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William Shakespeare

William Shakesperare

Macbeth

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El huésped en el banquete

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El huésped en el banquete
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Macbeth poseía ya los prometidos honores; era rey, barón de Cawdor, barón de Glamis, todo cuanto las sobrenaturales mujeres le habían profetizado. Pero Macbeth no estaba satisfecho. Había un peligro constante en su camino. Banquo, su antiguo compañero de armas, desconfiaba de él; tenía sospechas del modo como había conquistado sus presentes honores. Y Macbeth, por su parte, temía a Banquo, por su noble natural, por su valor y por su buen juicio. Exteriormente le trataba con la mayor corrección y halago, pero en su interior había resuelto deshacerse de aquel peligroso compañero. No valía la pena de ser rey, si no podía reinar con tranquilidad. Y, además, cuando las brujas llamaron rey a Macbeth, también saludaron a Banquo como a presunto tronco de una línea de reyes. Pusieron una estéril corona en las sienes de Macbeth, y un cetro condicional en sus manos, no pudiendo sucederle un hijo suyo. Y si esto era así ¡había ennegrecido su alma, había asesinado al rey Duncan por los hijos de Banquo..., solo para ellos! Macbeth resolvió dar un paso más en el sendero del crimen, e inmolar a su ambición los que la estorbaban: Banquo y su hijo Fleance.

Se preparaba un gran festín en palacio. Lady Macbeth y su augusto esposo habían invitado eficazmente a Banquo, el cual prometió acudir al banquete, por más que, por asuntos particulares, tuviese que montar a caballo aquella tarde, y cabalgar algunas horas. Macbeth le preguntó si la Jornada seria larga, y Banquo replicó que podía durar tanto como desde aquel momento a la hora de la cena..., quizá antes si su caballo se comportaba bien.

—No faltéis a nuestra fiesta— dijo Macbeth.

— Señor, no faltaré — replicó Banquo.

— Hemos sabido que nuestros desgraciados primos permanecen en Inglaterra e Irlanda, sin querer reconocerse matadores de su padre— continuó Macbeth, que había hecho correr la especie de que los hijos de Duncan habían asesinado al autor de sus días.— Pero ya hablaremos mañana. ¡A caballo! Hasta la vuelta.

Después con fingida indiferencia, preguntóle si Fleance le acompañaba en la excursión.

Banquo contestó afirmativamente; añadió que quería partir en el acto, y tras algunas frases de cortesía, se separó del rey.

Apenas hubo salido, Macbeth dio órdenes a un criado, y dos hombres de siniestra catadura fueron secretamente introducidos en su presencia. Eran dos asesinos de oficio buscados por él para asesinar a Banquo. Cuando hubo obtenido la promesa para la cruel acción, Macbeth les dijo que pronto les indicaría su plan y la hora exacta, pues la cosa debía realizarse aquella noche y a mucha distancia de palacio. Les advirtió asimismo de que el asunto había de quedar rematado, y que el joven Fleance debía morir con su padre, pues su desaparición importaba a Macbeth tanto como la de Banquo.

Los asesinos prometieron obedecer sus indicaciones, y se retiraron.

Si Macbeth sentía perturbado su espíritu y era presa de la mayor intranquilidad, su esposa no era más feliz. Había escalado la cúspide de su ambición: su marido era rey de Escocia. Pero la diadema real que brillaba en su frente no tenía la virtud de adormecer los remordimientos que iban arraigándose en su corazón.

«Nada se gana, sino que se pierde todo, al realizar un deseo sin plena satisfacción. Mejor fuera ser la victima exterminada, que no gozar de la dudosa felicidad de haberla exterminado.»

Este era el secreto de su infelicidad; Macbeth y su esposa habían realizado el deseo de su corazón; pero, en la indigna forma de conseguirlo, no podan encontrar ni el contento ni la paz de espíritu que habían esperado. Con el corazón oprimido, recelosos, descontentos, hubiera sido difícil encontrar en toda Escocia una pareja más miserable que ambos soberanos, adornados con sus reales vestiduras, la víspera del gran banquete de estado.

Siempre fiel a su indomable espíritu, aun en medio de su propio desaliento, la reina trató de arrancar a su marido de aquel sombrío ensimismamiento.

— ¿Qué viene a ser eso, sénior mío?— dijo.— ¿Por qué buscáis la soledad, teniendo por compañeros vuestras tristes fantasías? Las cosas que no tienen remedio, deben darse al olvido; lo que está hecho, está hecho.

—No hemos hecho más que lastimar a la serpiente, pero sin matarla— replico Macbeth,— cuya mente no descansaba, pensando siempre en los posibles peligros que se cernían sobre su cabeza. Todo el día transcurría para el rumiando sobre el pasado, o combinando nuevas maquinaciones para asegurar su tranquilidad, y durante la noche se veía asaltado por los sueños más terribles. En este constante estado de desasosiego, llegaba a pensar con envidia en el pacífico reposo del hombre a quien había asesinado. «Mejor fuera estar con los muertos a quienes para ganar nuestra paz, enviamos a la paz, que no vivir en este inquieto tormento de espíritu. Duncan yace en su tumba; después de la agitada fiebre de la vida, duerme bien. La traición lo ha libertado: ni acero, ni veneno, ni rencor ajeno, ni odio extraño... nada puede afectarle ya.»

— Venid acá, mi amado señor— dijo lady Macbeth, — suavizad vuestro tétrico semblante; ofreceos jovial y placentero a vuestros huéspedes esta noche.

— Así lo hare, querida mía, y os ruego que hagáis lo propio— dijo Macbeth, — ¡Oh, mi mente está llena de escorpiones, querida esposa! ¡Sabéis que Banquo y su hijo Fleance viven todavía!

— Pero no vivirán siempre— observó lady Macbeth.

— Nos queda ese consuelo; pues puede ocurrirles una desgracia— dijo Macbeth; y luego, con encubiertas y misteriosas frases, dió a comprender a Su esposa que un hecho de espantoso carácter se llevaría a cabo aquella noche, negándose a darle detalles más precisos.

— Ignorad el hecho de que se trata, querida mía, hasta que lo aplaudáis, ya consumado, terminó. Mis palabras os maravillan, pero estad tranquila; las cosas malas se fortalecen para el mal.

 

En el inmenso comedor del palacio, el banquete estaba ya preparado. Entraron los reyes, acompañados de los barones de Lennox y de Ross, y otros muchos nobles escoceses. Macbeth les rogó que tomasen asiento, dando su cordial bienvenida a todos y a cada uno de los comensales. Cuando éstos se hubieron sentado, el pesado cortinaje de una puerta lateral se descorrió un poco, y un rostro siniestro se dejó ver entre los pliegues, Dejando el escabel (no había sillas en aquella época) que había apartado para sentarse, en medio de sus huéspedes, Macbeth salió a hablar con el intruso. Era uno de los asesinos pagados, el cual traía la noticia de que Banquo quedaba bien muerto, allá en el camino.

Macbeth experimentó gran complacencia al escuchar ésto; pero bien pronto el temor y el disgusto se abrieron plaza de nuevo, pues el joven Fleance había logrado escapar. ¡El hijo de Banquo, llamado a ser rey un día! Sin embargo, Macbeth trató de consolarse con el pensamiento de que, como él dijo, la «serpiente grande» ya no existía, y en lo presente, por lo menos, la pequeña aun no tenia dientes para morder.

Macbeth quedó tan absorto en sus sombríos pensamientos, que lady Macbeth se vió precisada, en más de una ocasión, a recordarle sus deberes de anfitrión. La mísera dama se impuso aquella noche una ímproba tarea. No solamente tenía que disimular su propia infelicidad, sino que tuvo que sostener el decadente ánimo de su marido, tratando de distraer la atención de los comensales, y prodigando sonrisas y frases lisonjeras en todas direcciones. Macbeth procuraba secundar, a ratos, aquella valerosa conducta, pero su jovialidad era forzada, y su esposa temía, a cada instante, que no se hiciese traición. Como quiera que fuese, a una de las observaciones de lady Macbeth, el rey intentó sacudir aquel estupor, y haciendo un esfuerzo, se acercó a la mesa, y trabó conversación con los huéspedes.

— Quizá vuestra alteza quiere sentarse— dijo el barón de Lennox.

El asiento que Macbeth se disponía a ocupar cuando fue a hablar con el asesino, había permanecido vacio, pero en aquel momento, inadvertida por los comensales, deslizóse una figura y tomo posesión de él.

Si Banquo estuviese allí, continuó Macbeth, su satisfacción hubiera sido completa; pero tenía la seguridad de que las ocupaciones, y no una desgracia, motivaban su ausencia.

El barón de Ross replicó que Banquo era digno de censura por no haber cumplido su palabra, y de nuevo rogo a Macbeth que se sentase con ellos a la mesa.

— La mesa está llena— dijo Macbeth.

—Aquí hay un asiento reservado, señor— dijo Lennox.

— ¿Dónde?

—Aquí, amado señor— añadió Lennox señalando el escabel que Macbeth había escogido al principio. — ¿Pero qué es lo que sobresalta a vuestra alteza? -exclamó alarmado, pues Macbeth contemplaba, inmóvil de horror el que, para los otros, no era más que un escabel vacio.

Bien podía el culpable Macbeth temblar y palidecer, pues en el asiento que parecía desocupado para todos, vió sentada la ensangrentada figura del asesinado Banquo.

— iTú no puedes decir que yo he sido; jamás agites tus ensangrentadas guedejas ante mis ojos!— exclama retrocediendo horrorizado.

— Señores, en pie; su alteza no se encuentra bien— dice el barón de Ross.

Pero lady Macbeth, con eficaces palabras, trató de calmar a los sobresaltados comensales, asegurándoles que se trataba de un momentáneo acceso, debido a cierta enfermedad que Macbeth padecía ya desde joven. «Seguid comiendo y no os fijéis en él», rogóles, y, con acre tono, trato de sacar a su marido de aquel ataque de tremendo terror. Pero Macbeth permanecía sordo a sus súplicas. Con desencajados ojos contemplaba la fantástica figura que solo su culpable imaginación podía ver, y solamente cuando la visión pareció desvanecerse, pudo recobrarse de la especie de estupor en que había caído. Después, durante breves momentos, hablo con naturalidad, y pidiendo vino, bebió a la salud de todos los presentes.

— ¡Y a la de nuestro querido amigo Banquo, a quien echamos de menos! — añadió con cínica osadía. — ¡Si estuviese aquí!... ¡Bebamos a su salud y a la de todos!

Apenas había pronunciado estás palabras, cuando otra vez la visión del hombre asesinado se presentó a los ojos de Macbeth. Lanzando un grito de terror retrocedió de nuevo, profiriendo un torrente de súplicas y amenazas. Lady Macbeth intentó nuevamente tranquilizar los ánimos; pero los frenéticos arranques del rey no podan ocultarse fácilmente, y temiendo las sospechas que pudieran despertar sus extrañas palabras, despidió a los huéspedes so pretexto de aquella súbita dolencia.

Cuando todo el mundo se hubo retirado, y quedaron solos marido y mujer, ésta estaba demasiado abatida y se sentía demasiado infeliz para dirigir ni un reproche, ni una pregunta. Míseros y abrumados, la criminal pareja permanecía en el desierto comedor, entre los rotos fragmentos del interrumpido festín y las moribundas antorchas que palidecían al vacilante resplandor de la aurora. Cenizas de esplendor, soledad, desesperación... eran como el emblema de sus vidas arruinadas.

Macbeth parecía más tranquilo; encontrábase como sumido en una especie de muda desesperación. Se había encenagado tan hondo en la sangre, que tan embarazoso le era retroceder como seguir adelante; determinó que toda causa que pudiese oponerse a su bienestar, sería barrida sin compasión. Ahora era él, no lady Macbeth, el que dirigía. La muerte de Banquo había sido cosa exclusivamente suya, y no quiso pedirle parecer a su esposa acerca de una nueva iniquidad que comenzaba a bullir en su mente.

Pero, en su culpable superstición, resolvió ir muy temprano, el siguiente día, a visitar a las hermanas del destino para saber de ellas, si era posible, el secreto hado que el porvenir le reservaba.

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