AlbaLearning - Audiolibros y Libros - Learn Spanish

| HOME | AUDIOLIBROS | AMOR | ERÓTICA | HUMOR | INFANTIL | MISTERIO | POESÍA | NO FICCIÓN | BILINGUAL | VIDEOLIBROS | NOVEDADES |

William Shakespeare

William Shakesperare

Hamlet

| 1 | 2 | 3 | 4 | 5 | 6 |

Dulces campanas tañidas al viento

Biografía de William Shakespeare en Wikipedia


 
 
[ Descargar archivo mp3 ]
 
Música: Chopin - Nocturne in C minor

Dulces campanas tañidas al viento
OBRAS DEL AUTOR
Español (Audio Libros)
Cimbelino
Como gustéis
Cuento de invierno
El mercader de Venecia
El rey Lear
Gentileshombres de Verona
Hamlet
La comedía de las equivocaciónes
La fierecilla domada
La noche de reyes
La tempestad
La violación de Lucrecia
Macbeth
Más es el ruido que las nueces
Otelo
Romeo y Julieta
Sueño de una noche de verano
Sonetos de amor

Inglés (Libros)
The merchant of Venice
The comedy of errors
The taming of the shrew
The tempest
Much ado about noghing
Romeo and Juliet
A midsummer night's dream

LE PUEDE INTERESAR
Cuentos de Amor
Misterio y Terror
Poesía
Poemas de Amor
Poemas de Navidad
<< 3 >>
 

Obedeciendo a los mandatos de su padre, empezó Ofelia a retraerse de Hamlet; dejaba sin contestación sus cartas y evitaba cuanto podía su presencia. Obsesionado como estaba el espíritu de Hamlet a raíz de la aparición de la sombra de su padre, podíase dudar de que aquel cambio de conducta llegase a ser duradero; pero cuando le pareció que se le eclipsaba toda su dicha y que ya nada fijo y estable había para él en el mundo, fue para él un golpe mortal al ver que aun la mujer objeto de su amor, parecía escoger aquel momento para retirarle su simpatía y afecto. Ante la sombra de su padre jurara Hamlet desterrar de su entendimiento toda idea que no fuese de venganza; por lo cual, su amor hacia Ofelia había de ocupar un iugar secundario en su espíritu; pero no era cosa tan hacedera como podía parecer a primera vista, aunque se esforzaba por conseguirlo: y de aquí la constante lucha de su espíritu dudando siempre entre el deber y el afecto. Hallábase Hamlet en la abrumadora situación del que no puede sobrellevar la carga que se ha impuesto: sabía su deber, y se veía impotente para cumplirlo: revolvía una y otra vez el mismo pensamiento; reflexionaba sobre los problemas y dificultades de la vida; podía pensar, sufrir, echar planes; pero no veía la manera de realizarlos: entretanto pasaba el tiempo, y no había tomado resolución alguna práctica. Tenía constantemente ante sus ojos la hipócrita y aduladora sonrisa del usurpador de la corona paterna: veíase asimismo arrojado del trono que legalmente le pertenecía y hecho vil súbdito del usurpador, él, a quien, muerto su padre, incumbían todos los derechos de sucesor legítimo. Pero, la misma suavidad y nobleza de carácter había de ser la causa de la ruina de Hamlet. Un temperamento rudo y salvaje de los que van derecho y sin rodeos a su objetivo, sin preocuparse poco ni mucho de las dificultades que puedan salir al paso, hubiera salido ciertamente airoso de una situatión como la de Hamlet; pero su noble y bien templado espíritu no era de los que gobiernan los acontecimientos humanos.

La perpetua turbación y perplejidad en que se hallaba sumido y la amarga conciencia de su falta de resolución, obraron en el joven príncipe un gran cambio. Ajeno completamente a la atmósfera de la corte de Dinamarca, adoptó un extraño modo de vida, el más a propósito, empero, para ocultar las tempestades de su espíritu; hurtábase a la hipocresía y fingimiento de los cortesanos y tenía una especie de gusto, nacido de su misma amargura, en hacer el despreocupado y emplear expresiones adustas y al vuelo.

Pero a lo mejor olvidábase de sí mismo y deponía esta capa de excentricidad: en el trato con sus antiguos amigos era siempre cordial y afectuoso compañero y, para con el pueblo bajo, un modelo de príncipes afable y benigno.

Muy intrigados andaban el rey y la reina por este cambio de Hamlet, no pudiendo figurarse a que obedecía, como no fuese la muerte de su padre. Enviaron, pues, a buscar sin pérdida de tiempo dos de sus amigos de infancia para que con halagos y caricias indagasen qué era lo que traía al príncipe tan ensimismado. Rosencrantz y Guildestern prometieron hacerlo así, y la reina dispuso que fuesen traídos a presencia de Hamlet.

Entretanto el anciano Polonio creía haber ya resuelto satisfactoriamente el problema de la locura de Hamlet, y fue con aire de triunfo a participar su descubrimiento a los soberanos. Como era hombre que no sabía hablar sin excederse en las palabras, fue imposible que narrara sucintamente el hecho y así, tras largos rodeos, vino finalmente al punto de la cuestión, el cual era: que Hamlet se había vuelto loco porque Ofelia había rechazado su amor. Polonio estaba seguro de ello, y los hechos lo conflrmaban: buen cuidado tuvo de relatar el proceso de la enfermedad de Hamlet sin omitir detalle alguno de los que (dicho sea de paso) no existían sino en la imaginación del anciano chambelán. Sacó, además, Polonio una especie de carta que Hamlet escribiera a Ofelia, y se ofendió al observar que los soberanos parecían no estar completamente de acuerdo con él acerca del asunto.

—¿Ha sucedido jamás (holgaríame de saberlo) que yo haya dicho rotundamente «esto es así» y haya resultado lo contrario?— preguntó Polonio.

—Nunca que yo sepa—respondió el rey.

—Pues si otra cosa fuese, separad esto de esto—añadió Polonio, señalando sucesivamente su cabeza y sus hombros. — Con tal que las circunstancias me guíen, yo descubriré la verdad, dondequiera que se oculte.

—¿Y no habría otro medio para comprobarlo?—preguntó el rey.

Respondió Polonio que bien sabían que Hamlet se paseaba a menudo cuatro horas seguidas por la galería contigua a la sala en donde se hallaban, y sugirió la idea de mandar en aquella ocasión a Ofelia para que le hablase: él, con el rey se ocultarían detrás de los tapices para observar lo que hacía el príncipe y espiar todos sus gestos y oir sus palabras.

—Si él no la ama—añadió Polonio—y no es ésta la causa de su locura, quitadme el cargo que desempeño en vuestra corte y ponedme a cortijero o guardador de yuntas en una de vuestras reales posesiones.

—Bueno; haremos la prueba—dijo el rey.

—¡Ved qué triste viene, leyendo, el desventurado!— dijo la reina, al ver a Hamlet entrar en la galería con los ojos fijos en un libro que tenía abierto en la mano.

—¡Retiraos los dos, retiraos!—exclamó con resolución Polonio.— Voy a hablarle ahora mismo.

—¿Cómo va su Alteza, señor Hamlet?—dícele Polonio at llegar a él.

—Bien, a Dios gracias—responde Hamlet fríamente.

—¿Que no me conocéis, señor?—añade Polonio en el mismo tono de socarronería.

Levanta entonces, el joven príncipe, los ojos del libro y dice, mirando a Polonio de pies a cabeza:

—¡Vaya si os conozco! Sois un pescadero.

—Os equivocáis, señor—dice Polonio, —algo desconcertado .

—Pues, ¡ojalá fuéseis un hombre tan honrado!

—¿Honrado?...—dice admirado Polonio.

—¡Ah, señor! ser honrado, tal como está hoy el mundo, equivale a ser escogido uno entre diez mil—replica Hamlet.

—Es mucha verdad, señor—dice Polonio,—en tono de quien reconoce la verdad de la sentencia.

Mal librado saliera Polonio de esta lucha de ingenio; a pesar de lo cual intentó un nuevo ataque. Entretanto Hamlet había vuelto a fijar sus ojos en el libro, y Polonio le pregunta:

—¿Qué estáis leyendo, señor?

—Palabras..., palabras..., palabras...—responde el joven príncipe, en tono de pesadumbre.

—¿De qué se trata?

—¿Entre quiénes?—pregunta Hamlet.

—Quiero decir; ¿de qué trata lo que leéis?

—Calumnias, señor—dice Hamlet, mirando de hito en hito a su interlocutor y como si quisiese mostrarle el pasaje del libro que lee.—Ese truhán de satírico dice aquí, que los viejos tienen la barba canosa y el cutis lleno de arrugas, que su seso esta vacio y que sienten gran debilidad en las piernas; todo lo cual, aunque me parezca grandísima y palmaria verdad, encuentro muy feo que lo pongan aquí en esos términos, porque vos mismo vendríais a tener mi edad si pudieseis andar hacia atras como los cangrejos.

—A pesar de que cuanto dice es un desatino, no deja de haber ilación en ello—dice aparte Polonio.—¿Queréis pasear, señor (prosigue Polonio) al abrigo del aire?

—Si, dentro de mi tumba.

—¡Pardiez!, allí si que estarías al abrigo del aire...—murmura Polonio, pensando luego dejar a Hamlet y disponerse a facilitar el proyectado encuentro con su hija. Dice, pues, al príncipe:

—Ahora respetable señor, dadme, si os place, licencia para despedirme de vuestra alteza.

—Nada puedo daros tan de mejor gana; os doy esto y cuanqueráis— replica Hamlet haciendo una profunda reverencia— después de la cual, añade en tono de desesperación: «excepto mi vida..., excepto mi vida..., excepto mi vida.»

—Quedad, pues, con Dios, señor—dice Polonio;—y al volver la espalda, dice entre dientes Hamlet:—¡Qué fastidiosos son estos viejos mentecatos!...

Con gusto hubiera seguido Hamlet riéndose a expensas del flamante chambelán; pero en cuanto asomaron Rosencrantz y Guildestern, volvió a ser el de siempre, el cordial amigo y camarada de mejores tiempos: acogiolos, pues, con aquella su antigua efusión que no cedía en nada al encanto de los más distinguidos mortales. Todo hubiera ido como una seda (como vulgarmente se dice) si ellos se hubiesen presentado con verdadera llaneza, pero a la gran penetración y perspicacia de Hamlet no escapó que había segundas intenciones en su visita a Elsenor, y así les hizo confesar que ésta no obedecía al solo deseo de verle, sino que venían enviados del rey y de la reina: sonsacado que hubo de ellos la verdad de sus intenciones, recelose de ellos y resolvió no soltar prendas. Díjoles que podían libremente exponerle la causa por la cual habían sido enviados y que así no habían de tener miedo de quebrantar el secreto cerca del rey y la reina.

—De poco tiempo acá, sin que yo comprenda la razón de ello—dice Hamlet,—he perdido por completo la alegría, he abandonado todas mis habituales ocupaciones y, a decir verdad, ha cargado sobre mí la melancolía en tanto grado, que esta admirable fábrica, la tierra, me parece un estéril promontorio, y ese magnífico dosel de los cielos, ese espléndido firmamento que vemos suspendido sobre nosotros, esa majestuosa bóveda tachonada de ascuas de oro; todo esto no me parece más que una abominable y pestilente acumulación de vapores. Qué grande obra maestra es el hombre!, ¡cuán noble por su inteligencia!, ¡cómo es infinito su poder!, ¡cuán maravilloso y proporcionado en su forma y movimientos!, ¡cuán parecido es, en sus acciones, al ángel!, ¡cómo se asemeja a Dios por su inligencia! ¡Él es verdaderamente lo más bello del mundo, el tipo más perfecto de los seres animados! Y, sin embargo, ¿qué es para mi esa quinta esencia del polvo? No, no me gusta el hombre; ni la mujer tampoco, por más que con vuestra sonrisa me déis a entender que no lo creéis.

—Señor, puedo aseguraros que no me pasaba tal cosa por el pensamiento—dice Rosencrantz.

—¿De qué te reías, pues, al oirme decir: «no me gusta el hombre»?—pregunta Hamlet.

Respondióle Rosencrantz que se reía al pensar que si no le gustaba el hombre menguada acogida habían de recibir de él una compañía de comediantes que habían encontrado en el camino y que se dirigían a Elsenor.

Protestó, al oir esto Hamlet, que serían bien recibidos y
preguntó que cómicos eran aquellos.

—Los mismos que tanto solían divertir a vuestra Alteza, los trágicos de la ciudad—responde Rosencrantz.

Excitósele a Hamlet el interés hacia aquellos artistas y preguntó a sus amigos por qué se daban a la vida ambulante, en vez de adoptar una residencia fija, y otras cosas por el estilo, cuando de pronto oyóse el sonido de la trompeta que anunciaba la llegada de la compañía.

—Amigos, bien venidos seáis a Elsenor—dice Hamlet:
— vengan esas manos (añade el príncipe, pues casi todos ellos habíanse inclinado respetuosamente): bien venidos seáis; pero mi tío-padre y mi tía-madre andaban muy equivocados.

—¿En qué, mi querido príncipe?—pregunta Guildenstern.

—Es que yo no estoy loco, sino cuando sopla el nornoroeste,— dice Hamlet sentenciosamente;—que cuando sopla el viento del mediodía, bien se yo distinguir un halcón de una garza.

Los razonamientos de Hamlet pudieron o no intrigar a los jovenes a quienes los dirigiera, pero en el fondo, eran de buen sentido y daban a entender que el príncipe estaba en el pleno goce de sus facultades intelectuales. En cuanto a su último concepto, la metáfora estaba tomada del sport de la caza del«halcón.» La garza, cuando se ve perseguida por el halconero, vuela siguiendo la dirección del viento; por lo cual, si el viento sopla del Norte, la garza vuela hacia el Sur, y el espectador, deslumbrado por los rayos del sol, no puede distinguir el halcón de la garza; por otra parte, cuando el viento sopla del Sur, o Mediodía, la garza vuela hacia el Norte, y tanto ella como el halcón que la persigue, son perfectamente vistos por el cazador, el cual, dando la espalda al sol, distingue claramente una ave de otra. Con su razonamiento, pues, quiso Hamlet dar a entender que su inteligencia estaba tan equilibrada como la de cualquiera otro, para juzgar con acierto de lo que pasaba a su alrededor.

El viejo Polonio, al oir la nueva de la llegada de los comediantes, sintióse acometido de un extraño entusiasmo.

—Aquí tenemos—decía,—a los más excelentes actores del mundo, tanto en la tragedia, como en la comedia, en el drama histórico, pastoral, pastoral-cómico, histórico-pastoral, trágico-histórico, trágico-cómicoico-histórico-pastoral, escena indivisible o poema ilimitado: con ellos ni Seneca se hace pesado en demasía, ni Plauto resulta ligero. Tanto para recitar lo que está debidamente escrito, como para improvisar, no hay quien les aventaje.

—Bien venidos, señores; bien venidos todos—exclamó el príncipe con su habitual cortesía;—¡cuánto me alegro de veros! Bien venidos seáis, mis buenos compañeros.

Y para cada uno de ellos tuvo palabras de afecto y dulces recuerdos. Pidióles entonces que ensayasen alguna pieza para dar una muestra de su talento dramático: y, como prueba de la flexibilidad del espíritu de Hamlet y de su comunicabilidad, conviene fijarse en el hecho de que estaba en su ser, lo mismo al tratar de asuntos de teatro con aquellos artistas, que al hacerse a sí mismo las profundas reflexiones sobre filosofía de la vida que hemos visto mas arriba. Trájoles a la memoria un drama que había en otro tiempo herido su imaginación, aunque, o no había sido puesto nunca en escena, o, a lo más, una sola vez, y no había obtenido la aprobación del público por ser demasiado fino: «era caviar para el vulgo », como decía gráficamente Hamlet. Empezó, pues, el príncipe la recitación de un pasaje de dicho drama con gran acierto y propiedad de dicción, y el director de la compañía la continuó en tono muy patético.

Viendo el efecto que el inspirado artista había hecho en los espectadores, asaltóle a Hamlet una idea y habiendo despedido a los demás actores dejándolos a la amabilidad y agasajos de Polonio; llamó al director para decirle una palabra.

—Oye, amigo—díjole Hamlet:—¿no podrías representar mañana El asesinato de Gonzago?

—Sí, señor.

—Esto deberia ser mañana por la noche. Ahora bien, ¿podrías, en caso necesario, aprender de memoria unos doce o dieciséis versos que yo escribiría e intercalaría en dicho drama?— preguntó Hamlet.

—No hay inconveniente, señor.

—Perfectamente: ve pues con aquel señor, y cuidado con tomarle el pelo—díjole Hamlet, enviándole a donde estaban los demás cómicos con Polonio.

Ya solo Hamlet, sumióse su espíritu en un amargo sentimiento por su debilidad e irresolución. La vista de la patética actitud del artista al representar la desdicha de un ser completamente imaginario, le trajo al pensamiento la deuda que tenía para con su padre por no haber aun cumplido su encargo. Allí había realidad viviente: un rey cruelmente asesinado por un traidor, y un hijo que nada había hecho por vengarle, sino que como un Juan Lanas, indiferente a su propia causa, apático y estúpido canalla, iba pasando el tiempo empollando siempre la venganza, pero sin decidirse a acometerla. La ira contra su tío desbordóse cual contenido torrente que rompe la valla, y todos sus pensamientos conspiraron a la venganza. Determinó no perder ya más tiempo en vanas exclamaciones, sino adoptar seriamente las medidas conducentes, a un resultado práctico.

—¡Ea!, a reflexionar, cerebro mío — dijo para sí en el acceso de su furia.—Pero..., un momento... He oído contar de algunos delincuentes que asistiendo a un espectáculo teatral, quedaron tan profundamente impresionados por la destreza dramática de los actores, que allí mismo confesaron su delito: el homicidio, aunque falto de lengua, tiene recursos verdaderamente prodigiosos para expresarse. Haré, pues, que esos comediantes representen, con asistencia de mi tío, alguna escena parecida al asesinato de mi padre. Yo observaré las miradas de mi tío, procuraré no perder ni uno de los movimientos de su rostro; sondearé su alma hasta lo mas íntimo, y por poco que se turbe, ya se yo lo que me toca hacer. La sombra se me apareció; podía ser muy bien el diablo, puesto que el demonio tiene poder para tomar formas atractivas. Quiero tener pruebas mas convincentes que éstas (dijo señalando a las tablillas en que escribiera las órdenes de la sombra). El drama será el lazo en el que quedará cogida la conciencia del rey.

Inicio
<< 3 >>
 

Índice de la obra

Índice del Autor

 
 
 

¡Nuevos cada día!

NOvedades en AlbaLearning - Nuevos audiolibros cada día


De actualidad
Cuentos de Navidad *
Misterio y terror *
Literatura erótica para adultos. Guentos galantes. *
Cuentos de amor y desamor para San Valentín *
Colección de Poemas *

Fábulas *
Biografías Breves *
Pensamientos, Máximas y Aforismos *
Especiales
Santa Teresa de Jesús
Cervantes
Shakespeare
Rubén Darío
Emilia Pardo Bazán
Federico García Lorca
Amado Nervo
Carmen de Burgos
 
Especial
"Los huesos del abuelo" de Carmen de Burgos
"D. Jeckill y Mr Hyde" de R. Louis Stevenson
"El diablo desinteresado" de Amado Nervo
"La casa de Bernarda Alba" de F. García Lorca
AUTORES RECOMENDADOS
Don Quijote - Novelas Ejemplares - Auidiolibro y Libro Gratis en AlbaLearning William Shakespeare - IV Centenario - Audiolibro y Libro Gratis en AlbaLearning Especial de Rubén Darío en AlbaLearning - Centenario Especial Amado Nervo Especial de Emilia Pardo Bazán en AlbaLearning - Centenario Federico García Lorca Carmen de Burgos (Colombine) - Audiolibros y Libros Gratis en AlbaLearning
 
ESPECIALES
Esta web utiliza cookies para poder darles una mejor atención y servicio. Si continúa navegando consideramos que acepta su uso.

¿Cómo descargar los audiolibros?

Síganos en:

Síganos en Facebook - Síganos en Twitter - Síganos en Youtube

Deje un mensaje:

Guestbook (Deje su mensaje - Leave your message) Guest-book

©2021 AlbaLearning (All rights reserved)