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William Shakespeare

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La violación de Lucrecia

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La violación de Lucrecia
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¡Ved! Como el galgo harto de alimento, o el halcón ahíto, incapaces ya de la finura del olfato o la rapidez del vuelo, persiguen lentamente o dejan escapar por completo la presa que de natural ansían, así es en esta noche la actitud de Tarquino saciado. Su manjar delicioso, agriándose por la digestión, devora su deseo, que hacía vivir una torpe voracidad.

¡Oh crimen profundo, que no puede concebirte el pensamiento que se sumerge en la mar apacible del ensueño! Fuerza es que el Deseo, borracho, vomite lo que ha ingerido, antes de considerar su propia abominación. En tanto impera la insolencia de la lujuria, ningún freno puede dominar su ardor ni reprimir su deseo temerario, hasta que la propia obstinación se fatigue y caiga como un rocín.

Y entonces, con las mejillas flacas, lacias y descoloridas, con los ojos apesarados, arrugado el entrecejo y el paso vacilante, el débil Deseo, todo apocado, pobre y humilde, semejante a un insolvente mendigo, se lamenta de su situación. Mientras la carne se siente lasciva, el Deseo lucha con la Virtud, pues entonces se halla embriagado; pero cuando la excitación sensual de la primera cae, el rebelde culpable suplica para obtener perdón.

He aquí lo que sucede a este facineroso noble romano, que tan ardorosamente perseguía la ejecución de su deseo. Porque ahora pronuncia contra sí mismo esta sentencia: que se halla por siempre envilecido; que, además, el soberbio templo de su alma está profanado, y que sobre sus tristes ruinas se congregan legiones de inquietudes para preguntar a esta princesa mancillada en qué estado se encuentra.

Ella responde que sus súbditos, por una odiosa insurrección, han derribado sus sacrosantas murallas, y, por su crimen mortal, reducido a servidumbre su inmortalidad, haciéndola esclava de una muerte viviente y de una pena eterna. Que, gracias a su presciencia, les había resistido siempre; pero su previsión no pudo prevenir su voluntad.

Presa de estos pensamientos, se desliza a través de la noche tenebrosa, cautivo vencedor que ha perdido en la ganancia, llevando la herida que nada curará, la cicatriz que remedio alguno hará desaparecer, y dejando a su víctima entregada a los dolores más grandes. Ella soporta el peso de la lujuria que él ha dejado tras sí, y él la carga de un alma culpable.

Semejante a un perro ladrón, se esquiva tristemente de la estancia. Ella, como una oveja fatigada, queda allí palpitante. El se enfada consigo mismo y se aborrece por su atentado; ella, desesperada, se desgarra la carne con sus uñas; él huye despavorido, transpirando el miedo de su crimen; ella permanece maldiciendo esta noche horrorosa; él se aleja y se reprocha su execrado placer fugaz.

El se retira de allí, penitente, anonadado. Ella queda náufraga, sin consuelo. El anhela en su prisa la luz de la mañana. Ella implora no ver jamás el día. «Porque el día –dice– descubre las faltas de la noche, y mis ojos sinceros no han aprendido nunca a ocultar las afrentas bajo el disimulo de una mirada.

»Creen que los demás ojos no podrán ver sino la misma desgracia que ellos contemplan, y por eso querrían permanecer siempre en las sombras, a fin de guardar en secreto su secreta infamia. Porque con sus lloros revelarán su ultraje, y como el agua corroe el acero, grabarán sobre mis mejillas la desesperada vergüenza que siento.»

He aquí a ella clamar contra el reposo y el sueño, y condenar sus ojos a una eterna ceguera. Golpeándose el pecho, despierta su corazón y le manda salir fuera y buscar algún seno más puro, que sea digno de encerrar un alma tan pura. Frenética de dolor, exhala así su odio contra la discreción silenciosa de la noche:

«¡Oh Noche, asesina de la felicidad, imagen del infierno! ¡Sombrío protocolo y escribano de la vergüenza! ¡Siniestra escena de tragedias y de horrendos asesinatos! ¡Vasto caos, encubridor de crímenes! ¡Nodriza de oprobios, ciega y velada celestina, albergue tenebroso de la infamia, horrible antro de la muerte, conspiradora cuchicheante con la traición de lengua muda y con el raptor!

»¡Oh Noche odiosa, de vapores y brumas! Pues eres culpable de mi crimen sin remedio, ¡reúne tus tinieblas para salir al encuentro de la luz del Oriente y hacer guerra contra el curso ordenado del tiempo! Y si quieres permitir al sol que trepe hasta su altura acostumbrada, circunda al menos su cabeza de oro, antes de ponerse, de nubes ponzoñosas.

»Corrompe el aura matinal con una humedad fétida; que sus exhalaciones pútridas hagan enfermar a esta pureza viviente, el supremo Febo, antes que arribe a su penosa cúspide meridiana, y puedan sus tensas brumas marchar en batallones tan espesos, que su luz, ahogada en sus filas humosas, se ponga a mediodía y ocasione una noche perpetua.

»Si Tarquino fuese la Noche, en vez de ser únicamente hijo de la Noche, mancharía a la reina de resplandores plateados, y las estrellas, sus doncellas de confianza, violadas también por él, no osarían mostrarse sobre el seno tenebroso de la noche. Así, mi pena hallaría copartícipes; que el dolor repartido se hace menos sensible, como las pláticas de los palmeros abrevian su peregrinación.

»Mientras que ahora no tengo a nadie que se sonroje conmigo, que cruce los brazos; que, imitándome, incline al suelo la frente, se encubra la cara y oculte su vergüenza, sino que yo sola he de gemir sola en mi abandono, sazonando la tierra con lluvias de llanto salino de plata, mezclando lágrimas a mis palabras, sollozos a mi dolor, pobres sepulcros deshechos de una lamentación eterna.

»¡Oh Noche, horno de odiosos y espesos vapores! ¡No permitas que el día celoso contemple esta cara que, bajo tu negro manto que todo lo cubre, oculta los estigmas con que la ha desfigurado el impudor! Guarda siempre la posesión de tu poder tenebroso, para que todas las faltas cometidas en tu reinado queden igualmente sepultadas en sus sombras.

»¡No me hagas objeto de las revelaciones del Día! Su luz mostrará impresa en mi frente la historia de la ruina de una inefable castidad, la ruptura impía de los juramentos sagrados del matrimonio. Sí; el iletrado que no sepa cómo descifrar lo que está escrito en los libros doctos, desentrañará en mis miradas mi asquerosa violación.

»La nodriza, para acallar a su pequeñuelo, le contará mi historia y amedrentará a su lloroso nene con el nombre de Tarquino. El orador, para adornar su elocuencia, asociará mi oprobio a la infamia de Tarquino. En las fiestas, los ministriles, cantando mi infortunio, cautivarán la atención del auditorio, al relatar línea por línea cómo me ultrajó Tarquino y yo a Colatino.

»¡Que mi buen nombre, esta reputación inaprehendible, quede sin mancha por amor de mi amado Colatino! Si mi honor se convierte en tema de disputa, la podredumbre alcanzará las ramas de otro tronco y un reproche inmerecido le será asignado al que es tan inocente de mi culpa como pura era yo antes de ahora para Colatino.

»¡Oh oculta vergüenza! ¡Desgracia invisible! ¡Oh llaga que no se siente! ¡Herida intima, ultraje del crestón de la celada! La vergüenza queda inscrita en la frente de Colatino, y los ojos de Tarquino podrán leer de lejos la inscripción que cuente cómo fue herido en la paz y no en la guerra. ¡Ay! ¡Cuántos existen que llevan sin advertirlo estos golpes afrentosos, que únicamente conocen los que los han dado!

»Si es verdad, Colatino, que tu honor radica en mi, sabe que este me ha sido arrebatado por el asalto de la violencia. Mi miel está perdida, y yo, abeja semejante a un zángano, nada conservo de mi panal de estío, saqueado y sustraído por injuriante hurto. En tu frágil colmena se ha introducido una avispa vagabunda y libado la miel que tu casta abeja depositaba.

»No obstante, soy culpable del naufragio de tu honor. Y, sin embargo, en honor tuyo recibí a Tarquino; viniendo de tu parte, no podía despedirle, pues hubiera sido un deshonor tratarle con desdén. Además, quejábase de cansancio y hablaba de virtud. ¡Oh! ¡Maldad imprevista, cuando la virtud es profanada por un demonio semejante!

»¿Por qué el gusano se introduce en el capullo virginal, o los odiosos cuclillos incuban en los nidos de los gorriones, o los sapos infectan con fango venenoso los manantiales puros, o la demencia tiránica se desliza en las almas nobles, o por qué violan los reyes sus propios decretos? Pero no hay perfección en si tan absoluta que no la manche alguna impureza.

»El anciano que embaúla su oro se ve aquejado por calambres, gota y crueles dolores, y apenas tiene ojos para contemplar su tesoro, pues, semejante a Tántalo, siempre desfallecido, entroja inútilmente la cosecha de su industria, sin alcanzar otro goce de su ganancia que el tormento de pensar que esto no puede curar sus males.

»Así, pues, posee las riquezas, cuando de nada le sirven, y las transmite en propiedad a sus hijos, que, rebosando orgullo, abusan de ellas inmediatamente. El padre era demasiado débil y ellos son demasiado fuertes para conservar largo tiempo su maldita y a la vez dichosa fortuna. Las dulzuras que hemos anhelado se cambian en detestables acideces desde el momento en que podemos llamarlas nuestras.

»Ráfagas de viento impetuosas acompañan a la tierna primavera; plantas nocivas mezclan sus raíces con las flores más lozanas; la serpiente silba donde cantan los melodiosos pájaros; lo que engendra la virtud lo devora la iniquidad. No hay bienes que podamos llamar nuestros, pues la aciaga oportunidad destruye su vida o altera sus cualidades.

»¡Oportunidad! ¡Oh! ¡Grande es tu culpa! Tú eres la que pone por obra la traición del traidor; la que guía al lobo al sitio en que puede esperar al cordero. Tú muestras la hora propicia al que trama el atentado. Tú eres la que vejas al derecho, a la ley, a la razón; y en tu caverna sombría, donde nadie puede descubrirlo, se embosca el Pecado para apoderarse de las almas que se le aproximan.

»Tú obligas a la vestal a que viole su juramento; atizas la llama que funde el hielo de la moderación. ¡Ahogas la honradez, asesinas la verdad! ¡Indigna provocadora, conocida alcahueta! ¡Siembras el escándalo y extirpas la alabanza! ¡Corruptora, traidora, ladrona, desleal, tu miel se cambia en hiel, tu alegría en dolor!

»Tus goces secretos truécanse en vergüenza declarada, tus festines privados en ayuno público, tus lisonjeros títulos en un despreciable nombre; tu elocuencia azucarada tiene el amargo sabor del ajenjo, tus vanidades violentas no pueden nunca subsistir. ¿Cómo, pues, vil Oportunidad, siendo tan detestable, te buscan tantas gentes?

»¿Cuándo consentirás en ser la amiga del humilde suplicante y en conducirle allí donde podría acogerse su petición? ¿Cuándo fijarás la hora favorable para terminar grandes querellas o para liberar el alma que la miseria ha agarrotado? ¿Cuándo darás medicina al enfermo y alivio al postrado? El pobre, el impedido, el ciego, se tambalean, se arrastran, te invocan; pero ¡nunca se encuentran con la Oportunidad!

»El paciente muere mientras el físico reposa, el huérfano desfallece en tanto el opresor se harta, el juez festeja mientras llora la viuda; la consulta se divierte mientras el contagio se propaga. ¡No concedes un instante a los actos caritativos! ¡La cólera, la envidia, la traición, el rapto, el furor asesino, escoltan siempre como pajes suyos tus horas odiosas!

»Cuando la Verdad y la Virtud necesitan de ti, mil obstáculos les separan de tu apoyo. Compran tu ayuda, pero el Pecado no da jamás un óbolo; llega gratis y tú te muestras tan complaciente en oírle como en concederle lo que solicita. Mi Colatino hubiera podido venir aquí al mismo tiempo que Tarquino, mas tú le retuviste.

»Eres reo de asesinato y robo; reo de soborno y perjurio; reo de traición, falsedad e impostura; reo de esa abominación llamada incesto. Y cómplice, por inclinación natural, de todos los crímenes pasados y de todos los venideros, desde la Creación hasta el Juicio final.

»¡Tiempo deforme, compinche de la odiosa Noche, ágil y sutil correo, mensajero del terrible cuidado, devorador de la juventud, falso esclavo del falso placer, vil guardián de los dolores, caballo de carga del crimen, trampa de la virtud, que alimentas lo que es y matas lo que existe! ¡Oh! Escúchame, pues, Tiempo injurioso y desleal; sé culpable de mi muerte, ya que lo eres de mi deshonra.

»¿Por qué tu sierva, la Oportunidad, ha traicionado las horas que me otorgaste para el descanso, roto mi fortuna y encadenado mi vida a la data eterna de un dolor inacabable? El oficio del Tiempo es poner fin al odio de los enemigos, destruir los errores engendrados por la opinión y no malgastar las arras de un lecho legítimo.

»Gloria del Tiempo es dirimir las contiendas entre los príncipes; desenmascarar la falsedad y hacer que la verdad resplandezca; imprimir el sello de los siglos en las cosas pasadas; velar durante el día y servir de centinela en la noche; perseguir al injusto hasta que vuelva al derecho; aniquilar bajo el peso de tus horas los edificios magnificentes y ensuciar de polvo sus centelleantes torres doradas.

»Carcomer por todas partes los suntuosos monumentos; alimentar el olvido con la decadencia de las cosas; borrar los antiguos códices y alterar su contenido; arrancar plumas a las alas de los viejos cuervos; secar la savia de las seculares encinas y nutrir sus brotes; deteriorar las antigüedades de acero forjado, y dar vueltas a la caprichosa rueda veloz de la Fortuna.

»Presentar a la abuela las hijas de su hija; hacer del niño un hombre y del hombre un niño; matar el tigre que vive del asesinato; domar al unicornio y al salvaje león; burlarse del astuto convirtiéndolo en engañado; esperanzar al labrador con una cosecha abundante, y destruir enormes piedras en menudas gotas de agua.

»¿Por qué cometes el mal en tu peregrinación, si no puedes volver sobre tus pasos para repararlo? Un simple minuto de vuelta atrás te crearía en un siglo entero un millón de amigos, pues otorgaría sensatez a los que prestan a malos deudores. ¡Oh! ¡Si quisieras retrogradar en una hora esta terrible noche, yo podría precaver esta tormenta y eludir tu naufragio!

»¡Tú, lacayo inmortal de la Eternidad, detén en su fuga a Tarquino con cualquier percance; inventa por encima de lo posible cuanto pueda concebirse de extraordinario para hacerle maldecir esta noche maldita y criminal! ¡Que espectros terribles espanten sus ojos impúdicos, y que el cruel pensamiento de su perversa acción transforme cada zarza en un diablo horriblemente deforme!

»Turba sus horas de descanso con inquietantes angustias, aflígele en su lecho con postrados sollozos; abrúmale con accidentes lamentables que le hagan gemir, mas que sus gemidos no hallen piedad; lapídalo mediante corazones empedernidos más duros que las piedras, y que las dulces mujeres, olvidando sus dulzuras, sean con él más selváticas que los tigres en su selvatiquez.

»Dale tiempo para que se arranque su cabellera rizada; dale tiempo para que delire de furor contra sí mismo, dale tiempo para que desespere del auxilio del Tiempo; dale tiempo para que viva la vida de un aborrecido esclavo; dale tiempo para que implore las sobras de un mendigo, y tiempo para que vea a un hombre que vive de limosna negarle con desdén los mendrugos que desdeña.

»Dale tiempo para que vea a sus amigos cambiarse en enemigos, y a los alegres locos burlarse de él a su paso; dale tiempo para que note con qué lentitud se desliza el Tiempo en los tiempos de aflicción, y cuan vivos y rápidos fueron sus tiempos de demencia y sus tiempos de placer. ¡Y que perpetuamente su irremisible crimen tenga tiempo de gemir por el abuso que ha hecho de su tiempo!

»¡Oh Tiempo, tú que eres igualmente el tutor de los buenos y de los malos, enséñame a maldecir al que enseñaste este crimen! ¡Que el ladrón se vuelva loco ante su misma sombra y busque a cada instante el suicidio! ¡Manos tan miserables debieran verter solas sangre tan miserable! Porque ¿quién es tan vil que desee el oficio de abyecto verdugo de tan vil esclavo?

»Descendiendo de un rey, nadie tan bajo como él, pues destruye sus esperanzas con actos degenerados. Cuanto más poderoso es el hombre, mayor poder alcanza lo que conquista su veneración o engendra su odio; pues la infamia es tanto más alta según la acompañe el más alto estado. Cuando una nube cubre la luna, en seguida se nota la ausencia del astro, pero las pequeñas estrellas pueden ocultarse cuando les parece.

»El cuervo puede bañar en el lodo sus alas negras como el carbón y emprender su vuelo sin que en ellas se aperciba el fango; pero si el cisne de blancura de nieve desea hacer lo propio, la mancha quedará sobre su plumón de plata. Los pobres criados son parecidos a la noche ciega; los reyes, al día espléndido. Los mosquitos, por dondequiera que vuelen, no son advertidos; empero todos los ojos siguen el vuelo de las águilas.

»¡Fuera palabras estériles, servidoras de los tontos de cerebro vacío! ¡Atrás, sones inútiles, débiles árbitros, id a buscar vuestro empleo en las escuelas donde se entabla un asalto de disputas; tened vuestros debates donde estúpidos argumentistas tienen tiempo de divertirse; servid de abogados a clientes llenos de temor! En cuanto a mí, no me cuido del razonamiento más que de una paja, pues mi caso está fuera del apoyo de la ley.

»En vano insulto a la Oportunidad, al Tiempo, a Tarquino, a la lúgubre Noche; en vano armo pleitos con mi infamia; en vano rechazo mi desgracia, demasiado cierta. Este inútil humo de palabras no me hace ninguna reparación. El solo remedio que puede curarme es obligar a que salga de mis venas mi sangre odiosamente mancillada.

»Pobre mano, ¿por qué te estremeces ante este decreto? Hónrate en librarme de la presente ignominia; pues si muero, mi honor vivirá en ti; pero si vivo, vivirás en mi deshonor. Puesto que no pudiste defender a tu leal señora, y te causó miedo desgarrar la cara de su criminal enemigo, ¡mátate y mátala por haber cedido de este modo!»

Esto dicho, salta del lecho en que está tendida, para buscar cualquier desesperado instrumento de muerte; pero su casa, que no es un albergue criminal, no le brinda herramienta alguna capaz de abrir más largo paso a su respiración, que, esfumándose por sus labios, se desvanece como el humo del Etna, que se consume en el aire, o como el que se escapa de un cañón descargado.

«En vano –exclama– vivo y en vano busco un medio feliz de terminar una vida desgraciada. Sentí miedo de que me asesinase la falce de Tarquino, y, sin embargo, busco un puñal que me haga oficio semejante; pero cuando tenía miedo era una esposa fiel; lo soy aún... ¡Oh! ¡No, no lo soy! ¡Tarquino me ha despojado de este noble carácter!

»¡Oh! ¡He perdido lo que me hacía desear la vida; ya no debo, por tanto, temer la muerte! Borrando con ella esta mancha, doy al menos a mi librea de oprobio un galón de honor, una vida muriente a una viviente infamia. ¡Triste remedio irremediable, quemar, después de robado el tesoro, la inocente alcancía que lo encerraba!

»Bien, bien, amado Colatino; no conocerás el gusto corrompido del juramento violado. No ultrajaré tu sincero afecto hasta el punto de mecerte en el error de que mi lazo conyugal permanece inmaculado. Este injerto bastardo no alcanzará nunca desarrollo. El que manchó tu raíz no dirá, alabándose, que eres el tierno padre de su propio fruto.

»No sonreirá de ti en sus secretos pensamientos; no se reirá de tu infortunio con sus camaradas. Porque sabrás que tu bien no fue vilmente vendido por oro, sino arrancado por la violencia fuera de tus propias puertas. En cuanto a mí, soy la dueña de mi injuria hasta que la vida haya pagado a la muerte el precio de mi ofensa forzada.

»No te envenenaré con mi mancilla; no cubriré mi falta con excusas diestramente forjadas; no colorearé mi negro pecado para disimular la realidad de los ultrajes de esta pérfida noche. Mi boca lo confesará todo; mis ojos, semejantes a esclusas, parecidos a las fuentes que bajan de la montaña a vivificar el valle, dejarán correr puras corrientes, que lavarán mi impuro relato.»

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