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Jacinto Octavio Picón en AlbaLearning

Jacinto Octavio Picón

"El cementerio del diablo"

Cuento fantástico

Biografía de Jacinto Octavio Picón en Wikipedia

 
 
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Música: Clementi - Sonatina Op.36 No.1 in C major - 2: Andante
 
El cementerio del diablo
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I

El antiguo convento de frailes benedictinos que, situado cerca de Ferrara, fue a mediados del siglo XV uno de los más notables monumentos de Italia, es hoy una ruina que apenas da idea de la soberbia morada de aquellos siervos del Señor. Informes murallones, torres vacilantes sobre cimientos poco firmes, arcos rotos, columnas mal seguras, techos hundidos, puertas y ventanas abiertas a los vientos: esto es lo que queda del edificio en otro tiempo destinado a lugar de meditación, holganza y rezo. Las piedras ennegrecidas por el tiempo, los mármoles dorados por el sol, las estatuas mutiladas por el rayo y enterradas entre robustas ortigas y tenaces gramas, casi no pueden servir de datos al viajero para restaurar en su imaginación el convento arruinado, la iglesia derruda y el patio abandonado. Tal vez por un capricho de la suerte, esta es la única parte del monumento que se conserva más entera y que con mayor fuerza ha resistido a las tempestades de la Naturaleza y a la barbarie de los hombres.

Asidas a las labores de la piedra, rodeando los fustes de las columnas, han trepado las hiedras y las enredaderas; han brotado flores amarillentas entre las hojas del acanto que ornaba los altos capiteles; y do quiera se dirige la vista, encuentra viva la fuerza de la Naturaleza, reposando triunfante sobre las ruinas del esfuerzo del hombre. El tiempo, lento y seguro, revolucionario, ha ido, año tras año y lluvia tras lluvia, trocando en artísticos escombros una de las más hermosas fábricas de Europa: y hoy los ganados que se apacientan en los prados vecinos vienen a protegerse del sol entre aquellas piedras augustas, mientras el pastor duerme a la sombra de las paredes silenciosas que en siglos pasados, a la hora del “Ángelus”, enviaban al cielo, en cadencioso cántico, un fervoroso himno de adoración a lo infinito.

Luego que las guerras obligaron a los frailes a abandonar su cómodo asilo, algunos grandes y poderosos de la ciudad vecina convirtieron el patio en cementerio. Todavía se conserva en pie la mayor parte de los magníficos sepulcros que labraron de consuno, para encerrar a los muertos, la vanidad y el arte de los vivos: que en ninguna parte lucha tanto el hombre contra el sagrado dogma de la igualdad humana como en los campos de la muerte. Allí se graban en duras piedras los títulos y honores de los que fueron; la ciencia, impotente para estudiar el alma, impide por algunos años la putrefacción del cuerpo, y el arte, que no sabe devolver a la forma muerta la belleza, esculpe el mármol y cincela el bronce para protestar de la invasión espantosa que todo lo destruye y aniquila.

Pero de todos los lugares de descanso eterno, de todas las tierras en cuyas entrañas se pudren los cuerpos de los muertos, ninguna más hermoseada que aquel recinto del antiguo patio del convento. En las paredes de los claustros, que aún se mantienen firmes y como sostenidas por los vigorosos brazos de las figuras de los frescos medio borrados y confusos, se agrupan hermosos sarcófagos de blanco mármol; las estatuas yacentes oprimen con su peso las losas sepulcrales, pareciendo los fríos rostros como orgullosos de los interminables epitafios, y seguros de la inmortalidad; en el piso están enterrados de intento los humildes que quisieron ver sus nombres borrados por las plantas de los vivos; y por bajo de los arcos, ávidos de luz y de aire, ceñido el casco y la mano en la espada, reposan los que en otro tiempo pusieron miedo en el corazón de los más esforzados y valientes. Luego, en el patio, construidos al azar, de distinto aspecto, de forma diferente, de épocas diversas, de opuestos gustos, vénse tumbas, túmulos y sepulcros que, coronados por los rayos de sol u ocultos en la sombra, ceñidos de verdura o hundidos en la tierra, enteros y juntas las labradas piedras, o desquiciada la base al empuje de las raíces de los árboles vecinos, parecen, con sus inscripciones y sus símbolos, con sus letreros y sus fechas, protestar, en nombre de sus habitadores silenciosos, de aquel eterno y forzoso quietismo. Allí la arquitectura ha agotado la belleza de la línea y prodigado la escultura el encanto de la forma. Todos los estilos, todas las tendencias están representadas, dándose juntas, como en un museo labrado por muchas generaciones, la sublime sencillez griega, la fastuosa decadencia romana, el pesado estilo románico, la lujosa ornamentación del bizantino, la ojiva gótica del católico, la mundanal arquitectura del árabe soñador e indolente, y luego, a modo de hermosa síntesis de la historia del arte, las maravillas de aquel Renacimiento que casi llegó a la perfección por el estudio de la antigüedad y la naturaleza.

Hacía ya muchos años que el patio convertido en cementerio estaba completamente abandonado; la soledad reinaba sobre la hermosa ruina, que olvidada por el hombre se iba haciendo de más solemne aspecto a medida que las aguas y los vientos oscurecían la piedra, como si en ella se infiltrasen las nieblas que los inviernos engendraban, cuando los aldeanos de la comarca, los pastores y algún que otro viajero a quien la repentina tormenta obligó a guarecerse bajo aquellos muros, observaron que allí vivía un hombre, un ser extraño que, huyendo de los vivos, había buscado la paz entre los muertos. Corrió luego la noticia por los lugares vecinos, y no faltó quien se desviase de la senda que debía seguir para pasar junto a la ruina misteriosa, escudriñándola con curiosa mirada, ávido de saber quién era aquel que de tan medroso sitio viniera a hacerse habitación.

Decíase que era un hombre alto y delgado, seco de carnes y abultado de huesos, largo de piernas y de brazos, de rostro enjuto, pelo rojizo y tieso, cejas muy arqueadas, orejas grandes, desmesurada boca; añadían los mejor enterados que al contacto de su mano se marchitaban las flores, y bajo su pie las hierbas; hubo vieja que dio por cosa cierta haberse secado en la pila el agua bendita de la iglesia cuando aquel hombre pasó una vez ante su puerta, y chico que afirmó haberle visto escupir una saliva que parecía hervir y olía a azufre; no faltó quien asegurase que en la oscuridad de la noche brillaban sus ojos con resplandores cárdenos, que eran sus uñas largas y encorvadas como garras de ave de rapiña; hasta se dijo que tenía en forma de rabo, horriblemente prolongada, la columna dorsal. Creyóse, en fin, ver en aquel hombre, si no una encarnación del diablo mismo, al menos un íntimo amigo suyo o un pariente cercano.

 

II

En una noche en que la luna iluminaba de lleno el patio y los claustros que le rodeaban, bañándose con su serena luz el blanco mármol de las estatuas, que aparecían como sombras envueltas en sudarios, esmaltando el fondo oscuro del frondoso ramaje: noche apacible, en que apenas el viento agitaba las hojas de los árboles, y en que se escuchaban claros y distintos todos esos ruidos que únicamente en el seno de la soledad se escuchan, mientras la vista, fija en el cielo, intenta descifrar en vano las misteriosas frases que en el espacio escriben con fugitivos caracteres esas estrellas errantes que caen como piedras desprendidas de la rota corona de los dioses: noche augusta y poética en que lo incierto de los resplandores y lo intenso de las sombras poblaban la fantasía de medrosas visiones, el corazón de vagos e innombrados temores, inspirando al hombre las eternas y sublimes dudas que son toda la vida, toda la gloria y todo el trabajo de la humanidad.

Ocultas entre las hierbecillas y brillando en lo más espeso de las tinieblas, como las ideas en el fondo del alma, esparcían las pequeñas luciérnagas su resplandor fosfórico; describían en el aire negros círculos los murciélagos; enconaban en las lagunas sus estridentes coros las desveladas ranas, y meciéndose en la copa de los árboles ensayaban los tiernos y sencillos ruiseñores el dulce e intrincado gorjeo con que al clarear el día habían de saludar al sol y despertar a las dormidas hembras.

A tal hora y por tan medroso sitio vagaba el habitante misterioso de la desierta ruina, y al cruzar por entre las anchas calles de sepulcros, más parecía pavoroso fantasma que ser humano y vivo. De cuando en cuando salían de su boca palabras de sonido metálico, contestadas a intervalos por ecos de cantos subterráneos, y poco a poco su figura comenzaba a iluminarse de un resplandor intensamente rojizo, como si a todas partes le siguiese y en torno suyo flotara una aureola de sangre luminosa.

—"Muertos — decía — enterrados entre los escombros de la destrucción y del olvido, volved a la vida, alzaos del sepulcro y corred al mundo... Sacudid el polvo que cubre los descarnados huesos, haced memoria de lo que antes fuisteis, id a continuar el drama o el sainete de vuestra existencia; y si la gloria, el amor o los placeres pueden, con sus coronas. sus triunfos y sus fiebres, daros la felicidad o la dicha, vivid eterna y perdurablemente; pero si os convencéis de que el amor, la juventud y la fe son, cuando huyen del corazón, aves que jamás vuelven al nido; si sacáis de los placeres embotada la sensibilidad y envejecido el cuerpo; si el ansia de vuestras almas no se sacia; si el vaso de vuestros deseos no se colma, entonces tornad a la tierra en que reposáis ahora, y aguardad en ella resignados la solución del gran problema.”

Tal dijo, con un acento entre satírico y solemne, y en seguida, por las aristas de los bronces y los perfiles de los mármoles, corrieron llamaradas fosfóricas pálidamente azules o débilmente violadas, que brotando de entre las junturas de las piedras y las grietas del suelo, iluminaron tristemente los sepulcros, dejando asomar manos huesosas y crispadas, que con el ansia de la vida se agarraban al borde de las tumbas. Como movida por subterráneo empuje hinchábase la tierra, y por entre sus negras hendiduras, asidos a las raíces de los árboles, iban trepando los blancos y pelados esqueletos, ahuyentando unos de las vacías órbitas los tenaces gusanos y colocando en ellas los ojos recogidos del suelo, mientras otros, a tientas, buscaban por los rincones de las tumbas los esparcidos miembros. De los nichos del muro bajaban, sujetándose a las labores de las piedras, oculto el calvo cráneo por la cogulla parda, los frailes, antiguos habitadores del recinto; de entre los haces de columnas que sostenían las bóvedas del claustro se levantaban, dejando oír el chocar de las armas con los huesos, los guerreros que, siempre a pelear dispuestos, fueron enterrados, vestida la loriga y empuñando el mandoble; las losas, desgastadas por los pies de los vivos, se alzaban silenciosas para dar paso a los muertos que, como volviendo de un desmayo, estiraban los entumecidos miembros, mientras alguno que otro dejaba ver en el prolongado bostezo las desiertas mandíbulas... Por el ambiente, embalsamado con el aroma de la campestre mejorana, esparciéronse los fétidos alientos de las bocas sucias por la mentira; y el hedor de los miasmas que las conciencias despedían, infestó el aire. Quien, revolviendo los escombros de su propio sepulcro, se ceñía los rasgados jirones de un manto que fue rojo; quien trataba de ajustarse en las desvencijadas coyunturas los deformados huesos; este procuraba hurtar algunos dientes, y aquél andaba a caza de una espina dorsal menos viciada que la suya, en tanto que la voz robusta del diabólico personaje repetía: “Id, respirad de nuevo, ocúltense vuestros huesos entre músculos y cúbralos la piel; surquen las venas vuestros cuerpos, vibren los nervios mensajeros de las sensaciones; pensad, sentid, amad, aborreced de nuevo; corred al mundo y encontradlo todos como cada uno lo dejó cuando llegó la hora de su muerte.” Dijo, y entonces, a aquel bullir, a aquella latente y sorda agitación de tantas fuerzas, fue sucediendo, creciente y como en invasión tremenda de voces, ayes, rezos, suspiros, maldiciones y gritos que asaltan el espacio, la infernal balumba y el ronco hervir de un mundo muerto que despertaba a nueva vida.

Ya vacías las tumbas, solos y abandonados los sepulcros, oyóse primero el ruido que producían en la arena las huesosas plantas y el desgajarse de las ramas, dando paso a los que vacían entre la maleza y las ortigas; después, libre de tropiezos y vallas, a carrera tendida, la muchedumbre corrió hacia la puerta de salida, resguardada por una fuerte verja, de la cual sólo un estrecho postigo estaba abierto. Con tal fuerza y tal ímpetu se abalanzaron allí todos, que en cayendo unos, caían otros sobre ellos como oleadas de huesos, sin que el crujir de los cráneos aplastados, el rechinar de los tronchados brazos, los ayes, las voces, las imprecaciones y lamentos detuvieran un momento la violencia de los que iban llegando sin querer darse punto de reposo en el asalto de aquella puerta, que desde el campo de la muerte parecía la brecha de la vida. Los fuertes subían sobre montones de caídos; los corpulentos derribados eran punto de apoyo para los ágiles y astutos; sobre los restos de los viejos encaramábanse los jóvenes; la dama servía de escabel al caballero; en la frente del soberbio apocaba el humilde la planta ensangrentada; los jirones del manto del magnate quedaban prendidos entre las uñas del envidioso; juntas la mujer de mala vida y la señora, pugnaban por alzarse una en perjuicio de otra, y, cuidadosos todos de sí propios tan sólo, ni había quien a otro facilitara ayuda, ni quien pensara recibirla, ni amigo que ayudara al amigo, ni ministro de Dios que sostuviese al débil, ni padre que en sus hombros aupase al pequeñuelo. Nadie pensaba sino en la bárbara conquista del reducido espacio de la puerta, casi cegada por la latente masa de vivos sepultados bajo muertos.

Fuera del terrible recinto, los que habían logrado trasponerlo caminaban en derechura, y sin volver atrás los ojos, hacia la ciudad inmediata, cuyas altas torres, como gigantes silenciosos, parecían velar por los dormidos habitantes; y conforme andaban, a cada paso que iban dando recobraban la forma que tuvieron en la vida, y juntamente con los accidentes físicos renacían en ellos los defectos y las cualidades morales.

...

Los altos muros, el oscuro ramaje que como espesa cinta de verdura rodeaba las casas bañadas por la luz de la luna; el gemir de las fuentes entre las apiñadas flores de los jardines inmediatos; los casi imperceptibles ruidos que, como respiración difícil, se alzaban de la ciudad dormida, todo contribuía a lo extraño de la escena. Pero si al dejar en tropel el cementerio las turbas de esqueletos presentaban, con sus blancas osamentas y sus despedazadas y carcomidas vestiduras, un aspecto asqueroso, a medida que se iban acercando a las moradas de los vivos, las ropas recobraban sus formas y colores, las armas su brillo, resplandecían los brocados, crujían las sedas, sonaban las espuelas, los velos de las mujeres y las plumas de los cascos de los hombres se dilataban en el viento, y en carnavalesca caravana, envueltos en el turbión de polvo que en su carrera alzaban, juntos corrían damas, pajes, magnates, soldados, meretrices, frailes, villanos y bufones, tronchando a su paso las zarzas; las flores y las mieses; sin cuidarse de los desgarrones y arañazos que se hacían en los abrojos del camino de la vida.

Por fin llegaron todos a las puertas de la ciudad, y primero en grandes pelotones, después en numerosos grupos, luego en otros menores fueron diseminándose, yendo unos a suspirar ante una reja o vengar una injuria, a buscar aventuras o llorar desgracias, a esperar fortunas o placeres, a refugiarse en su hogar quien lo tenía, y alguno, acurrucándose en el umbral de una puerta, a pedir con la limosna la incierta y vergonzosa renta de mendigo.

El enamorado que, henchida el alma de ilusiones. y con la sonrisa en los labios, murió en un desafío, y que al expirar por la que amaba le envió en el último movimiento de su brazo el último beso de su boca, corrió de nuevo ante los hierros que pretendió ablandar en otro tiempo a fuerza de juramentos y ternezas, y apoyado en los mismos barrotes en que él se reclinaba cuando esperaba impaciente la anhelada cita, topó con otro galanteador y afortunado, a quien la misma voz, cuyos ecos él conservaba en los oídos, decía, enamorada y sumisa: “No he querido a nadie más que a ti.”

El avaro que a costa de hambres y desvelos juntó un tesoro y en el hueco del muro o al extremo del huerto lo ocultó gozoso, temiendo que lo mermasen las miradas del pariente famélico, fue hacia su miserable albergue, y en el mismo solar halló elevada la lujosa morada del pródigo que disfrutaba sus bienes, y a través de los costosos vidrios, por entre las rendijas de las puertas y los agujeros de las llaves, miró furioso la opípara mesa del festín, en cuyo derredor los convidados reían el burlesco brindis que, a la memoria del difunto, consagraba el heredero afortunado.

El esposo que había muerto sintiendo en el helado rostro caer las ardientes gotas del llanto de la esposa, halló ocupada su parte de tálamo por uno que en segundas nupcias, recibía casi lo mismo que él en las primeras, cuando creía que el amor es un fuego que nadie puede encender dos veces en la vida.

El orgulloso de su estirpe encontró su blasón cubierto por la muestra de un tendero; el envidioso vió el alto puesto blanco de sus tiros, ocupado por quien valía menos; el que había consumido en el estudio sus días y cegado sus ojos, halló sus obras criticadas por necios que habían aprendido en ellas lo poco que sabían; el rey vió a la ensoberbecida muchedumbre asaltar, triunfante, su palacio, y vió derribadas sus estatuas por la plebe rastrera que antes le vitoreaba y temía; el prelado que murió de ahíto predicando el ayuno y hablando de Dios, vió a Dios negado e invadidas las naves de su templo por el populacho amotinado; el que tuvo una duda, la encontró desmentida si era grata, y si era triste, confirmada; el que abrigó una ilusión, de tan perdida no la pudo hallar en parte alguna; el que sintió un deseo, lo vió colmado en su enemigo; el que adoró a una mujer, la halló traidora, y quien tuvo un amigo se convenció de que era falso.

 

III

Aún no luchaban con las primeras claridades del alba las últimas sombras de la noche, la ciudad estaba todavía tranquila, cuando los muertos, unos furiosos y a gran paso, lentamente y cabizbajos los más, habían vuelto al cementerio todos.

...

Era de ver cómo las lápidas de los sepulcros acusaban luego la índole de cada cual. Las losas levantadas con fuerza y dejadas caer con rabia, indicaban las tumbas de los irascibles; otras, bien encajadas en sus huecos, mostraban el sitio donde habían tornado a reposar los resignados, y eran muchas las que nadie se había cuidado de remover ni colocar sobre sus dueños, que, amargada el alma por la decepción y el abatimiento, reclinadas en la sucia y húmeda tierra, dejaban que la luz indecisa del crepúsculo iluminara pálidamente sus cuerpos, nuevamente comidos de gusanos.

Entonces el fantástico engendro, mezcla de hombre y diablo, abarcando con la vista aquel campo de dolores aún vivos y de esperanzas ya muertas, extendió los brazos sobre las tumbas, y dijo sonriendo: “Dormid en paz.” Quiso luego alejarse de aquel lugar maldito, cuando a un extremo del claustro, bañado en la indecisa claridad de la mañana, vió con asombro una tumba vacía, y exclamó admirado:

— ¡Uno falta!

Ávido de satisfacer su curiosidad, corrió a un registro del cementerio, pasó rápidamente los folios buscando el número correspondiente al del sepulcro vacío, y un momento después lo encontró, unido al nombre del difunto, y seguido al margen de una nota que decía:

“Fue loco”.

...

Al otro día, los que madrugaron en la villa teatro del suceso, hallaron con espanto, tendido sobre las piedras de una calle, el cadáver de un caballero asesinado. Era el pobre loco, único que prefirió a la tranquila podredumbre de la muerte el esplendor y los placeres de la vida.

...

Hoy las nieblas y las lluvias cubren de verde y afelpado musgo las solitarias tumbas; el viento del otoño arremolina y amontona sobre ellas las hojas secas, que, en lluvia de oro, caen de los copudos árboles; sobre la losa sepulcral del orgulloso se gozan con el sol las lagartijas, y en la tierra que cubre los últimos restos del humilde crecen vigorosas y se arraigan lozanas la siempreviva y el rosal silvestre.

 

Revista Leoplan N° 225 - 6 Octubre 1943 - Argentina

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