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José Selgas Carrasco en AlbaLearning

José Selgas Carrasco

"Día aciago"

Capítulo 7

Biografía de José Selgas Carrasco en Wikipedia

 
 
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Día aciago

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CAPÍTULO VII

En esa delicada tarea fue interrumpido por la presencia de su criado, que, entrando silenciosamente, le puso una tarjeta delante de los ojos. Miróla, y leyó en ella:

«León Goliat.»

Este nombre le era enteramente desconocido, y en vano registró el archivo de su memoria, porque jamás había oído pronunciarlo.

— Bien (dijo); que pase.

Y arrojando la tarjeta sobre el mármol de la chimenea, se adelantó hacia la puerta, con ánimo resuelto de despachar pronto aquella visita impertinente.

No esperó mucho tiempo, pues a los pocos momentos el cortinaje que cubría la puerta se agitó de manera que parecía que iba a venirse abajo, y en el instante mismo asomó una cabeza enorme y luego un cuerpo formidable, cuyos brazos hercúleos podían muy bien tocar con la mano en el techo.

Martín retrocedió espantado: tenía ante sus ojos al gigante de la platea, al monstruo del palco. ¡Demonio! Al marido descomunal de Aurora, que se inclinó cortésmente como una montaña que va a desplomarse, sonriendo del mismo modo que enseñan los perros los dientes un momento antes de clavarlos.

— Caballero....— balbuceó Martín, inclinándose a su vez con profunda cortesía.

Abrió el gigante la tremenda boca, y con voz semejante al trueno que retumba en una caverna, le dijo:

—Perdone V., amigo mío, que me presente en su casa con tanta franqueza; pero hay circunstancias que obligan a prescindir de ciertas formalidades. Y, ¡qué diablo!, dos hombres de honor se entienden fácilmente, y pronto despachan sus asuntos.

No cabía duda de que el marido venía a suscitar una conversación siempre enojosa, y, en aquel caso, terrible. Sin embargo, Martín dominó el temblor que bullía por todo su cuerpo; fingió cierta serenidad de que no era dueño, y se inclinó por segunda vez, diciendo:

— Sea el que quiera el asunto que me proporciona el honor de esta visita, me creo obligado a suplicarle que tome asiento.

— ¡Ajajá! (exclamó el gigante, haciendo crujir una butaca bajo su peso.) Sí; es una excelente idea la que a V. le ha ocurrido, y aprovecho con mi habitual franqueza su oportuno ofrecimiento.

Martín acercó otra butaca a la chimenea, avivó el fuego, porque sentía un frío mortal, y con bastante aplomo se sentó frente a frente a su terrible enemigo.

Cualquiera que los hubiese visto, habría comprendido que el gigante era el juez y Martín el reo.

Tosió el primero con cavernosa violencia, y queriendo inútilmente dulcificar la aspereza de su acento, se dirigió a Martín, diciéndole:

— No nos engañemos. Usted es un hombre de mundo; conoce V. perfectamente los resortes que ponen en movimiento el corazón de las mujeres. Es un privilegio que no todos alcanzan. ¡Sí, privilegio que debe hacer la vida muy agradable! Mas, ¡qué diablura!, eso suele tener también sus quiebras. ¿Me comprende V. ?

Demasiado lo comprendía Martín, pero no estaba en el caso de darse por entendido. Si aquel hombre era la fuerza brutal que aplasta, él sería la astucia que huye el cuerpo.

Contra las bárbaras pretensiones de su adversario opondría siempre una negativa terminante. No era cosa de dejarse aniquilar por aquel monstruo, sin más razón de su parte que la de tener celos.

Así es que frunció la boca, se encogió de hombros, arqueó las cejas, y le contestó sen cillamente:

— No comprendo.

Echó atrás el gigante la cabeza, como el león pronto a lanzarse sobre su presa. Este movimiento hizo que la melena que la cubría apartara sus ásperos rizos de color de cobre, descubriendo una frente llena de tempestades; sus ojos, redondos como los de los gatos, se clava ron en el rostro de Martín como dos saetas, ante cuya mirada el seductor, aterrado, creyó que no se hallaba en presencia de un ser humano.

La tempestad que se le venía encima estalló en una carcajada que hizo temblar el pavimento.

—Bueno (rugió el monstruo); es lo mismo. Creí que mi aspecto afable inspiraría a V. más confianza, y que nos entenderíamos a media palabra. No es así. Se niega V. a reconocer el mérito que lo adorna.... Modestia, pura modestia, que no vacilo en reconocer. Sin embargo será preciso que prescindamos de ella. Vamos cuentas: V. ha conseguido un gran triunfo.

— ¡Triunfo!— exclamó Martín.

—Rayos del infierno! (añadió el gigante.) Un triunfo completo.

—Lo ignoro, — replicó Martín, atribulado.

—¿Sí? le preguntó el monstruo.

—Sí,— le contestó.

Dando una tremenda puñada sobre el brazo de la butaca, la voz del gigante tronó, diciendo:

— ¡Que los demonios me lleven en cuerpo y alma, si no lo veo yo a V. todas las noches en el teatro!

— Es posible (se apresuró a replicar Martín). Yo frecuento ios teatros, y si V. también los frecuenta, nada más natural que me haya visto algunas veces.

Con esta observación creyó que había parado el golpe; mas su adversario insistió, exclamando:

— ¡Algunas! No, muchas; todas. Convengo en que nada tiene de particular que se vean las personas que se reúnen en los teatros, si no son ciegos; por eso lo he visto yo a V., porque yo lo veo todo, las miradas que se cruzan, las son risas que se cambian, los gemelos que se buscan, los encuentros que se vienen a la mano al salir del palco, al pie de la escalera, en la puerta, al subir al coche. ¿Me va V. ya compren diendo?

— Esos datos (dijo Martín) pueden ser imaginarios; pueden ser sospechosos a ojos demasiado suspicaces; pero que bien medidos y bien pesados, nada positivo atestiguan, nada dicen, nada prueban.

— ¡Nada! (repitió Goliat, apretando los puños.) ¡Nada! ¡y hay una mujer que enloquece, un alma encendida por el fuego de una pasión incurable, que suspira, que sueña, que se muere, porque lleva grabada en su corazón la imagen del hombre que tengo delante!

Martín lo oyó sin pestañear, y pidiendo per miso al terror que lo dominaba, paladeó por un momento el placer de su triunfo. Aurora era suya, suyas sus miradas, suyas sus sonrisas, suyos sus suspiros, y suyo su pensamiento. En aquel instante la veía más bella, más deslumbradora que nunca. Pero de la misma manera que el vidrio se quiebra al chocar con el bronce, la perspectiva de aquella satisfacción deliciosa se rompía en su imaginación al encontrarse en presencia de Goliat. Se mordió los labios, y le dijo:

—-Todo eso es algo fantástico: en las novelas sentimentales se suelen ver esas pasiones quiméricas, que en el mundo no existen, De todos modos, yo me atrevo a preguntar, ¿cuál es mi culpa?

Pronunció estas palabras encogiéndose dentro de la butaca, como si sintiera ya silbar el rayo sobre su cabeza. Pero no; la fiera, en vez de rugir, entreabrió los labios para sonreírse.

— Juro (exclamó) que para V. los golpes con bastante destreza, y voy a dirigirle el último: es una estocada maestra que no tiene quite. Ea, en guardia: Aurora posee un medallón de oro; anoche la sorprendí besándolo; poco después se quedó dormida junto a la chimenea, me acerqué, abrí el medallón, que colgaba de su garganta, y encontré un papel fino y azulado... Éste (añadió presentándoselo). Véalo V, y téngase por muerto.

Tomó Martín el papel, que el gigante le metía por los ojos, y pronto lo reconoció: era su primer billete, aquel en que le decía: «Yo te amo».

El miedo tiene también su audacia y el terror su heroísmo. Martín hizo un esfuerzo supremo, y devolvió el papel, después de haberlo examinado, diciendo:

— Este documento es enteramente anónimo; no prueba nada; carece de fecha y de firma.

Goliat se puso de pie y dió una vuelta sobre sí mismo, como si él hubiese recibido el golpe que acababa de asestar a su adversario. Se rascó la frente de tal modo, que habría hecho saltar la sangre en otra cabeza menos dura que la suya. Sus ojos, iluminados por un resplandor siniestro, lanzaron la mirada sobre la mesa. Allí estaba el papel fino y azulado en que pocos momentos antes había trazado Martín algunos renglones, y, arrojándose sobre la mesa, cogió el papel y leyó lo escrito, exclamando:

— ¡Soberbio! Aquí se propone una cita.... ¿A quién?.... No lo dice. Pero....¿qué importa?.... Es el mismo papel, la misma tinta, la misma letra. ¡Ah! Mi estocada ha sido segura.

Y tan segura. Martín la sintió hundirse en su corazón y helar su sangre. No tenía salida; estaba perdido; más aún: estaba muerto; y ei espectro del martes se levantó del fondo de su memoria como una visión horrenda.

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