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William Shakespeare

William Shakesperare

El mercader de Venecia

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Una libra de carne

Biografía de William Shakespeare en Wikipedia


 
 
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Música: Chopin - Nocturne in C minor

Una libra de carne
OBRAS DEL AUTOR
Español (Audio Libros)
Cimbelino
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Cuento de invierno
El mercader de Venecia
El rey Lear
Gentileshombres de Verona
Hamlet
La comedía de las equivocaciónes
La fierecilla domada
La noche de reyes
La tempestad
La violación de Lucrecia
Macbeth
Más es el ruido que las nueces
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Sueño de una noche de verano
Sonetos de amor

Inglés (Libros)
The merchant of Venice
The comedy of errors
The taming of the shrew
The tempest
Much ado about noghing
Romeo and Juliet
A midsummer night's dream

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Un ruidoso proceso iba a verse en el tribunal de justicia de Venecia. El judío Shylock reclamaba el cumplimiento del contrato, en virtud del cual Antonio había declarado que si en el día fijado no devolvía la totalidad de la suma prestada daría, a título de gaje, una libra de carne de su propio cuerpo, que se le cortaría de cualquier miembro o parte de él a voluntad y antojo de Shylock. El compromiso era ya vencido y el judío insistía en que el contrato tuviera inmediata y puntual ejecución.

Terrible era la solución, pero inevitable: el mismo dux no pudo menos de reconocer que si Shylock seguía en su insistencia, no había efugio alguno, y conforme a todas las leyes de la republica, había que dar el gaje ofrecido. Como último recurso, solicitó el dux la cooperación del sabio doctor Bellario, llamándolo de Padua, para que le diese consejo y ayuda en aquel trance tan apurado. El tiempo, empero, apremiaba, y al abrirse la audiencia, no había comparecido aun Bellario.

Entró el dux y, tomado asiento, dirigió una mirada a la concurrencia.

— ¿Dónde está Antonio?— preguntó.

— Presente y a las órdenes de Vuestra Gracia, respondió Antonio. Luego, abandonando el sitio en que había estado sentado, rodeado de un pequeño grupo de amigos, adelantóse hacia la mesa. Aunque en aquella crítica situación no había ya lugar a auxilio alguno de parte de sus amigos, sin embargo, Basanio, Graciano y algunos otros, habían venido a dar al público testimonio de su simpatía.

Dirigiéndose entonces el dux a Antonio, expresóle cuan vivamente lamentaba verle a merced de un tan encarnizado enemigo. Respondió el mercader con gran presencia de espíritu, que, puesto que Shylock no cedía en su implacabilidad y por otra parte no había medio legal para librarle, se preparaba a sufrir con paciencia.

Llamaron entonces a Shylock, y el dux dió comienzo al proceso, haciendo antes un llamamiento a su clemencia.

— Ya todo el mundo ve— díjole el dux, — que tu objetivo no es otro que continuar tu pesada broma hasta el momento de la ejecución de la sentencia: esperamos, pues, que no pasara de broma y que al fin darás pruebas de clemencia, no sçolo renunciando al gaje, sino también perdonando una parte del crédito en atención a las enormes pérdidas y reveses de fortuna que acaba de sufrir Antonio. Judío, esperamos de tu boca una respuesta favorable.

Shylock escucho las palabras del dux impávido, inflexible y fiero: comprendió que no era la sazón mas oportuna para entregarse a un delirio furioso, y con una premeditación digna del que prevé el éxito de su empresa, había transformado su rabia envenenada en un rencor frío e impasible. Una idea fija tenía en su mente y un deseo en su corazón; hacer cumplir el contrato en todo su rigor y no había poder de palabra humana que le apartara de su propósito. Tal fue lo que respondió al dux con sosiego, pero con un acento de decisión que hacía imposible toda componenda.

Al ver la inflexibilidad del querellante ofreciósele el doble del importe de su préstamo, a lo que él, consecuente con su tenacidad, contestó:

— Aunque cada uno de los mil ducados se dividiese en cuatro partes y cada una de estas cuatro partes se convirtiese en un ducado, yo los rehusaría a trueque de persistir en la demanda de cumplimiento del contrato. Esto es lo único que puede satisfacerme.

— Y ¿cómo te atreverás jamás a esperar que se te trate con clemencia— reconvínole el dux, — si al ofrecérsete ocasión de ejercitarla, te niegas a ello?

— Y ¿qué rigor de juicio he de temer yo, si en mi conducta no obro en nada contra justicia?— replicó Shylock. — Muy cara he comprado, por cierto, la libra de carne que reclamo ahora a este comerciante; mía es, y para mí la quiero; no pido nada que no sea mío. Aquí he venido en demanda de justicia: ¿acaso no la obtendré?

Efectivamente la ley favorecía a Shylock. El dux no podía en manera alguna hacer obstrucción a los decretos del Estado; lo único que estaba en su mano era diferir el acto del juicio, y a ello se preparaba, cuando se le anunció que acababa de llegar un mensajero di Padua con unas cartas de Bellario. Dió pues orden que entrara, y se presentó Nerisa, disfrazada de pasante de abogado.

Decía Bellario que, en la imposibilidad de ir personalmente a Venecia por causa de enfermedad enviaba en substitución un joven doctor en derecho, muy entendido y docto, a quien había instruído en todos los pormenores del proceso: rogaba pues que se hiciese el debido caso de su parecer y que se tuviese en lo que valía, su prodigiosa habilidad en materias jurídicas. Advertía además al dux que no considerase al enviado como demasiado joven para negarle la confianza, pues unía a la precocidad de la juventud la madurez y prudencia de la edad provecta.

Muy acertado estuvo Bellario en hacer hincapié sobre ésto, ya que jamás se había visto a un letrado tan joven como aquel, pisar el umbral del Palacio de Justicia. Obrando con gran previsión había ocultado Porcia bajo el birrete de doctor su hermosa cabellera de hebras de oro, brillante como el sol de mediodía, pero sobresalían sin poder ocultarlas, la juventud y la belleza de su rostro: sin embargo, en su manera de tratar el asunto no se revelaba traza alguna de duda o inexperiencia. Entrando de lleno en la materia, lo primero que hizo fue dirigir un expresivo llamamiento a Shylock en nombre de la clemencia: tuvo acentos de penetrante y conmovedora elocuencia, capaces de enternecer el corazón mas empedernido; mostrando la superioridad de la misericordia sobre toda la justicia que él venía a reclamar. Shylock empero, permanecía rígido e inflexible cual si fuese una estatua de granito; oía las palabras de Porcia sin que hiciesen mella alguna en su alma. Con la misma obstinación que antes, se afirmó en su determinación.

— No exijo sino que se cumpla la ley — dijo; — reclamo la sanción y el gaje estipulados en el contrato.

—¿Acaso no está el mercader dispuesto a satisfacer su deuda? — pregunto Porcia.

— Dispuesto — respondió Basanio; — en prueba de ello ofrezco aquí, en presencia del tribunal, el doble del importe de la deuda, y si esto no bastare, yo me comprometo a pagar diez veces dicho importe: ahora bien, si ni esto es bastante a satisfacer al judío, es evidente que procede de mala fe y que no tiene otro móvil de su proceder que la maldad. Conjúroos ¡oh jueces!, a hacer algo de vuestra parte para aminorar el rigor de la ley y ceder algo de lo justo para obrar un grande acto de justicia.

—No, esto no puede ser — repuso Porcia: — un decreto establecido es inmutable, y no se puede tolerar un acto que sentaría precedente, dando lugar a numerosos abuses en la administración del Estado. Obsérvese la ley, cúmplase al pie de la letra el contrato.

— ¡Gracias al Dios de Moisés — exclamó triunfante Shylock, — que nos ha traído un nuevo Daniel para hacer justicia! ¡Oh y cuánto honor hago a tu sabiduría, aprovechado joven, que lo eres solo por los años, siendo tu prudencia digna de la edad madura!

Consternados estaban los amigos de Antonio, sin acertar a proferir una palabra. El mismo Graciano que en tan violentos tonos denunciara la salvaje crueldad de Shylock, no veía manera de continuar en su actitud. La causa parecía a todos pérdida para Antonio.

— Así pues — prosiguió Porcia, — el plazo es vencido, y el judío está en su pleno derecho al exigir el gaje: no obstante (dijo, dirigiéndose a Shylock), yo os pido de nuevo clemencia para la víctima; aceptad por saldo y finiquito el triple de lo que se os debe, ¿estáis conforme?, ¿puedo romper el documento?

— Cuando se haya cumplido según exige su contenido — respondió Shylock en tono de altivez indomable.

Antonio comprendió que ya no había esperanza y que era tiempo perdido prolongar la discusión, por lo cual dirigiéndose al tribunal suplicó en tono de impaciencia a los jueces que dictaran prontamente sentencia.

Porcia empero, a pesar de comprender que la sentencia es inevitable, lucha a brazo partido para obtener alguna concesión a favor del desdichado mercader. Por su parte Shylock, en perspectiva del triunfo, había traído un cuchillo para la libra de carne y una balanza para pesarla, pero no había pensando en traer un cirujano que curase en seguida la herida. Porcia le ruega, pues, que mande a buscar uno, aunque no sea más que por humanidad.

— ¿Acaso está estipulado en el contrato? — repuso Shylock. — Y respondiéndole que no, se niega a hacerlo: no admite la más ligera concesión; el contrato ha de cumplirse estrictamente.

Entonces Porcia, con voz clara y firme pronuncia la sentencia.— Tuya es— dice dirigiéndose a Shylock, — una libra de la carne de este mercader; el tribunal te la adjudica, la ley te la da: a la víctima se le cortará la carne de la región del pecho («muy cerca del corazón,» había estipulado el salvaje Shylock). La ley lo autoriza, el tribunal te lo concede.

— ¡Oh sabio juez!— exclama Shylock: — ¡brillante sententia!— Y volviéndose a Antonio, le dice:— Ea, prepárate.

Y haciendo sonar la balanza, precipítase sobre el mercader, cuchillo en mano, cuando se oye la voz de Porcia que dice:

— ¡Quedo!, espera un poco; hay algo que añadir.

Detiénese Shylock estupefacto: levantan los amigos de Antonio la cabeza y renace en sus corazones la esperanza. Ahora tócale a Porcia exigir el estricto cumplimiento de la ley.

— En el contrato no se había de «sangre», y sí solo de «una libra de carne». Puedes, pues, tomar lo que el contrato te garantiza; quita a tu víctima una libra de carne; pero ten bien entendido que si al cortarla derramares una sola gota de sangre cristiana, tus bienes todos serán confiscados a favor del Estado, según ordena la ley de Venecia.

— ¿Esto dice la ley?— murmuró Shylock, bufando de coraje.

—Puedes por ti mismo leer el texto de ella; — responde Porcia. Tú exigiste el estricto cumplimiento de la ley y la ejecución de la justicia; observárase, pues, la ley y se hará justicia, aun más de lo que tu quisieras.

— ¡Oh sabio juez! — exclama Graciano repitiendo irónicamente los calurosos elogios que Shylock dirigiera anteriormente a Porcia.— ¿No te parece, judío, que es éste un sabio juez?

—Si es así — replica Shylock, — déseme el triple de mi crédito y suéltese al cristiano.

— He aquí el dinero,— grita noblemente Basanio.

Pero detiénele Porcia con un gesto de gravedad, diciendo.

— ¡Poco a poco!, se hará justicia al judío: no os precipitéis, que no hay que darle sino lo que la ley le garantiza. — Y dirigiéndose al judío; — prepárate — le dice, — para cortar una libra de carne, pero ten cuidado de no derramar sangre ni de quitar ni un adarme más del peso estipulado: si la aguja de la balanza se apartare del fiel, por poco que sea, siquiera sea el grueso de un cabello, muerto eres, y todos tus bienes quedan confiscados.

— Si así es — exclama Shylock, — dadme mi dinero y dejadme ir.

— He aquí el dinero — grita Basanio, ofreciéndole de nuevo las talegas de oro. Pero Porcia le detiene.

— No — dice; — él lo ha rehusado en presencia del tribunal; no hay que darle, pues, sino lo que es de estricta justicia y lo que marca el contrato.

— ¿De manera que ni aun el importe de mi crédito voy a recobrar? — pregunta Shylock consternado.

— -No alcanzarás sino lo que te es debido para que a tu riesgo lo tomes, judío.

— -¡Pues bien, si es así, que lo salde con el diablo! — exclama bruscamente Shylock, quien, viendo desbaratados sus planes, dispónese a abandonar la sala en el paroxismo de la rabia y del despecho.

Pero no había de salir tan bien librado del lance. Había incurrido en penalidad por otro concepto, al quebrantar el decreto de Venecia que prohibía a todo extranjero atentar contra la vida de un ciudadano: tenía que pagar, pues, la pena de su crimen y, según la ley, la mitad de sus bienes se adjudicaba al ofendido y la otra mitad al Fisco: finalmente era potestativo del dux decidir sobre la vida o muerte del ofensor.

Shylock escuchaba la sentencia agobiado de pena y aterrado a la vista de un cambio de escena tan súbito y para el tan desastroso. Durante todo el decurso del proceso había el reclamado la ejecución de la más estricta justicia y exigido que se cumpliese la ley al pie de la letra, y ahora se le media con el mismo rasero con que él había querido medir a Antonio. Sin embargo, el dux de Venecia tuvo bastante clemencia para no hacer caer sobre el todo el peso de la ley y para perdonarle la vida antes que él se lo pidiese.

— En cuanto a tus bienes — dijo, — la mitad de ellos pertenece a Antonio y la otra mitad al Estado; sin embargo, si dieres pruebas de humildad, no perderás del todo la segunda mitad y te conmutare la pena por una simple multa.

— No — repuso Shylock anonadado; — quitadme la vida, quitádmelo todo, no me perdonéis nada. Me tomáis la casa, si me priváis del apoyo que la sostiene; me quitáis la vida, si me desposeéis de los medios que tengo para ganármela.

— Yo, por mi parte — replico Antonio, — renuncio a la mitad de lo que se me debe, mientras Shylock me permita hacer uso del resto, que yo me comprometo a devolver, muerto él, al marido de su hija Jésica; pero para esta atención pongo dos condiciones; una, que Shylock reniegue del judaísmo, otra, que legue en testamento todos sus bienes a Lorenzo y su hija.

— No dudo que lo hará, — añadió el dux; — de lo contrario revocaré yo la gracia que acabo de otorgarle.

— ¿Estás ahora satisfecho, judío? — preguntóle Porcia — ¿qué respondes?

¿Qué iba a responder Shylock? Frustrada su venganza, desposeído de sus bienes, obligado a renegar de sus creencias y a enajenar hasta su derecho a la vida, el pobre viejo rebosando ira y desprecio, estaba solo delante de aquella turba hostil, sin una cara amiga, sin una voz que abogase por él. Por dos veces intentó hablar y otras tantas le faltó la voz. No pudieron sus secos labios pronunciar más que estas dos palabras:

— Estoy... conforme.

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