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José Selgas Carrasco en AlbaLearning

José Selgas Carrasco

"La mariposa blanca"

Capítulo 2

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La mariposa blanca

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CAPÍTULO II

Berta acaba de cumplir diecisiete años. Hermosa edad, en que el amor empieza a confiar al corazón de las mujeres íntimos secretos; pero, ¡picaro amor!, por cada confidencia que les hace, les arranca un suspiro. Mas he aquí que Berta tiene un espejo, y vuelve a él los ojos, se contempla un instante, y después de suspirar, se sonríe. Y le sobra razón para sonreírse, porque el espejo le pone delante el rostro más gracioso que puede imaginarse; sea la que quiera la inquietud que el amor haya despertado en su corazón, la imagen que el espejo le ofrece tiene bastante encanto para disiparla.

¿Por qué no? Vamos a ver. ¿Qué le ha dicho su corazón? ¡Oh! Que está triste. Triste, ¿por qué? ¡Friolera! Porque se estremece, dominado por un sentimiento nuevo, extraño, original; ¡qué capricho! Le parece que ha cambiado de dueño. ¿Y bien? Ese es el caso, que no sabe dónde ha aprendido que los hombres son ingratos, inconstantes, y he ahí por qué Berta suspira. Ya. ¿Y qué le dice el espejo para consolarla? Pues el espejo le dice que es hermosa. ¿Sí? Sí; que sus ojos son negros y brillantes, sus cejas magníficas, sus mejillas frescas y sonrosadas. ¿Y qué? Es claro, su corazón se llena de esperanzas, y he ahí por qué Berta se sonríe.

Esta es la situación de ánimo en que la encontramos. Hasta ahora ha pasado la vida sin pensar más que en las inocentes locuras de la infancia; ha sido niña hasta que ha cumplido los diecisiete años; pero niña bulliciosa, alegre, movible, intrépida, diabólica; revolvía la casa, y hubiera sido capaz de revolver el mundo; ni temía ni debía; jugaba como una loca y dormía como una tonta. Ya se ve: su madre había muerto antes que Berta pudiera conocerla, y aunque junto a la cabecera de su cama estaba el retrato de su madre, esta imagen, a la vez dulce y severa, no era bastante a contener las impetuosidades irreflexivas de la niña. Además, era hija única, y su padre, de quien daremos después algunas noticias, se estaba mirando en ella. Había más aún, y es que su nodriza, que hacía en la casa las veces de ama de llaves, era a la vez cómplice y encubridora de todas sus diabluras, porque, ¡vamos!, la quería como a las niñas de sus ojos. No se necesita tanto para hacer de un ángel un diablillo, y, en verdad, Berta necesitaba mucho menos, porque la viveza natural de su carácter la hacía materia dispuesta para toda clase de travesuras. Las contrariedades la impacientaban hasta el punto de romper a llorar; pero ¡qué llanto!; a lo mejor, en medio de las lágrimas, allá va, soltaba la carcajada, porque su alma era toda alegría, alegría espontánea, comunicativa, la alegría de los pájaros cuando el día amanece.

Pero, ¡qué demonio!, aquella alegría no había de ser eterna, y, quieras que no quieras, alguna vez había de llegar el momento en que Berta sentara la cabeza, porque no era natural que fuese una loca toda su vida; y ese momento llega al fin, y de la noche a la mañana aquella alegría bulliciosa empieza a apaciguarse, a oscurecerse, lo mismo que una tempestad que pasa y lo mismo que un cielo que se nubla. La nodriza es la primera que echa de ver el cambio de Berta, y aunque las travesuras de la niña le tenían sorbido el seso, al verla callada, reflexiva, meditabunda, es decir, juiciosa, se le vuela el frasco de puro contento. La niña ya es mujer: ¡qué misterio tan grande!; ha dejado el aturdimiento de la infancia para entrar en la formalidad de la juventud. ¡Pobre mujer! No sabe que un joven es mil veces más loco que un niño; pero el caso es que Berta parece otra. Y esto ha sido de pronto, de la noche a la mañana, como quien dice, en un abrir y cerrar de ojos. Bien, muy bien le sienta la formalidad; parece más alta, más..., más todo: no hay nada que pedirle; pero desde que tiene juicio, la casa está sorda; aquellos cantares, aquella algazara, todo aquel estrépito ha caído en un pozo. La buena nodriza, que está en sus glorias viéndola tan quieta, tan pacífica, tan formal, echa de menos aquella ruidosa alegría que llenaba la casa, y si le dieran a elegir, no sabría a qué carta quedarse.

Bueno; así pasan los días serenos y tranquilos. Berta, que madrugaba tanto, ya no se levanta tan temprano. ¿Duerme más? Eso es lo que no se sabe; pero si no duerme más, se ve que come menos, y no es esto sólo, sino que, de vez en cuando, y sin venir a cuento, se le escapan unos suspiros que parten el alma.

La nodriza, que bebe los vientos por ella y que es capaz de contarle los pelos al diablo, lo observa todo y calla. Calla, pero la procesión va por dentro. Es decir, que a cada suspiro que oye, tuerce la boca, se guiña el ojo, y se dice a sí misma:

—¡Hum! Ya la tenemos.

¡Por supuesto, no calló por mucho tiempo, pues no era mujer que se daba fácilmente un punto en la boca. Además, la formalidad de Berta iba ya picando en historia, y a la nodriza no le llegaba la camisa al cuerpo, porque, como ella decía, al principio se hacen los panes tuertos o derechos.

Y si pudo callar por algunos días, fue porque esperaba que la misma Berta abriera al fin la boca y cantara de plano; pero Berta no se daba por entendida; era un arca cerrada, que la nodriza se empeñaba en abrir sin conseguir abrirla; y prueba por aquí y prueba por allí, y el arca firme que firme. Se había perdido la llave, y no le venía ninguna de las que colgaban del llavero del ama de llaves. Iba a ser preciso forzar la cerradura.

Un día se dejó de chiquitas, y se fue derecha al toro. Entró en el cuarto de Berta, y la encontró entretenida en prender a sus cabellos negros un clavel encendido como la grana.

—Así quiero—le dijo al verla—. Muy bien. ¡Qué clavel tan hermoso! Parece de fuego, y en tus macetas no se crían esos claveles.

Berta bajó los ojos.

—Pues—siguió diciendo—tú te imaginas que yo estoy en babia, cuando sabes que las cojo al vuelo. ¡Ya, ya! ¡La que a mí se me escape! Y, vamos a ver, ¿te han cosido la boca?

Berta se puso encarnada como una amapola.

—¡Bah!—exclamó la nodriza—. Ese clavel ha venido volando de la terraza que da enfrente de estos balcones. Desde aquí veo la maceta; ayer tenía cuatro, y hoy no tiene más que tres. ¿El vecino, eh? ¡Qué locura! Vamos, eso no tiene pies ni cabeza.

Esta vez Berta se puso pálida y miró a su nodriza fijamente, como si no entendiera sus palabras.

—No quiero decir—replicó la nodriza—que te metas monja, ni quiero decir tampoco que el vecino sea una carga de paja; pero tú te mereces un rey, y esto no tiene formalidad ninguna. Cuatro señajos de balcón a balcón, cuatro miradas de reojo, y luego, ¿qué? Nada... Lo mismo el uno que el otro, si te vi no me acuerdo.

Berta movió la cabeza.

—¿Dices que no?—preguntó la nodriza.

—Digo que no—contestó Berta.

—¿Por qué? Vamos a ver, ¿por qué? ¿Quién te asegura...?

Berta no la dejó concluir.

—Nuestros juramentos—dijo.

—iJuramentos!—exclamó la nodriza santiguándose—. ¡Esas tenemos! ¡Juramentos!—repitió con desdén—, ¡Vaya una cosa!... Palabras que se lleva el aire.

Algún recuerdo de la juventud debió acudir a su memoria en aquel momento, porque suspiró y siguió diciendo:

—¡Y qué! ¿Serán los primeros juramentos que se han roto en el mundo? Hoy..., bien; no hay otra cosa que ver más que el vecino; pero ¿y mañana?

—iNunca!—replicó Berta.

—Peor que peor—añadió la nodriza—, porque entonces será él el que haga de su capa un sayo, y vaya usted a ponerle puertas al campo. Ahora lo tendrás hecho un almíbar; pero luego será ella. ¿Qué vas a decirme? ¿Que es joven, buen mozo? ¡Tonta, tonta, tonta! ¿Deja por eso de ser hombre? ¿Quieres saber lo que son los hombres?

Berta se acercó a su nodriza, le puso la mano en la boca y le contestó de golpe:

—No, no quiero saberlo.

Salió la nodriza del cuarto de Berta con las manos en la cabeza, mascullando estas palabras:

—iLoca, loca de remate!

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