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Miguel Sawa en AlbaLearning

Miguel Sawa

"Artes femeninas"

(Historias de locos)

Biografía de Miguel Sawa en Wikipedia

 
 
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Artes femeninas
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Se trataba de contar una historia muy interesante. El café, recién servido, humeaba en las tazas y las risueñas fisonomías de los convidados indicaban que se había comido y bebido bien.

—Vamos a ver—preguntó un señor grave que se sentaba al lado de la dueña de la casa: — ¿Qué clase de historias prefieren ustedes? ¿Trágicas? ¿Cómicas? ¿De amor? ¿De dinero?

Sonaron a coro varias voces femeninas:

—¡De amor! ¡De amor!

El señor grave hizo un gesto de disgusto.

El amor es un peligro a la hora de la digestión.

Entonces mi vecino de la derecha exclamó con tono jactancioso, acariciándose su bigote a lo Rostand:

—¿Una hisforia de amor? Pues bien: yo voy a referiros una interesantísima.

Todos nos dispusimos a escucharle, mientras él tomaba un sorbo de café y encendía un habano:

—Ante todo—principió,— debo declarar a ustedes que ia protagonista de mi historia es mujer bastante conocida y que, por tanto, creo oportuno reservar su nombre.

—Sí; ya sabemos que es usted hombre discreto, señor Fernandez—interrumpió ia señora de la casa.

—Los comienzos de esta aventura —continuó el narrador, —fueron verdaderamente extraños. Hace pocos meses, recibí una carta concebida poco más o menos, en estos términos:

«Caballero: una pobre mujer enferma y triste— ¡muy enferma y muy triste!—desea hablarle a usted unos momentos y le ruega venga esta noche a las doce a visitarla. El ruego de una mujer es siempre un mandato para todo caballero. No lo olvide usted.»

Y más abajo el nombre de una calle y el número de una casa. Y nada más. Ni una firma, ni siquiera una inicial, ni un solo indicio por el cual pudiera venir en conocimiento de quien era la extraña autora de aquella extraña carta. Como comprenderán ustedes, la aventura me pareció interesante y no dudé un solo momento en acudir a la cita. A las doce en punto ya estaba llamando a la puerta de mi desconocida.

Salió a abrirme una doncella.

—¿La señora?—pregunté.

—Pase usted adelante.

No hablamos una palabra más: el misterio continuaba. Me dejaron solo en una habitación amueblada elegantemente, y pocos momentos después volvió la doncella.

—La señora espera a usted—dijo haciéndome una seña para que la siguiese.

Entramos en una alcoba mal alumbrada por una lámpara de alabastro, a cuya escasa luz pude ver, tendida en amplio lecho, a la protagonista de esta historia.

La doncella nos dejó solos obedeciendo a una indicación de su señora, y yo tomé asiento junto a la cama, en una silla que habían colocado allí en espera de mi visita, sin duda.

Aquí el narrador se interrumpió algunos momentos para tomar un sorbo de café.

Después, continuó:

—Yo estaba algo desconcertado y no sabia qué decir. Mientras tanto, mi bella desconocida,—porque se me había olvidado decir a ustedes que así, de primera impresión, aquella mujer me parecía hermosísima,—me miraba fijamente.

—iOh, ya sabía yo que vendría usted!

Y me ofreció su mano, que yo me apresuré a estrechar entre las mías.

Entonces, a media voz, con palabras que eran más bien suspiros, me refirió toda su historia, una historia vulgar y sin interés, de amor no correspondido, de engaños y de traiciones...

—¡Oh, Dios mío!—exclamó por fin, como resumen. — ¡Qué desgraciada soy!...

Y se echó a llorar.

Yo procuré consolarla y lo conseguí.

—Pero, en fin—me dijo impaciente.— ¿No me conoces?

La miré fijamente a la cara. ¡Vaya si la conocía! ¡Gomo que aquella mujer había sido uno de los grandes amores de mi vida!

—¡Torpe de mi! ¡Pero si tú eres Encarnación!

La respuesta fue una carcajada. Eramos amigos, amigos antiguos.

—¿Sabes que estás muy bonita? —le dije estrechando sus manos apasionadamente.

— ¿Te parezco bien? — Y acompañando sus palabras de una sonrisa: — ¡Tampoco tú estás del todo mal!

Luego hablamos de la época ¡ya tan lejana! de nuestros pasados amores, de lo felices que habíamos sido en aquel tiempo...

—¡Dios mío! -dijo.— ¡Qué insensatos hemos sido matando nuestra felicidad!

—No... Todavía podemos ser felices.— le contesté estrechando sus manos con pasión.

—No .. ¡ya no es posible!... ¿Y mi marido?

—¡Bah! ¡Tu marido! Un hombre que te abandona a los dos años de matrimonio...

Poco a poco me había ido aproximando a ella. ¡La batalla estaba ganada!

De pronto sentí abrir la puerta de la alcoba. No tuve tiempo ni aun para apartarme de su lado y adoptar una postura conveniente.

Encarnación, al ver la cara del importuno visitante, lanzó un grito de espanto:

—¡Mi marido! ..

Después... ¡Bah! ya se lo supondrán ustedes. Una escena trágica que tuvo por remate un desafío, del cual salí ligeramente herido.

Terminado el lance, mi contrincante me envió por medio de sus padrinos una carta, en la que leí lo siguiente:— «Esta noche a las doce recibiré en mi alcoba, la visita de mi antiguo amigo Fernández. Si quieres acompañarnos...»

Me quedé estupefacto. Aquella carta llevaba la firma de Encarnación.

—¿De modo?— interrogó la dueña de la casa.

—Que aquella mujer—contestó con tono de despecho el señor Fernández, — quería reconciliarse con su marido y urdió el plan diabólico de citarnos a los dos a una misma hora para que nos encontráramos en su alcoba y surgiera el consiguiente conflicto.

*

—La moraleja de esta historia voy a decirla yo,—exclamó el señor grave.

Y después de unos momentos de silencio:

—¡Que Dios nos libre de las muj jeres!

—¡Amén!—respondieron a una todos ios comensales.

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