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William Shakespeare

William Shakesperare

El rey Lear

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A través de la noche borrascosa

Biografía de William Shakespeare en Wikipedia


 
 
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Música: Chopin - Nocturne in C minor

A través de la noche borrascosa
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A través de la obscuridad y envuelto en los jirones de la tormenta abandonó el rey Lear el castillo de Gloucester; pero ¿qué mella hablan de hacer en él ni las tinieblas de la negra noche, ni la tempestad en brazos del huracán, si estaba loco?... El infeliz había perdido la razón, y solo, descubierta la cabeza, vagaba arrastrado por el viento, calado hasta los huesos por el torrencial aguacero, aturdido por los rugidos del true no y a la siniestra luz de los relámpagos, arrancábase los cabellos y arrojaba terribles imprecaciones contra los conjurados elementos.

— ¡Soplad, vientos, hasta reventar vuestros hinchados carrillos...— exclamaba Lear en su delirio;— soplad con rabia!, ¡y tú, cielo, escupe fuego; vomita lluvia!... ¡Oh lluvia, oh viento, oh truenos, oh rayos; mejores sois que mis hijas!..., a vos otros no puedo acusaros de ingratitud; no os di mi reino, ni os llamé jamás con el tierno nombre de hijos; no me debéis favor ninguno; ¡ea, pues, seguid divirtiéndoos, aunque sea a costa mía! Aquí tenéis, a merced de vuestros salvajes juegos, a un pobre viejo, enfermo, agotado y despreciado de todos.

Luego, cambiando de tono, dice:

— ¡Y vosotros, serviles ministros de dos nefandas hijas, que hacéis causa común con ellas sin que os conmuevan las canas ni el respeto debido a la ancianidad, que criminales sois!

De esta manera iba el infeliz y abandonado monarca desfogando su loco coraje en inútiles imprecaciones, mientras el bufón, su fiel y adicto compañero, sostenía sus vacilantes pasos y se esforzaba en calmar la desesperación del soberano con intempestivas ocurrencias.

Entretanto, empero, los amigos de Lear trabajaban en favor de él. Había llegado a oídos del conde de Kent, que el duque de Albania no corría muy bien con el de Cornuailles, aunque por mutuas consideraciónes sociales, su astucia velaba la interior discordia de pareceres y aspiraciones. Informándose había el de Francia de la inhumana conducta que ambos yernos observaran con el anciano rey, y faltóle el tiempo a Cordelia para ir en auxilio de su padre, desembarcando en Douvres con una escuadra para lo que fuese necesario. Soliviantado también el duque de Gloucester por la brutal indignidad de Regana y su esposo, estaba dispuesto a no abandonar a su soberano. Mientras el rey Lear andaba luchando a brazo partido con el huracán y la tormenta, supo Gloucester que se estaba tramando un complot contra la vida de Lear: tomó, pues, las medidas necesarias para salvarle y en seguida púsose en la pista del fugitivo. Hallólo efectivamente en el solitario páramo, albergado junto con el bufón, en una miserable choza adonde con gran pena habían podido llegar cansados de bregar contra la furia de la tormenta. El pobre anciano había perdido completamente el juicio, y su enfermo cerebro veíase obsesionado por la atormentadora idea de la implacable ingratitud de sus hijas que le redujera a aquel lamentable estado: afortunadamente, pues, los pocos amigos que le quedaban, iban a prodigarle los cuidados y el afecto que le negaran sus propias hijas, y a no tardar sus esfuerzos habían de librarle de las manos de sus enemigos.

— Amigo mío Kent— dijo Gloucester; — aquí traigo una litera; tómale en brazos y ponle en ella; parte inmediatamente con él a Douvres, que alii se os dará buena acogida y se os auxiliara convenientemente. Date prisa, pues, por poco que te detengas, será lo suficiente para que perdáis la vida tú, el soberano y cuantos habéis querido defenderle y ampararle.

Gracias al afecto de los pocos fieles amigos que le quedaban, fue el rey llevado sano y salvo a Douvres; pero la leal conducta del duque de Gloucester para con su soberano, había de tener fatalmente tristes consecuencias. Enterado el duque de Cornuailles que a Gloucester se debía el que Lear hubiese burlado los planes trazados para darle muerte, con una barbarie sin ejemplo le hizo sacar los ojos, y después, la impía Regana ordenó a su gente que arrojasen a Gloucester de su propio castillo.

Pero no quedó sin castigo el criminal proceder del sanguinario duque de Cornuailles, pues uno de sus caballeros, indignado ante tamaña crueldad, negóse a cumplimentar sus órdenes, por lo cual el duque se arrojo sobre él: mientras se estaban los dos batiendo llego Regana y en auxilio de su esposo, dió una puñalada al caballero en la espalda, pero éste tuvo tiempo para herir gravemente al duque de Cornuailles, quien cayó muerto a los pies de Regana.

Entretanto había ya llegado a Douvres el rey Lear, y Cordelia se preparaba a dar a su anciano padre una cariñosa acogida y prodigarle toda clase de cuidados. Pero el remordimiento y la vergüenza que le producía el recuerdo de la injusticia con que tratara a Cordelia despojándola de sus derechos en beneficio de sus indignas hermanas, tenían obsesionado el espíritu del rey Lear, de tal manera, que no se atrevió a presentarse ante Cordelia y a mí llegó a escapar del campamento francés. Cordelia envió gente en su busca y le hallaron erran te y perdido en la ribera, extrañamente adornado de flores silvestres, aunque conservando, en medio de su demencia, la majestad del soberano. Lleváronlo, pues, al campamento francés y sometiéronlo a un experimentado médico, quien afirmó que su quebrantado espíritu solo hallaría alivio en el descanso y reposo. Acostáronle en confortable lecho, y sus servidores colocáronse alrededor de su tienda para impedir que ruido alguno perturbase su dulce sueño; dispúsose, además, que tocase una suave música; en fin, no se dejó de hacer cosa alguna de las que se consideraron conducentes a su descanso y alivio.

Así se entregó el rey a un prolongado y reparador sueño: al despertar, su hija y sus fieles compañeros echaron de ver con alegría que había recobrado su equilibrio y que discurría como persona cuerda.

Lo primero que vió al abrir sus ojos, fue el amoroso rostro de Cordelia: al principio, creyó Lear que era una visión del otro mundo, y trabajo le costó persuadirse de que era aquella realmente su hija: parecíale que aún estaba delirando.

— ¿En dónde he estado, infeliz de mi? ¿en dónde estoy ahora?— murmuraba, — paseando alrededor de si sus espantados ojos. De pena moriría yo, si viese a otro en la situación en que me he visto. No sé lo que me pasa. No acierto a comprender el misterio de mi vida: no podría jurar que estas son mis manos. Vamos a verlo; probare si me siento de este alfiler..., voy a ver si soy realmente yo mismo, o si es un sueño lo que me está pasando.

Los asistentes le miraban aun con pena y se preguntaban ansiosos que fin iba a tener aquel estado de ánimo del rey.

Vino entonces Cordelia, y con dulce y conmovedora voz, le dijo: — ¡Oh señor y padre mío!, miradme; extended sobre mi vuestras manos y bendecidme. — Y al ver que su padre se ponía de rodillas, se lo prohibió; por lo cual el rey díjole con temblorosa voz:

— No os burléis de mí; tened más bien compasión de este anciano que a sus ochenta años (ni una hora más ni una hora menos) ya chochea y teme, hablándoos con franqueza, no estar en su sano juicio. Paréceme que no me sois desconocida ni vos, ni este hombre que tenéis al lado...; pero dudo de lo que veo (dice mirando azorado a los circunstantes, como implorando su benevolencia) e ignoro en que sitio del mundo me encuentro. Lo que os suplico es que no os riais de mí, al deciros que como creo que soy hombre, creo también que esta señora es mi hija Cordelia.

— Si, padre mío; yo soy Cordelia— dícele sin poder contener las lágrimas que su corazón enternecido le hace asomar a los ojos.

— ¿Y lloras tú también? — dice el rey Lear acariciando suavemente a Cordelia. — ¡Ah! no llores, no: dame más bien, si lo tienes, un veneno y lo tomaré gustoso. Me consta que no puedes amarme, pues tus hermanas (muy bien me acuerdo) me han hecho mucho mal; y cuento con que tú, sobrada razón tienes para hacérmelo; ellas no.

—Razón, ninguna— dice enérgicamente Cordelia.

— ¿Acaso estoy en Francia? — pregunta Lear.

— En vuestro propio reino, señor — responde respetuosamente Kent.

— No me engañéis— replica con voz suplicante aquel rey, en otro tiempo tan altivo.

Toma entonces el médico la palabra y dice:

— Señora, estad tranquila; que la furiosa locura de vuestro padre ha pasado ya; pero es peligroso traer a su memoria hechos antiguos. Procurad no impresionar su espíritu con re cuerdo alguno hasta que no esté bien solidado y sus faculta des no se hayan afianzado en el equilibrio necesario.

— ¿Gustaría Vuestra Alteza de pasear un poco? — pregúntale Cordelia con su acostumbrada dulzura.

— Gran indulgencia habréis de usar conmigo — responde humildemente el anciano. — Olvidad lo sucedido y perdonad me: soy un viejo estúpido.

Tan quebrantado y abatido como le vemos, aquel monarca en otros tiempos tan altivo e impetuoso, se aleja, sirviéndole de amable apoyo aquella amante hija que el despreciara y a la que privara de su herencia.

Con gusto daríamos aquí por terminada esta historia, con templando al anciano rey que poco antes vagaba a merced de la borrasca, amparado ahora y colmado de caricias y atenciones por la dulce Cordelia. Pero el destino había de cebarse cruelmente en aquellos dos seres infelices. El rey de Francia fue llamado repentinamente y con toda urgencia a su país a causa de un asunto de Estado grave y tremendo que reclamaba su regreso. Era que durante su ausencia, las tropas francesas habían sido atacadas por las fuerzas de Gonerila y Regana confederadas y al mando de un traidor, llamado Edmundo, hijo del leal conde de Gloucester. Desgraciadamente la victoria fue para Inglaterra, y Cordelia y el rey Lear fueron capturados.

Mandó Edmundo que los encerraran en una cárcel, en la que entró el rey Lear gozoso, pues se tenía por feliz considerando que estaba al lado de su hija, pues ella formaba su única felicidad en el mundo. Tan pronto como estuvieron encarcelados, envió Edmundo a la cárcel un propio con instrucciones secretas, que debían ponerse en ejecución sin pérdida de momento. Apenas había partido el mensajero, cuando el sonido de las trompetas anunció la llegada del duque de Albania y de Gonenla y Regana. Albano, más humano siempre que su mujer, dejóse llevar de la compasión: mucho tiempo hacia que los malos tratos dados al anciano rey afligían su buen corazón y eran objeto de su desaprobación. Además, había visto con horror, y su espíritu se había sublevado, al saber el acto de barbarie que había cometido Cornuailles haciendo sacar los ojos a Gloucester: había visto, pues, con satisfacción el justo castigo que sufriera el inhumano Cornuailles, pereciendo a manos de su criado.

Albano, pues, reclamó a Edmundo los dos prisioneros; pero negóse a ello el traidor, pretextando que la causa de Cordelia y su padre requería mayor espacio de tiempo para ser juzgada. Conminó el duque de Albania a Edmundo a que le obedeciese, haciéndole observar que en ley de guerra, como estaban entonces, era Edmundo súbdito suyo antes que hermano; pero interpùsose Regana y afirmó que era ella quien había investido de plena autoridad a Edmundo, por lo cual no era inferior a Albano; además había pensado darle su mano y casarse con él.

Suscitóse entonces viva polémica entre las dos hermanas. Gonerila estaba también enamorada de Edmundo y no había reparado en armar un complot para dar muerte a su marido y poder casarse con el traidor. Además, enterada de los proyectos de Regana, había puesto el colmo a su iniquidad haciéndola envenenar secretamente para quitarla de en medio. En plena polémica, pues, el veneno obró sus efectos y cayó muerta la infeliz Regana.

Entonces, el duque de Albania, sabedor del complot que tramara contra él su mujer, la delata públicamente. Gonerila, viendo fracasados sus planes, niégase a responder a las acusaciones de su marido, y saliendo impetuosamente se quita la vida.

Así perecieron aquellas dos impías y desnaturalizadas hijas. Entretanto Edmundo, herido mortalmente en combate, por su hermano Edgardo, el valiente campeón que había de castigar sus traiciones y crímenes, confesó que él y Gonerila hablan dado secretamente orden que Cordelia fuese ahorcada en la cárcel, y que al saberse la noticia, ellos se encargarían de decir que en un momento de desesperación había la infeliz atentado contra su vida.

Albano entonces mandó, a toda prisa, un mensajero a la cárcel encargado de revocar la fatal sentencia. Pero era ya tarde. Al momento mismo de traer a Edmundo luchando con las ansias de la muerte, compareció el rey llevando en brazos el cadáver de su hija. Pareció que enloquecía de nuevo el infeliz anciano, y los circunstantes quedaron transidos de pena a la vista del dolor y extravio del anciano rey. Ya se lamentaba de la muerte de su hija, ya se esforzaba en convencerse de que vivía aún.

— Traedme acá un espejo— dijo desesperado;— voy a ver si le queda algún aliento que lo empañe.

Acerca después una pluma a los labios de Cordelia y exclama: — ¡Ah! ¡mirad como se mueve! ¡vive, vive aún!... El conde de Kent postrase a los pies del rey, pero éste se aparta de él para agacharse sobre Cornelia cuyo cadáver yace tendido en el suelo.

— ¡Cordelia, Cordelia, aguarda un instante!...— exclama el alocado padre:— ¿no me respondes?

Aplica su oído y esforzándose por engañarse a sí mismo, procura explicar la causa de la sordera de su hija.

— Es que su voz ha sido siempre discreta, dulce y cariñosa — dice — ¡cualidad exquisita en una mujer!

Después, cambiando súbitamente de expresión, yérguese, y paseando a su alrededor una serena mirada, dice triunfante:

— ¡Ea! ya he dado muerte al esclavo que quería ahorcarte...

— Es verdad, señores; le ha dado muerte — replica un oficial.

— ¿Eh, amigo, que si?— dice con arrogancia el rey.— Tiempo hubo en que, con mi bien templado acero, los habría puesto a todos a buen recaudo. Ahora, empero, los años y las contrariedades han agotado mis fuerzas y aniquilado mis bríos. Y, ¿quién sois vos?, mis ojos ya no son de lince; pero o mucho me engaño, o sois Kent.

— El mismo, servidor vuestro.

Pero la razón del anciano rey iba desapareciendo por momentos en dirección a los confines de la demencia. En vano intenta Kent persuadir al monarca que él es su fiel compañero y que Gonerila y Regana murieron. El pensamiento del rey Lear concéntrase en su hija querida.

— ¡Ay!, ¿y mi pobre hija inocente ahorcada?, ¿ni un soplo de vida en este exánime cuerpo?— exclama desesperado el rey Lear. — ¡Ay!, ¿por qué ha de ser ella inferior a un perro, a un caballo, a un ratón que gozan del beneficio de la vida? ¿Ya no voy a verte mas, prenda adorada?, ¿jamás?... ¿jamás?...

En su delirio llévase la mano a la garganta como si se ahogase.

— Venid— exclama, — deshacedme este lazo.

Acércasele uno de los circunstantes y hace suavemente como que le suelta.

— Gracias, señor, gracias. ¿No la veis? Miradla, mirad que labios... mirad...

Y exhalando de su pecho un extraño grito, mezcla de alegría y de angustia, cae Lear muerto sobre el cadáver de su amada Cordelia. El rey de carácter impetuoso, cuyos defectos y errores dieron margen a tan crueles castigos, entraba final inerte en el imperio del eterno descanso.

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