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William Shakespeare

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La noche de reyes

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Las medias amarillas

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Las medias amarillas
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Triste y pensativa había quedado Olivia al oír de boca del paje Cesáreo, al despedirse de ella, que no habría mujer alguna que poseyese jamás su corazón. Parecióle que en la grave dignidad de Malvolio había de encontrar un lenitivo a su pena, y con este intento hízole llamar.

—Ya viene, señora—dice la vivaracha María,—pero tan extrañamente vestido, que no dudo de que está loco.

—¿Por qué? ¿chochea acaso?—pregunta Olivia.

—No, señora, no chochea; pero le da la manía de sonreir continuamente: bueno sería que Vuestra Merced tuviese alguien a su lado al recibir su visita, pues no dudo de que esta algo descentrado—dice María.

—Ea: tráemelo.

Al comparecer María acompañando a Malvolio, quedó la condesa consternada al notar el extraño cambio que se había operaclo en su intendente, a quien viera antes siempre tan formal y juicioso en sus ademanes y en sus palabras. Adelantóse Malvolio, con menudo paso y gesticulando de peregrina manera para mostrar una graciosa afabilidad; contraía sus macilentas mejillas y sus severas líneas con ridículos visajes que aspiraban a ser cautivadoras sonrisas; sus delgadas piernas agarrotadas dentro de unas medias amarillo vivo, estaban adornadas con ligas entrecruzadas desde el tobillo hasta las rodillas. No dudó ni un momento Olivia de que el buen intendente había perdido el juicio, sobre todo al ver que respondía a sus preguntas con incomprensibles razones. En realidad no hacía más que repetir los conceptos de la carta que recogiera del suelo, y que para Olivia, que ignoraba toda aquella comedia, eran un enigma.

Malvolio seguía saludando y haciendo visajes; enviaba furtivos besos a Olivia, indicando a María que se retirara. Afligíase Olivia al pensar en el cambio repentino que había sufrido aquella cabeza, antes tan ordenada, de su intendente cuya honradez y fieles servicios en tan gran estima tenía. Dió, pues, orden a sus familiares que le atendiesen con particular cuidado, y llamó, por medio de María, al señor Tobías para darle las precisas instrucciones que el caso requería.

Encantado estaba Malvolio al ver el interés de la condesa y la importancia que se daba a su persona, y seguía entregado, cada vez con mayor ahínco, a sus halagüeñas reflexiones sobre la altura a que soñaba haber llegado.

Convencido estaba de que la condesa se había enamorado de él y de que al llamar al señor Tobías no tenía otra intención que proporcionar a su intendente una ocasión de ejercer su severidad hacia el caballero, según le aconsejaba la carta. Al entrar María y tras ella el señor Tobías, adoptó Malvolio una actitud de soberano desdén, como viendo llegada la ocasión de cebarse sobre su víctima: a María y al señor Tobías se les reían los huesos y al ver el maravilloso éxito de la jugarreta, animábanse cada vez más a continuar la chanza. Fingiendo que creían haber Malvolio perdido la razón, atáronle y le encerraron en una habitación obscura: después el bufón Festo se presentó y con piadosa y lastimera voz fingió ser el cura que venía a visitarle en su aflicción. Sostuvo con Malvolio una larga disputa, en la que el infeliz dió a entender bien a las claras que estaba en su sano juicio. Pero Festo (o el señor Topas, pues tal era el nombre que había tomado para aquella farsa), no quería darle esperanza alguna de libertad y se despidió de él sin haberle prestado el más pequeño alivio ni consuelo.

Al señor Tobías empezaba a parecerle que la broma había ya durado lo bastante y que era ya tiempo de poner en libertad a Malvolio, tan pronto como pudiese hacerse sin inconveniente alguno. No se le ocultaba el vivo disgusto que recibiría. la Condesa si se enteraba de la verdad de lo que sucedía; por otra parte, reconocía que era demasiado malquisto de la Condesa para llevar adelante por más tiempo e impunemente la broma: suplicó, pues, al bufón que hablase a Malvolio con voz natural. Festo entonó una de sus coplas como si acabase de llegar; conocióle Malvolio y llamóle en su auxilio suplicándole se apiadase de él, diciéndole:

—Bufón mío, si quieres hacer méritos conmigo, proporcióname una candela, una pluma, tinta y papel: te prometo por quien soy que te lo agradecere toda mi vida.

Complugóse el bufón en torturar un poco más al intendente antes de cumplir su encargo. Por fin fue a buscar lo que Malvolio deseaba, y se lo trajo.

Malvolio escribió una carta, que el bufón se encargó de llevar a su destino. El contenido de la misma probaba bien a las claras la cordura del que la escribiera, aunque estaba justamente indignado de los malos tratos que se le habían dado. Olivia ordenó que se le pusiera inmediatamente en libertad. Al comparecer de nuevo Malvolio en presencia de la Condesa y reprocharle amargamente por la carta que él suponía haberle escrito y por la manera indigna como le habían burlado, aseguróle Olivia que la tal carta no era absolutamente obra suya, sino que la había escrito María.

Tomó entonces la palabra Fabián, diciendo:

—Confieso francamente que el señor Tobías y yo somos quien ha hecho esta broma a Malvolio en venganza de ciertos actos de dureza y descortesía que hirieron nuestra sensibilidad. La que redactó la carta fue María a instancia del señor Tobías, en recompensa de lo cual el ha pedido su mano. La alegre y chistosa agudeza con que se ha llevado todo este asunto, debe excitar más bien la risa que provocar la venganza, si se examinan y aquilatan las faltas cometidas por ambas partes.

—¡Ay de mi!, ¡y cómo se han burlado de este pobre inocente!— exclamó Olivia,

—¡Guay de vosotros, vil canalla!, ¡y como voy a ven de vuestras villanías!—exclamó desesperado Malvolio, mientras Olivia ponía coto a las carcajadas de los demás con estas palabras:

—Verdaderamente no merecía tan mala pasada.

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