis, cerréis a macizo el paso del muro, ceguéis la escalera y argamaséis en firme la chimenea, único modo de dejar seguro de intrusos y libre de duendes vuestro solar.

Una mujer os entregará esta carta como, cuando y donde mejor pudiere: ni la sigáis ni la interroguéis, porque probablemente arriesgará su vida por entregárosla, y pluguiérame que vuesa merced tuviera presente que, a causa de la parte que ha tomado en vuestros asuntos, no queda tampoco muy segura la de vuestro humilde servidor que os besa las manos

Juan Miera

 

   Don César leyendo tal,
sobrecogido y suspenso,
quedó entre un placer inmenso
y una zozobra mortal.
   Del secreto sorprendida
le envía Antúnez la clave;
pero ¿a qué precio?, no sabe
aún si es al de la vida.
   De Antúnez le apena el duelo,
su muerte le apesadumbra;
mas como por él columbra
cerca el logro de su anhelo,
   en la honda satisfacción
de salirse con la suya,
su afán le impide que arguya
ni juzgue con reflexión.
   Entre Ulloas y Mejías
tenido ha que ir a meterse
y contra todos valerse
de extremadas fechorías.
   Mas ¿con qué maña ha podido
arrancarles tal secreto?
Por ellos muerto o sujeto,
¿en qué lazo le han cogido?
   De muerte puesto en el trance
por Beatriz, ¿cómo escribe?
¿Cómo en manos de ella vive?
Libre, ¿cómo está a su alcance?
   ¿Por qué, dónde se halla oculta?
¿Por qué auxilio no le pide?
¿Qué mal hado se lo impide?
¿Qué azar se lo dificulta?
   Dando a sus palabras vueltas
tiene delante el papel
sin apercibirse en él
ni coger las hebras sueltas.
   Sólo ve en él que le da
un hilo de la madeja,
y asido a él, por él deja
todo lo que suelto está.
   Su mismo afán le marea,
y asido a su solo hilo
ya está con el alma en vilo
por abrir la chimenea:
   y lo cierto en su impaciencia
ciego por verificar,
está próximo a arriesgar
el éxito sin prudencia.
   Cualquiera imaginaría
que alimenta la esperanza
de realizar su venganza
al abrir la galería:
   y que por sino feliz
va a hallar en ella entrampados
como topos encuevados
a Ulloa y a Beatriz.
   Tenorio en la exaltación
de su triunfo va, inconsciente
acaso de lo que siente,
desde la mesa al balcón.
   Y a través de la vidriera
la noche cerrar mirando,
con su mirada espesando
ir sus tinieblas quisiera.
   Y mientra a que se adelante
la noche impaciente aguarda,
la hora se le retarda
de ir en cuanto se levante
   a hacer ver a sus hermanos
que razón tenía él solo
contra Beatriz, de su dolo
con las pruebas en las manos.
   Tiempo haciendo hasta que en obra
poner su pesquisa pueda
en cuanto suene la queda,
por distraer su zozobra,
   del mueble en que las custodia
saca y vuelve a colocar,
y las vuelve a desplegar
y el contenido salmodia
   a media voz, murmurándolas
sin saber qué hace siquiera,
las cartas de Antún y Miera,
por fin a guardar tornándolas
   en un mueble de secreto
de ébano incrustado en plata
que sirvió a Beatriz ingrata
de secretario discreto.
   Don César cuando partió
algo en él de ella buscaba;
mas del aroma que usaba
algo en él solo quedó.
   Y don César cada día,
sin darse razón por qué,
desde que Beatriz se fue
cincuenta veces lo abría.
   Misterios del alma son:
de odio y de amor los más cuerdos
suelen abrigar recuerdos
dulces en el corazón:
   y mientras unos almíbar
en los suyos saborean,
hay otros que se recrean
en mascar granos de acíbar.
   Don César, tan infeliz
en su odio como en su amor,
goza... un átomo de olor
del que usaba Beatriz.

   Una hora pasado habría
que se le hizo a aquél eterna,
cuando tomó una linterna
y la encendió en la bujía.
   Colocó ésta en un rincón
tras el biombo encubierta,
y asegurando la puerta
que da comunicación
   al salón y a la escalera,
pudo quedar descuidado
de ser de menos echado
mientras estuviese fuera.
   Ciñóse puñal y espada,
metióse en el camarín
y a los morillos en fin
mano echó sin miedo a nada.
   Apretó, empujó, el herraje
sintió imperceptiblemente
ceder, y calladamente
se desprendió de su encaje
   todo un cuarterón de muro
de la negra chimenea,
franqueando la boca fea
del descenso hondo y obscuro.
   Don César no vaciló:
Per Antúnez dio en lo cierto:
por el antro ante él abierto,
resuelto a sondarle entró.
   Bajó sin dificultad
por una escalera estrecha,
pero cómoda y bien hecha
del muro en la cavidad.
   De ella al pie efectivamente
dio con la puerta anunciada
como tiempo ha condenada
fija y permanentemente;
   y comprendió al verla atento
cómo del rey el tesoro
desde la torre del Oro
pasar debió a su aposento.
   Tanteóla: dio en su macizo
maderaje un golpe seco,
que repitió en largo eco
su invisible pasadizo,
   y continuó por la vía
del que ante él se prolongaba,
larga y recta galería
que ante él trémula alumbraba
la linterna que traía;
y tras él, según pasaba,
con la sombra que trazaba
a entenebrarse volvía:
   y el lento son repitiendo
de los pasos que iba dando
de alguien que le iba siguiendo
o que de él medroso huyendo
se alejaba parecía.
   Don César con calma y brío
tranquilo avanzaba y ledo
por el socavón sombrío;
mas iba sintiendo frío
por el lugar, no por miedo:
pues bien sea porque el río
pase cercano, bien sea
porque algún huerto campea
regado sobre el camino
por un pie de agua vecino,
el techo en partes gotea.
   Tal vez este subterráneo
que abierto Don Pedro halló,
un arquitecto labró
de los Flavios coetáneo.
   Doquiera que alcance empero
su origen y antigüedad,
ya hasta la romana edad
ya a la del rey justiciero,
   de él con espíritu bravo,
de su secreto curioso
y por penetrarle ansioso
don César llegó hasta el cabo.
   Fin daba a camino tal
un postiguillo de bronce
tras el cual se abría de once
peldaños una espiral.
   Subióla y dio en una obscura
pieza, en un cubo hecho a escuadra
cuyos muros no taladra
la menor perforadura.
   Remate al ver tan extraño,
por primer vez le ocurrió
la idea en que antes no dio
de una traición o un engaño.
   ¡Y era una tremenda idea!
¡Si está por allí murado
y al descender se ha cerrado
detrás de él la chimenea!
   ¡Si estaba enterrado vivo!
Brotó a su frente el sudor
de la angustia, y tal terror
tenía ¡pardiez! motivo;
   porque doña Beatriz,
que es tan feroz como audaz,
es de atraerle capaz
a muerte tan infeliz.
   Y de afán en un momento
pensó en volver pies atrás;
pero un instante no más
duró en él tal pensamiento.
   A más de paso cobarde
vio que, puesto ya en su caso,
siempre para volver paso
era tiempo y era tarde.
   Buscó, pues, en rededor
de sí lo de más importe
por el momento, un resorte
como el de arriba, un motor
   que encima de él o delante
o bajo sus pies, un paño
de recinto tan extraño
o desencaje o levante;
   pues claro es que quien le hizo
y quienes salen y entran
por aquella parte encuentran
perforado el pasadizo.
   A la luz de su linterna
y a fuerza de registrar
concluyó al fin por hallar
la manija que gobierna
   un artificio motor
que como en la chimenea
un peso escondido emplea
en mover otro menor,
   Simple y antiguo artificio
de estos secretos de entonces,
ocultos siempre en esconces
y esquinas de un edificio.
   Tiró, apretó, alzó, bajó,
hasta que al fin atinando,
tras él sin ruido pasando
una losa se corrió.
   Respiró como hombre a quien
de encima le quitan una,
gracias dando a la fortuna
de haber librado tan bien.
   Don César creyó poder
fundar ya bien su esperanza
de tomar amplia venganza
al fin de aquella mujer.
   Soñó para el porvenir
saber hacerla tragar
un anzuelo que a morir
la arrastre en aquel lugar.
   Y permaneció un instante
absorto en el fijo objeto
a que debe aquel secreto
conducirle en adelante:
   «Los gemelos crecerán;
y pues son adulterinos,
sobre todos sus caminos
un Tenorio encontrarán.»
   Tal era su ilusión nueva;
mas vuelto, de su abstracción,
siguió viendo el socavón
subterráneo adónde lleva;
   y atravesó el hueco abierto;
mas en el nuevo lugar
al verse, creyó soñar,
de lo que veía incierto.
   En un vestíbulo estaba
de un panteón que claramente
por el son de aire que siente
vio que a plaza o campo daba.
   Y en dos capillas obscuras
laterales que hacen cruz
vio unas cuantas sepulturas
de su linterna a la luz.
   Aplicóla a los letreros
en sus lucillos grabados
y halló Ulloas enterrados
en los sepulcros primeros:
   y los que el fondo ocupaban
de las capillas sombrías
encontró que de Mejías
cadáveres encerraban.
   Del subterráneo camino
penetró todo el misterio:
aquel era el cementerio
del monasterio vecino.
   Los Ulloas, del convento
antiguos cofundadores,
del secreto posesores
eran por fortuito evento.
   Los frailes auxilio dan
hoy a Ulloas y a Mejías...
¿Si yendo y viniendo días
es un Ulloa el guardián?...
   A él también se le previno
lo que don Luis mano a mano
dijo a don Guillén su hermano
acerca de su destino:
   «Según como sople el viento
y venga el tiempo que pasa,
o el convento hunde a la casa
o ésta derriba al convento.»
   Comprendió, pues, que era asunto
en que el todo por el todo
va y de ser de cualquier modo
dueño de aquel paso al punto.
   Por las lumbreras miró,
se cercioró del lugar
y del paso asegurar
la posesión resolvió.
   Tornó al camarín cuadrado
y a servirse fácilmente
de aquel artificio agente
del secreto averiguado.
   Cerró; tornó la escalera
de caracol a bajar
y el tránsito a desandar
hasta el pie de la primera;
   y a aquella puerta llegado
que al pie de ella se veía,
se dijo: «Veré otro día
lo que tras ella hay guardado.
   »Hoy es tarde y tengo frío:
la emoción y la frescura
me vuelven la calentura.
¡Qué mísero cuerpo el mío!»
   Sintiendo que ya dentea
y se cierne, apresuró
el paso, subió y volvió
a cerrar la chimenea.
   Candado echó y pasador
al camarín, y al momento
de encontrarse en su aposento,
creyó sentirse mejor.
   Mas fatigado y maltrecho,
por fuerte que hacerse quiso,
comprendió que era preciso
ganar cuanto antes el lecho.
   Echó, pues, las ropas fuera:
un gran tazón de tisana
que estaba a su cabecera
de un trago apuró con gana;
sopló la luz de la cera
y sumiéndose en la lana
dijo: «Si coger pudiera
el sueño pronto, mañana
sería otro hombre. ¡Dios quiera
que me calme la tisana!»
   Y anhelo tal proferido
en alta voz, cuello y cara
al arroparse aterido
sintió..., ilusión del oído
sin duda, pero jurara
que alguno se había reído.

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