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Emilia Serrano de Wilson en AlbaLearning

Emilia Serrano de Wilson

"Las almas gemelas"

Biografía de Emilia Serrano de wilson en Wikipedia

 
 
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Las almas gemelas

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Sevilla es el oasis de Andalucía, sus poéticos patios, el perfume del azahar que despiden sus copudos y floridos naranjos, su cielo siempre azul, siempre riente; sus recuerdos artísticos e históricos; las pintorescas orillas del caudaloso Guadalquivir, en cuyos cristales se miran la celebrada torre del Oro, morada un día de los amores1 y el barrio de Triana, en el que se encuentran aún de esos tipos especiales que recuerdan aquellos tiempos en que los árabes saltaban nuestro suelo.

En cada calle de Sevilla existe un vivo recuerdo de los amores, de las pendencias o de las injusticias de aquel de quien algunos historiadores han apellidado el Cruel, y otros el Justiciero.

Una de ellas principalmente es la del Candilejo, pues en ella existe un busto del rey don Pedro con manto real, corona y dogal al cuello, colocado en la esquina de la calle ya citada y en la del Velador.

Cercana se encuentra la iglesia de San Isidoro, y frente a ella se ve una casa habitada hace algunos años por un pintor joven aún, pero inmensamente desgraciado.

En pocos meses había visto sucesivamente desaparecer de su lado los seres más queridos, más predilectos de su alma; su madre, a quien amaba con la mayor ternura, murió repentinamente, y su padre, pintor también, no pudo soportar la falta de la virtuosa compañera de su vida, conduciéndole su tristeza a la tumba, cosa que parecerá extraña en estos tiempos de incredulidad y de indiferentismo.

Marcos, pues, se encontró viudo y solo en el mundo, con su amor al arte, con sus desdichas y con su pobreza; porque en este siglo tarda mucho el verdadero talento en abrirse camino y llegar a una posición desahogada, la que pueden escalar más fácilmente aquellos que desprovistos de ingenio tienen lo que en sociedad se llama travesura, y que nosotros calificaremos de audacia.

Existía, sin embargo, para aquel desheredado dos consuelos inmensos y una infinita ternura que velaba por él, uno de esos ángeles que son la vida, la luz, la alegría de los que, como Marcos, se encuentran aislados en medio de la sociedad.

Un amigo suyo que había desaparecido hacía algunos años, le había legado un depósito sagrado, una niña de doce a trece abriles, que como hermana, fue creciendo al lado del pintor.

Bella como la Esperanza que tenía por nombre, ideal como el ensueño de un poeta, aparecía a los diecisiete años como una de esas hurís prometidas por el Profeta a los apasionados árabes, o como una de esas madonas italianas que han inspirado sus más bellas concepciones a Miguel Ángel, a Rafael o a Murillo.

Su cutis era moreno pálido; sus correctas facciones recordaban las medallas antiguas; sus ojos negros, como el ébano, rasgados y con larguísimas pestañas que medio velaban su mirada ardiente y profunda; su abundante cabellera, su menudo pie y su mano, que parecía modelada por Fidias o Praxíteles, lo esbelto de su cintura, y esa gracia propia de las andaluzas, encanto misterioso, indefinible, que apenas se presta a la digresión; su sonrisa, su acento, todo, en fin, lo que manaba de aquella criatura formaba un conjunto arrebatador, inspiraba una afección casta, pura, que podía llegar hasta la adoración.

Esperanza era la que en los momentos de amargura con una palabra lograba mitigar los supremos dolores del pintor.

Le dominaba, sí, con su corazón de ángel, con su alma de mujer, con su delicada ternura, es decir, con su inteligencia y su cariño.

Como el amor verdadero es la grande, la única ley del individuo y de la sociedad, él inspiraba a Esperanza aquellos sublimes y nobles pensamientos que prestaban vigor a una naturaleza gastada por el sufrimiento.

¡Cuántas veces entregado a su desaliento desconfiaba del porvenir y de la gloria!

Postrado por la enfermedad, apenas tenía fuerzas para manejar los pinceles, y sin embargo, se acercaba el día de la Purísima Concepción, y un cuadro ofrecido para la catedral no estaba concluido.

La fiebre le devoraba, y en su delirio parecíale contemplar el lienzo brillante, animado, perfecto en su ejecución, tal como su alma de artista lo había soñado.

En los cortos momentos en que más despejado podía darse cuenta de lo que sucedía en torno suyo, atormentábale la miseria y la desnudez que en su casa reinaba, y en la que solo como un rayo de sol se presentaba Esperanza, infundiendo valor a su abatido corazón.

De su esposa le había quedado un niño, y este era el segundo rayo de luz que alumbraba y consolaba su existencia.

Graves decepciones, y la lucha que siempre sostiene el genio con la adversidad, habían hecho que Marcos adquiriese una enfermedad incurable, aumentada por las vigilias y el trabajo.

—Encargue usted a un discípulo suyo de los más aventajados que la concluya —solía decir Esperanza, la joven sobrina huérfana.

—¡Jamás!

—¿Y a mí? —pregunta la joven vacilando.

—A ti, ¿acaso tú puedes imitar mi colorido?…

Por toda respuesta se ruborizó Esperanza, y levantándose, volvió momentos después con un cuadrito.

—Por esto me ofrecen doscientos reales.

—Si fuera mío, me darían cinco mil: le faltan los detalles, y aun cuando manifiestas laboriosidad y algún mérito, no es todavía para poseer mi secreto.

—Confíeme usted lo que presta a sus cuadros la originalidad y la belleza: usted está enfermo, no podrá trabajar en algún tiempo, y ese niño carecerá de todo.

—¡Hijo mío! A él le estará reservado coger el fruto de mis desvelos.

—Pero, entretanto…

—Déjame: Dios nos ayudará.

Marcos profesaba verdadero cariño paternal a su sobrina; pero no admitía que una niña rivalizase con él: maestro suyo en pintura, había visto sus rápidos progresos, pero sin descubrirle los misterios artísticos que poseía, ese secreto, don del cielo, que todos pueden poseer: esa imaginación creadora que invade lo desconocido y desdeña la imitación.

Cada personaje de Marcos era, por su expresión y detalles, nuevo al par que natural: bello y seductor, revelando una verdad que seducía y cautivaba.

Era inspiración única; era su creación, y por eso amaba a sus cuadros cual si fueran hijos suyos, y estaba celoso de que le robaran o imitaran su privilegio.

Pero llegó el día que Esperanza hacía tiempo temía: Marcos, agobiado, no pudo dejar el lecho, ni continuar su preciosa Concepción.

La escasez se hizo sentir, y poco a poco fueron desapareciendo las alhajas, los cuadros, que regalados o adquiridos poseía Marcos, los bocetos que su mano había trazado, todo aquello, en fin, que encerraba algún valor, dedicando este a los gastos indispensables de la casa y al cuidado del enfermo.

La tierna edad de Julio le impedía fijarse en la situación de su familia, y ocupado con sus pájaros, sus juguetes y sus flores, no veía que Esperanza había perdido sus colores y la frescura de su belleza, que durante las veladas se retiraba por algunas horas, protestando descansar, pero que la luz no se extinguía, y un observador la hubiera visto sentada delante del caballete y pintando con poderoso afán.

A pesar de haber perdido la mayor parte de los objetos, y de no poseer nada, el enfermo no carecía de lo necesario, y todas las más perentorias necesidades estaban cubiertas.

Marcos, débil y achacoso, no fijaba su atención en estos detalles, y se dejaba cuidar como los niños, agradeciendo la solicitud de Esperanza y mirando en ella su ángel guardián.

—¿Cómo podría pagarte tanta ternura? —le decía.

—Es mi deber para quien ha hecho conmigo las veces de padre.

—Pero debemos de carecer, es decir, mi Julio y tú, de lo más preciso.

—No tenga usted cuidado por nosotros; Dios no nos abandona.

—Pero…

—He encontrado trabajo, que me remuneran bien; bordo, y con el producto vivimos.

—¿Pero y mi Concepción?, ¿cómo cumplir mi compromiso?

—He hablado a varios cofrades, y esperan.

—Todo lo allanas.

—No; el nombre de usted es tan venerado, que su desgracia interesa a todos.

El pintor veía fácil todo cuanto decía la joven, y se tranquilizaba, esperando mejores días; pero sus achaques aumentaban, y aun cuando no era anciano, su cabeza desvariaba y su débil naturaleza resistía únicamente por el esmero con que era atendido.

Desde muy joven luchó como lucha todo aquel que aspira a crearse un nombre, y solo y sin apoyo vegetó hasta que un cuadro suyo fue premiado, premio debido a su mérito, pero que Marcos atribuía al favor de un amigo suyo, escultor de gran fama.

Entonces conoció a la madre de Julio: la amó, se unió a ella, y durante algún tiempo fue feliz.

Su compañera era una sensitiva que se marchitó al primer choque que recibió, muriendo al dar a luz a Julio, y dejando a Marcos medio loco de desesperación: no tenía parientes, ni amigos, ni afecciones: todas las había reconcentrado en Clemencia; ella era la luz que iluminaba su camino; era su esperanza, era su consuelo; muerta ella, fue un cuerpo sin alma, y solo Esperanza pudo templar en parte su dolor; pero sin que recobrara su perdido vigor.

Empezaba, sin embargo, a convalecer: ya solía bajar algunos ratos al patio, y se distraía con la sonrisa y las caricias de su hijo.

Un día, al bajar la escalera, oyó una voz de hombre, y estas palabras llegaron a sus oídos.

—Al mismo precio que los otros, pero sin este boceto: para que usted vea que soy justo, vale más.

—¡Cielos!, la necesidad le habrá hecho vender mis cuadros a vil precio.

Y un temblor convulsivo se apoderó de él.

—¿Quién estaba aquí? —le pregunta a la joven.

—Un hombre que… que venía a encargarme algunos bordados.

—No es verdad; me engañas, Esperanza.

La joven bajó los ojos ruborizada y no contestó.

—¿Has vendido mis cuadros? Te disculpo porque lo han exigido las circunstancias.

—No lo crea usted, maestro; sus cuadros están en casa.

—Mis bocetos…

—También; solo vendí en un principio los que no eran obra de usted y las alhajas.

—Pues no me queda duda que escuché… en fin, no quiero atormentarte.

Al día siguiente, estando Marcos ocupado en probar sus fuerzas para salir por primera vez, sintió la misma voz del día anterior en el comedor: con cautela se fue acercando, presentándose repentinamente.

Esperanza tornose densamente pálida, y Marcos dijo:

—¿Es usted Mauricio?

—Sí, señor; venía a llevarme algunos cuadritos de paisaje, de esos que pueden pagarse a quinientos reales.

—Yo no tengo cuadros de ese precio.

—Ya comprendo que solo las circunstancias hacen a usted trabajar con tan inmensa rebaja; pero como debo pagar los que llevé hace cinco días, aquí está el dinero.

—¿Qué dice usted?

—Maestro, yo diré a usted —interrumpió Esperanza con acento suplicante.

—Lo que es este que me acaba de dar su sobrina de usted ya comprendo que no es de precio tan bajo.

Marcos se fijó entonces en un precioso cuadro que Mauricio había apoyado contra una silla.

Representaba una escena de familia; pero acabada, perfecta.

Era su colorido, sus detalles, sus claros oscuros, la expresión de las figuras, todo, en fin, de mano maestra.

Esperanza, temblorosa y con lágrimas en los ojos, le miraba entre avergonzada y suplicante.

Todo lo comprendió: era un genio que se revelaba; por salvarle de la ruina había trabajado sin descanso, y procurando imitarle, llegaba a ser una gran pintora.

—Llévese usted ese cuadro; pero no con mi firma, puesto que no es mío, sino de esa niña.

Mauricio comprendió a su vez y admiró a la joven, llevándose los cuadros y pagándolos a doble precio.

—¿Por qué te ocultabas de mí, hija mía? —preguntó Marcos—. Julio —añadió tomando a su hijo sobre sus rodillas—: aprende con el ejemplo de Esperanza a ser laborioso y útil.

—Maestro, yo he aprendido de usted.

Pero aquel día estaba destinado a ser fecundo en peripecias y a formar época en la vida del pintor.

Un encargado de la cofradía se presentó por la tarde, y después de congratularse al ver al pintor, dijo:

—Nos felicitamos que la enfermedad de usted haya sido un pretexto para entregarse más asiduamente al trabajo, y que haya dado por resultado una obra tan maravillosa como nuestra Concepción: mañana es la gran fiesta, y no dudamos que usted asistirá para ver descorrer el velo.

El pintor lanzó una exclamación de asombro, y levantándose precipitadamente, corrió a su estudio.

El caballete estaba en el mismo sitio, pero el lienzo de la Virgen no.

—¡Esperanza! —gritó—. ¡Esperanza!

La joven acudió a su llamamiento y se arrojó a sus pies.

—Perdóneme usted, maestro, se lo suplico; ha sido un atrevimiento; pero…

—¡Mi Concepción concluida por ti! No quiero descubrirte hasta juzgar por mí mismo.

El cofrade le manifestó que vista la belleza y mérito del cuadro, no vacilaban en aumentar al precio estipulado una cantidad destinada como obsequio al pintor.

Llegó el día siguiente, y un inmenso público llenaba las naves del templo lanzando un grito de asombro al descubrirse el cuadro de la famosa Concepción.

Era una maravilla del arte; toda la pureza celestial resplandecía en el rostro de la imagen; pero sobre todo, lo más prodigioso era el ropaje, el manto, que parecía desprenderse del cuadro; tal era su maravillosa exactitud y verdad.

Jamás pudiera darse mayor perfección.

Marcos, conmovido, buscó con la vista a Esperanza y la encontró humildemente arrodillada en una capilla, pero elevada la mirada a Dios y el semblante resplandeciente.

La aureola de la gloria circundaba su frente, y el genio resplandecía en sus ojos.

Marcos lo comprendió todo; era amado y la pasión había hecho milagros.

El pintor admiró el talento y se sintió pequeño ante aquella sublime criatura.

La amó y la veneró.

Dos meses después era la joven esposa de Marcos y segunda madre de Julio.

Aquellas dos almas gemelas se unieron para siempre.

Notas

1.

En ella habitó doña Aldonza Coronel, amada de don Pedro de Castilla.

 

“El periódico para todos" (Madrid).1875

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