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Santiago Ramón y Cajal en AlbaLearning

Santiago Ramón y Cajal

"El fabricante de honradez"

Capítulo 8

Biografía de Santiago Ramón y Cajal en Wikipedia

 
 
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El fabricante de honradez
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VIII

Al año y medio de la experiencia el clamoreo de los explotadores se extendió a la masa neutra. Acaso el efecto del suero se había en todos debilitado; quizá la bancarrota pudo más que la virtud, y el estómago venció al cerebro. Ello es que la insubordinación se hizo general. En la sorda tempestad que amenazaba la cabeza del doctor sonaban ya apostrofes violentos y relámpagos de ira.

Para evitar posibles atropellos, las autoridades tomaron cartas en el asunto. Hubo junta magna en las Casas Consistoriales, cambiáronse pareceres, oyéronse pretendidos agravios. Al cabo, el respeto a la ciencia y al prestigio de Mirahonda impuso temperamentos de templanza. Se acordó nombrar una Comisión encargada de rogar al doctor, en nombre de la villa y su cabildo, deshiciese aquel angustioso encanto, aquella desconsoladora parálisis, devolviendo al pueblo, dormido para el pecado, el pleno goce de su albedrío, y, por ende, la libre expansión y ejercicio de sus malos instintos.

Al ruego debía acompañar una instancia, cuyo texto, escrito en lenguaje nada burocrático, remataba con estos párrafos, henchidos de calurosa sinceridad:

«Moveos a compasión. Apartad de nuestras almas-estas odiosas anteojeras que no nos permiten contemplar sino el recto y polvoriento camino del deber. Poned en los adormecidos ojos de nuestras mujeres un poco de gracia y de lascivia. Haced agradable la vida, amenizándola con la envidia y los celos, la vanidad y la soberbia, la insolencia y el crimen. Devolvednos el dolor, estímulo de la ciencia y acicate del progreso. Infundid en este limbo gris y silencioso, donde el hastío nos enerva, una chispa del espíritu de Lucifer, con una ráfaga del aliento de Dios. Lograremos así que la virtud tenga precio, la religión culto y pan y bienestar, sobre todo, los infelices manirrotos, que cual las setas, engordamos sin fatiga en la podredumbre, es decir, explotando las ignorancias, demasías y locuras del rebaño humano...»

Ante semejante unanimidad de pareceres, Mirahonda, reconociendo, por el estado de los ánimos, ser impoible una segunda vacunación, cedió, y cedió sin pena, casi con alegría, porque presumió que si la experiencia pasada había sido interesantísima, no le iría en zaga la nueva, es decir, el acto de la contrasugestión, el cual iba a aflojar de repente y sin transición todos los frenos que durante más de un año habían sujetado las conciencias.

Decidido, pues, a llevar su experimento psíquico hasta las últimas conecuencias, convocó junta de notables y les habló de esta manera:

—Deferente a vuestro ruego, y en vista de que, contra todas las previsiones, el orden, la salud y la virtud os son al presente intolerables, voy a suspender radicalmente los efectos — un tanto debilitados ya en algunos temperamentos excesivamente fogosos — de mi suero antipasional. Precisamente una felicísima coyuntura me ha permitido descubrir cierta sustancia, la «contraantitoxina pasional», que neutraliza por completo el principio activo del mencionado remedio, retrotrayendo el cerebro exactamente a las mismas condiciones anatomifisiólogicas de las cabezas no vacunadas.

Y presentando un frasco lleno de un licor transparente, añadió, con el acento de la más profunda certidumbre:

—He aquí el precioso elixir. Todo el que beba un centímetro cúbico de él recobrará antes de diez minutos su primitivo ser y estado.

«Mas antes de poner a vuestra disposición el misterioso filtro vivificador de las pasiones, no debo disimular un vaticinio moral poco lisonjero. La antigua antitoxina o panacea ética no destruye los centros encefálicos donde el alma evoca las imágenes pecaminosas y saborea por anticipado la tentadora fruición del placer prohibido; limítase, no más, a dejar sin efecto las representaciones y codicias malsanas, inhabilitando, digámoslo así, las vías nerviosas que asocian las esferas de evocación del pecado antiocial con los focos motores encargados de su ejecución.

«Semejantes vías, entorpecidas en los villabronqueses por larga inacción, quedarán ahora llanas, expeditas, aniosas de reivindicación y desquite...

«Temed, por tanto, que la carga atrasada de apetitos no satisfechos, de imágenes de actos más o menos reprobables refrenados, alcance de súbito tensión tal, que sea poderosa a romper todos los salvadores diques levantados en la conciencia por la dignidad, la religión y la ley...

«Al tener el sentimiento de anunciaros como probable un desbordamiento general de las pasiones, descargo mi conciencia profesional de un peso agobiador y correspondo lealmente a la hidalga confianza que todos vosotros, patricios y proletarios, poderosos y humildes, depositasteis en mi al someteros, llenos de fervor y entuiasmo, a los efectos de la regeneradora vacuna moral. Apercibid, pues, sin demora, vosotros los que ejercéis autoridad, esos llamados «resortes de gobierno»; aumentad y disciplinad la fuerza pública, enervada y enmohecida por inacción prolongada. Acaso con tales previsoras medidas podáis garantir todavía el sosiego público, la honorabilidad del hogar y el respeto ele la ley. Pero si, según yo recelo, no conseguís restablecer la normalidad de la vida, se desvanecería de mi conciencia un escrúpulo inquietante. Yo os debo algo..., algo que no he pagado aún. Yo estoy obligado a restituir lo perdido a todas aquellas profesiones sociales que, por triste e implacable destino, asocian su bienestar al desorden, al vicio y al delito. Afortunadamente, el próximo desenfreno me permitirá saldar con usura deuda tan sagrada... ¡Quiera Dios que no os arrepintáis!,..»

Acto continuo los ayudantes del doctor dispusieron sobre las mesas grandes matraces llenos del misterioso licor. Como se ha dicho, bastaba beber media copita de él para sentir el ánimo limpio do toda sugestión moralizadora. Excusado es decir que los asistentes, incluso el alcalde, sordos a las lúgubres profecías del doctor, se abalanzaron sedientos a los garrafones y saborearon con infinita codicia aquel filtro pasional que prometía la punzante dulzura del fruto prohibido. Agotados pronto los matraces, hubo que poner otros. Pero como la demanda del «licor del mal» crecía por momentos, establecióse una sucursal o expendeduría en la plaza pública, custodiada por guardias. En procesión interminable desfilaron ante ella los fervorosos devotos de Baco, de Venus y de Mercurio. En bandadas y atrepellándose acudían las mujeres, y pudo verse cómo la esposa del registrador, la del síndico y muchas señoritas tan distinguidas como desocupadas forzaban la dosis bebiendo, en su sed de pecar, no a copas, sino a vaos.

Afortunadamente, la milagrosa medicina resultaba económica. ¡Como que era agua clara! Y no ocurrieron desórdenes ni atropellos, gracias a los guardias, que regularon severamente el turno en la impaciente e interminable cola...

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