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William Shakespeare

William Shakesperare

La comedia de las equivocaciones

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Un paseo por Éfeso

Biografía de William Shakespeare en Wikipedia


 
 
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Música: Chopin - Nocturne in C minor

Un paseo por Éfeso
OBRAS DEL AUTOR
Español (Audio Libros)
Cimbelino
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El mercader de Venecia
El rey Lear
Gentileshombres de Verona
Hamlet
La comedía de las equivocaciónes
La fierecilla domada
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La tempestad
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The merchant of Venice
The comedy of errors
The taming of the shrew
The tempest
Much ado about noghing
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Érase un mercader de Siracusa, llamado Egeón, que tenía dos hijos gemelos, tan parecidos el uno al otro, que, separados, era imposible distinguirlos. Al nacer estos dos niños, Egeón y su mujer estaban de viaje, pues los negocios de Egeón le obligaban a pasar largas temporadas fuera de su casa. Sucedió que el mismo día y en la misma posada en que se albergaban, una pobre mujer dio también a luz dos niños gemelos. Los padres eran sumamente pobres, y como la esclavitud estaba en vigor en aquel tiempo, compro Egeón aquellos gemelos y los educó para criados de sus dos hijos. Eran aún muy niños los cuatro, cuando Egeón y su mujer determinaron volver a casa. En el viaje de vuelta levantóse una furiosa tempestad: la tripulación salvóse en botes, y el mercader con toda su familia quedó en el barco a merced de la tormenta. La mujer, viendo la triste suerte que les aguardaba, ató a un mástil a uno de sus dos hijos y a uno de sus dos esclavos; el marido hizo lo propio con los otros dos: hecho lo cual, marido y mujer atáronse respectivamente a cada uno de los dos mástiles.

Calmóse la tempestad; volvió a lucir el sol con todo su resplandor, y a la clara luz del mismo columbró el mercader a lo lejos dos barcos que venían hacia él, uno de los cuales parecía oriundo de Corinto y el otro de Epidauro. Pero antes de llegar y encontrarse, las olas impelieron el barco contra una enorme roca y se partió por medio. Toda aquella familia quedó perdida en la inmensidad del Océano, hasta que los Pescadores corintios recogieron a la madre con los dos niños mayores y finalmente el mercader con los otros dos niños hallaron la salvación en el otro barco. Vivamente deseaba Egeón alcanzar a su esposa para poder regresar juntos, pero su barco no era tan velero como el otro y a pesar de los esfuerzos de los marineros, quedóse muy rezagado; por lo cual tomó ruta hacia Siracusa.

Siendo de diez y ocho años de edad el menor de los dos hijos de Egeón, quiso saber de su hermano, y pidió permiso a su padre para ir en su busca, tomando por compañero a su criado, que tenía la misma estampa que él. Perplejo estuvo Egeón; pero al fin le dio su consentimiento, pensando para sí que si el niño era tan afortunado que hallara a su hermano y a su madre, él tendría también la dicha de abrazarlos y se cumplirían los deseos que por tanto tiempo alimentaba en su corazón. Antífolo, pues, de Siracusa y Dromio de Siracusa (que así llamaremos en adelante al menor de los hijos de Egeón y a su respectivo criado), partieron en busca del otro hermano; pero pasaba el tiempo, y viendo Egeón que no volvían, determinó él mismo ir en busca de ellos. Durante cinco años anduvo buscándolos en toda Grecia, desde lo más próximo a lo mas apartado, y llegó errante hasta los confines del Asia, y costeando las playas del Océano para regresar a su patria, llego a Éfeso sin esperanza de hallar a su hijo, pero no queriendo dejar inexplorado lugar alguno habitado por hombres.

Ocurrió en aquel entonces que, a causa de la enemistad que había entre las dos ciudades de Éfeso y Siracusa, reuniéronse los ciudadanos de ambas y resolvieron suspender todo tráfico con la ciudad contraria: decretaron además una especie de mutua proscripción, de manera que el ciudadano de Éfeso que se viese en Siracusa, y el siracusano que entrase en la bahía de Éfeso, serían entregados a la muerte y sus bienes confiscados y a disposición del duque respectivo, a menos que el culpable pudiese recaudar mil marcos de oro como multa y rescate.

Así, pues, siendo Egeón natural de Siracusa, al llegar a Éfeso, fue hecho prisionero y llevado a la presencia del duque. Interrogado acerca de su fortuna, confesó que no llegaba su valor ni a cien marcos, por lo cual fue condenado a muerte. Movido el duque de Éfeso a compasión al oír el relato que le hizo Egeón de su mala ventura, mucho hubiérase holgado de soltarlo; pero no estaba en su mano revocar la sentencia de muerte en que el infeliz incurriera por su ignorancia: hizo, sin embargo el duque lo que la ley le permitía, que era conceder un día de gracia al mercader, indicándole que recorriese la ciudad por si hallaba algún amigo que le diese o prestase la suma necesaria para salvarse de la muerte.

Sin saberlo Egeón, estaba en aquel entonces, en Éfeso, no solo el hijo en busca del cual partiera de Siracusa, sino también el otro a quien perdiera años atrás, ya desde mucho tiempo establecido y casado con una mujer por nombre Adriana. A ambos hijos del mercader se daba el nombre de Antífolo, y los esclavos de ambos tenían por nombre Dromio. Los gemelos creciendo en edad, no habían perdido su semejanza, y esta dió margen a una infinita serie de confusiones, al llegar a Éfeso Antífolo y Dromio de Siracusa.

Pronto se divulgó por Éfeso la noticia de que se había encarcelado a un mercader de Siracusa; por lo cual un buen hombre de Éfeso, de quien Antífolo de Siracusa había de cobrar una regular suma de dinero, dijo a éste, al verle, que anduviese con cautela para que no se supiese que venía de Siracusa. Cobrado que hubo Antífolo envió a su criado Dromio con el dinero a la posada del Centauro, en donde se alojaba, diciéndole que volviese antes de una hora, porque no quería tardar más de aquel espacio de tiempo en comer. Entretanto dió un paseo por la ciudad, muy apesadumbrado por no haber dado aún con su madre ni con su hermano en cuya busca partiera.

A los pocos pasos, vió con sorpresa Antífolo venir hacia sí a un hombre a quien tomo por su esclavo Dromio y que en realidad de verdad era esclavo y se llamaba Dromio, pero era el hermano gemelo de su esclavo, y él por su parte tomó también a Antífolo por su propio dueño.

— Hola — dícele Antífolo de Siracusa, — ¿Cómo estás de vuelta tan pronto?

— Antes bien decid tan tarde— replica Dromio de Éfeso. — El capón se quema, el cerdo salta a pedazos del asador, en el reloj de la torre han dado ya las doce...— Y acaba diciendo que su mujer estará tan enojada por la tardanza de su marido y porque se le enfría la comida y otras cosas por el estilo.

— Basta, amigo, basta — interrúmpele Antífolo queriendo contener el torrente de su palabrería que tan mal concordaba con lo que de él juzgaba.— Dime, ¿dónde has dejado el dinero que te entregué hace un momento?

— ¿Qué?, dos doce sueldos que me disteis el miércoles pasado para pagar la cuenta del sillero por el arreglo de la grupa de mi señora el ama? El sillero los tiene, a él se los di.

— Mira que no estoy para bromas— replica seriamente Antífolo, quien sabía por experiencia que Dromio era muy bromista y que le gustaban en gran manera los chistes. Así pues, chanzas aparte, dime donde está el dinero. Ya sabes que somos extranjeros en Éfeso, y quiero saber por qué has tenido que abandonar fácilmente tan importante suma.

Pero Dromio insistió en negar a Antífolo que le hubiese confiado dinero alguno y acabo por suplicarle que le dejase, pues su mujer le estaba aguardando para comer en la posada del Fénix. Antífolo entonces perdió los estribos ante aquella que le parecía gran impertinencia de su esclavo, arremetió con él y apaleóle, hasta que Dromio puso los pies en polvorosa y desapareció.

— ¡Por vida de Barrabás! — exclama Antífolo, — este villano se habrá dejado escamotear por algún bribón el dinero que le entregué: ya se sabe que en esta ciudad merodean los ladronzuelos, perversos escamoteadores que se la pegan al más avisado, hechiceros, impostores disfrazados, charlatanes y toda clase de gente maleante. De ser esto así, no querré yo estar mucho tiempo en esta guarida de forajidos: voy al Centauro a buscar a mi estúpido Dromio, pues no estoy tranquilo respecto de mi dinero.

Entretanto Adriana estaba en ascuas por la tardanza de su marido, siendo inútiles todas las consideraciones que le hacia su hermana Luciana para que cesase su ansia: esta subió de punto al ver que llegaba Dromio y nada sabía de Antífolo.

— Ea, vuélvete, estúpido -dícele sacudidamente, y tráeme a mi marido.

-¿Qué me vuelva, decís?, ¿para que me peguen de nuevo? - replica Dromio.- Por favor os pido que mandéis a otro en mi lugar.

— Ea, al avío charlatán; si no te rompo un hueso.

 Creyó Dromio más prudente volver, y fuése de su presencia rezongando.

-Él me empuja hacia aquí, vos me empujáis hacia allá; por poco tiempo que esté a vuestro servicio, harán de mi piel tiretas.  

Así que el esclavo estuvo fuera, reprochó Luciana la impaciencia de su hermana, diciéndole que no tenía motivo para airarse, pues si tardaba su marido, debía ser por ocupaciones que tenía. Pero Adriana no escuchaba razones de nadie. Víctima de terribles celos quejábase de que le tocaba quedarse sola en casa mientras su marido se recreaba con sus compañeros; que debía ya estar harto de ella y, por lo tanto, había hallado cosa mejor fuera de casa.

-¡Ah monstruo feroz de los celos!-exclamó Luciana: - Ea, hermana mía, echa lejos de ti estas preocupaciones tan insensatas.

Adriana, empero, se hacía la sorda a tan sabios consejos, Prefiriendo consumirse y labrar su infelicidad en brazos de celos infundados.

Antífolo de Siracusa, al regresar a la posada del Centauro supo que su dinero estaba a buen recaudo, pero estaba aún grandemente enojado con Dromio por sus chanzas, y al comparecer el esclavo ante él, preguntóle que se había propuesto a obrar de aquella manera.- ¿Estabas loco, o es que lo hacías al responderme tan sin ton ni son?

Dromio respondió que no sabía de lo que le hablaban, ya que no había vuelto a ver a su amo desde que le despidiera con la suma de dinero; y preguntó a su vez a su amo: ¿qué intentaba con aquella broma? Encolerizado Antífolo por la aparente imprudencia de su esclavo, empezó a apalearle seriamente.

El furor del amo y la paciencia y sufrimiento del esclavo trocáronse pronto en azoramiento al ver comparecer a dos señoras, una de las cuales, dirigiéndose a Antífolo como si fuese su propio marido, púsose a reprocharle su indigno comportamiento diciendo:

—Sí, Antífolo; ponme a mí cara seria, y guarda las sonrisas y mimos para otras beldades. Ya no soy Adriana para ti; ya no soy tu esposa. Tiempo hubo, por cierto, en que me juraste que no halagaría tus oídos palabra de mujer que no fuese la mía; que nada fascinaría tus ojos, si no era mi rostro, que nada gustaría a tu paladar sino lo que yo te sirviese. ¿Cómo es eso, pues, amigo?, ¿cómo es que desdices en tan gran manera de ti mismo? ¡Ah no te apartes tanto de mi!

-¡Soy yo a quien habláis, noble señora?- replica Antífolo.— No os conozco, no sé quien sois; y ¿cómo he de saberlo, si no hace más que dos horas que estoy en Éfeso? Tan extraño soy a lo que me decís, como a esta ciudad, que desconozco por completo. No entiendo una palabra de cuanto me habéis dicho.

— Quitad allá, hermano mío; ¡y qué cambiado estáis!, ¿dónde habéis aprendido a tratar de esta manera a mi hermana?— dice Luciana.— No sabéis que ella os envió a llamar por medio de Dromio?

— ¿Por medio de Dromio?

— ¿Yo?— pregunta Dromio, el cual no era el Dromio que Adriana enviara, sino el otro.

—Sí, tú mismo— responde Adriana enérgicamente, repitiendo lo que Dromio le había contado, de los palos que recibiera de su propio amo.

Antífolo estaba tan desconcertado ante aquel enigma, que dudaba de si estaba despierto o soñaba, si en el mundo o fuera de él, si loco, o en su pleno juicio. Pero al ver que ambas a dos insistían aquellas damas en que fuesen a comer con ellas, siguió Antífolo, dispuesto empero a observar que desenlace tendría aquella extraña aventura.

En cuanto a Dromio, recibió ordenes de su amo, de no dejar entrar absolutamente a nadie — si es que tus deseos son (díjole Antífolo) tener tus espaldas a cubierto de estacazos.

 

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