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William Shakespeare

William Shakesperare

El mercader de Venecia

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Las dos sortijas

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Música: Chopin - Nocturne in C minor

Las dos sortijas
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Aplastado, vencido, salió Shylock del Palacio de Justicia, en medio de la gritería y pitadas de la muchedumbre que había concurrido ansiosa para saber el resultado de la vista. Antonio y sus amigos rodeaban al joven doctor en derecho que tan brillantemente había llevado el asunto y le testimoniaban su sincero agradecimiento. Ofreciéronle pingües honorarios, pero él rehusó decididamente toda remuneración.

Basanio entonces le suplicó que aceptase por lo menos un pequeño recuerdo, no en pago de su defensa, sino más bien en testimonio de gratitud. Por fin, no pudiendo resistir a sus instancias, el joven doctor echa una mirada a Antonio y le dice:

— Dadme vuestros guantes, yo los llevaré en recuerdo vuestro.

Luego, volviéndose a Basanio, le dice:

— Y en prenda de cariño tomare esta sortija que lleváis.

Retrocede, al oir esto, Basanio y excusándose dice:

— Muy poca cosa es esta sortija, y me da vergüenza el ofrecérosla... Es un presente de mi mujer...

Cuanto más recalcitrante se muestra Basanio a ceder aquella sortija, tanto con mayor ahínco insiste el joven doctor, hasta que por fin cede, pero dando claramente a entender que le ofende la negativa. Entonces el mercader conjura a su amigo a que no de un desaire al que tan gran servicio le había prestado, y Basanio termina por ceder a su ruego.

— Ve, Graciano — dice, — corre a entregarle esta sortija. — Visto lo cual Nerisa, a imitación de lo que viera hacer a su señora, obliga a Graciano a cederle la sortija que de ella tenía.

Lorenzo y Jésica, que habían quedado en Belmonte, vieron con gran alegría, a su señora volver al hogar. Todo respiraba paz y ventura: la luna con sus tibios rayos, parecía querer contribuir a la placidez de aquella noche, harmonizando con los alegres sones de la música.

No tardó en regresar Basanio acompañado del mercader y Graciano: todos los corazones rebosaban de alegría y contento; pero esta felicidad vióse muy pronto interrumpida por una disputa que surgió entre Graciano y su mujer.

— ¿Ya os peleáis? — dijo Porcia; — ¿de qué se trata?

— De una sortija de ningún valor que Nerisa me había regalado — respondió Graciano, — con una leyenda vacía de sentido, por el estilo de las que los navajeros ponen en los cuchillos, por ejemplo: «Amadme y no me abandonéis.»

— ¿Qué leyenda ni qué sentido? — exclamó Nerisa; — al dárosla yo, me jurasteis guardarla hasta la muerte y llevarla con vos hasta la tumba; así, pues, si no por mi amor, por respeto al juramento hecho, debíais haberla guardado como un sagrado objeto. Y haberla dado a un escribano... ¡qué desatino!... y a un escribano que no tendrá quizá jamás pelo en la cara.

— Si no tiene ahora por su poca edad, ya echará más tarde cuando sea un hombre cabal — replicó Graciano.

— Sí, si es que alguna vez pudo una mujer llegar a ser hombre, — replicó Nerisa con aire de desprecio.

— Por mi vida te juro — protesta exasperado Graciano,— que he dado la sortija a un joven pasante del juez, un barbilampiño, un desmedrado adolescente de tu estatura, un parlanchín que me la reclamo como honorarios, y no tuve valor para negársela.

— Mucho lo siento, Graciano, os lo confieso; y verdadera mente hicisteis mal — repuso Porcia en tono de reprensión, — desposeyéndoos tan a la ligera, del primer regalo de vuestra esposa. También yo regale una sortija a mi marido, y le hice jurar que no se desprenderla jamás de ella, — (añadió echando una tierna mirada a Basanio). Presente está; yo os garantizo que ni que le ofrecieran todos los tesoros del mundo, no habían de conseguir que se desprendiese de ella. Verdaderamente, Graciano, habéis cometido una debilidad y dado a vuestra esposa un verdadero disgusto: si tal me sucediera a mí, me volverla loca de sentimiento.

Palabras fueron estas que impresionaron hondamente a Basanio.

— Más me hubiera valido cortarme la mano izquierda — se decía a si mismo desesperado, — y jurar que había perdido la sortija defendiéndome.

— Es el caso — dijo Graciano disculpándose, — que mi señor Basanio regalo su sortija al juez, a instancias de éste, y harto la merecía en verdad con esta ocasión entonces su joven actuario que había trabajado mucho copiando los documentos del proceso, me pidió la mía. Ni él, ni su amo consintieron en aceptar otro presente que las dos sortijas.

— Ahora bien, señor mío — preguntó Porcia a Basanio; — ¿qué sortija entregasteis al juez? pues no puedo suponer que fuese la que teníais de mi...

—Si yo fuese capaz de añadir una mentira a una falta — dijo Basanio, — os respondería que no; pero ya lo veis, la sortija no brilla ya en mi dedo; ha desaparecido de mis manos.

Al oir estas palabras, fingió Porcia un ataque de cólera y celos tan violentos, que no bastaron todas las razones que alegaba Basanio, para calmarla.

— ¡Ah dulce Porcia! — decía contristado; — si supieseis a quien regale yo la sortija y si pudieseis concebir por quien la di y con qué repugnancia me desprendí de ella al ver que no aceptaban de mi otro regalo que éste, estoy cierto que moderaríais la vehemencia de vuestro disgusto.

— Si hubieseis jamás conocido la virtud  de la sortija — replicó Porcia, — o alcanzado con vuestras escasas luces la mitad siquiera de lo que vale la que os la regaló y que vuestra felicidad estaba cifrada en no desprenderos de tal sortija, creedme, no hubierais cometido tamaño desatino.

Deleitábase extraordinariamente Porcia en dar matraca a su marido, y a porfía, ya ella, ya Nerisa, pusieron en grave aprieto a aquellos dos hombres antes de dárseles a conocer. Por fin Antonio, sintiendo vivamente haber sido ocasión de discordia entre los esposos, intercedió en favor de Basanio, y Porcia acabo por apaciguarse.

— Ya que vos, Antonio — díjole Porcia, — os hacéis su fiador — entregadle esta sortija, rogándole que la guarde con mayor cuidado que la otra.

— ¡Cielos! — exclamó asombrado Basanio; — si es la misma que yo di al juez...

Todo pues terminó con bien. El misterio se descubrió. Basanio y Graciano obtuvieron fácilmente perdón de su fechoría. Después, la alegría de que todos rebosaban subió de punto con las buenas noticias que se recibieron, pues supo Porcia, que tres de los barcos de Antonio que se creían haber ido a pique, hablan entrado salvos en el puerto. Después de todo, la bancarrota quedaba evitada, y Antonio volvía a ser el rico y próspero mercader de Venecia.

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