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William Shakespeare

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Hamlet

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Ofelia

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Ofelia
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Era, a la sazón, gran Chambelán de la corte de Dinamarca un anciano, por nombre Polonio, consejero cuyas canas le hacían respetable, cerebro lleno de dichos y aforismos, hombre muy pagado de sí y de su penetración y talento que creía poseer en grado superlativo. De conciencia acomodaticia, sabía prescindir de las leyes cuando el código no se avenía con sus intentos, y hallaba siempre explicación satisfactoria para todas las cosas, por extrañas que fuesen. Al hablar, tenía, a las veces, conceptos luminosos, pero en general se hacía pesado a los que le oían, por su prosa moralizadora, y en realidad era muy a menudo, una verdadera pesadilla.

Polonio tenia dos hijos; Laertes, apuesto y fogoso mancebo, y Ofelia, bella y graciosa joven.

Según costumbre de los hidalgos de aquellos tiempos, deseaba Laertes correr mundo, por lo cual, terminadas las fiestas de la coronación de Claudio, pidió permiso para regresar a Francia, de donde viniera con el solo objeto de ofrecer sus respetos al nuevo rey. Sabedor Claudio de que Polonio le había dado su consentimiento, dióselo también él, aunque mal de su grado, y dispúsose Laertes a partir en seguida.

Los corazones de Ofelia y el joven príncipe Hamlet estaban unidos por un vínculo de tierno afecto, ya desde la infancia, en la que el niño príncipe, único en la familia, no había tenido hermanos ni hermanas con quienes comunicar sus infantiles cuitas, y solo más tarde había compartido su afecto con sus íntimos amigos y compañeros de escuela Rosencrantz y Guildenstern. Creció, pues, con los años el amor de Hamlet y Ofelia, no sin complacencia de la reina Gertrudis, que en su amor hacia la gentil muchacha, hubiera deseado verla esposa de su hijo. Sin embargo, no habia mediado promesa alguna de matrimonio, por más que Hamlet sentía un verdadero amor hacia la joven y se lo manifestaba con regalos y verdaderas galanterías. En cuanto a Ofelia, estaba completamente prendada de Hamlet, lo cual no tenía nada de extraño, pues el joven príncipe brillaba entre todos sus compañeros como el sol entre todos los demás astros, por su incomparable gracia y hermosura, su gallardo porte y la nobleza de su alma; su destreza en el manejo de las armas, su agudeza de ingenio, junto a una grande aplicación al estudio y sus maneras distinguidas hacían de él el prototipo del soldado, del escolar y del cortesano, sin que todo esto disminuyese en él la cordialidad para con sus amigos y camaradas. ¿Qué extraño, pues, que se captara el amor de una joven tan cándida como Ofelia y la benevolencia de un amigo tan leal como Horacio?

Ofelia, en la tranquila simplicidad de su carácter había correspondido sin reparo alguno al amor de Hamlet; pero Laertes, con su gran experiencia del mundo, no acababa de creer en las formales intenciones del príncipe, y aun la víspera de su regreso a Francia amonestó a su hermana a que no se entregara tan incondicionalmente al afecto de Hamlet, y le manifestó su opinión de que las demostraciones de amor del príncipe no eran sinceras, sino más bien caprichos y pasatiempos, cosa muy dulce, sí, pero no duradera.

—¿Nada más tienes que decir?—replicó seriamente Ofelia.

—Nada más, y reflexiónalo bien—respondió Laertes con aplomo.—Es posible que ahora te ame sinceramente, pero ¡ah inocente Ofelia!, piensa en la desigualdad de la posición y que no siempre será Hamlet dueño de su acciones, sino que se impondrá la razón de Estado: las personas reales no pueden escoger por sí mismas el enlace, sino que se deben al pueblo, y en este y en otros asuntos han de anteponer a su deseo lo que parece mas conducente a la prosperidad y bienandanza
de la nación.

—Oprimido quedó el corazon de la pobre Ofelia al oir las
palabras de su hermano y ella le prometió humildemente tener en cuenta sus advertencias. Llegó en aquel momento Polonio y despidió a su hijo, dándole prudentes consejos de como había de portarse en el extranjero.

—¡Adiós querida Ofelia! — dícele Laertes, despidiéndose— ten muy presente lo que te dije; adiós.

—¿Qué es lo que te dijo Laertes?—preguntó Polonio a Ofelia.

—Con vuestro perdón lo diré. Cosas referentes al príncipe Hamlet.

—¡Ah! y por cierto que es oportuno este recuerdo— dice
el anciano: y prosigue sermoneándola por el estilo de Laertes.

En contestación a la doctrina que le diera el anciano, dícele Ofelia que de algún tiempo a aquella parte, Hamlet le ha hecho mil protestas de afecto y ofertas de amor que por ella siente. Pero Polonio, al igual que Laertes, desconfía de la formalidad y seriedad de Hamlet, creyendo que es puro fingimiento de parte del príncipe; manda por consiguiente a su hija que no prodigue sus entrevistas con Hamlet y que mas bien las evite cuanto pueda.

—Obedeceré, señor—contesta sumisamente Ofelia.

Nunca se le había ocurrido contrariar la voluntad de su padre. Ella amaba sinceramente, pero no tenía suficiente presencia de animo para hacer frente a la oposición: al descargar, pues, su furia la tempestad, bajo la cabeza, como frágil caña y fue barrida por el vendaval sin oponer resistencia.

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