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Francisco Rodríguez Marín y Segui en AlbaLearning

Francisco Rodríguez Marín

"Como el pez en el agua"

Cuentos anecdóticos (1919)

Biografía de Francisco Rodríguez Marín en Wikipedia

 
 
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Música: Chopin - Op.34 no.2, Waltz in A minor
 

Como el pez en el agua

OBRAS DEL AUTOR

Cuentos anecdóticos

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Llaman en Andalucía tener asaúra a una cosa que no es precisamente tener asadura, aunque algo se le parezca. Que ¿qué significa tal expresión? Podría yo probar a decirlo en dos renglones; mas prefiero que el mismo lector, por medio de este relato, verdadera lección de cosas, se ponga en condiciones de conocerlo y definirlo. A ello, pues.

Vivía en Sevilla habrá unos veinte años un corcovadillo buscavidas que a todo echaba mano para hallar su pan... y su vino; pero, ya fuese porque era poco perseverante en cada ocupación, o ya porque su menguado valer físico no se acomodaba mucho con las algo pesadas, bien porque el vinillo no le dejaba cumplir a satisfacción en ninguna, o bien porque el hombrecito tenía de ordinario un humor de vinagre, como si a cada prójimo con quien hablaba le debiese el negro regalo de su deformidad, es lo cierto que lo más del tiempo rodaba sin acomodo y punto menos que traspillado de hambre.

De porterillo estaba en un barracón de títeres en el real de la feria cierto mes de abril, cuando al cruzar por allí, de paseo, un doctor mi amigo, hombre ocurrente y travieso donde los haya, como Nicolás — que éste era su nombre — le saludase en alta voz, llegóse a él y entablaron un diálogo, que si a la letra no fue el que sigue, debió de parecerse a él como una gota de agua a otra gota de lo propio.

— ¿Estás colocado aquí?

— Aquí estoy ganando una pesetiya y lo que cae, que, por más señas, cae poco. Pero ya pasó la feria y mañana alebantan este tinglao y se ban estos tíos a correr mundo, y ya me tiene usté sin pan. Esto es pa esesperarse, don Fransisco.

— ¡Por vida de...! — exclamó el Doctor, moviendo la cabeza pausadamente de un lado a otro — . Hombre, no sabes tú bien la lástima que te tengo. Ya te he conocido en cien oficios, y en ninguno duras un mes.

— Será mi sino, don Fransisco; no hay que darle güertas.

— Sí, es tu sino..., y es también la mala influencia de tu figura: no hay que darle vueltas tampoco. Como soy médico, he estudiado especialmente eso de las jorobas, a las cuales, en términos algo más científicos, llamamos protuberancias o prominencias occidentales. El jorobado atrae la suerte para los otros y la desgracia para sí. Viene a ser como un bichito de la luz, que alumbra y no ve.

El hombrecillo miró muy escamado a su intelocutor, de abajo para arriba, porque apenas si le llegaba al estómago, y sospechando que sus palabras fuesen solapada burla, objetó con mal reprimido enojo:

— Eso de bichito, don Fransisco, no está en el orden. ¡No tan bichito, no tan bichito; que, aunque una mijiya desfigurao, porque roe unas escaleras cuando mamaba, soy yo muy hombre y tengo muchas, pero que retemuchas sircustansias!

— Pues ¿quién duda eso? — dijo el Doctor con fingido enojo — . ¿Es que no va a poder hablar contigo, mal genio, el que más se interesa por ti ? La culpa tengo yo; pero ya me estoy yendo. ¡Ea, hasta el día del juicio!

Y, con efecto, echó a andar para irse. Nicolás, pesaroso de lo que había dicho, pidió mil perdones al Doctor, sujetándole por los faldones del chaqué, y el Doctor, al cabo, dulcificando la expresión de su semblante, dijo:

— Pues, hombre, ¡si cabalmente tu mala fortuna me tiene tristón y hasta me quita el sueño!

— ¡Ay, don Fransisco, si usté pudiera...!

— Digo que no he de parar hasta que encuentreun acomodo como para ti. Porque a ti te conviene una cosa estable, que dé poco trabajo, o mejor, ninguno...; en fin, una colocación en que vivas lo mismo que el pez en el agua. ¿No es eso?

— ¡Eso, eso mismito es lo que me combiene y base farta! — exclamó Nicolás bailándole de alegría los ojos.

— Pues poco he de poder — repuso el otro — , o he de proporcionarte esa canonjía. ¡Ea, aquí me tienes, que voy a ser tu segundo padre! ¡Abrázame y aprieta, hijo putativo!

Nicolás, ebrio de emoción esta vez, aunque todavía con un tantico de escama, porque lo de putativo no le sonó a cosa buena, abrazó a don Francisco por donde pudo, es decir, por la cintura, exclamando:

— ¡Usté es mi padre, mi padre de mi corasón!

Las contadas personas que paseaban por allí parábanse contemplando con curiosidad y mal disimulada risa aquellas efusivas demostraciones de cariño, hechas por Nicolás a quien tenía fama de asaúra en toda la ciudad. Y antes de separarse aquellos improvisados padre e hijo convinieron en que, no bien estuviera buscado el empleíllo, que quizás no se hallaría a todo el gusto en menos de dos o tres meses, el Doctor mandaría recado a cierta tienda para que de allí avisasen sin perder minuto a Nicolás, y éste acudiese en seguidita, ya que el coger los buenos acomodos, esos en que está un hombre como el pez en el agua, suele consistir en un tris, y un tris se pierde en menos de un santiamén.

Pasaron los meses de mayo y junio, ¡y nada! De cuando en cuando Nicolás se hacía el encontradizo con el Doctor, y éste, antes que le preguntara, decíale :

— Ya está esa breva al caer.

— Pero, don Fransisco, ¿cuándo, cuándo caira?.

— Ten paciencia. Ya pleiteamos por poco. Creo que no pasará del mes de julio.

Y no pasó. Unos días antes de la festividad deL Carmen nuestro hombre se vio gratamente sorprendido por el recado que con tan vivo anhelo, esperaba. Había de buscar a su protector en eL Ateneo, a la una de aquella tarde.

No hay que decir si Nicolasillo fue puntual: a las doce y media estaba en las inmediaciones, calle arriba, calle abajo, esperando impaciente que sonara la sola. Y al punto mismo de sonar entró> en busca de su padre adoptivo, a quien ya había columbrado desde la calle, divertido en su cotidiana partida de ajedrez.

Ver Nicolás al Doctor y abrazarle fue todo uno.

— ¡Hombre, gracias a Dios! ¡Ya vas a salir de penas! — dijo el protector — . No me ha costadapoco trabajo; pero al fin se canta la gloria.

— Padrino, y ¿en qué boy a colocarme? — preguntó con ansia Nicolás.

— En lo que tú no podías ni soñar. Es un empleo, que ni hecho de encargo para ti. ¡Ya verás, ya verás, hombre!

Y echaron a andar a gentil paso.

Hacía un sol, que ¡vaya mucho con Dios el del desierto africano! Sevilla entera echaba chiribitas a aquellas horas. Nuestros dos personajes andaban y andaban, silenciosamente y muy aprisa, salgo por aquí, entro por allí, tuerzo por allá. Mas todo fue tortas y pan pintado mientras anduvieron por las calles; porque es de advertir que, saliendo de la ciudad propiamente dicha, metiéronse por un escampado de los arrabales, donde el rubicundo Febo dejaba caer fuego molido. El Doctor, siquiera, se maltapaba con una sombrilla; pero el pobre jorobado, ya sin aliento, sudaba la gota gorda.

— ¿Adónde vamos? — preguntó Nicolás con voz de moribundo.

— Ya queda poco — respondió aquél — . Aligera, no sea que lleguemos tarde.

Y a este paso de carga, que hacia más insoportable el calor, siguieron todavía un valiente rato, hasta llegar a una fábrica de corchos, situada, vamos al decir, donde dio Cristo las tres voces.

Entraron en el zaguán de la casita de habitación adosada a la fábrica, don Francisco tiró del cordón de la campanilla, y asomó un criado.

— ¿ Don Andrés... ?

— No está.

— ¿No está...? ¡Dios me valga, y qué contratiempo...! ¡Después de lo que hemos sudado...!

— ¿Quiere usted dejarle alguna razón?

— No, no es recado lo que yo tengo que dejarle... Era cosa para hablar con él... ¡Pues don Andrés no suele salir a estas horas!

— Es verdad — confirmó el criado — ; pero taml)ién es verdad que hoy ha salido.

Nicolás, con cara de angustia, miraba alternativamente al Doctor y al portero. Y como estuviese escuchando este diálogo la señora de la casa y conociese por la voz a don Francisco, mandó abrir la cancela, salió a un balcón del corredor, y dijo:

— ¡Cuánto siento esta contrariedad, Doctor! ¿Quiere usted pasar a esperar a Andrés?

— Señora, muchas gracias — respondió el Doctor, entrando en el patio con su protegido — . Pero ¿sabe usted cuándo volverá?

— Nada me dijo al salir.

— En fin, señora, para el caso ha de ser lo mismo hablar con usted. ¿Sabe usted que ayer me dió Andrés un encargo?

— No sé nada.

— Pues si, me dió un encargo, y aquí se lo traigo cumplido.

Y poniendo las manos en los hombros de Nicolás, añadió:

— Hemos hecho dos avíos de un mandado: Andrés necesita un galápago para el pozo, y aquí le dejo éste, que vivirá en él como desea: como el pez en el agua.

Y saliéndose al zaguán precipitadamente, cerró la cancela, detrás de la cual, entre la mal contenida risa de la señora y del portero, quedó furioso como un loco de atar el infeliz jorobado víctima de burla tan cruel.

Y a esto que hizo el Doctor llaman los andaluces tener asaúra, o ser un asaúra.

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