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William Shakespeare

William Shakesperare

Cimbelino

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Una princesa de la Gran Bretaña

Biografía de William Shakespeare en Wikipedia


 
 
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Música: Chopin - Nocturne in C minor

Una princesa de la Gran Bretaña
OBRAS DEL AUTOR
Español (Audio Libros)
Cimbelino
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El mercader de Venecia
El rey Lear
Gentileshombres de Verona
Hamlet
La comedía de las equivocaciónes
La fierecilla domada
La noche de reyes
La tempestad
La violación de Lucrecia
Macbeth
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Sueño de una noche de verano
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The comedy of errors
The taming of the shrew
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Much ado about noghing
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Imógena, hija y heredera de Cimbelino, rey de la Gran Bretaña, había caído en desgracia de la corte y enajenádose el afecto de su padre porque habiendo este contraído segundas nupcias con una viuda que tenía un hijo llamado Cloten, rehusó Cimbelina contraer matrimonio con él, según habían determinado de común acuerdo los huevos esposos. Había en la corte un caballero, por nombre Póstumo Leonato, apuesto y gentil mancebo, aunque de baja alcurnia, y a quien, habiendo quedado huérfano en su tierna edad, adoptara Cimbelino, criándolo y educándolo como si fuese su propio hijo. A este amaba Imógena, no solo por haber sido su compañero de infancia sino por sus excelentes prendas, y a él dio su mano anteponiéndolo a Cloten, que era un hombre rustico y de mal carácter, indigno del amor de una joven como la princesa.

Ahora bien, la conducta de Imógena al rehusar la mano de Cloten había excitado la cólera del rey, de la reina y del propio Cloten: en cuanto a los cortesanos, aunque por su situación estaban obligados a acatar incondicionalmente la voluntad del soberano, no había entre ellos uno siquiera que, en el fondo de su corazón no se alegrase de lo que parecía ser a todos motivo de disgusto. Porque mientras Cloten era (al decir de uno de ellos) «un ser más malo que la mala fama que tenia » Postumo Leonato tenía un porte tan distinguido y gracioso y un alma tan noble y de tan elevados sentimientos, que difícilmente se hubiera hallado en el mundo quien le aventajase. Rodeado ya en su infancia del afecto y admiración de todos, había salido vencedor de la terrible prueba que supone la condición de favorito cortesano, sorteando todos los peligros del trato de la corte y sacando partido de todas sus ventajas, pues adquirió una instrucción superior a los jóvenes de su edad y de su rango. Por lo demás, el mejor testimonio de su superioridad era el hecho de que una mujer de tanta valia como Imógena le hubiese escogido por esposo.

Pero Cimbelino, menos atento de lo que fuera justo a los meritos personales de Póstumo, indignóse al ver que su hija compartía el afecto de su corazón con un «mendigo» y que a él había dado su mano, siendo así que podía haber casado con el único hijo de la reina. Dictó, pues, sentencia de destierro contra Póstumo Leonato, y dispuso que Imógena fuese encerrada en palacio bajo la custodia de su madrastra.

La esposa del rey era una mujer astuta y amiga de intrigas y cuya suprema ambición y objetivo era asegurar el trono de su marido para su hijo el rústico Cloten. Cimbelino había tenido realmente de su primer matrimonio dos hijos varones, pero ambos habían sido robados, el mayor, cuando tenía apenas tres años, y el menor, dos, y hasta entonces no se había podido descubrir su paradero. La princesa Imógena, pues, era la única hija, y en su calidad de heredera de la corona, era para la. ambiciosa reina un excelente partido que había de cultivar para su hijo, y en efecto a ello se dirigieron todos sus esfuerzos y tentativas, y al ver que a las buenas nada conseguía, no tuvo reparo alguno en acudir a recursos solapados y tenebrosas maquinaciones. Tenía la madre de Cloten algunas nociones de medicina y cierta destreza en confeccionar perfumes y remedios con hierbas y simples. Pretextando, pues, que perfeccionarse en su arte, rogo a un médico, llamado Cornelio a quien debiera la dirección de sus estudios, que le procurase algunas mezclas venenosas para inocular una muerte lenta, pero segura. Su intento (decía ella), era hacer experimentos en animales, jamás en cuerpos humanos, y estudiar la fuerza y virtud de los venenos para más fácilmente venir en conocimiento de los antídotos.

Al buen doctor no le pareció bien que la reina se entretuviese en tales experimentos: conocía muy a fondo su perversidad, y no quiso poner en manos de aquella mujer un arma tan nociva como los venenos y mortíferas drogas. Procuró, sin embargo, no desairarla, entregándole algunos ingredientes cuyo efecto era narcotizar momentáneamente, pero sin causar un daño irreparable.

Muy bien había obrado Cornelio al proceder tan cautelosamente, pues no bien tuvo la reina aquellas drogas, dióse a poner en práctica sus diabólicos proyectos.

Al partir Póstumo, desterrado a Roma, dejó a su querida. Imógena un fiel y adicto criado, llamado Pisanio, para que velase por ella y estuviese siempre a sus órdenes. Este fue, pues, el primero a quien la astuta reina intentó conquistar para su causa, haciéndole grandes promesas de valimiento y recompensas si conseguía que Imógena se interesase por Cloten. Todo fue inútil, pues la fidelidad de Pisanio era inquebrantable: al comprender, pues, la reina que con halagos no obtendría su objeto, ideó otro medio para frustrar los planes de Leonato. Hablando un día con Pisanio, dejo caer (haciéndose la distraída) en el suelo, una cajilla que encerraba una droga procedente del médico Cornelio: al cogerla el criado y devolverla a su señora, diósela ella, diciéndole que la guardara como una prenda de los favores que pensaba en adelante prodigarle, añadiendo que era un maravilloso cordial que por cinco veces había salvado al rey de la muerte. Contaba la reina con que Pisanio probaría aquel remedio y que sus efectos habían de ser mortales para él: y si muerto Pisanio, persistía Imógena en rehusar la mano de Cloten, la reina estaba decidida a dar a probar el veneno a la princesa y de esta manera quedaría asegurado para su hijo el trono de la Gran Bretaña.

Mientras esto pasaba en la corte de Cimbelino, llegaba Leonato a Roma. Allí encontró, en casa de un amigo, llamado Filario, a dos hidalgos a quienes conociera en su mocedad, uno francés y otro italiano, por nombre Iachimo. Recordóle  el francés una disputa que surgiera en otro tiempo entre ellos, con ocasión de una entrevista tenida en Orleans y que el calificó de «insignificante altercado,» o mejor, de «bagatela» pero Leonato, con su entonces más maduro juicio, no estuvo conforme en darle tal calificativo.

1023— ¿Podríais decirme, si no es indiscreción — dijo Iachimo, — en que consistía la querella?

Refirió entonces el francés que la contienda había surgido con ocasión del elogio de las mujeres de su país, pues afirmaba Leonato que la mujer a quien él amaba en la Gran Bretaña era un modelo de belleza, virtud, discreción y fidelidad y que era más difícil obtener su favor que de la más cumplida de todas las mujeres francesas.

Oído este relato, dijo chanceándose Iachimo:

— Apuesto a que o esta dama no vive ya, o que a la hora presente este caballero ha cambiado de parecer.

— Nada de esto — replicó Leonato: — vive, y ni ella ha desmerecido de sus buenas cualidades, ni yo cambiado de parecer.

— Vamos, que no hay que ensalzarlo tanto, en perjuicio de nuestras mujeres italianas — dice Iachimo, sin dejar su tono de chanza.

Pero Leonato hablaba en serio, y a pesar de las invectivas de sus interlocutores, continuaba poniendo en las nubes los encantos y perfecciones de Imógena.

Esta, al despedirse de su prometido, habíale dado como recuerdo una sortija montada de un brillante que heredara de su madre y que tenía en gran estima. Leonato, a su vez, había regalado un brazalete a Imógena.

Iachimo, pues, que en el decurso de la conversación, había admirado el brillante que Leonato llevaba en el dedo, afirmó chanceándose, que en pocos minutos que hablara con Imógena, se atrevía a conquistar su afecto, y que en prueba de su seguridad, estaba pronto a hacer una apuesta de la mitad de su fortuna contra la sortija de Leonato, que no había en el mundo mujer alguna, de la cual no pudiesen hacerse tales alabanzas.

Como viese Filario que la conversación parecía tener contrariado a Leonato, rogóles que se dejasen del asunto; pero Iachimo se obstino en llevarlo adelante, significando que quizá su apuesta no se aceptaba porque no había arriesgado toda su fortuna. Renovó, pues, la apuesta cargando la mano y aposto diez mil ducados contra la sortija de Leonato, que si iba a la corte de la Gran Bretaña, probaría muy a las claras que no era tan difícil como Leonato imaginaba, conquistar el afecto de Imógena.

Tan empeñado vio Leonato a Iachimo en defender su parecer, que en su deseo de hacerle quedar desairado y castigar su impertinencia, se mostro dispuesto a aceptar el reto; pero diciendo que había de ser oro contra oro, pues su sortija no podía arriesgarla, ya que la estimaba a par del dedo en que iba puesta.

— Ya se ve; no os atrevéis a arriesgar la sortija, por miedo de perderla, y a fe mía, que obráis cuerdamente.

Tales palabras irritaron a Leonato, quien acepto el reto diciendo:

—Acepto la apuesta: aquí esta la sortija.

— No— interpónese Filario;— la sortija no entrará en la apuesta.

Pero Leonato y Iachimo dijeron que era ya cosa hecha y que no faltaba sino proceder a establecer las condiciones de la apuesta e inscribirlas en debida forma. Añadió solamente Leonato que si Iachimo ganaba la apuesta a causa de alguna falta o debilidad de Imógena, no quedaría entre ellos resentimiento, pues por este mero hecho, quedaba la dama fuera de disputa; pero que si Imógena rechazaba honrada y valerosamente los avances de Iachimo, éste le respondería de su insolencia espada en mano.

Conformóse con esto Iachimo, y partió al punto para la Gran Bretaña.

Llegado a la corte de Cimbelino, hízose anunciar a Imógena como portador de unas cartas de Póstumo Leonato. Recibióle Imógena con una franqueza y una cordialidad encantadoras, entusiasmada de poder acoger en su casa a un hombre, a quien Leonato se reconocía deudor de tan buenos servicios. A las ansiosas preguntas de Imógena, respondió Iachimo (conforme al plan que se había trazado) que Póstumo Leonato gozaba de perfecta salud, que era, como siempre, tan complaciente con sus amigos, en fin, que su natural jovialidad y su constante buen humor le habían granjeado el sobrenombre de «el breton jaranero.»

Algo sorprendida y un si es no es molestada quedo Imógena al oír las palabras de Iachimo; ya que más bien tenía a su esposo por melancólico, y en su casa no había gustado nunca de bulla ni holgorio.

— Yo no le he visto jamás triste — replico Iachimo.

Y añadió que, en cierta ocasión, al oír a un francés amigo suyo suspirar de pena porque había tenido que abandonar su pais dejando en él a su amante, Leonato había echado a reír estrepitosamente y exclamado con ironía: «¡Donoso pesar el de un hombre que se lamenta de no ser esclavo de su mujer!»

Afligióse Imógena por el medrado afecto hacia ella, de que daba muestra Leonato. Pero cuando el italiano con sus melosas palabras intento encarecer la compasión que le inspiraba al verla tan olvidada de Leonato y la aconsejó que se vengara, entró ella en desconfianza, y exclamó:

— ¿Vengarme?... Si lo que decís es verdad, ¿qué venganza puedo tomar?

Replicó entonces Iachimo que, siendo así que tan poco se preocupaba Póstumo Leonato de su esposa y no reparaba en acompañarse con los mas distraídos mozos de la ciudad de Roma, no era digno de ocupar el pensamiento de una mujer como ella, ¿por qué pues, no había de negarle su afecto y dedicarse, en cambio, al que estaba dispuesto a ser su amigo y su mas leal servidor? pues podía estar cierta que él, Iachimo, no la despreciaría jamás, como había hecho Póstumo Leonato.

Indignada Imógena, interrumpió las melosas palabras del extranjero, ordenando a Iachimo que saliera de su presencia.

— ¡Eh, Pisanio! — exclamó llamando a su criado y dando claramente a entender que no quería oir ya más impertinencias de aquel desconocido extranjero.

Entonces, con refinada astucia, cambio Iachimo repentinamente de táctica. Rompió en brillantes y acalorados elogios de Leonato. Pidió perdón a Imógena, diciendo que cuanto había dicho era una ficción que no tenía otro objetivo que poner a prueba su amor hacia Leonato.

— Vuestro esposo— dícele, — es el hombre mas noble y sincero de cuantos he conocido: aunque es hombre por naturaleza, parece una divinidad descendida del cielo, y verdaderamente posee una honradez que le hace parecer de talla superior a la humana.

Las segundas palabras de Iachimo fueron como un completp desagravio por la ofensa que las primeras infirieran a Imógena, y quedo ésta convencida de que había sido un artificio del extranjero. Por lo cual respondió a sus excusas:

— Todo está plenamente reparado, señor — y volvió a la actitud amable con que le acogiera al principio.

Ya a punto de despedirse de la dama, dijo Iachimo, como volviendo sobre sí:

—Ah, señora; me había olvidado de hacer a Vuestra Gracia una demanda que, aunque insignificante, tiene sin embargo alguna importancia, pues en ello está interesado vuestro esposo, ni más ni menos que el que os está hablando y sus nobles compañeros.

— ¿De que se trata? — pregunta Imógena.

Contóle entonces Iachimo cómo unos cuantos hidalgos romanos, y entre ellos Póstumo Leonato, habían reunido la suma necesaria para comprar un objeto precioso y hacer de él un presente al emperador; que él en nombre de todos había comprado en Francia una rica vajilla de plata de forma muy singular y algunas joyas primorosamente labradas y muy ricas. Añadió que el conjunto era de gran valor, y que, siendo el extranjero en aquel país, quería guardarlo en lugar seguro hasta el día de su partida. Le suplicaba, pues, que se sirviese guardarlo en su palacio.

— Con mucho gusto — respondió Imógena; — mi honor es prenda de la seguridad de este tesoro; y puesto que, como decís, mi señor está también interesado en ello, yo lo guardaré en mi propia habitación.

— Actualmente lo tengo en un cofre custodiado por mi gente— dice Iachimo.— Me tomaré, pues, la libertad de enviároslo solo para esta noche, pues wy a embarcarme mañana de regreso a mi país: por cierto que si queréis darme algún encargo para vuestro esposo conviene que lo dejéis despachado esta misma noche.

—Sí; os daré una carta. Ahora, enviadme el cofre, que yo lo guardaré muy bien, y a la hora de partir os será debidamente devuelto. Y contad con que lo hago muy a gusto mío.
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