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Rafael Delgado

"¡Así!"

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¡Así!
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A José Fernández Alonso

 

Y esto fue lo que me contestó.

...............

«Llegaba yo a esta casa (que es tuya también, ya lo sabes), cuando advertí que varias mujeres, unos cuantos hombres y algunos granujas, miraban hacia la puerta de Pedro, el muchachón aquel que estuvo a mi servicio dos o tres meses, y a quien tú conociste aquí; aquel mozo tan bueno, tan humilde y tan sencillo, cuya inteligencia te cautivó, y cuya “piedad filial” —direlo a la manera clásica—, te dejó encantado:

»¿Qué había sucedido? ¿Qué pasaba? Algo muy grave, sin duda, pues en los ojos de las mujeres —lavanderas unas, y otras torcedoras de “pitillos”— como acostumbras decir—, se retrataban el espanto y el miedo, y en el rostro de los varones se leían el asombro y la sorpresa, una y otro causados por algún suceso singular y terrífico. Sí, ¡algo muy grave!

»A la sazón salía de la casa un gendarme, muy de prisa, como si fuera en pos de un fugitivo, o tratase de pedir auxilio a sus compañeros.

»Soy curioso también (que la curiosidad es ingente en la familia humana), e impulsado por vivo deseo de saber lo que pasaba, me entré en la casa.

»Encontréme allí con unas cuantas personas: el vecino inmediato, un barbero borrachín; su amigo el cerrajero, otro que bien baila, de la misma calaña y con las mismas aficiones alcohólicas; Guadalupe, la casera, muy conocida en estas calles por su voz de sargento, sus bigotes, y sus anchas caderas de isócronos movimientos; Luz, su hija, una doncella de buen porte, y Marcelino, el talabarterillo galante, gloria y prez del gremio, y tentación de todas las muchachas núbiles del barrio.

»Estaba también don Justo, el Juez de Manzana, un carpintero de obra gruesa, hombre serio y formal, a quien puedes confiar oro molido, ¡qué digo!, diamantes de subidos quilates, como quien dice el “Regente” o la “Montaña de luz”. ¿Qué había pasado? Poco: —me respondí— un asesinato de esos de que hablan diariamente los periódicos; un suicidio de esos que son ya moneda corriente... Nada para estos tiempos en que las naciones fuertes se complacen en hacer pedazos a las débiles, y por ello merecen vítores y aplausos de las naciones cultas, —esto es armi-potentes—; en que las repúblicas humanitarias y los imperios altruistas se tornan en un santiamén, en conquistadores de las naciones que tienen pocos barcos; y en que un pueblo, con aprobación franca de su Purpurado, sabe mover a guerra a otro pueblo pequeño, próspero, pacífico y virtuoso.

»¿Qué injusticia, qué iniquidad, qué horrendo crimen se habría cometido en esta casa, asilo de una pobreza honrada y digna, y que hasta hoy fue morada de virtud, de cariño, de trabajo y de economía?

»Esto pensaba yo, al entrar en aquella habitación que siempre ví clara y bonita y que ahora me parecía obscura y fea, y al apartar a cada lado para abrirme paso a todas aquellas gentes que atónitas y mudas de terror rodeaban un lecho ensangrentado.

»Pronto supe todo. Delante de mí, en un lecho revuelto, había un cadáver, caliente aún, con la palidez agónica en el rostro; sudorosos la frente y el cabello; las manos crispadas; contraída la boca, con cierta expresión de sorpresa y rabia al mismo tiempo, como si de aquellos labios carnosos y sensuales se hubieran escapado a la par una blasfemia procaz, un grito de horrorosa desesperación. En el pecho, sobre la nívea blancura de la camisa, tenía una mancha de sangre; una mancha, negra en el centro, de soberbia púrpura el contorno. Una manta roja, extendida por manos piadosas y caritativas, velaba lo que el pudor debía ocultar.

»Tratábase de un mozo decidido, guapo, resuelto, fornido y valiente, que dos días antes, en una tienda muy conocida, afable y decidor me había vendido puros tuxtecos de excelente clase.

»En un ángulo de la habitación, refugiada entre los muros, como si hubiera buscado aquel sitio para que se la tragaran las paredes, había una mujer que lloraba, que lloraba a mares, en ciertos momentos casi ahogada por los sollozos, y que se cubría tenazmente el rostro con un “rebozo” claro, también manchado de sangre: la madre de Pedro.

»Era éste un buen chico, trabajador, de excelentes costumbres, poco dado a juergas y parrandas, cuidadosísimo de su persona, cumplido, recto, caballeroso, y tan buen hijo que todas las madres le ponían por modelo, y que sábado a sábado, entregaba a la suya todo cuanto en la semana había ganado.

»A los once años quedó sin padre. Éste voló arrebatado por insidiosa galopante tisis, sin dejar a su familia más patrimonio que una buena reputación, adquirida, a costa de mil privaciones y de largos años de vida laboriosa, en el ejercicio de penosas y mal retribuídas tareas.

»La madre —a quien tú conociste— era joven y linda, y no tenía más que veintiséis años, muy lucidos y frescos.

»Pronto madre e hijo se vieron en la miseria. Como la enfermedad de don Anselmo fue breve, pues solamente duró dos meses, algo de las economías del buen artesano quedó en el fondo del arcón, guardado allí entre las prendas domingueras. Con tales dinerillos vivieron algunos meses, cerca de un año.

»Pedro entró de aprendiz en un taller, y tanto se aplicó, trabajó de tal modo y tan bien se condujo, que a poco tuvo sueldo, y desde ese día acudió en auxilio de su casa, y alivió en María Antonia la diaria tarea de lavar sin descanso, almidonar los viernes y planchar los sábados tarde y noche, hasta que la campana mayor de la Parroquia toca el alba, y llamaba a la misa de cuatro, a descalzos y mal trajeados, a mozas deslizadas y a viejas madrugonas.

»Vida feliz vivían Pedro y María Antonia. Ella contenta, satisfecha de su hijo; él muy amoroso, muy pagado de ella.

»—Mi madre —solía decir a sus amigos—, no es vieja ni fea. ¡Nada de eso! ¡Qué ha de ser fea! ¡Por ella no pasan los años!... Pero no volverá a casarse. Ni yo me casaré mientras ella viva, por mucho que son grandes, y muy grandes las ganas que tengo de casarme con Clara, la hija de mi maestro, porque el casado casa quiere, y yo no he de dejar a mi madre, que tanto me ama, y que es tan buena, tan honrada... porque ¡eso sí! ¡a honrada no hay quien le gane!

»Y Pedro vivía sin decir a Clarita oxte ni moxte; sin gastarse ni un centavo fuera de casa, sin el previo consentimiento materno; dichoso y sin penas, sin temores ni zozobras, sin más placer que el teatro dramático, fuente para él de vivas emociones; la lectura de una que otra novela (historias, como él decía), devoradas en el lecho de diez a once de la noche; uno que otro baile, allá de cuando en cuando, como quien dice por Corpus y San Juan, y echándose encima en chaquetillas galanas, chalecos blancos, corbatas de vivo matiz, pantalones ceñidos y bien cortados, botines bayos, de aguzadas puntas, y sombreros engalonados y donairosos, cuanto María Antonia le reservaba económica para tamaños lujos y para tales juveniles elegancias.

»Pero ¡oh dolor!... Ese día, media hora antes de mi llegada, o poco menos, veinte minutos a lo más, en un instante, todo varió para el pobre mozo.

»Salióse Pedro, después de comer, muy alegre y entusiasmado, porque se iba a los “toros” —así lo dijo a María— y no volvería hasta las once y media o doce de la noche. Le habían convidado a cenar unos amigos suyos y luego se irían al teatro.

»Pero no lo quiso así la suerte. Al llegar a la Plaza de Toros —donde torearía esa tarde un célebre “mataor”—, al ir a comprar el billete echó mano al bolsillo, y... ¡nada!... ¡ni una peseta!

»Vióse tentado de irse a vagar por barrios y callejas, y así pasar la tarde: pero el bullicio de la multitud que llenaba las calles próximas al coso; la alegría de la gente; el pasa-calle que una banda ruidosa tocaba allí cerca, el calor de la siesta y la espléndida belleza del cielo, fueron al mozo poderoso incentivo.

»Volvióse a la casa a traer dinero... ¡Nunca lo hiciera! ¿Qué vió, qué descubrió, qué tempestades de ira y de dolor estallaron repentinamente en su alma dulce y bondadosa; en qué nube de púrpura se sintió envuelto; qué piélago de sangre le arrolló entre sus olas? Pedro no acertará a decirlo, ni si acertara lo diría...

»Ello es que loco, con todas las tinieblas del Infierno en la mente, y en el corazón todos los odios de Luzbel, buscó en torno suyo algo, que no encontraba, que al fin halló, algo con qué poder matar, y... ¡mató!

»Y mató a aquel hombre traidor e infame amigo, que le ofendía y le deshonraba en lo que más quería Pedro, en lo que amaba más, en lo que había sido para él, hasta ese momento, dicha, ternura, cariño, amor noble, desinteresado, purísimo, como bajado del cielo, su vida, su alma, todo, ¡todo!

»Mató y huyó.

»¿Esta fuga agravará su delito? ¿Le absolverán? ¿Le condenarán? No lo sé. Acaso tú podrás decírmelo.

»Al enterarme de lo acaecido y al meditar en lo que había pasado, severo para con el seductor, y justo y recto para con el infeliz mozo, me dije:

»¡Tuvo razón! ¡Así debía hacerlo, así lo hizo, y así debe hacerse, así!

»Te devuelvo el Libro de Lombroso. Mándame el tomo de Beccaria y las poesías de Manzoni.

»Tuyo.—Enrique».

Orizaba, 1900

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