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Jean Richepin en AlbaLearning

Jean Richepin

"Un cobarde"

Biografía de Jean Richepin en Wikipedia

 
 

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Música: Clementi - Sonatina Op.36 No.1 in C major - 2: Andante
 

Un cobarde

OBRAS DEL AUTOR

Un cobarde
 

ESCRITORES FRANCESES

Alphonse Daudet
Alejandro Dumas
Alejandro Dumas (hijo)
Alfred de Musset
Antoine de Saint Exupéry
Anatole France
Arthur Rimbaud
Auguste Villiers de L'Isle-Adam
Camille Mauclair (Séverin Faust)
Catulle Mendes
Charles Baudelaire
Charles Nodier
Charles Perrault
Colette, Sidonie Gabrielle
Émile Zola
E. M. Laumann
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Jean Bertheroy
Jean de la Fontaine
Jean Richepin
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Léon Hennique
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Marcel Prévost
Paul Bonnetain
Pierre Loti
Remy de Gourmont
René Descartes
René Maizeroy
Reverdy, Pierre
Sully Prudhomme
Verne, Julio
Victor Hugo
Voltaire

 

 
 

En realidad nunca debiera tacharse a un hombre de cobarde, porque ni se sabe exactamente en lo que la cobardía consiste, ni pueden nunca conocerso las causas múltiples y complejas que la determinan. Sin hacer caso alguno de las cuestiones de temperamento triste y extraño, podrían aún citarse mil circunstancias de tiempo, de medio, de edad y de educación, en las cuales sería necesario detener largo rato el pensamiento antes de emitir un juicio. Además la bravura varía tanto como las ocasiones que la producen.

Algunos hombres extremadamente valerosos, lloran y tiemblan como débiles mujeres ante un peligro moral. Muchísimos cobardes han llevado a cabo grandes actos de heroísmo. Y yo conozco algunos héroes que sufren miedo infantil al pensar n extraerse una muela.

Las mujercillas que se ponen malas mirand o degollar una gallina, curan a los enfermos y vendan las piernas amputadas. Los desgraciados que no se atreven a sentir sobre la sien el contacto de un revólver, se envenenan con soluciones fosfóricas, sufriendo, sin exhalar una sola queja, tres horribles días de agonía por no tolerar las caricias heladas del acero.

Ahora voy a contaros el fin de un cobarde.

 

Cuando, después de mucho caminar, llegamos al fondo de ese valle lejano a donde él me condujera, tomóme, silenciosamente, mis manos entre las suyas y se echó a llorar como una Magdalena. Los motivos de su tristeza no me eran desconocidos. Él mismo me había contado en diferentes ocasiones las circunstancias dolorosas de su vida; y todas esas confesiones, hechas en los momentos de expansiva desgracia, me hacían suponer la causa de sus lágrimas. Hijo natural de una comedianta de la legua y de un israelita muerto en prisión, había sido arrastrado por su madre, durante la infancia, a través de una multitud de teatros de provincia y del exterior, hasta que un día fue abandonado por el azar de las peregrinaciones.

Encontrándose un a hermosa mañana solo y desamparado en un rincón sud-americano de donde su madre había partido sin decirle una palabra, vióse precisado a luchar personalmente contra el hambre. Después de mil trabajos, logró, sin embargo, volver a París, tierra de los hombres sin profesión y sin esperanza; pero no consiguiendo nunca ganar aqui su pan como él hubiera querido, tuvo que seguir viviendo empujado por el aire de la casualidad, siendo ayudado por uno, siendo alojado por otro, siendo nutrido por todo el mundo. — Por su buena fortuna esa familia bohemia que vive sobre las tablas y que tiene siempre el corazón en la mano, le conocía.

Mal educado; acostumbrado al lujo de contrabando y a una pereza enorme; no sabiendo ningún oficio y habiendo recibido una instrucción endemoniada, sin orden ni formalidad, era incapaz, como dicen las gentes vulgares, de sacar ninguna utilidad de sus diez dedos.

Un año... Varios años pasaron delante de su inercia. Él los dejaba correr. Y sólo de tiempo en tiempo le venía un acceso de vergüenza y dignidad. Entonces tomaba resoluciones, decidiéndose a trabajar. Pero toda la buena voluntad se fundía al día siguiente en el diluvio de sus lágrimas inútiles.— Como, después de todo, era un muchacho encantador, original, raro y más digno de lástima que de vituperio, yo le había mostrado siempre una amistad piadosa, y había sido siempre el confidente de sus crisis que comenzaban en ataques y acababan en lloriqueos.

Pero nunca le había visto tan lúgubremente desconsolado como el día que me condujo al fondo de aquel valle perdido. Entonces ya no fueron lágrimas de niño las que mojaron sus párpados, ni quejas infantiles las que salieron de su boca, sino lágrimas de hombre que le quemaban las mejillas y lamentos terribles que le sacudían el pecho.

Yo trataba de calmarlo, de calmarlo un poco con algunas buenas palabras; pero mis frases no hicieron en él un efecto parecido al de otros días. Al fin él se decidió a cortar bruscamente el curso de mis insinuaciones, mirándome de frente y diciendo con tranquila resolución:

— Ya que, según me ha parecido, usted tiene por mí algún cariño, ¿sería usted capaz de hacer en mi obsequio una cosa que podría sacarme de penas para siempre?

— Sí, yo haré todo lo posible...

— Pues bien, si usted me tiene alguna afección, ahora es el momento de probármelo haciéndome un servicio que constituirá la más grande alegría de mi existencia.

— ¿Qué sucede? — le pregunté con ansiedad.

— Es preciso que me ayude usted a morir.

— ¡A morir!... ¿Está usted loco?...

Yo comenzaba, en realidad, a creerle loco, sin comprender a donde había de venir a parar. Si su aire grave, su expresión sincera, su gesto decidido y su voz firme no me hubiesen convencido de que todo eso era serio, lo habría tomado por una farsa. Pero aquellas palabras no eran palabras en el aire, ni aquellas frases se parecían a las frases, que se pronuncian, sin reflexión, en los momentos de dolor... Era una proposición fría, que me dio miedo.

— Déjeme usted explicar — continuó al cabo de un segundo — cuál es mi resolución y cuáles son las causas que me obligan a tomarla; déjeme usted probarle que no tengo nada de loco. — No voy a contarle una vez más la historia singular de mi existencia, cuyos detalles tristes y vergonzosos le son bastante conocidos. Bien sabe usted también mi manera actual de vivir, y aunque sé de antemano las excusas que su bondad va a encontrar para defenderme, le aseguro que mi situación no tiene más que un remedio. Yo tengo la conciencia de vivir en este momento como un hombre sin honra. Durante mi niñez, pude, sin dificultad, encontrar razones para disculpar mi inercia y para no ponerme colorado ante mi pereza... ahora...

Ahora es diferente. La edad me ha abierto los ojos y comprendo que soy innoble y que no tengo bastante fuerza de voluntad par a dejar de serlo, lo cual es más innoble todavía... No me interrumpa, se lo ruego. Usted podría decirme aparentemente que todo eso no es culpa mía sino de mi deplorable educación y hasta asegurarme que aún puedo enmendarme. Pero eso no es cierto, amigo mío; todos mis propósitos son inútiles. Me conozco a fondo y sé que los límites de mi honradez son estrechos. Si continúo viviendo, llegaré a ser un canalla. No en vano corre por mis venas la sangre de un perdido y de una ramera! La influencia de la raza es fatal e ineludible; y no hay más que un medio para librarse de ella... Ese medio es el que me propongo emplear dentro de algunos minutos: la muerte.

Además, amigo mío, aun tengo otras razones menos refutables para decidirme. Estoy enamorado de una mujer, de una niña encantadora, y mi amor por ella es profundo, intenso. — He ahí una ocasión para enmendarse, — dirá usted, creyendo como muchos en las rehabilitaciones por medio del amor. Pero aun esa puerta está cerrada para mí. La niña a quien yo adoro no podr a corresponder nunca a mi amor. Siendo pura, siendo rica, siendo la hija querida de un matrimonio honrado, su mano no está al alcance de un bohemio, de un sin fortuna, de un bastardo, de un hijo de la casualidad y del vicio... Pero aun suponiendo que ella me amara, mi situación sería más terrible. ¿Usted no me comprende?... Será preciso, entonces, que se lo diga todo, que le hable como a un confesor. La sangre de mis padres no me trasmitió solamente el mal moral, sino el mal físico también.

— Sí, ya comprendo.

— Pues bien, déjeme usted acabar entonces. No habiendo tomado ningún remedio, las cosas siguen su curso y dentro de algunos años, dentro de algunos meses tal vez, mi cuerpo será presa de las últimas mordeduras del monstruo. Mis cabellos, mis dientes, mis miembros, todo se podrirá... Usted ve que no me exalto, que estoy calmado, que razono fríamente, que analizo sin apasionarme y que peso con exactitud los motivos de mi resolución.

Ahora respóndame usted con toda franqueza, como si se respondiese a usted mismo. ¿No es verdad que no tengo ningún motivo para vivir y que tengo, en cambio, una multitud par a morir? Confiéselo usted sinceramente: la única ruta por donde puedo salir de este laberinto, se llama suicidio. Un verdadero amigo no debe nunca engañar.

— Es verdad, le respondí, convencido por su acento y por sus pruebas; efectivamente, la muerte vale más. Yo no sabía todo eso y...

— ¿Entonces usted se decide a prestarme el servicio de que hace un momento le hablé?...

Estas últimas palabras fueron pronunciadas por sus labios con un acento tan alegre, que me produjeron un frío extraño en las espaldas. Yo le había respondido en voz baja, sin pensar en las consecuencias de mi aprobación. Luego me arrepentí y mi arrepentimiento fue comprendido por su perspicacia.

— ¡Ah! — exclamó con tristeza — ¿ser a usted tan cobarde como yo?

— ¡Cobarde! ¿Por qué?... Le aseguro que no comprendo nada...

— ¿Usted no ha visto aún lo que mi situación reclama de su amistad? Acabo de decirle, sin embargo, que soy cobarde, y esa palabra debe explicarle la especie de favor que necesito... Estoy convencido de que la muerte es mi único recurso; estoy convencido de que es necesario suicidarme... Pero no me atrevo a hacerlo personalmente; tengo miedo, soy un cobarde, soy un miserable, se lo aseguro!...

— ¡Y bien! ¡y bien! — balbuceé temblando, después de entrever la verdad abominable... Usted querrá...

— Sí, me respondió con voz vibrante, sí, quiero que usted me suicide.

Y al mismo tiempo trató de meterme entre las manos un revólver cargado.

El pensamiento de un crimen parecido me horrorizó, y así se lo hice ver.

Entonces él se acercó de nuevo, lloroso y suplicante, diciéndome que todo estaba arreglado; que en el bolsillo de su gabán había una carta en la cual aseguraba haberse suicidado; que yo no debía inquietarme; que el valle estaba desierto; que yo debía ser piadoso; que durante toda su vida no había tenido más amigo que yo; que si le negaba aquel servicio inmenso, su único camino era el del crimen; que todo lo que le pasara sería culpa mía; que su dicha estaba en la muerte; que yo debía darle la limosna del suicidio; ¡que mi acción sería buena!... Y su acento era tan profundo, tan conmovedor, tan horrible, que su locura me cautivó... Mi atención iba creciendo a medida de sus palabras, y aunque defendiéndome con una mano cada momento más débil, lo escuchaba, le aprobaba y me persuadía poco a poco de que tenía razón.

Al mismo tiempo él redoblaba sus ruegos al mirar mi debilidad... Su voz tenía caricias desconocidas, súplicas irresistibles, algo, en fin, de femenino y de insinuante.

— ¿No es verdad que tú quieres salvarme? — díjome, por ultimo, al oído.

Y poniéndome de nuevo entre las manos el puño de su revólver, acercó la cabeza...

El cañón apuntaba justamente a su boca... Yo me sentí trastornado... Un grito de niño, un grito breve y agudo, salió de sus labios al mismo tiempo que mi dedo febril apretaba el gatillo haciéndol e saltar la tapa de los sesos...

 

Cuentos escogidos de los mejores autores franceses contemporáneos. París: Garnier Hermanos, Libreros-Editores 1893. Traducción española de Enrique Gómez Carrillo

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