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William Shakespeare

William Shakesperare

La comedia de las equivocaciones

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Confusión sobre confusión

Biografía de William Shakespeare en Wikipedia


 
 
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Música: Chopin - Nocturne in C minor

Confusión sobre confusión
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Dromio de Éfeso a quien su ama había enviado por segunda vez en busca de su marido, halló por fin a éste en la tienda de un joyero, llamado Ángelo, a quien había encargado una cadena de oro para su mujer. La cadena no estaba terminada, pero le faltaba poco. Antífolo, pues, fue a casa llevando consigo convidados al joyero Ángelo y a un mercader por nombre Baltasar; pero al querer entrar en su casa no pudieron entrar en ella por impedírselo el portero y la servidumbre. No les valieron argumentos ni razones, pues decían aquellos que su señor y su siervo Dromio habían ya entrado y estaban comiendo; era pues inútil que pidiesen entrar, pues debían ser forzosamente gente de malas intenciones, o por lo menos, desconocidos. Encendido en cólera Antífolo, resolvió ir a comer a otra parte, ya que en su propia casa se le trataba de tan mala manera.

Entretanto, en el interior de la casa, estaba Luciana muy mohína al ver la extraña conducta que observaba su cuñado con Adriana su mujer, y aprovechó una ocasión en que se hallaron solos, para reprocharle amargamente.  Antífolo de Siracusa persistió negando que Adriana fuese su mujer — al contrario (decía); quien me seduce sois vos, Luciana... — y continuó requebrándola con amorosas frases. Muy mal le sentaron a Luciana tales galanteos del que tenía por marido de su propia hermana, y corrió a buscar a Adriana, dejando a Antífolo con la palabra en la boca, pero más enamorado que nunca, de su encantadora belleza y de sus prudentes respuestas.

Mientras en tales reflexiones estaba absorto pensando que había prolongado más de lo conveniente su estancia en Éfeso, y lo que le tenía cuenta era largarse y abandonar aquella ciudad que mas que ciudad parecía un antro de brujas, presentóse el joven Ángelo, con la cadena que Antífolo de Éfeso le encargara para su mujer. Entregó, pues, la cadena a Antífolo de Siracusa que presente estaba y nada sabia del tal encargo y afirmó que no lo había hecho; pero Ángelo insistía en su propósito, diciendo que a las cinco volvería por el dinero.

Antífolo habia mandado a Dromio a saber si había algún barco a punto de salir de Éfeso, pues decía que no quería ya permanecer ni una sola noche más en tan misteriosa población. Decidió, pues, salir a la calle y esperar a Dromio en la plaza del Mercado, para irse juntos tan pronto como les fuese posible.

El joyero Ángelo tenía una deuda con otro comerciante, y el acreedor le urgía a que le pagara. Respondióle Ángelo que mayor suma le debía a él Antífolo y que contaba cobrar de él a las cinco de la tarde de aquel mismo día; si pues le parecía bien, podía ir con él a su casa y allí le pagaría. Pero Antífolo de Éfeso acertó a pasar por allí, y su presencia enredó la madeja. Reclamóle Ángelo el importe de la cadena, pero este Antífolo afirmó que no la había recibido. Protesto Ángelo diciendo que se la había entregado, aun no hacía media hora, lo cual negó Antífolo sumamente indignado.

El acreedor de Ángelo perdió la paciencia creyendo que la dilación que este le pidiera, era una excusa de mal pagador, y mandó a un guardia que le detuviese. Ángelo, al ver peligrar su reputación, mando al guardia que detuviese a Antífolo porque se negaba a satisfacer el importe de la cadena. Para enredar más y más la madeja, presentóse en aquel mismo momento Dromio de Siracusa, el cual tomando al falso Antífolo por su verdadero amo, díjole que el barco estaba a punto de zarpar, que el equipaje estaba ya a bordo, y que no faltaban sino él y el capitán para darse el barco a la vela. Antífolo de Éfeso tomó a Dromio de Siracusa por su esclavo Dromio y creyó que había perdido el juicio, pues le salía con aquel despropósito; pero no tuvo tiempo para entretenerse con él. Mandóle a su casa a pedir a Adriana una bolsa de ducados para que le soltaran. Hizo Dromio lo que se le mandaba. En volandas fue éste a casa de Antífolo, contó a Adriana confusamente lo que estaba pasando, tomó la bolsa y volvió a donde le aguardaba el que él creía su amo, y allí se encontró a su propio amo Antífolo de Siracusa. A él entrego la bolsa. No podía Antífolo comprender aquel nuevo enredo, pero viendo que no tenía tiempo que perder preguntóle si salía barco aquella noche. Respondió Dromio que hacía ya una hora que le había anunciado que el barco estaba dispuesto a zarpar y que era en el preciso momento en que le detenían.

— Aquí tenéis, pues— termino diciendo Dromio,— el dinero que me enviasteis a buscar para vuestro rescate.

—El infeliz se ha vuelto loco... y yo otro tanto— dijo Antífolo: —vamos de ilusión en ilusión. ¡Quiera alguna divinidad amiga sacarnos con bien de este lugar!

Adriana, acompañada de Luciana, apresuróse a hacer poner en libertad a su marido; pero quedaron desconcertadas al hallarle, oyendo las extranezas que contaba: lamentábase de que no hubiese podido comer en su casa y de que se le hubiese negado la entrada en ella, y otras muchas cosas. Adriana y Luciana por su parte, estaban persuadidas de que había comido en su compañía; por lo cual creyeron que estaba loco, y atado lo llevaron a casa y le pusieron a disposición de un médico, como también a su esclavo, quien parecía estar tan chiflado como su amo, tales eran los despropósitos que decía.

Al cabo de poco, Ángelo y su acreedor hallaron a Antífolo de Siracusa, el cual ahora, en vez de negar que hubiese recibido la cadena, dijo sin rodeos que sí.  Reprochóle Ángelo el que lo hubiese negado poco antes. Antífolo dijo que no había dicho nada en contra. El final de todo este enredo fue que se tomaron de palabras, y de las palabras pasaron a las obras, y tiraron de las espadas para batirse. Llegó en aquel momento Adriana, y creyendo que su marido había escapado de su encierro, suplicó a sus adversarios que no le hiriesen, que estaba loco, que le sujetasen y quitasen la espada.

Antífolo de Siracusa, viendo que lo más probable era que le arrollasen, zafóse de ellos, junto con su esclavo Dromio, refugiándose en un convento que cerca de alli había. La abadesa negóse a entregar al fugitivo, por más que se lo suplicaba Adriana alegando que era su marido. La abadesa alegaba, a su vez, que se habían refugiado en sagrado.

Aconsejó Luciana a su hermana que acudiese al Duque. Éste se disponía a presenciar la ejecución del desventurado Egeón, quien no había podido aún hallar la suma de su rescate.

Contó Adriana al duque lo ocurrido (tal cual ella lo imaginaba); por lo cual este llamo a su presencia a la abadesa. En aquel momento vino volando la doncella de Adriana a notificar a su señora que su señor y Dromio se habían soltado y que habían atado al médico y que se hacían a palos con la servidumbre.

— Calla imbécil— dícele Adriana;— tu señor y su criado, aquí están: ¿a qué vienen esas tus mentiras?

La súbita aparición de Antífolo y Dromio de Éfeso dio a entender que la doncella había dicho verdad.

— A menos que el miedo de la muerte me haya quitado la razón — dice Egeón, — no dudo de que veo a mi hijo Antífolo y con él a Dromio.

La confusión no había aun desaparecido porque aquel Antífolo no había conocido nunca a su padre. Pero al salir Antífolo de Siracusa, del convento, y hecho un careo de los hermanos, despejóse la incógnita y desapareció la confusión. Para que el gozo fuese más cumplido, vínose en conocimiento de que la abadesa era la mismísima esposa de Egeón.

No fue, pues, entonces, sino muy fácil hallar la suma necesaria para el rescate de Egeón; pero el duque le perdonó la vida y no aceptó el dinero que Antífolo de Éfeso le ofrecía.

Antífolo de Siracusa pudo entonces galantear a su sabor y sin miedo a los reproches, a Luciana, la dama que tanto le había fascinado; y Adriana, a quien el duque dijo cuatro palabras al oído, prometió ser, en lo sucesivo menos regañona.

Entre todos aquellos camaradas de penas y fatigas nadie fue tan dichoso como los dos Dromios. Abrazábanse fuertemente y no cesaban de mirarse estupefactos.

— Paréceme ver en ti, no a mi hermano, sino mi espejo —

Decía Dromio de Éfeso.— Por tu apuesta figura veo que soy un guapo mozo. ¿Entremos para oír los comentarios que hacen? Y porfiaban ambos sobre cual había de pasar delante del otro y entrar primero en la casa, y al ver que era imposible hallar motivo de preferencia de uno sobre el otro, resolvieron entrar juntos de frente y dándose el uno al otro la mano.

FIN

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