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William Shakespeare

William Shakesperare

El mercader de Venecia

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Venganza

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Venganza
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En Venecia empero, la desgracia se cebaba en Shylock y en Antonio. El plazo de tres meses, fijado por el mercader para el reembolso de su crédito estaba próximo a expirar, cuando el judío fue víctima de un terrible golpe: su única hija, Jésica, fugóse con un cristiano, y no como quiera, sino cargada de dinero y joyas que hurtara de las arcas de su padre. Shylock estaba loco de ira y de dolor a un mismo tiempo: cualquiera que oyese sus extravagantes razonamientos, hubiera dudado de afirmar si sentía más vehementemente la pérdida de la hija o el robo de sus tesoros.

Embriagada Jésica con el entusiasmo de su arriesgada aventura y, falta de reflexión, derrochó pródigamente el dinero, y no respetando ni siquiera la preciosa sortija que su madre diera a Shylock al casarse y en la cual había una riquísima turquesa, diósela a un marino genovés a cambio de un mono. Shylock se desesperaba, y su corazón se laceraba al pensar en las prodigalidades de su hija: no le quedaba más que un consuelo y en él se concentraba, acariciando con frenética y salvaje alegría un plan, por desgracia muy hacedero: el mercader Antonio acababa de sufrir enormes pérdidas y reveses de fortuna; uno tras otro, todos sus barcos habían naufragado, y corría ya la fama en Rialto, que su quiebra era inevitable.

— ¡Ay de él!, ¡cómo se arrepentirá de su contrato! — exclamó Shylock. — Acostumbraba tratarme de usurero; caros le van a costar los intereses...: acostumbraba prestar dinero por galantería cristiana; ahora conocerán al judío...

— No obstante — repuso uno de los amigos de Antonio,— estoy más que seguro que, si se declara insolvente, no serás tu capaz de exigirle el cumplimiento a costa de su carne, ¿para que te serviría ella?

— ¿Para qué?, para cebo de los peces — respondió Shylock con un rugido como de tigre, — y aunque no sirviese para alimento, serviría de pábulo a mi venganza. Este villano me ha llenado de oprobio, me ha perjudicado en casi medio millón; ha tornado a chacota mis quebrantos y hecho burla de mis ganancias: no ha dejado pasar ocasión alguna de despreciar a mis colegas; ha hecho siempre todo lo posible para frustrar mis empresas, me ha restado amistades y dado alas a la malicia de mis enemigos. Y todo ¿por qué?, porque soy judío... ¿Acaso el judío no tiene ojos para ver lo que pasa?, ¿acaso es un ser diferente de los demás, sin manos, sin órganos, sin afecciones, sin pasiones? ¿Por ventura no come el mismo pan que el cristiano, no se le hiere con las mismas armas, no está sujeto a los mismos males, no se cura con los mismos remedios que todo hijo de vecino, sea cristiano, sea mahometano? ¿Somos los judíos acaso de piedra o de bronce, que no nos sintamos de los golpes que nos dais, o que no nos hagan reir las cosquillas que nos hacéis? ¿Por ventura no morimos, si nos envenenáis, y por ventura hemos de responder a vuestros ultrajes de otra manera que vengándonos? Si pues en todo somos iguales a vosotros, no nos hemos de distinguir en esto, de vosotros. Cuando un judío ultraja a un cristiano, ¿en que hace consistir este su humildad? En la venganza. Si pues es a la inversa, que un cristiano ultraje a un judío, ¿en quée ha de consistir la paciencia del judío, siguiendo el ejemplo del cristiano, sino en la venganza? Ahora es tiempo de poner en práctica la perversidad de que me dais lecciones con vuestra conducta, y mucho será que yo no aventaje a mis maestros.

La resolución de Shylock era inquebrantable como una roca, contra la cual se estrellan las mas bravas olas y la que no pueden conmover los huracanes y vendavales. Al vencimiento de la letra, hallóse Antonio en la imposibilidad de su importe; en vista de lo cual Shylock hizo detener al deudor y llevó el asunto por la vía judicial sometiéndolo al arbitraje del dux de Venecia. No valieron razones ni motivos de compasión para ablandarle, ni aun quiso aceptar la oferta de Antonio, de pagar su deuda, si podía procurarse la suma deseada.

— ¡Vano empeño, cuando lo que yo exijo es el estricto cumplimiento del contrato!... tal era la respuesta que daba Shylock.

Lorenzo, el caballero veneciano que había raptado a Jésica, tenia amistad con Antonio y Basanio: la joven pareja encontró casualmente en su fuga a Salerio, amigo suyo, que navegaba con rumbo a Belmonte para anunciar a Basanio el desastre económico del mercader: invitado por el, embarcaron en su compañía Jésica y Lorenzo, y llegaron a Belmonte en el preciso momento en que Basanio acababa de abrir el cofrecito que le asegurara la posesión de Porcia. En toda la casa reinaba inmenso júbilo. Mientras Porcia daba la bienvenida a los novios, Salerio entregó una carta a Basanio. A medida que la leía, veía Porcia que su novio iba palideciendo: comprendió, pues, que algún terrible accidente debía haber sobrevenido, y declaró que en calidad de futura esposa tenía el derecho de compaéeste menos de exponerle francamente la situación.

— ¿Es vuestro íntimo amigo quien se halla en tal apuro?— preguntó Porcia, después de haber oído de Basanio el relato de las desdichas de Antonio y el riesgo que el mercader no había dudado de afrontar por respeto a él.

—Sí; mi amigo, mi más querido amigo, un hombre como no hay otro en el mundo, un perfecto caballero y complaciente hasta el heroísmo, un hombre de honradez a toda prueba.

— ¿A cuánto asciende el crédito de este judío?

— Mi amigo le debe por mi causa tres mil ducados.

— ¿No más? — exclamó Porcia.— Páguensele seis mil y anúlese el contrato, y asunto terminado: doblad esta suma, triplicadla si fuere necesario, antes que permitir que un tal amigo pierda por causa vuestra ni un solo cabello de su cabeza. Ante todo, vamos juntos a la iglesia, dadme el título de esposa, y luego partid sin demora a Venecia al lado de vuestro amigo: a vuestra disposición pongo todo el oro que necesario sea, lo bastante para satisfacer veinte veces esta insignificante deuda... Pero, leedme antes la carta de Antonio.

La carta decía así:

«Basanio amigo: todos mis barcos se han ido a pique; mis acreedores no tienen entrañas, mi fortuna ha quedado reducida a muy poca cosa; el plazo de mi contrato con el judío ha vencido, y como quiera que mi muerte es inevitable aunque le pague la deuda, te perdonaré las que tienes conmigo si estas a mi lado, a la hora de mi muerte. Sin embargo, te suplico que obres de buena voluntad; si mi amistad no fuese bastante a hacerte venir, doy por no escrita esta carta. »

— ¡Oh amor mío! — exclamó Porcia;— daos prisa, no perdáis un momento, partid.

Celebráronse enseguida las dos bodas, y sin pérdida de tiempo se embarcaron Basanio y Graciano con rumbo a Venecia. Partido que hubieron, dijo Porcia a Jésica y Lorenzo que su intención era permanecer en el retiro durante la ausencia de su marido y que en manos de ellos dejaba el cuidado de la casa y la administración de sus dominios: después llamó a su criado Baltasar, a quien dió algunas instrucciones y le encargó que a toda prisa llevase una carta al doctor Bellario, su sabio primo, que se hallaba a la sazón en Pádua.

— Toma los papeles y vestidos que te dé— díjole Porcia — y tráemelos con la mayor rapidez posible al barco de pasaje que va a salir para Venecia; no pierdas el tiempo hablando, ve sin demora, que por aprisa que vayas, ya me hallarás esperándote en el lugar indicado. Y tú, Nerisa, ven— añadió; tengo por hacer una faena que tú no sabes. Volveremos a ver a nuestros maridos más pronto de lo que ellos se figuran.

— Y ellos ¿nos verán también a nosotras?— preguntó Nerisa.

—Sí que nos verán, Nerisa— respondió Porcia;— pero tan bien disfrazadas que no nos reconocerán: apuesto lo que quieras que cuando estaremos disfrazadas de hombre, seré yo quien representara con más propiedad el papel de mozo, y jamás hombre alguno llevo la daga al cinto con más gracia y desenvoltura que yo. Pero, vamos juntas, que yo te expondré mis proyectos cuando estemos en el carruaje que nos aguarda a la puerta del jardín. Date prisa, pues nos toca hoy hacer veinte millas de camino.
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