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William Shakespeare

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Más es el ruido que las nueces

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Un villano de buena fe

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Un villano de buena fe
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Ahora bien, entre los caballeros del séquito del príncipe de Aragón, había uno cuya manera de ser difería grandemente de la de Claudio y Benedicto. Este era D. Juan, hermanastro del príncipe, hombre intratable, envidioso y suspicaz. A nadie prodigaba su afecto; pero sentía una aversión especial a su hermanastro y tenía un vivo rencor hacia el florentino señor Claudio por ser éste el favorito del príncipe. D. Juan había hecho por largo tiempo ruda oposición a su hermano, pero últimamente habíase reconciliado con él, y de su conducta dependía que continuase por el camino del favor y prosperase, o que cayese de nuevo en la desgracia. D. Juan empero no tenia interés en acentuar su adhesión a la causa del príncipe, y así, aunque sus criados Borachio y Conrado le aconsejaban que ocultase sus resentimientos y tomase parte activa y sincera en los regocijos, D. Juan lo rehusó sin ambages, diciendo:

—Más quisiera yo ser vil gusano de la tierra, que rosa abierta en honor de mi hermano. Mucho mejor me siento viéndome despreciado de todos, que no amoldando mi conducta para captarme las simpatías por medio de la vil adulación o el fingimiento. Así como nadie podrá decir de mí, que soy un buen adulador, así tampoco habrá quien me usurpe el merito de ser un enemigo franco y descubierto. Se tiene confianza en mí, pero amordazado; se me deja en libertad, pero atado de pies y manos; por esto he resuelto no cantar ya más dentro de la jaula. Si me quitasen la mordaza, mordería de firme y si fuese libre, haría lo que me viniese en gana. Entretanto déjeseme ser cual soy, y no intente nadie cambiar mi carácter.

La noticia de que el apuesto joven Claudio iba a contraer matrimonio con la hija del gobernador de Mesina, sacó de quicio a D. Juan.

—Este advenedizo-dijo D. Juan, -tiene la culpa de que yo haya caído en el abismo en que me hallo; así, pues, si puedo atravesarme en su camino, me tomaré el desquite a maravilla y con gran placer mío.

Sus dos criados Borachio y Conrado, tan malvados como su propio amo, pusiéronse incondicionalmente a sus órdenes para ejecutar cualquier plan de venganza que él propusiese, y poco tardó Borachio en acudir a él diciéndole que ya había dado con un medio infalible para estorbar la boda de Claudio.

—Un obstáculo, un impedimento, sea el que fuere, bastará a quitarme el peso que llevo encima y me oprime cual losa de plomo, —dice D. Juan. —Enfermo estoy de pura aversión a este hombre, y cuanto se opusiere al logro de sus deseos, secundará, los míos. ¿Cuál es el recurso que tienes para impedir esta boda?

— Muy sencillo, señor, aunque nada noble, pero tan encubierto, que, aunque se descubriere no se me podrá jamás tachar de rastrero ni cobarde o mal nacido— dice Borachio.

—Dime pronto cuál es.

— Si mal no recuerdo, di, hace un año cuenta a vuestra merced, de los favores de que soy objeto de parte de Margarita, la doncella de Hero.

—Sí, lo tengo presente—dice D. Juan.

—Bueno, pues a la hora que yo quiera de la noche, puedo hacer que Margarita este a la ventana de la habitación de su señora.

—Y ¿qué ves tú en ello—pregunta D. Juan, —que pueda ser bastante para estorbar el matrimonio?... ¿tan activo te parece este veneno para matar la boda?

—A vuestra merced incumbe preparar este veneno. Id a vuestro hermano el príncipe y decidle que ha comprometido gravemente su honor dando su consentimiento al ilustre Claudio (y cuidad de ponerlo en las nubes fingiendo tenerlo en grande estima) para casarse con una mujer como Hero, la cual tiene otro amor.

—Y ¿cómo probaré mi aserto?—pregunta D. Juan.

—Con un hecho palpable y bastante --dice Borachio, — para de un solo golpe, sorprender la buena fe de vuestro hermano, torturar a Claudio, perder a Hero y matar a Leonato. ¿Os parece poco el resultado?

—Con tal que logre torturarlos, no me detendré ante cualquier cosa por arriesgada que sea—responde D. Juan.

—¡Ea pues!— dícele Borachio, —buscad una ocasión para hallar solos a D. Pedro y al conde Claudio, y aseguradles que Hero está enamorada de mi: fingid que no os mueve otra cosa que el celo por el buen nombre, tanto del príncipe, como de Claudio; afirmad que hacéis esta revelación no solo por el honor de vuestro hermano que ha preparado este enlace, sino también por la honra de su amigo, cuya buena fe se intenta sorprender dándole por esposa a una mujer indigna de él. A buen seguro que no van a dar fe a vuestras palabras si no trajereis una prueba convincente: para ello rogadles que, la noche antes de la boda, se pongan cerca de a donde da la ventana de Hero. Yo entretanto arreglar´w las cosas de manera que vean a Margarita hablarme a mi llamándome Borachio; y yo la llamaré a ella Hero: la prueba de la infidelidad de Hero será tan concluyente que Claudio quedará convencido y todos los preparativos de la boda se suspenderán y ésta no habrá lugar.

—Sea cual fuere el resultado de la estratagema, voy a poner en práctica tu plan—dice D. Juan. —Por tu parte haz cuanto creas conducente para el buen éxito de la empresa, y cuenta con mil ducados de recompensa.

—Haced vos bien el papel de acusador, que el de muñidor corre de mi cuenta, —responde Borachio.

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