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William Shakespeare

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Como gustéis

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En el bosque de Ardennes

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En el bosque de Ardennes
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Terminada la justa, volvíase Orlando a su casa, cuando vió venir hacia sí a su antiguo criado conjurándole que echase a huir sin tardanza. Efectivamente la noticia de la victoria de Orlando había ya llegado a oídos de Oliverio, y estaba tan exasperado por los elogios que todo el mundo tributaba a su hermano, que había determinado deshacerse de él a toda costa.

—Tengo—prosiguió el anciano,—quinientos escudos que son el fruto de mis economías en vida de vuestro difunto padre y señor mío: tomadlos y permitidme que os acompañe: viejo soy, es verdad, pero activo y robusto, y mis servicios no os serán menos útiles que los de un joven.

Conmovido Orlando por la elocuente prueba de fidelidad y devoción que le daba el anciano, no dudó en acceder a su deseo, diciéndole:

—Tengamos ánimo, que antes que se acaben tus ahorros, habremos ya hallado algún medio de ganarnos la vida.

Pusiéronse, pues, en camino los dos fugitivos: el joven se despedía de su casa natal; el anciano abandonaba aquellos lugares llenos de recuerdos, en donde transcurrieran sus sesenta años de servicio y fidelidad a su señor: partían, llenos de esperanza, pero los sucesos la defraudaron. Poco prácticos de los caminos y vericuetos del país, internáronse en el bosque de Ardennes y se perdieron en sus profundidades; rendidos por la fatiga, extenuados por el hambre, continuaron vagando a la ventura hasta que Adam, falto de fuerzas, dió consigo en el suelo.

—¡Señor mío y dueño mío —exclamó—no puedo más! ¡perezco de hambre! ¡me muero! ¡Adios, amo mío!

Sacó Orlando fuerzas de flaqueza para animar al anciano, llevçolo con gran cuidado a un lugar más al abrigo de las inclemencias del tiempo y se alejó algún tanto en busca de comida.

¡Cuán diferente era la escena que tenía lugar no lejos de allí en el mismo bosque! Eran los primeros y hermosos días del verano, y las horas se deslizaban felices para el duque desterrado y su reducido grupo de fieles servidores. Rústicamente vestidos y llevando la sencilla vida del proscrito, empleaban el tiempo cazando, cantando, riendo y bromeando, cobijados bajo el verde techo de los seculares árboles del bosque. El más notable de todos los que formaban el grupo era un señor, por nombre Jaques, en sus buenos tiempos flamante y libre cortesano y ahora filósofo resignado y satírico, cuyo voluble carácter tocaba todos los registros, pasando gradualmente del mas caústico y picante humor a la melancolía del soñador más absorto. Tenía una lengua viperina y no se deshacía jamás en amabilidad; pero sus sentenciosas y originales reflexiones hacían las delicias de todos y, en particular, del duque.

El mismo día en que Adam y Orlando estuvieran a pique de perecer de hambre, el duque y sus partidarios se divertían de la manera dicha, al otro lado del bosque. Amiéns, uno de los caballeros del séquito del duque, dotado de una muy agradable voz, entonó una canción en alabanza de los encantos de la vida campestre, y todos repetían a coro el estribillo.

Quien so el árbol altísimo quiera
Fresca sombra hallar,
Escuchando del ave parlera
El dulce cantar,
A este tal le digo:
Ven acá, ven acá, ven acá,
Que por enemigo
El cierzo y lluvia solo tendrás.

Al que torpe codicia no tienta,
Busca su yantar
Y al sol abuyenta
Recostado, sus penas; al tal
Ven acá, ven acá, ven acá,
Que por enemigo
El cierzo y lluvia solo tendrás.

La comida estaba a punto y el duque a la mesa, cuando compareció Jaques alegre y regocijado como si hubiese visto algo nuevo y digno de contarse.

—¡Un bufón! —gritaba—he hallado un bufón en el bosque.

Admirado y sorprendido de haber hallado un filósofo como él vestido a lo bufón, púsose a referir con visible satisfacción las raras y extravagantes ocurrencias del desconocido y las sabias máximas que brotaban de sus labios.—Buenos días, loco, le dije. «No, señor, me respondió él, no me llaméis loco hasta que el cielo no me haya concedido la fortuna» Después sacando del bolsillo un cuadrante púsose a contemplarlo con sus apagados ojos y exclamó con acento reflexivo: «Ya son las diez: ésto nos demuestra cuán rápido es el tiempo: hace una hora; eran las nueve, dentro de una hora serán las once: de esta manera de hora en hora vamos madurando, de hora en hora nos vamos pudriendo, y... sobre esto se podria escribir un libro.»

Distraíale a Jaques la idea de este mentecato que así discurría sobre la rapidez del tiempo, y confesó llana y lisamente que en adelante quería vestir la abigarrada casaca del bufón para gozar del privilegio que tienen los tales de expresar libremente y dondequiera, su modo de pensar.

—Los que más reirán serán aquellos a quienes mis desplantes, zahieran y toquen en lo mas vivo. Ea—dice,— -traedme la abigarrada casaca, dadme carta blanca para hablar lo que me venga en gana, y yo me comprometo a curar a la humanidad de gran parte de sus males.

No era de este parecer el duque, ni creía que fuese ésta la manera de reformar el mundo; dió, pues, a entender a Jaques que él mismo estaba muy lejos de la perfección. Defendió Jaques su opinión sobre la materia e insensiblemente iban entrando en una verdadera discusión filosófica, cuando les interrumpió una aterradora visión: vieron venir hacia ellos espada en mano a un joven de hosco aspecto quien les intimaba de la manera mas perentoria que le diesen de comer, amenazando con la muerte al que se atreviese a tomar un bocado antes que le hubiese socorrido en su necesidad.

—¡Me muero de hambre!—gritaba el joven desaforadamente— dadme de comer.

—Siéntate con nosotros a la mesa—respondióle bondadosatnente el duque—y seas bienvenido.

Al oir tan amistosas palabras comprendió Orlando cuan inoportuna era toda muestra de violencia y se calmó al instante, diciendo:

—¡Perdonadme, señores! creía yo equivocadamente que en la selva no hallaría sino seres rudos y salvajes, porque asi lo había oído decir; y de aqui que haya tornado esta actitud de despótica crueldad. Si empero, como parece, sois gente que en otro tiempo gozó de una vida mas regalada, si sabéis lo que: es piedad y compasión para el desvalido, diferid por un momento vuestra comida y esperad a que traiga a vuestra presencia a un anciano consumido por la edad y las privaciones. No tomaré bocado, que él no haya saciado su hambre.

—Ve pues, corre a buscarle —díjole el duque.

Al poco rato regresó Orlando, acompañado de Adam. Mandóles el duque sentarse a su lado y ofrecióles de comer, antes de hacerles pregunta alguna sobre su vida e intenciónes, y para darles tiempo a que se repusiesen, pidió a Amiéns que entonara una canción.

Sopla, sopla, helado viento,
pues causas menos tormento
que un ingrato corazón.
Ni cuando feroz te agitas
tanto dano nos concitas,
aunque es rudo tu empellón.

Hiela, hiela, invernal cielo;
menos temible es que el hielo
la inconstancia de un amigo
a quien hicimos favores.
¡Cuán amargos sinsabores
su ausencia lleva consigo!

Mientras así cantaba Amiens, pudo Orlando referir al duque, en voz daja, una parte de la historia de su vida y causa de su destierro.

—¿Conque, vos sois el hijo de mi antiguo y buen amigo señor Rolando de Boys?—exclamo conmovido el duque,—bienvenido seáis: pasemos a mi gruta y allí me contaréis todas vuestras aventuras. Y tú, amable anciano—dijo volviéndose a Adam,—-sé asimismo bienvenido.

Así, pues, con gran satisfactión y contento suyo, quedáronse Orlando y su anciano criado al lado de los proscritos.

El loco a quien hallara Jaques en el bosque, no era otro que Piedra-de-toque: también él andaba hacía tiempo, errante con sus compañeras sin saber dónde establecerse de asiento. Llevando al bufón por toda escolta, las dos primas habíanse puesto en busca del padre de Rosalinda, sin haber hasta entonces logrado rastrear las huellas del desterrado prócer. Celia estaba rendida de cansancio, Piedra-de-toque intratable por su mal humor; en cuanto a Rosalinda, hacía cuanto podía para animar a ambos.

—¡Bueno, ya estamos en el bosque de Ardennes!—exclamó alegremente Celia.

—Sí; ya estamos en las Ardinas y yo cien veces más loco que antes de venir acá—masculló Piedra-de-toque: en la posada, descansaba mejor y más a gusto; pero, ¿qué le vamos a hacer?, el viajero ha de contentarse con lo que le dan, por poco que ello sea.

—Sí, amigo mío, haces bien, en consolarte—dijo Rosalinda...— Pero, ¿qué veo?, aliá vienen un joven y un anciano conversando con gran intimidad.

Efectivamente eran dos pastores, Silvio y Corino: el primero, el más joven, se apartó muy pronto, al verlo cual Rosalinda llamó al anciano y le dijo:

—Buen pastor, ¿podrías llevarnos a algún lugar en donde descansar y saciar nuestro apetito?

—Bien quisiera yo—respondió el anciano,—hallarme en condiciones de prestaros socorro ; pero soy un simple zagal a las órdenes de un pastor, y ni aun las ovejas que apaciento me pertenecen. Mi amo es huraño y poco hospitalario; además, tiene la cabaña y los rebaños en venta, de manera que en la vivienda no hay nada que ofreceros. Sin embargo, si queréis seguirme y venir a descansar, no hallaréis mala acogida.

—Y ¿quién va a comprar los rebaños y dehesas de vuestro amo?—pregunta Rosalinda.

—Ese joven pastor que habréis visto poco ha andar conmigo y que tan indiferente está para todo y tan pensativo.

—Si quieres creerme y el negocio este es legal y honrado —prosigue Rosalinda,—quédate con la cabaña, la dehesa y los rebaños, que ya te daremos nosotros con que pagar todo esto.

—Y aumentaremos tu jornal—añadió Celia:—este lugar me gusta; en el pasaría feliz una buena temporada.

Así fue como Celia y Rosalinda, en compañía siempre de Piedra-de-toque, instaláronse en la vivienda del pastor y como Jaques, el caballero filósofo, se halló casualmente con el bufón en el bosque.

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